Capítulo 8 El Aroma del Poder y el Rastro de la Sangre

La mañana en la mansión Lombardo comenzó con un ritual de perfección. Dante se despertó antes que el sol, como un animal que nunca baja la guardia. Lo observé desde la cama, fingiendo dormir, mientras él salía de la ducha. El agua caliente había dejado su piel bronceada con un brillo saludable; las gotas se deslizaban por sus hombros anchos y descendían por el relieve marcado de su espalda, perdiéndose en la toalla negra que anudó a su cintura.

Dante se vistió con la precisión de un soldado preparándose para la gloria. Se aplicó su perfume, una mezcla embriagadora de sándalo, cuero viejo y un toque de tabaco que inundó la habitación, un aroma que ya se sentía como mi propio aire. Eligió un traje azul noche, de una tela tan fina que parecía seda, y una camisa blanca que resaltaba la dureza de su mandíbula recién afeitada. Al ajustarse el reloj de platino, me miró a través del espejo, sabiendo que lo observaba.

—Es hora de legalizar el infierno, Elena —dijo con esa voz profunda que me erizaba la piel—. Los abogados esperan los edictos de la boda civil. Hoy dejas de ser una Castillo de la Fuente para ser, ante la ley, mi esposa.

El ritual de la nueva reina

Cuando él salió, me encerré en el baño de mármol. Necesitaba sentirme poderosa antes de enfrentar lo que venía. Me sumergí en la tina con sales de bergamota y rosas. Miré mi propio cuerpo bajo el agua cristalina; la piel de mis piernas se veía tersa, y en mi cuello aún quedaba una pequeña marca, un recordatorio purpúreo de la pasión de Dante de la noche anterior. Me sentía más viva, más eléctrica, como si el peligro me hubiera inyectado una dosis de juventud.

Me vestí con un conjunto de falda de tubo y chaqueta entallada color marfil. Me maquillé con tonos tierra, resaltando mis ojos, y me puse un labial rojo sangre que gritaba desafío. Antes de salir, me detuve. Necesitaba cerrar un círculo.

—Dante, tengo que ir al hospital —le dije cuando bajé—. Necesito ver los restos de lo que creía amar.

Él me miró desde su escritorio, entornando los ojos.

—Ve. Pero lleva a Marco. No quiero que ese parásito ensucie tus manos otra vez.

El encuentro en la habitación 402

El hospital privado olía a antiséptico y a derrota. Entré en la habitación de Julián sin llamar. Él estaba allí, con la mitad del rostro vendado y el labio partido. Al verme, sus ojos, antes llenos de promesas falsas, se llenaron de un odio visceral.

—Mírate... —escupió Julián, su voz saliendo con dificultad por la hinchazón—. La gran dama de la sociedad, oliendo al perfume de ese animal. ¿Te gusta cómo te trata, Elena? ¿Te gusta ser el trofeo de un asesino?

—Me gusta más de lo que me gustaba ser la estúpida que te mantenía los lujos, Julián —respondí, manteniéndome a tres metros de su cama, cruzada de brazos—. He venido a decirte que hoy firmo los papeles de mi matrimonio legal con Dante. Mañana, la constructora borrará tu nombre hasta de los archivos de limpieza.

—¡Tú eres la culpable de todo esto! —gritó él, intentando incorporarse, pero soltando un gemido de dolor—. ¡Me sedujiste con tu dinero y luego me lanzaste a los lobos! ¡Tú provocaste a Lucrecia! ¡Tú sabías que yo necesitaba ese capital y jugaste conmigo para terminar en los brazos de Lombardo! ¡Eres una perra calculadora!

Me acerqué a la cama, inclinándome sobre él. El olor a medicina de Julián me dio náuseas comparado con la frescura de Dante.

—No, Julián. Yo solo fui la mujer que te amó demasiado. El monstruo en el que me convertí es obra tuya —le susurré, con una frialdad que lo hizo callar—. Disfruta de esta habitación, porque es lo último que el apellido Castillo de la Fuente va a pagarte. Cuando salgas de aquí, estarás solo, arruinado y con una deuda con Dante que no pagarías ni en tres vidas.

—¡Te odio! —bramó él, las lágrimas de rabia rodando por sus mejillas—. ¡Lombardo se cansará de ti y te desechará como la basura que eres!

—Puede ser —sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Pero mientras tanto, disfrutaré cada segundo de ver cómo mi esposo destruye lo poco que queda de ti.

Salí de la habitación sin mirar atrás, sintiendo que el peso que cargaba en el pecho finalmente se disolvía. En el pasillo, Marco me esperaba con la puerta del ascensor abierta.

Al llegar a la mansión, Dante estaba en la entrada, esperándome con los documentos legales sobre una mesa de mármol y dos testigos de su absoluta confianza. Se acercó a mí, oliendo a esa elegancia impecable, y me tomó de la cintura, pegándome a su cuerpo.

—¿Se acabó? —preguntó, su mirada escaneando mi rostro en busca de dudas.

—Se acabó —respondí, tomando la pluma—. Hagámoslo oficial.

Firmé el acta de matrimonio con una caligrafía perfecta. Dante firmó después, sellando nuestro pacto con un beso que sabía a victoria y a una posesión que ya no era solo por contrato. A partir de ese segundo, Julián Vargas era un fantasma, y yo era la mujer del hombre más peligroso de la ciudad.

La verdadera boda comenzaba ahora, y el mundo no estaba listo para lo que los esposos Lombardo planeaban hacer.

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