Capítulo 3 El Derrumbe del Altar

Entré en la mansión familiar con los pies ardiéndome y el corazón martillando contra mis costillas. Las luces de la sala principal estaban encendidas, bañando los arreglos florales blancos que ya habían llegado para la recepción. El olor a lirios, que antes me encantaba, ahora me resultaba asfixiante.

Mi padre, Arturo, estaba junto al bar personal con un vaso de whisky en la mano. Al oírme entrar, levantó la vista, frunciendo el ceño al ver mi vestido de seda arrugado.

—¿Elena? ¿Qué haces aquí? Deberías estar en el hotel para el ensayo —dijo con esa voz de mando que siempre intentaba doblegarme.

—No habrá boda, papá —solté de golpe. Mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. He cancelado todo. No voy a casarme con Julián Vargas.

El silencio que siguió fue sepulcral. Mi padre dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Caminó hacia mí, acortando la distancia en tres pasos largos.

—¿Qué estupidez estás diciendo? —rugió—. Los socios están confirmados y la estabilidad de la constructora depende de esta alianza. ¿Te has vuelto loca?

—¡Lo que me volvería loca es entregarle mi vida a un tipo que solo quiere usarme! —respondí, sosteniéndole la mirada—. He pasado los últimos cinco años levantando esta empresa, invirtiendo cada centavo y cada hora de mi tiempo para que sea lo que es hoy. No voy a permitir que ese parásito arruine todo lo que he trabajado.

—¡Te casarás porque esa empresa necesita la imagen de esta unión! —gritó él, perdiendo los estribos.

Antes de que pudiera reaccionar, sentí el impacto. Mi rostro giró violentamente y el ardor de su bofetada me nubló la vista por un segundo. Me llevé la mano a la mejilla, temblando de una furia que finalmente explotó.

—¡¿Me pegas por él?! —le grité, con los ojos encendidos—. ¡¿Me golpeas por defender al hombre que se está acostando con Lucrecia en este mismo momento?!

Mi padre se quedó helado, con la mano aún en el aire. En ese instante, una voz firme y gélida resonó desde el pasillo.

—¡Bájale la mano a mi hija, Arturo!

Era mi madre, Beatriz. Bajaba las escaleras con una elegancia que imponía respeto. Se puso frente a mí, usándose como escudo, y miró a mi padre con un desprecio que nunca le había visto.

—¿Cómo te atreves a tocarla? —le espetó mi madre—. Elena es la que ha mantenido a flote este apellido mientras tú solo te dedicas a las relaciones públicas. Ella es la que maneja la constructora, ella es la que tiene la visión. Si ella dice que no se casa, es porque tiene una razón de peso.

—¡Beatriz, no te metas, esto es un negocio! —replicó mi padre, aunque su voz ya no sonaba tan segura.

—No, esto es una traición —dije yo, dando un paso al frente al lado de mi madre—. Los escuché, papá. Julián y Lucrecia. Se estaban burlando de mí en el hotel mientras planeaban cómo desplazarme de la gerencia una vez casados. Querían mi puesto, mis logros y mi esfuerzo para vivir su romance con lo que yo construí. ¿Ese es el hombre que quieres meter en la familia?

Mi madre se giró hacia mí, tomándome el rostro con suavidad, revisando la marca roja de la bofetada.

—¿Es cierto eso, Elena? ¿Tu hermana y Julián? —preguntó con la voz quebrada por la decepción.

—Con mis propios ojos, mamá.

En ese momento, Lucrecia asomó por el descanso de la escalera, pálida y temblorosa. Mi madre la miró con una frialdad que la hizo retroceder.

—Vete de aquí, Lucrecia —le ordenó mi madre—. Mañana no habrá boda, y tú y tu padre van a tener que rendir muchas cuentas.

Luego, mi madre me miró fijamente y asintió.

—Vete con Lombardo, Elena. Sé que ese auto negro que está afuera es suyo. Si él es el único que puede ayudarte a proteger lo que es tuyo por derecho, haz lo que tengas que hacer. Yo me encargo de este desastre aquí.

Salí de la casa sin mirar atrás. Por primera vez en mi vida, no me sentía la hija mayor obediente, sino la dueña de mi propio destino. Subí al auto de Dante, quien me observó en silencio, notando la marca en mi mejilla. Sus ojos se oscurecieron con una promesa de violencia que, por primera vez, no me dio miedo.

