
Venganza implaclabe
Maria Guanipa · Completado · 103.9k Palabras
Introducción
Años después, regresa como Sienna Moretti, una brillante experta en biotecnología graduada en Boston. Su objetivo es simple: infiltrarse en el núcleo de la empresa, seducir al heredero, Luciano D'Angelo, y destruir la reputación y la fortuna de quienes construyeron su gloria sobre el cadáver de su padre.
Sin embargo, en el juego del espionaje corporativo y los códigos de la mafia, el corazón es el punto más débil. Atrapada entre una pasión prohibida que amenaza con consumirla y una red de traiciones que llega hasta Nueva York, Samanta descubre que su peor enemiga no es un D'Angelo, sino la persona en la que más confiaba: su propia "hermana", Sofía.
En el mundo de la mafia, la venganza nunca es gratuita. ¿Será capaz de apretar el gatillo cuando el hombre que ama sea el único escudo entre ella y la muerte?
Capítulo 1
El aire de Milán en otoño siempre olía a una mezcla de café recién tostado y lluvia sobre el pavimento. Para Samanta, de diez años, ese olor significaba seguridad. Significaba que su padre, Ricardo, pronto cruzaría la puerta del pequeño apartamento en el barrio de Navigli, dejaría su gorra de seguridad sobre la mesa y las cargaría a ella y a Sofía en un abrazo que olía a pinos y a honestidad.
¿Papá, por qué los D’Angelo tienen una casa tan grande? —preguntó Sofía una tarde, mientras ayudaba a su padre a lustrar sus botas de uniforme.
Ricardo sonrió de lado, aunque sus ojos oscuros reflejaban un cansancio que las niñas no alcanzaban a comprender.
—Porque cuidan la salud de todo el mundo, pequeña. Don Vittorio dice que la ciencia es la llave del futuro. Y mi trabajo es cuidar que esa llave no caiga en manos equivocadas.
Esa era la mentira que los mantenía a salvo. Ricardo creía fervientemente en la gratitud; los D’Angelo le habían dado empleo cuando nadie más lo hacía. Lo que él no sabía era que su lealtad estaba siendo depositada en un pozo de víboras.
La noche del silencio roto
Sucedió un jueves. Samanta había olvidado su proyecto escolar en el auto de su padre, y aprovechando que vivían en las dependencias cercanas a la sede principal de D’Angelo Pharma, se escabulló entre las sombras de los laboratorios después de la cena.
Un edificio de cristal y acero, se alzaba como un gigante dormido. Samanta conocía los códigos de acceso; había visto a su padre marcarlos mil veces. Entró, disfrutando del eco de sus zapatillas sobre el mármol reluciente. Pero al llegar al área de logística, el silencio no era absoluto. Había voces.
Se ocultó tras una fila de contenedores metálicos con el sello de "Material Biológico". A través de la rendija, vio a su padre. No estaba patrullando. Estaba frente a Don Vittorio D’Angelo.
—Solo dime qué hay en estos cargamentos, Vittorio —la voz de Ricardo temblaba, no de miedo, sino de una decepción profunda—. Esto no es insulina. Estos sellos son de distribución ilegal. Me pediste que vigilara la puerta, pero me convertiste en el guardián de un mercado de veneno.
Don Vittorio, con su traje impecable y su cabello plateado peinado hacia atrás, suspiró como quien se enfrenta a un niño testarudo.
—Ricardo, te pagué para que fueras mis ojos, no mi conciencia. La lealtad no se cuestiona, se ejerce.
—No puedo ser cómplice de esto. Mañana iré a la policía —sentenció Ricardo, dándose la vuelta.
Fue un movimiento rápido, casi coreografiado. Don Vittorio no necesitó ensuciarse las manos; un hombre armado emergió de las sombras laterales.
PAN
El sonido fue seco, sordo, sofocado por el metal de los laboratorios. Samanta se tapó la boca con ambas manos, hundiendo los dientes en su propia piel para no gritar. Vio a su padre caer como un roble hachado. El blanco inmaculado del suelo se tiñó de un carmesí violento.
