Capítulo 5 El Sabor del Despecho y el Hierro
El estruendo de la copa rota de Julián todavía resonaba en mis oídos cuando Dante bajó del podio. La seguridad de la gala, hombres vestidos de negro que parecían sombras letales, se materializó alrededor de Julián antes de que pudiera dar otro paso hacia mí.
—Sáquenlo —ordenó Dante. Su voz no era un grito; era una sentencia susurrada que cortaba el aire—. Y asegúrense de que entienda que los límites de mi propiedad no se cruzan dos veces.
Vi cómo arrastraban a Julián hacia la salida lateral. Él gritaba mi nombre, una mezcla de súplica y maldición, mientras mi padre intentaba ocultar el rostro y Lucrecia desaparecía entre la multitud, avergonzada por el escándalo. Dante me tomó de la mano, llevándome hacia un rincón más privado de la terraza, lejos de los flashes.
El mensaje en el callejón
Mientras la música de cámara seguía sonando para los invitados, en la parte trasera del edificio, el destino de Julián era distinto. Dante le hizo una seña a su jefe de seguridad, un hombre llamado Marco.
—No lo maten —dijo Dante, frío como el hielo—. Pero quiero que mañana, cuando intente levantarse para ir a la oficina que ya no le pertenece, le duela cada fibra del cuerpo. Que recuerde que Elena Castillo de la Fuente ahora tiene dueño, y ese dueño no perdona.
En la penumbra del callejón, Julián recibió el primer golpe en el estómago que lo dejó sin aire. No fue una pelea; fue una ejecución de autoridad. Cada impacto era un recordatorio: uno por la traición, otro por el intento de robo a la constructora, y el más fuerte, por haberse atrevido a levantarle la voz a la nueva Señora Lombardo. Lo dejaron tirado entre los desperdicios, sangrando y temblando, sabiendo que su vida como galán de la alta sociedad se había terminado para siempre.
El refugio de cristal
Dentro de la gala, yo no podía dejar de temblar. El odio me mantenía en pie, pero el dolor de cinco años tirados a la basura me estaba perforando el pecho. Me acerqué a la barra de tragos. Uno, dos, tres whiskys puros. El líquido me quemaba la garganta, pero necesitaba que me quemara el alma para no sentir el vacío.
—Beber así no va a borrar lo que viste, Elena —la voz de Dante apareció a mi espalda.
—No quiero borrarlo, quiero anestesiarlo —respondí, con la voz ya un poco arrastrada—. Me duele, Dante. Me duele que fuera él. Me duele que fuera mi hermana. ¿Tan poco valgo para ellos?
Dante me quitó la cuarta copa de la mano y me obligó a mirarlo. Sus ojos, que siempre parecían cuchillas, se suavizaron apenas un milímetro al ver mis ojos empañados.
—Vámonos de aquí. Ya diste el espectáculo que necesitábamos.
La noche del diablo
Llegamos a la mansión Lombardo bajo una lluvia fina. Yo apenas podía mantenerme en pie; el alcohol y el cansancio emocional me habían vencido. Dante me subió por las escaleras, cargándome con una facilidad que me hizo sentir pequeña.
Me dejó sobre la cama de seda negra de su habitación. La habitación olía a él: a sándalo, a poder, a algo peligroso y atrayente. Intenté levantarme, pero el mundo me daba vueltas.
—¿Por qué me ayudas? —pregunté, rompiendo en un llanto amargo, ese llanto de despecho que surge cuando te das cuenta de que todavía amas la sombra de quien te destruyó—. ¿Por qué eres tan bueno conmigo si solo somos un contrato?
Dante se sentó en el borde de la cama y comenzó a desabrocharse los puños de la camisa.
—Porque yo también sé lo que es que te quiten todo, Elena. Y porque Julián Vargas no merece ni una sola de tus lágrimas.
Me acerqué a él, gateando por la cama, movida por una mezcla de ebriedad y una desesperada necesidad de afecto, de cualquier tipo de calor que borrara el frío de la traición. Le tomé el rostro con mis manos torpes.
—Bésame —le pedí—. Haz que me olvide de su nombre. Haz que me olvide de que lo amé.
Dante se tensó. Sus músculos eran de piedra bajo mi tacto.
—Estás borracha, Elena. Mañana te arrepentirás.
—Mañana ya estaré muerta por dentro si no me ayudas hoy —insistí, pegando mis labios a los suyos.
Él luchó contra sí mismo un segundo, pero cuando mis manos se enredaron en su cabello, el autocontrol de "el diablo" se rompió. El beso fue una explosión de necesidad y rabia. No era un beso romántico; era un reclamo. Dante me tomó con una fuerza posesiva, volcando en mí toda la rivalidad que sentía por Julián, y yo me entregué a él buscando castigarme y salvarme al mismo tiempo.
Esa noche, bajo las sábanas de mi mayor aliado, me perdí en un laberinto de sensaciones nuevas. Dante era fuego, era exigente y a la vez extrañamente protector. Entre sus brazos, el nombre de Julián se fue desvaneciendo, reemplazado por la intensidad de un hombre que no pedía permiso para entrar en mi vida.
Me quedé dormida con el rastro de mis lágrimas secándose en sus almohadas, sabiendo que al despertar, el contrato ya no sería solo papel y tinta. Había entregado mi cuerpo al enemigo de mi ex, y aunque el despecho seguía ahí, la venganza ahora tenía un sabor mucho más adictivo.
