Capítulo 6 El Despertar del Diablo
La luz del sol se filtraba por los inmensos ventanales de la habitación, hiriéndome los ojos. Me removí entre las sábanas de seda negra, sintiendo un peso desconocido en el cuerpo y un martilleo incesante en las sienes. El aroma a sándalo y tabaco caro estaba impregnado en la almohada, y de repente, los flashes de la noche anterior golpearon mi mente como ráfagas de metralla.
La gala. El whisky. Los gritos de Julián. Y luego... Dante.
Me senté de golpe, ignorando el mareo. Estaba en la cama de Dante Lombardo. Al mirar bajo las cobijas, confirmé mis sospechas: el vestido de gala negro estaba en el suelo, y yo apenas llevaba una bata de seda que no recordaba haberme puesto. Un calor abrasador me subió por el cuello hasta las mejillas. Sabía que algo había pasado, podía sentir el rastro de sus manos en mi piel, la intensidad de un encuentro que nació del despecho pero que se sintió demasiado real.
—Maldita sea, Elena... —susurré, hundiéndome el rostro en las manos—. ¿Qué hiciste?
Me levanté con cuidado, encontrando mi ropa interior y la bata perfectamente dispuestas. Tras una ducha rápida que no logró borrar la confusión, bajé las escaleras de la mansión. El silencio era absoluto, roto solo por el suave tintineo de una cuchara contra una taza de porcelana que venía del despacho.
Caminé hacia la puerta entreabierta. Allí estaba él.
Dante se veía impecable, como si no hubiera pasado la noche lidiando con una mujer ebria y despechada. Llevaba un pantalón de vestir negro y una camisa blanca con las mangas prolijamente dobladas hasta los codos, revelando sus antebrazos fuertes. Estaba concentrado en su tableta, con una taza de café humeante a un lado. Se veía tan guapo y sereno que me sentí ridícula con mi cabello aún húmedo y mi orgullo por los suelos.
—Veo que finalmente decidiste unirte al mundo de los vivos —dijo sin levantar la vista, pero con una sonrisa ladeada que delataba que sabía perfectamente que yo estaba ahí.
Entré al despacho, cerrando la puerta tras de mí. Necesitaba respuestas.
—Dante... sobre lo de anoche —comencé, tratando de que mi voz no temblara—. Estaba... no estaba en mis cinco sentidos. Bebí de más y creo que las cosas se salieron de control. ¿Qué fue exactamente lo que pasó?
Él dejó la tableta sobre el escritorio de nogal y se reclinó en su silla de cuero, entrelazando sus dedos largos. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis labios, antes de volver a encontrarse con mi mirada.
—Pasó lo que tenía que pasar, Elena —respondió con una calma exasperante—. Me pediste que te hiciera olvidar, y yo soy un hombre de palabra. No pasó nada que tú no quisieras que pasara, así que tranquila. No soy de los que fuerzan situaciones, y tú estabas muy segura de lo que buscabas entre mis sábanas.
El tono de su voz, profundo y sin una pizca de arrepentimiento, me dejó sin palabras.
—Pero... el contrato —atiné a decir—. Dijimos que esto era una sociedad. No quiero que pienses que... que sigo sintiendo algo por Julián y que te usé.
Dante se levantó con esa elegancia depredadora que lo caracterizaba y caminó hacia mí hasta quedar a pocos centímetros. Su presencia era abrumadora; podía oler su perfume y sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el mismo calor que me había envuelto horas antes.
—Sé perfectamente que lo hiciste por despecho, Elena. No me engaño —dijo, bajando la voz hasta convertirla en una vibración peligrosa—. Pero déjame aclararte algo: en mi cama no entra nadie que yo no desee. Si pasó, fue porque ambos lo quisimos. Ahora, deja de castigarte. Tenemos cosas más importantes de qué ocuparnos.
Caminó hacia el ventanal y señaló un periódico que descansaba sobre la mesa de centro.
—Julián Vargas amaneció con un recuerdo de mi seguridad en el rostro y la noticia de que su crédito en el banco ha sido congelado. Tu padre está afuera, esperando en la entrada de la mansión desde hace una hora, rogando por hablar contigo.
Me acerqué al periódico. La foto de Julián, golpeado y humillado, ocupaba la mitad de la sección de negocios.
—¿Qué quieres hacer, Señora Lombardo? —preguntó Dante, mirándome de reojo con un brillo de complicidad—. ¿Le damos una audiencia a tu padre o dejamos que siga esperando bajo el sol para que entienda quién manda ahora?
La confusión por la noche compartida seguía ahí, pero al ver la ruina de Julián en papel, sentí que el poder regresaba a mis venas. Miré a Dante y, por primera vez, no vi solo a un aliado, sino a un hombre que estaba dispuesto a quemar el mundo conmigo.
—Que espere —respondí con firmeza—. Primero, quiero mi café.