—Qué desperdicio —dijo Vittorio, acercándose al cuerpo y dándole un toque con la punta de su zapato de piel—. Dile al forense que fue un fallo en el sistema de presión. Un accidente industrial. Limpien esto antes de que amanezca.
El fin de la inocencia
Samanta se quedó allí, inmóvil, hasta que las luces se apagaron y el sonido de los pasos desapareció. El frío del suelo parecía filtrarse en sus huesos, congelando a la niña que amaba los cuentos de hadas. En ese rincón oscuro, rodeada de químicos y muerte, Samanta dejó de ser una niña.
Miró sus manos, manchadas por el polvo del almacén, y juró que algún día, esas mismas manos se cerrarían alrededor del cuello de los D’Angelo. No lloró. El dolor era demasiado grande para las lágrimas; necesitaba espacio para el odio.
Cuando salió del edificio bajo la lluvia fina de Milán, el mundo ya no era el mismo. El cielo no era elegante; era un sudario gris que esperaba su regreso.
El despojo
La mañana siguiente no trajo la luz, sino una niebla espesa que parecía querer ocultar el crimen de la noche anterior. Samanta había regresado a casa en estado de shock, acurrucándose junto a una Sofía dormida, esperando que el amanecer fuera solo el fin de una pesadilla. Pero el golpe seco en la puerta principal le devolvió la realidad.
No era su padre olvidando las llaves. Eran golpes de autoridad.
Al abrir, se encontraron con Don Vittorio D’Angelo en persona. No venía solo; dos hombres de hombros anchos y rostros inexpresivos flanqueaban la entrada. Vittorio no entró; se quedó en el umbral, mirando el modesto apartamento con una mezcla de lástima fingida y repugnancia.
—Niñas —dijo con una voz que pretendía ser cálida, pero que a Samanta le sonó como el roce de una navaja sobre el hielo—. Tengo noticias devastadoras. Ha habido un accidente en el sector cuatro. Vuestro padre... Ricardo... ha fallecido.
Sofía, que pn*s tenía ocho años, soltó un grito desgarrador que llenó el pasillo. Samanta, en cambio, se quedó petrificada. Sus ojos se clavaron en los de Vittorio. Buscó un rastro de culpa, pero solo encontró la arrogancia de quien se cree un dios. "Accidente", repitió ella en su mente. La palabra ardía.
—Fue un error humano, una válvula de presión —continuó Vittorio, sin parpadear—. Es una tragedia para la familia D’Angelo perder a un empleado tan… fiel.
Vittorio hizo una seña a sus hombres. Uno de ellos entró y dejó dos maletas vacías sobre la mesa donde aún estaban las tazas de café de la noche anterior.
—Debido a que esta vivienda es propiedad de la corporación y está reservada para el personal activo, me temo que deben desalojar —soltó, como quien comenta el clima—. Tienen una hora para recoger sus pertenencias personales. He dispuesto un coche para que las lleve a la estación de tren. Hay una tía en el sur, ¿verdad? Sicilia es un buen lugar para empezar de nuevo.
—¡No podemos irnos! ¡Papá todavía no ha vuelto! —sollozaba Sofía, aferrándose a la chaqueta de Samanta.
—Vuestro padre no volverá, pequeña —sentenció Vittorio. Se inclinó un poco hacia Samanta, reduciendo la distancia—. Es mejor que olviden Milán. Es una ciudad que no perdona a los que se quedan sin protección. Consideren esto una última muestra de mi generosidad por los años de servicio de Ricardo.
En la calle.
Sesenta minutos después, las hermanas estaban de pie en la acera, fuera de los muros de la propiedad D’Angelo. Llevaban dos maletas mal cerradas y el recuerdo del cuerpo de su padre siendo limpiado de la historia.
El coche que Vittorio prometió nunca llegó.
Vieron cómo los portones de hierro se cerraban con un estruendo metálico, separándolas de la única vida que conocían. Samanta miró hacia arriba, a las ventanas de la mansión. En una de ellas, alcanzó a ver la silueta de un niño un poco mayor que ella: Luciano. Él miraba hacia afuera con curiosidad, sin entender por qué las hijas del guardia de seguridad estaban bajo la lluvia con maletas. Sus ojos se cruzaron por un breve segundo antes de que una mano adulta cerrara las cortinas de terciopelo.
