Capítulo 2 El aterrizaje

El avión aterrizó en Malpensa bajo una lluvia fina que envolvía a Milán en un sudario gris. Para el resto de los pasajeros, era solo el inicio de una semana de negocios o moda; para Samanta, era el regreso al centro del infierno.

Al bajar del avión, Samanta ajustó sus gafas oscuras y se envolvió en un abrigo de cachemir beige. Su postura era impecable, su mirada fría. Ya no era la niña que lloraba en los rincones oscuros de un laboratorio.

En la salida de la terminal, un chofer sostenía un cartel: "SRA. SIENNA MORETTI".

Al lado del chofer, un hombre joven de hombros anchos y mirada intensa observaba el flujo de pasajeros. Samanta lo reconoció al instante por las fotos de la prensa financiera, pero verlo en persona fue como un golpe eléctrico. Luciano D'Angelo. El niño de la ventana se había convertido en un hombre de una elegancia peligrosa.

—Bienvenida a Milán, señorita Moretti —dijo Luciano, adelantándose al chofer y extendiendo una mano que irradiaba un calor inesperado—. Soy Luciano D'Angelo. Es un honor tener al fin en casa a la mente que revolucionará nuestra empresa.

Samanta aceptó la mano, sintiendo el contacto de la piel del hijo del asesino de su padre. En ese momento, la guerra comenzó oficialmente.

—El honor es mío, signore D'Angelo —mintió ella con una sonrisa perfecta

—. No tiene idea de cuánto tiempo he esperado este momento, para conocer a la persona que formará parte de nuestra empresa

El trayecto desde el aeropuerto de Malpensa se realizó en un Bentley negro que se deslizaba por las calles de Milán con la suavidad de un depredador. El silencio en el interior del vehícl era denso, interrumpido solo por el rítmico golpeteo de la lluvia contra los cristales.

Luciano D'Angelo iba sentado frente a ellas. Su presencia llenaba el espacio; era un hombre que emanaba una autoridad natural, pero con una capa de modernidad que su padre nunca tuvo. Sus ojos, del color del acero templado, pasaban de Sienna a Sofía con una curiosidad que a Samanta le resultaba peligrosa.

—He tomado la libertad de gestionar su alojamiento personalmente —dijo Luciano, rompiendo el silencio. Su voz era profunda y aterciopelada—. Un apartamento en la zona de Brera. Es céntrico, privado y está a la altura de una ejecutiva de su calibre, señorita Moretti.

—Es usted muy considerado, signore D'Angelo —respondió Samanta, manteniendo la voz firme y profesional.

Sofía, sentada al lado de su hermana, miraba por la ventana las luces de la ciudad que una vez la expulsó. Para ella, Luciano era simplemente un empresario apuesto y educado. Al ser tan pequeña cuando ocurrió la tragedia, el rostro del niño en la ventana se había desdibujado en su memoria, reemplazado por años de estudios de arte y una vida tranquila en Boston. No sentía el pulso acelerado de Samanta, ni el peso del arma invisible que su hermana cargaba en el alma.

El refugio de cristal

El Bentley se detuvo ante un edificio histórico cuya fachada de piedra escondía un interior de ultra-lujo. Luciano las escoltó hasta el ático. El lugar era impecable: techos altos, ventanales que ofrecían una vista panorámica de la cúpula del Duomo y muebles de diseño italiano que gritaban fortuna.

—Espero que sea de su agrado —comentó Luciano, observando la reacción de las hermanas.

—Es... asombroso. Gracias —balbuceó Sofía con una sonrisa sincera.

Samanta caminó hacia el ventanal, dándole la espalda a Luciano para que no viera el destello de desprecio en sus ojos. Cada centímetro de ese lujo había sido pagado con el silencio de hombres como su padre.

—Mi hermana es una artista —dijo Samanta, recuperando el control—. Apreciará la estética del lugar mientras yo me dedico a revolucionar su departamento de innovación.