—¿Lista para el siguiente paso? —preguntó Dante, arrancando el motor.

—Lista para quemarlo todo —respondí.

El silencio dentro del deportivo de Dante era denso, cargado de una adrenalina que todavía me hacía zumbar los oídos. Me toqué la mejilla; el ardor de la bofetada de mi padre seguía ahí, pero ahora funcionaba como un recordatorio de por qué estaba haciendo esto.

—Tu madre tiene agallas —comentó Dante, rompiendo el silencio mientras conducía por las calles iluminadas de la ciudad—. No esperaba que una Castillo de la Fuente le abriera la puerta de salida a su propia hija.

—Ella sabe cuánto he sacrificado por la constructora familiar —respondí, mirando mi reflejo en la ventana—. Sabe que Julián Vargas y Lucrecia no solo me traicionaron a mí; traicionaron el legado de tres generaciones.

Dante estacionó el auto frente a su residencia, una estructura de cristal y acero que gritaba poder y modernidad. Se giró hacia mí, apoyando un brazo en el volante. Sus ojos oscuros recorrieron mi rostro con una mezcla de curiosidad y un respeto que no intentaba ocultar.

—Si vamos a hacer esto, Elena, tiene que ser un incendio total. En círculos como el tuyo, los apellidos lo son todo. No podemos esperar a que los rumores filtren la verdad. Tenemos que ser nosotros quienes prendan la mecha.

Saqué mi teléfono. Mis manos ya no temblaban. Tenía el contacto directo de la editora de la sección social más influyente del país; ella había estado rogando por una exclusiva de "la boda del siglo" entre los Castillo de la Fuente y los Vargas.

—Ya ha empezado mi juego, Dante —dije, desbloqueando la pantalla.

Redacté un mensaje corto, preciso y devastador. Adjunté esa fotografía borrosa pero incriminatoria de Julián y Lucrecia en el pasillo del hotel.

"La boda de Elena Castillo de la Fuente se cancela. Traición, engaño y un fraude que sacudirá los cimientos de la Constructora. La heredera no llegará al altar con Julián Vargas... porque su lealtad ahora pertenece a otro hombre."

—Enviado —susurré.

En menos de diez minutos, el teléfono empezó a vibrar sin parar. Las redes sociales explotaron. El apellido Castillo de la Fuente era tendencia nacional, pero el verdadero giro estaba por venir.

Dante me extendió una copa de cristal con un licor ámbar una vez que entramos en su estudio. El lugar olía a éxito y a decisiones importantes. Sobre su escritorio de nogal, descansaba un documento de varias páginas: nuestro contrato de hierro.

—Ahora, el golpe de gracia —dijo Dante con una sonrisa que prometía una destrucción elegante—. Mañana, mientras Julián intente explicarle a la prensa y a tus inversores por qué la novia lo dejó plantado, nosotros haremos nuestra entrada en la Gala de Beneficencia.

—Como los nuevos esposos Lombardo —completé, tomando la pluma de oro que me ofrecía.

Firmé con un trazo firme: Elena Castillo de la Fuente. Al hacerlo, sentí que le entregaba una parte de mi vida a "el diablo", pero también que recuperaba el control de mi imperio. Dante firmó justo debajo, sellando nuestra alianza.

—He dado instrucciones a mi equipo —continuó él, acercándose tanto que podía sentir el calor de su cuerpo y ese aroma a sándalo y peligro—. A primera hora de la mañana, saldrá el comunicado oficial: nos casamos en una ceremonia privada esta misma noche. Julián no solo perderá tu apellido y tu dinero; perderá su credibilidad cuando vea que su mayor enemigo ahora es el esposo de la mujer que él intentó pisotear.

Me acerqué a él, invadiendo su espacio, desafiando esa aura de poder que lo rodeaba.

—No soy una posesión, Dante. Soy tu socia en este infierno.

Él soltó una carcajada baja, una vibración que sentí en el pecho, y me tomó de la barbilla con una suavidad que me sorprendió.

—Eso es lo que más me gusta de este contrato, Elena. Que por fin tengo a alguien frente a mí que sabe cómo ganar una guerra.

Esa noche, mientras el nombre de Julián Vargas se hundía en el fango de los chismes, yo dormía bajo el techo de los Lombardo. El apellido Castillo de la Fuente seguía siendo poderoso, pero ahora, tenía colmillos.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo