Capítulo 4 Gala de Cristal y Veneno

El salón de mármol de la Fundación Lombardo resplandecía bajo miles de cristales tallados. Era la noche más importante del año para Dante: su gala anual de beneficencia para niños con autismo, un proyecto que manejaba con una seriedad impecable y que era el único rastro de humanidad que el mundo le conocía.

Me miré al espejo del vestidor de la mansión antes de salir. Llevaba un vestido de alta costura negro, con un escote profundo en la espalda y miles de cristales bordados que imitaban una armadura líquida. No era un vestido de novia; era un vestido de guerra.

Dante apareció detrás de mi reflejo. Estaba imponente con un esmoquin negro hecho a medida, su cabello oscuro perfectamente peinado y esa mirada de acero que lo hacía parecer el dueño del mundo. Se acercó y, sin pedir permiso, colocó un collar de diamantes y esmeraldas alrededor de mi cuello. El frío de las piedras me hizo estremecer.

—El verde es por el apellido Castillo de la Fuente —susurró cerca de mi oído, su aliento rozando mi piel—. El brillo es para que nadie pueda dejar de mirarte. Especialmente él.

—Julián va a estar allí —dije, encontrando sus ojos en el espejo—. Mi padre también. Han intentado llamarme todo el día.

—Déjalos que llamen. Esta noche, las respuestas las daremos frente a las cámaras.

Llegamos a la gala justo cuando la alfombra roja estaba en su punto máximo. Al bajar del auto, el flash de las cámaras fue cegador. El murmullo de la prensa fue inmediato: "¡Es Elena Castillo de la Fuente! ¡Está con Lombardo!".

Entramos al salón principal con una calma ensayada. Dante mantenía su mano firmemente apoyada en mi cintura, una posesión elegante que gritaba autoridad. A lo lejos, cerca del bar, divisé a Julián. Se veía desaliñado a pesar del traje caro; tenía una copa de whisky en la mano y la mirada perdida, hasta que nos vio. Su rostro pasó de la confusión a una furia roja en segundos.

Dante me guio hacia el centro del salón, justo antes de que comenzara la subasta benéfica. Subió al podio con una confianza absoluta, mientras yo me quedaba a su lado, sintiendo el peso de todas las miradas de la élite de la ciudad.

—Buenas noches a todos —la voz de Dante amplificada por el micrófono llenó el lugar, silenciando hasta el último susurro—. Gracias por acompañarnos una vez más en la labor de mi fundación. Como saben, este proyecto es mi prioridad, pero esta noche, además de nuestra meta benéfica, tengo un anuncio personal que compartir.

Vi a Julián avanzar entre la multitud, abriéndose paso a empujones, con los ojos inyectados en sangre. Mi padre estaba unos metros atrás, pálido, sosteniendo del brazo a una Lucrecia que intentaba esconderse tras su abanico.

—Muchos han especulado sobre los cambios en la Constructora Castillo de la Fuente y sobre la cancelación de un compromiso que ya no tenía razón de ser —continuó Dante, mirándome con una sonrisa ladeada que ocultaba una promesa de victoria—. He decidido que la mejor manera de proteger el legado de Elena es unir nuestras vidas. Elena Castillo de la Fuente y yo nos hemos casado legalmente esta tarde.

Un jadeo colectivo recorrió el salón. Julián soltó su copa, que se hizo añicos contra el suelo de mármol.

—¡Es mentira! —gritó Julián, rompiendo el protocolo de la gala. Se acercó al podio, señalándome con el dedo tembloroso—. ¡Elena, tú no puedes hacerme esto! ¡Lombardo la tiene amenazada, esto es un fraude!

Dante bajó del podio con una lentitud que daba miedo. Se paró frente a Julián, sacándole media cabeza de altura y una vida entera de poder.

—Cuidado, Vargas —dijo Dante, su voz saliendo por los altavoces con una frialdad letal—. Estás gritándole a mi esposa en mi propia casa. Si tienes algo que decir sobre fraudes, te sugiero que guardes aliento para explicarle a los auditores que envié a tu oficina esta tarde.

Julián retrocedió, dándose cuenta de que estaba rodeado de fotógrafos captando su humillación. Me acerqué a Dante y entrelacé mis dedos con los suyos.

—Julián, vete de aquí —le dije, con una calma que me sorprendió a mí misma—. Ya no tienes nada que hacer en mi mundo. Ni en mi empresa, ni en mi cama. Lucrecia te está esperando en el rincón, quizás ella todavía crea tus mentiras.

Dante me miró y, frente a todos, frente a las cámaras y frente al hombre que me había traicionado, me besó la mano con una devoción fingida que se sintió extrañamente real.

—Continuemos con la gala —anunció Dante, mirando a los invitados como si Julián ya no existiera—. Tenemos niños que ayudar y un imperio que dirigir.

La guerra no solo había empezado; esa noche, Julián Vargas había muerto socialmente, y yo acababa de renacer como la Señora Lombardo.

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