Luciano se acercó a ella, deteniéndose a una distancia que desafiaba el espacio personal. Samanta pudo oler su perfume: sándalo y lluvia.

—Me interesa más la persona que el currículum, Sienna —dijo él, usando su nombre falso con una familiaridad que la hizo estremecer—. Hay algo en su mirada... una intensidad que no se enseña en Boston. Parece alguien que ha venido aquí con una misión, más que con un contrato de trabajo.

Samanta sostuvo la mirada. Por un segundo, el tiempo se detuvo. El niño curioso de la mansión y la niña herida de la lluvia estaban allí, escondidos bajo capas de seda y mentiras.

Luciano asintió, visiblemente intrigado.

—Mañana a las nueve un coche las recogerá. Habrá una recepción de bienvenida en la sede principal. Mi padre está ansioso por conocerla

Al mencionar a "su padre", el corazón de Samanta dio un vuelco violento. El objetivo principal. Don Vittorio seguía vivo, seguía al mando, y mañana estaría a solo unos metros de ella.

—Mañana entonces —concluyó Samanta.

Luciano se despidió con una leve inclinación de cabeza y salió del apartamento. En cuanto la puerta se cerró, el aire pareció volver a la habitación. Sofía se dejó caer en uno de los sofás de cuero.

—Es muy guapo, ¿verdad? —dijo Sofía, suspirando—. Y parece amable. No es como los hombres de negocios que imaginaba.

Samanta no respondió de inmediato. Se acercó a su maleta, abrió un compartimento oculto y sacó el viejo carné de seguridad de su padre, desgastado por el tiempo. Lo apretó contra su pecho.

—No te confundas, Sofi —susurró Samanta, más para sí misma que para su hermana—. Es un D'Angelo. Y los D'Angelo no son amables; son dueños de la mentira. Hoy nos dan un ático, pero no olvides que ayer nos dejaron en la calle bajo la lluvia.

Samanta miró hacia la ciudad. El juego de ajedrez había comenzado. Luciano creía haber contratado a una científica brillante, pero en realidad, le había abierto la puerta a la mujer que incendiaría su imperio.

La primera noche en Milán fue un simulacro de paz. Sofía durmió profundamente, arrullada por el lujo del ático, pero Samanta permaneció despierta, repasando cada detalle de su plan. En su mente, el rostro de Don Vittorio D’Angelo era una mancha de sombra que finalmente iba a cobrar nitidez.

A la mañana siguiente, Samanta se transformó. Se puso un traje de sastre gris marengo, ajustado y profesional, y se recogió el cabello en una coleta tirante que acentuaba sus pómulos afilados. Frente al espejo, no vio a una científica; vio a un caballo de Troya.

—Ten cuidado, Sam —le pidió Sofía desde la cocina, con una taza de café entre las manos y una mirada llena de preocupación.

—No te preocupes por mí, Sofi. Hoy solo voy a trabajar —mintió Samanta, dándole un beso en la frente.

El Santuario de Cristal

El edificio de D’Angelo Pharma se alzaba en el distrito financiero como un monumento a la arrogancia. Al entrar, el olor a desinfectante y perfume caro golpeó los sentidos de Samanta, devolviéndole ráfagas de la noche en que su padre murió.

Luciano la esperaba en el vestíbulo. Se veía impecable, aunque había algo en su expresión —algo de inquietud— que no encajaba con el entorno.

—Puntualidad de Boston. Me gusta —dijo Luciano, guiándola hacia los ascensores privados—. Mi padre nos espera en la planta superior. Está revisando los informes de la nueva patente, pero ha despejado su agenda para verla.

Mientras el ascensor subía en silencio, Samanta sentía que el oxígeno escaseaba. Sus dedos rozaron el borde de su tableta digital dentro, llevaba ocultos los virus informáticos que empezarían a drenar los secretos de la empresa.

Pero el miedo se estaba apoderando de ella, ella solo pensaba en que si la descubrían que iba decir, pero aunque tenía mucho miedo solo pensaba en vengar la muerte de su padre.

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