Capítulo 2 El Precio de la Traición
Julián se quedó petrificado, alternando la mirada entre la mano de Dante en mi cintura y mi rostro, que ya no reflejaba la devoción de siempre. El silencio del estacionamiento solo era interrumpido por el motor en ralentí del deportivo de Dante.
—¿Tu prometida? —Julián soltó una carcajada seca, nerviosa, dando un paso al frente—. Lombardo, estás más loco de lo que pensaba. Elena, deja de jugar y ven aquí. No sé qué basura te habrá dicho este animal, pero mañana es nuestra boda.
Dante ni siquiera parpadeó. Su agarre en mi cintura se volvió un poco más firme, no para lastimarme, sino para recordarme que estaba ahí. Su seguridad era una barrera física entre el pasado y mi nuevo presente.
—¿Qué trato, Elena? —insistió Julián, su voz subiendo de tono al ver que yo no me movía—. ¿De qué "trato" hablas con este tipo?
—Del único trato que importa ahora, Julián —respondí, y me sorprendió lo firme que sonó mi propia voz—. El que me asegura que no vas a tocar un solo centavo de mi herencia. El que me garantiza que no volveré a ver tu cara ni la de Lucrecia en mi vida.
Julián se puso pálido. El nombre de mi hermana actuó como un látigo. Intentó recuperar su máscara de hombre herido, pero sus ojos delataban el pánico de un estafador descubierto.
—Elena, amor, estás confundida… Lucrecia y yo estábamos hablando de la sorpresa para mañana, tú…
—Te escuché, Julián —lo corté, sintiendo un asco profundo—. Los escuché a los dos. En el pasillo. "Muñeca de porcelana", ¿así me llamaste? ¿Y qué pensabas hacer con las acciones de la constructora?
Julián se quedó sin palabras por un segundo, y entonces la desesperación se transformó en rabia. Se lanzó hacia adelante, intentando agarrarme del brazo para tironearme lejos de Dante.
—¡Tú no vas a ningún lado! —rugió él—. ¡Ese dinero es mío por derecho!
No llegó a tocarme.
Dante se movió con una rapidez felina. En un abrir y cerrar de ojos, se interpuso entre nosotros, deteniendo la mano de Julián en el aire con un agarre que hizo que los huesos del otro crujieran audiblemente. Dante era más alto, más ancho y proyectaba una autoridad que hacía que Julián pareciera un niño rabiando.
—Vuelve a intentar ponerle una mano encima —dijo Dante, con una voz tan baja y peligrosa que los vellos de mis brazos se erizaron—, y te aseguro que no necesitarás abogados, sino un cirujano.
—¡Suéltame, maldito! —Julián forcejeó, pero Dante no cedió ni un milímetro.
—Elena ya no es nada tuyo —continuó Dante, disfrutando de la humillación de su rival—. A partir de este momento, ella está bajo mi apellido y mi protección. Y tú… tú estás acabado. Mañana, en lugar de una boda, recibirás una notificación de auditoría por cada desfalco que has intentado ocultar.
Dante soltó la mano de Julián con un empujón que lo hizo tambalearse contra una columna de concreto. Julián se sobó la muñeca, respirando agitado, mirándonos con un odio puro.
—¿Crees que este tipo te quiere, Elena? —escupió Julián, intentando un último ataque—. Solo te está usando para darme donde más me duele. Eres un trofeo para él, una forma de ganarme la última partida.
Miré a Dante. Sus ojos oscuros estaban fijos en Julián, pero su expresión era ilegible. Sabía que Julián tenía parte de razón: esto era una guerra de egos. Pero en ese momento, prefería ser el "trofeo" de un hombre que me respetaba como rival que la víctima de un parásito que me trataba como a una idiota.
—Prefiero ser el trofeo de un hombre poderoso que la alfombra de un cobarde como tú —le espeté a Julián—. Mañana no habrá boda. Mañana, el mundo sabrá quién es el verdadero Julián Vargas.
Dante sacó las llaves de su auto y abrió la puerta del copiloto con un gesto caballeroso que contrastaba con la violencia de hace un momento.
—Sube, Elena —me dijo, su mirada suavizándose apenas una fracción.
Caminé hacia el auto sin mirar atrás. Al sentarme en el asiento de cuero con olor a nuevo, sentí que me quitaba un peso de encima. Dante rodeó el coche, ignorando los gritos e insultos de Julián que se quedaban vacíos en el aire, y se sentó al volante.
Arrancó el motor y el deportivo rugió, llenando el espacio cerrado con un sonido de poder absoluto. Antes de salir a la calle, Dante me miró de reojo.
—Has sido muy valiente ahí dentro —comentó, con un tono casi humano—. Pero ahora viene lo difícil. ¿Estás lista para que todo el mundo crea que estás locamente enamorada de "el diablo"?
Me ajusté el cinturón y miré hacia la carretera, dejando atrás el hotel y mi antigua vida.
—Si eso significa ver a Julián en la calle, estoy lista para lo que sea.
Dante sonrió, una sonrisa que por primera vez no fue cruel, sino cómplice.
—Entonces, bienvenida a la familia Lombardo, Elena.
