Capítulo 11 El Pacto de las Sombras
La oficina de Arturo Castillo de la Fuente, ahora degradada a un piso inferior de la constructora, se sentía como una celda de castigo. El aire estaba viciado por el humo de los puros y la bilis del fracaso. Arturo caminaba de un lado a otro, mientras Lucrecia lloraba en un rincón y Beatriz guardaba un silencio sepulcral, aunque sus ojos delataban que ya no reconocía al hombre con el que se había casado.
La puerta se abrió con un chirrido metálico. Julián Vargas entró cojeando, con el rostro aún marcado por las cicatrices de la golpiza de Dante, pero con una chispa de malicia en su mirada que no se borraba ni con el dolor.
—Vaya comité de bienvenida —escupió Julián, sentándose sin invitación—. Elena nos ha quitado todo: el dinero, el prestigio y el nombre. En la ciudad ya no somos los dueños, somos los "parientes pobres" de la Señora Lombardo.
—Esa perra no se saldrá con la suya —rugió Arturo, golpeando el escritorio—. Me quitó la firma, me quitó el voto. Me trata como a un empleado de limpieza en mi propia empresa.
—Elena es fuerte, pero su fuerza tiene un nombre: Dante Lombardo —dijo Julián, inclinándose hacia adelante—. Si cortamos la cabeza del monstruo, ella caerá con él. He estado moviendo mis hilos, Arturo. He gastado mis últimos ahorros en investigadores privados para escarbar en el lodo de ese tipo. Nadie llega a la cima sin dejar cadáveres en el camino.
El secreto en el fango
Julián lanzó un sobre amarillo sobre la mesa. Lucrecia se acercó con curiosidad morbosa. Dentro había recortes de periódicos viejos de otra ciudad y un informe policial que nunca llegó a los tribunales.
—Hace seis años, en el norte, Dante tuvo una relación con una modelo llamada Isabella Riva —explicó Julián con una sonrisa torva—. La relación terminó abruptamente. Ella desapareció del mapa, pero el informe dice que ingresó a una clínica privada con costillas rotas y hematomas en todo el cuerpo. Hubo una denuncia por agresión, pero desapareció mágicamente a las cuarenta y ocho horas. Alguien pagó mucho dinero para que el "caballero" Lombardo siguiera pareciendo impecable.
—¿Quieres decir que Dante es un maltratador? —susurró Lucrecia, con un brillo de esperanza malvada—. Si esto sale a la luz, las fundaciones de niños, su imagen de filántropo, sus socios... todo se vendrá abajo. Elena quedará como una tonta o como su cómplice.
—Exactamente —confirmó Julián—. Pero necesitamos que ella hable. Necesitamos que Isabella Riva denuncie a Dante Lombardo hoy mismo. He localizado su paradero; vive en una provincia remota, escondida, aterrada.
El precio de una mentira (o una verdad)
Arturo miró a su esposa, buscando apoyo, pero Beatriz se levantó de la silla con asco.
—Si hacen esto, perderán a su hija para siempre. No me importa lo que piensen de Dante, pero esto es jugar sucio —dijo ella, saliendo de la oficina.
—¡Beatriz, vuelve aquí! —gritó Arturo, pero no le importó. Se volvió hacia Julián—. ¿Cuánto necesitamos para que esa mujer hable?
—Un millón de dólares para empezar. Ella tiene miedo de que Dante la mate, así que el precio de su "valentía" es alto. Con esa denuncia, el escándalo será tan grande que los inversores de la constructora exigirán la salida inmediata de cualquier socio vinculado a Lombardo. Elena perderá su respaldo y nosotros recuperaremos el mando.
Esa misma tarde, en un café oscuro en las afueras de la ciudad, Lucrecia y Julián se reunieron con una mujer delgada, de mirada esquiva y manos temblorosas. Isabella Riva ya no era la modelo glamurosa de las fotos; era una sombra de sí misma.
—Dante me destruyó la vida una vez —dijo Isabella, mirando el maletín con dinero que Arturo había conseguido hipotecando sus propiedades personales—. Si hago esto, él me encontrará. Él no deja testigos de sus errores.
—Con este dinero podrás desaparecer en Europa —le aseguró Lucrecia, tomando su mano con una falsa empatía—. Solo tienes que ir a la fiscalía mañana. Di que te golpeó, di que te amenazó de muerte. Di que Elena es su próxima víctima. El país entero se pondrá de tu lado.
Isabella cerró el maletín. El trato estaba hecho.
La calma antes de la tormenta
Mientras tanto, en la mansión Lombardo, el ambiente era muy distinto. Elena y Dante compartían una cena íntima. Dante se veía impecable, con una camisa de lino negro que resaltaba su presencia imponente. El perfume a sándalo y éxito lo rodeaba, y su mirada hacia Elena era de una posesividad ardiente que ella ya no intentaba resistir.
—Mis hombres me informaron que Julián se reunió con tu padre hoy —dijo Dante, sirviéndose una copa de vino—. Están planeando algo, Elena. Las ratas acorraladas siempre muerden.
—Que muerdan —respondió ella, acariciando la mano de Dante sobre la mesa—. Tenemos los contratos blindados. Mi padre no tiene poder legal para hacer nada.
—El poder legal no es el único que existe —advirtió Dante, entrecerrando los ojos—. Hay guerras que se ganan con mentiras bien contadas. Solo quiero que sepas una cosa: pase lo que pase, confía en mí. Mi pasado no es limpio, pero nunca le haría daño a la mujer que me devolvió la ambición de vivir.
Elena lo miró, sintiendo un escalofrío. Ella sabía que Dante era un hombre peligroso, un hombre capaz de violencia si se le provocaba, pero en sus brazos siempre se había sentido segura.
Lo que Elena no sabía era que, a pocos kilómetros de allí, la maquinaria para destruir su felicidad ya estaba en marcha. La noticia de la denuncia por agresión contra el gran Dante Lombardo estaba programada para salir en los noticieros de la mañana siguiente, y el nombre de Isabella Riva iba a convertirse en el arma que Julián Vargas usaría para intentar recuperar su trono sobre las cenizas de su matrimonio.
La guerra social había terminado, pero la guerra por la reputación y la libertad acababa de comenzar.