—¿A dónde vamos, Sam? —preguntó Sofía, temblando de frío y miedo.
Samanta le apretó la mano con una fuerza que no parecía de una niña. Miró por última vez el logo de la farmacéutica, ese diseño elegante que ahora le parecía una marca de sangre.
—Lejos de aquí, Sofi —respondió con la voz rota pero firme—. Pero vamos a volver. Algún día, ellos serán los que se queden sin nada.
Caminaron hacia la estación, dos sombras pequeñas en una ciudad que ya no las reclamaba como suyas. En el bolsillo de Samanta, no había dinero, solo el viejo carné de seguridad de su padre que había logrado rescatar. En su corazón, ya no había infancia, solo un mapa trazado por la sed de justicia que, años más tarde, el mundo conocería como venganza.
El Intervalo: Forjando el acero
Los años en Boston no fueron un exilio, sino una academia de guerra disfrazada de vida académica. Mientras el resto de los estudiantes de la Universidad de Harvard se quejaban de los exámenes, Samanta Moretti vivía dos vidas paralelas.
Para el mundo, era la brillante Sienna Moretti, una joven que vivía a base de café y libros de biotecnología, capaz de desglosar una cadena de ADN con la misma precisión con la que un relojero suizo arma un mecanismo. Pero por las noches, Sienna desaparecía y surgía Samanta.
El Intelecto: Se especializó en farmacología y sistemas de seguridad corporativa. Sabía que para destruir a los D'Angelo no bastaba con armas; necesitaba entender sus patentes, sus rutas de distribución y, sobre todo, sus debilidades financieras.
El Cuerpo: Entrenó en artes marciales y tiro de precisión. Sus manos, que alguna vez temblaron al ver a su padre caer, ahora eran capaces de hackear un servidor en segundos o desarmar a un hombre el doble de su tamaños.
El odio es una llama que consume si no se controla, pero es un combustible infinito si se sabe dirigir." — Esa era su mantra.
El refugio de Sofía
Sofía, por su parte, creció bajo la protección feroz de su hermana mayor. Aunque el trauma de aquella noche en Milán vivía en el fondo de sus ojos claros, ella se convirtió en el ancla de Samanta. Estudiante de artes y diseño, Sofía representaba todo lo que Samanta intentaba salvar: la luz, la sensibilidad y la humanidad que la venganza amenazaba con devorar.
—¿Es necesario, Sam? —preguntó Sofía una noche, mientras veía a su hermana empacar un pasaporte italiano con un nombre que no le pertenecía—. Hemos construido una vida aquí. Estamos a salvo.
Samanta se detuvo, mirando el reflejo de ambas en el espejo. Sofía veía a su hermana; Samanta veía a un soldado.
No estamos a salvo mientras ellos sigan durmiendo en sábanas de seda pagadas con la sangre de papá, Sofi. No voy solo a matarlos. Voy a quitarles el imperio, a dejar que vean cómo todo lo que aman se desmorona, tal como ellos nos desmoronaron a nosotras.
El Regreso: Operación Milán
El plan estaba listo. A través de una serie de movimientos tácticos en la red, Samanta había logrado que una prestigiosa firma de reclutamiento "descubriera" a Sienna Moretti. La oferta llegó una semana después: Directora de Innovación en D'Angelo Pharma.
Últimos capítulos
#107 Capítulo 107 El asalto a las sombras
Última actualización: 4/29/2026#106 Capítulo 106 La Gala de los Espejos
Última actualización: 4/29/2026#105 Capítulo 105 Los cimientos de la paz
Última actualización: 4/29/2026#104 Capítulo 104 La danza de la nieve y el plomo
Última actualización: 4/29/2026#103 Capítulo 103 El precio del trono
Última actualización: 4/29/2026#102 Capítulo 102 Las puertas del infierno milanés
Última actualización: 4/29/2026#101 Capítulo 101 El peso de las cenizas
Última actualización: 4/29/2026#100 Capítulo 100 El santuario profanado
Última actualización: 4/29/2026#99 Capítulo 99 La llamada de la sangre
Última actualización: 4/29/2026#98 Capítulo 98 El bautismo de plomo
Última actualización: 4/29/2026
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