Capítulo 7 Cenizas del Linaje
El café negro en la taza de porcelana de Dante estaba amargo, justo como mi estado de ánimo. Me puse un conjunto de seda color champaña que encontré en el vestidor, algo que gritaba autoridad sin esfuerzo, y bajé las escaleras de la mansión Lombardo. Dante me observaba desde el umbral de su despacho, con una mano en el bolsillo y esa mirada indescifrable que decía que disfrutaba del caos que habíamos desatado la noche anterior en la gala.
—Tu padre está en el gran salón. Ha envejecido de golpe diez años en una sola noche —comentó Dante con una frialdad casi musical, exhalando una fina línea de humo de su cigarrillo—. Los guardias lo revisaron tres veces antes de dejarlo pasar. Está limpio de armas, pero absolutamente desesperado.
—Déjanos solos, Dante —le pedí, deteniéndome a un paso de él—. Esto es algo que debo terminar yo misma.
Él asintió lentamente, inclinándose hacia adelante lo suficiente para que su hombro rozara el mío al pasar, un contacto sutil pero cargado de electricidad.
—Estaré en el despacho. Si levantas la voz, mis hombres entrarán. Si me llamas... entraré yo.
La humillación de un patriarca
Entré al salón y vi a Arturo Castillo de la Fuente. El hombre que ayer me abofeteó por defender mi dignidad ante un delincuente, hoy sostenía un periódico arrugado con la foto de Julián siendo escoltado por la seguridad. Al verme entrar, se puso de pie de un salto, pero se detuvo en seco al chocar con mi expresión. Ya no era su hija sumisa; era la mujer de Lombardo.
—¡Elena! Por Dios, tienes que detener esta locura —su voz temblaba, rota—. Los bancos están llamando sin parar. Las acciones de la constructora están cayendo en picado porque el mercado cree que hay un vacío de poder absoluto. ¡Ese animal de Lombardo está destruyendo el legado de tu abuelo!
—El único que casi destruye el legado fuiste tú, papá, al intentar entregarle la llave de la caja fuerte a un miserable que se acostaba con tu otra hija a escondidas —mi voz fue un látigo de hielo—. Siéntate. No he venido a escucharte llorar por tus errores, he venido a dictarte mis condiciones.
Él se hundió en el sofá, abrumado por el peso de sus propias malas decisiones.
—Primero —comencé, caminando lentamente a su alrededor, marcando el territorio—, Julián Vargas queda legalmente fuera de cualquier proyecto presente o futuro de la empresa. Ya firmé una orden de restricción y una demanda por fraude administrativo que lo enviará directo a la cárcel si se le ocurre pisar la constructora. Segundo, tú pasas a ser una figura meramente decorativa. Mantendrás tu oficina por respeto a tu edad, pero no tienes firma, ni voto, ni acceso a los fondos sin mi autorización... o la de Dante.
—¡¿Metiste a Lombardo en la constructora?! ¡Es nuestro peor enemigo! —gritó, golpeando la mesa de centro.
—Lombardo es el único que inyectó el capital necesario esta madrugada para que la empresa no amaneciera en quiebra técnica —lo sentencié, fulminándolo con la mirada—. Si no aceptas, retiro mi firma de la gerencia, dejo que los bancos embarguen esta mansión y tú terminarás tus días en un apartamento de dos habitaciones. Tú decides, Arturo.
Mi padre bajó la cabeza, derrotado. El orgullo de los Castillo de la Fuente se había arrodullado ante la cruda realidad.
El regreso al nido de víboras
Media hora después, escoltada por dos camionetas blindadas de la seguridad de Dante, llegué a la mansión familiar. Necesitaba recuperar mis documentos personales y cerrar el círculo del pasado. Al entrar, el ambiente era fúnebre. Mi madre, Beatriz, estaba en el comedor con los ojos rojos por el llanto, pero al verme, se puso de pie con una mezcla de orgullo y dolor.
—Hiciste lo correcto, Elena —susurró ella, dándome un abrazo rápido—. Pero tienes que tener cuidado. Lucrecia está en el jardín; no ha dejado de beber y de gritar que tú le robaste la felicidad.
Caminé con paso firme hacia el jardín trasero. Lucrecia estaba sentada junto a la piscina, con una copa de vino en la mano a media mañana y los ojos hinchados. Al verme, su rostro se transformó en una máscara de odio puro.
—¡Ahí está la gran salvadora! —chilló, poniéndose de pie con torpeza—. ¿Cómo se siente, Elena? ¿Cómo se siente acostarse con un monstruo con tal de vengarte de nosotros? Julián está hundido por tu culpa. ¡Lo mandaste a destruir!
—Julián está vivo porque Dante es más civilizado de lo que parece —respondí, acercándome a ella hasta quedar a centímetros, obligándola a sostener mi mirada—. Y no me alié con Dante solo por venganza, Lucrecia. Lo hice porque él es diez veces más hombre de lo que Julián será en diez vidas enteras.
