Capítulo 9 El Banquete de las Sombras

La oficina de Dante en la mansión estaba envuelta en el aroma del café recién molido y el perfume amaderado que siempre emanaba de su piel. Él estaba sentado tras su escritorio de caoba, revisando unos informes financieros con una concentración que lo hacía ver terriblemente atractivo. Llevaba una camisa negra de seda con los primeros botones abiertos, revelando el inicio de su pecho firme y bronceado.

Me acerqué a él, dejando que el roce de mi falda de satén hiciera un ligero siseo en el silencio de la estancia.

—Dante, el registro civil fue un trámite, pero para el mundo de los negocios, no existimos si no hay una foto en la portada de las revistas sociales —dije, apoyando mis manos sobre su escritorio—. Necesitamos una ceremonia. Una boda de gala, algo que deje claro que la alianza Castillo de la Fuente-Lombardo es el nuevo eje del poder.

Dante levantó la vista, una sonrisa depredadora curvando sus labios. Se reclinó en su silla, observándome con una intensidad que me hizo hervir la sangre.

—Quieres una exhibición pública, Elena. Quieres restregarles tu victoria en la cara —su voz era una vibración baja que parecía acariciarme—. Me gusta. Ponle fecha. No escatimes en gastos. Quiero que sea la boda del año, la que nadie olvide en décadas.

—Ya tengo la lista de invitados —continué, sacando una tableta—. Mis socios, tus aliados... y por supuesto, mi familia. Mi padre y Lucrecia deben estar en la primera fila.

—¿Y el parásito de Vargas? —preguntó Dante, entrecerrando los ojos.

—Julián será nuestro invitado de honor —sonreí con una frialdad que me sorprendió a mí misma—. Quiero que vea con sus propios ojos lo que perdió. Quiero que vea cómo el hombre al que más odia me toma frente a Dios y ante la ley.

Dante soltó una carcajada seca y se puso de pie. Caminó hacia mí y me rodeó la cintura con sus brazos fuertes, pegándome a su cuerpo impecable. Podía sentir la dureza de sus músculos y el calor que emanaba de él.

—Eres más diabólica que yo, Elena. Me encanta.

Los preparativos del caos

Dos semanas después, los jardines de la propiedad Lombardo se transformaron en un palacio de cristal al aire libre. Orquídeas blancas colgaban de estructuras de plata y el champán fluía como agua. Yo me preparaba en la suite principal. Mi cuerpo se sentía eléctrico bajo un vestido de encaje francés y seda, diseñado para marcar cada curva de mi figura; era una obra de arte que me hacía ver como una reina inaccesible.

Dante entró a la habitación antes de bajar. Estaba impecable en un esmoquin de tres piezas hecho a mano en Italia. Se acercó y me puso un collar de diamantes negros, una pieza única que pesaba sobre mi cuello como una declaración de guerra.

—Estás radiante, Señora Lombardo —susurró, besando mi hombro—. Vamos a darles el espectáculo que pagaron por ver.

El encuentro en la recepción

Al bajar, la élite de la ciudad nos rodeó. Entre la multitud, divisé a mi familia. Mi padre intentaba mantener la compostura, aunque sus ojos buscaban desesperadamente a Dante para obtener alguna aprobación. Lucrecia estaba a su lado, vestida con un rojo demasiado llamativo, con una expresión de envidia que no podía ocultar.

Y entonces, lo vi. Julián Vargas.

Había salido del hospital hacía apenas unos días. Su rostro aún tenía rastros de las cicatrices, y caminaba con una ligera cojera. Se veía demacrado, el traje le quedaba grande y su mirada era la de un hombre que lo ha perdido todo pero se niega a aceptarlo. Dante me apretó la cintura, guiándome directamente hacia ellos.

—Julián, qué alegría que pudieras asistir —dije, extendiéndole la mano con una condescendencia letal—. Pensé que las facturas del hospital te mantendrían ocupado.

—Elena... —su voz era un graznido lleno de bilis—. ¿Cómo puedes dormir tranquila? Estás casada con un hombre que me mandó a matar. ¡Mírate, eres una cínica!

—Cuidado con lo que dices, Vargas —intervino Dante, dando un paso al frente. Su presencia física era tan abrumadora que Julián retrocedió instintivamente—. Estás en mi casa, comiendo de mi banquete. Deberías agradecer que Elena tuvo la compasión de invitarte.

—¡Compasión no! —gritó Lucrecia, interviniendo con la cara roja de rabia—. ¡Lo hizo para humillarnos! ¡Eres una perversa, Elena! ¡Le robaste la empresa a papá y ahora te burlas de nosotros con este teatro!

—¡Basta, Lucrecia! —mi madre apareció detrás de ellas, con una elegancia que las hizo callar—. Elena no robó nada, ella salvó lo que ustedes casi destruyen con sus bajezas. Si no pueden comportarse como adultos, retírense.

—¡No me voy a ir! —bramó Julián, acercándose a mí, ignorando a Marco que ya se ponía en alerta—. Elena, esto es un error. Este hombre te va a destruir. ¡Tú me amas a mí, esto es solo despecho!

Dante no esperó. En un movimiento rápido, tomó a Julián por el cuello de la chaqueta, levantándolo casi del suelo. El silencio se hizo total en el jardín; los invitados observaban el enfrentamiento con una mezcla de horror y fascinación.

—Escúchame bien, despojo —le dijo Dante al oído, pero lo suficientemente alto para que todos escucharan—. Elena es mía por contrato, por ley y porque ella así lo decidió en mi cama. Si vuelves a mencionar la palabra "amor" frente a mi esposa, te juro que no habrá hospital que pueda reconstruirte la próxima vez.

Dante lo soltó con desprecio, y Julián tropezó, cayendo sobre una de las mesas de arreglos florales. Lucrecia corrió a ayudarlo, chillando insultos, mientras mi padre se cubría la cara de vergüenza.

Dante se volvió hacia la orquesta y les hizo una seña. La música volvió a sonar con fuerza. Me tomó de la mano y me llevó al centro de la pista de baile, bajo la luz de la luna y los cristales.

—¿Estás bien? —me preguntó, mientras empezábamos a bailar un vals lento.

—Nunca he estado mejor —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro, sintiendo el latido constante de su corazón—. Se siente bien ganar, Dante.

—Esto no es solo ganar, Elena —susurró él, apretándome contra su cuerpo—. Esto es el comienzo de nuestro reinado. Que miren bien, porque a partir de mañana, nadie volverá a toser en nuestra presencia.

Bailamos frente a los restos de mi pasado, sellando nuestra alianza con una danza que gritaba que los Castillo de la Fuente y los Lombardo ahora eran uno solo, y que el precio de traicionarnos era la aniquilación total.

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