Lucrecia, ciega de rabia, intentó lanzarme el vino a la cara, pero fui más rápida. Le sujeté la muñeca con una fuerza que no sabía que poseía, apretando los dedos hasta que el cristal de la copa vibró y estuvo a punto de romperse entre nosotras.
—Escúchame bien, hermanita —le dije al oído, con una calma que me pareció aterradora—. He tomado el control total de tus fideicomisos. A partir de hoy, tu tarjeta de crédito tiene un límite estricto de supervivencia. Si te vuelvo a ver cerca de Julián, o si intentas filtrar alguna mentira a la prensa, te enviaré a un internado en Suiza del que no saldrás hasta que tengas canas. ¿Me oíste?
—¡Eres una perra! —sollozó, derrumbándose en el suelo de la terraza mientras yo soltaba su muñeca con desprecio—. ¡Él me ama a mí! ¡Tú solo eras el negocio!
—Pues el negocio acaba de quebrar para ambos —le solté antes de darle la espalda.
Al regresar al vestíbulo para recoger mis papeles del escritorio de mi padre, un sobre abierto sobre la mesa llamó mi atención. Era una notificación urgente del puerto: Julián ya había firmado un acuerdo de emergencia con las células del sindicato para bloquear mis rutas de transporte esa misma noche. La guerra no iba a esperar a que yo des empacara mis maletas.
Me volví hacia mi madre, decidida a sacarla de ese infierno.
—Mamá, empaque sus cosas. Viene conmigo. He habilitado un ala entera en la mansión Lombardo para usted. No tiene por qué quedarse aquí.
Beatriz miró el sobre en mis manos, luego la figura derrotada de mi padre en el bar, y finalmente mis ojos. Con una madurez triste, tomó mis manos y negó con la cabeza.
—No, Elena. Si me voy contigo, tu padre y Lucrecia venderán lo poco que les queda a espaldas de la junta para dárselo a Julián. Alguien tiene que quedarse en esta casa para vigilar sus movimientos y reportártelos. Yo seré tus ojos aquí, hija. Pero tú... tú regresa con tu esposo. No dejes que te vea débil.
El veredicto final
Salir de la mansión Castillo de la Fuente sola, dejando a mi madre como espía en el frente de batalla, me dejó un vacío amargo en el pecho. Al llegar al auto blindado, Dante estaba apoyado en la puerta trasera, vistiendo una camisa negra de mangas remangadas que exponía sus brazos fuertes. Observaba la fachada de la casa con una sonrisa de lobo satisfecho.
Al ver que venía sola, tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la bota.
—¿Y tu madre? Pensé que traerías equipaje extra, reina.
—Se queda —dije, subiendo directamente al asiento trasero—. Tenemos problemas peores. Julián ya activó el bloqueo en los muelles para esta noche.
Dante subió inmediatamente detrás de mí, cerrando la puerta de un golpe seco que aisló por completo el ruido del exterior. El espacio en el asiento de cuero se volvió asfixiantemente pequeño.
Antes de que pudiera reaccionar, su agarre fue inmediato, posesivo y dominante. Dante se deslizó por el asiento, atrapando mi cintura con una mano y acorralándome contra la esquina del auto. Con la otra mano, me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo mientras sus ojos oscuros se clavaban en los míos con una furia fría que me hizo tragar saliva.
—¿Creíste que el juego de la junta directiva era una broma, Elena? —siseó, su rostro a escasos centímetros del mío, su perfume a madera y tabaco inundando mis sentidos—. Te advertí que Julián no se quedaría quieto. Si tus camiones no se mueven esta noche, el dinero que inyecté esta madrugada se evaporará.
—Suéltame, Dante —dije, intentando mantener la voz firme mientras sentía el calor de su cuerpo aprisionándome—. Mi madre se quedó para vigilar que mi padre no le firme más poderes a Julián. Yo me encargaré del puerto. No te vas a quedar con mi empresa tan fácil.
Dante sostuvo el agarre por unos segundos interminables, midiendo mi resistencia, antes de soltarme la barbilla con una caricia lenta y exasperante que me erizó la piel. Una sonrisa peligrosa volvió a dibujarse en sus labios.
—Me gusta cuando muestras los dientes, Sra. Lombardo —dijo, acomodándose en su asiento mientras le hacía una seña al chofer para que arrancara—. Pero recuerda las reglas del contrato: en mi casa y en mi guerra, yo dicto los movimientos. Prepárate, porque esta noche vas a ver cómo limpia los muelles el apellido Lombardo.
Miré por la ventana tintada cómo la mansión de mi infancia se desvanecía en la distancia. Había quemado los puentes con mi familia, mi madre era mi única aliada oculta, y ahora estaba atrapada en el auto del hombre que me devolvía el poder con una mano mientras me encadenaba con la otra. La verdadera batalla por el imperio acababa de comenzar.
