Capítulo 3 El reencuentro con el monstruo
Las puertas se abrieron a una oficina de techos infinitos y paredes de cristal que dominaban toda la ciudad. Al fondo, sentado tras un escritorio de ébano, estaba él.
Don Vittorio D’Angelo.
Los años lo habían encanecido, pero no lo habían suavizado. Sus ojos seguían siendo dos pozos de ambición sin fondo. Al verlos entrar, se puso de pie con una elegancia depredadora.
—Padre, te presento a la doctora Sienna Moretti —anunció Luciano con orgullo—. La mente que pondrá a nuestra división de biotecnología a la cabeza del mercado mundial.
Vittorio se acercó lentamente. Samanta sintió que el suelo temblaba, pero mantuvo la espalda recta. Cuando el hombre que mató a su padre le extendió la mano, ella la tomó. La piel de Vittorio estaba fría.
—Moretti... —repitió Vittorio, saboreando el apellido falso como si tratara de identificar un ingrediente extraño—. Un nombre común, pero un currículum extraordinario. Bienvenida a la familia, doctora. En esta empresa, valoramos la lealtad por encima de cualquier talento.
—Estoy de acuerdo, signore D’Angelo —respondió Samanta, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. La lealtad es un valor... escaso en estos tiempos. Especialmente cuando hay tanto en juego.
Vittorio la estudió con una intensidad que hizo que a Samanta se le erizara la nuca. ¿Habría reconocido algo en su voz? ¿En la forma en que lo miraba?
—Mi hijo dice que usted es una revolucionaria —continuó Vittorio, caminando alrededor de ella como un lobo evaluando a su presa—. Espero que sus ideas no sean demasiado... disruptivas para nuestras tradiciones. Aquí nos gusta mantener el orden.
—El orden es solo una ilusión antes del progreso, signore —replicó ella con una calma gélida—. He venido para asegurarme de que el legado de los D’Angelo reciba exactamente lo que merece.
Una tensión inesperada
Luciano, notando la extraña electricidad en el aire, intervino rápidamente.
—Padre, no la abrumes el primer día. Sienna tiene mucho que organizar en los laboratorios de la planta baja.
—Por supuesto —asintió Vittorio, aunque no apartó la mirada de Samanta—. Vaya, doctora. Familiarícese con nuestras instalaciones. Es un lugar lleno de historia.
Al salir de la oficina, Samanta sintió que el corazón le martilleaba en las sienes. Había tocado la mano del asesino. Había respirado su mismo aire. Pero mientras caminaban por el pasillo, Luciano le puso una mano suave en el brazo.
—Mi padre puede ser intimidante —susurró Luciano, con una nota de disculpa en la voz—. Pero no dejes que te asuste. Él vive en el pasado; yo soy el que está construyendo el futuro aquí. Y te quiero a mi lado para eso.
Samanta lo miró y, por un instante, vio en Luciano algo que no era maldad. Vio una vulnerabilidad que la descolocó. Pero rápidamente recordó el cuerpo de su padre en el suelo del laboratorio y cerró su corazón con llave.
—No me asusta, Luciano —dijo ella, usando su nombre por primera vez—. Solo me estoy acostumbrando al paisaje.
Don Vittorio la observaba desde el ventanal de su oficina mientras se alejaban. Había algo en esa mujer, algo que le recordaba a un fantasma que creía haber enterrado hacía mucho tiempo.
El encuentro con Vittorio había sido como ingerir veneno. El frío de su mano y la arrogancia de su voz habían despertado en Samanta una náusea física que no pudo controlar. Necesitaba aire, necesitaba la seguridad de su hermana, necesitaba lavarse la piel que el asesino había tocado.
—No me siento bien, Luciano. El viaje, el cambio de horario... creo que Milán me está pasando factura antes de tiempo —dijo Samanta, tratando de llegar al ascensor con pasos rápidos.
—Lo entiendo perfectamente, Sienna —respondió Luciano, siguiéndola con una preocupación que parecía demasiado genuina para ser fingida—. Pero espero que un par de horas de descanso sean suficientes.
Apenas llegó al ático, Samanta se encerró en el baño y abrió el grifo del agua fría, frotándose las manos hasta que la piel se le puso roja. Sofía la encontró allí, pálida y temblorosa.
—Lo viste, ¿verdad? —susurró Sofía, abrazándola por los hombros.
—Está igual, Sofi. Como si el tiempo no hubiera pasado por él. Tiene la misma mirada vacía de cuando nos echó a la calle.
El sonido del teléfono interrumpió el momento. Era Luciano.
—Sienna, sé que no te sientes al cien por cien, pero he organizado una cena de bienvenida en el Ristorante Cracco. Es un evento íntimo, solo algunos directivos y nosotros. Es la oportunidad perfecta para que tomes el control de tu posición antes de que los rumores empiecen a correr. No puedes faltar... y no aceptaré un "no" por respuesta. Consideralo tu primera misión oficial.
Samanta apretó el teléfono. Su instinto le gritaba que se quedara en casa, pero su intelecto le recordó que la venganza requiere sacrificios.
—Estaré allí, Luciano. Gracias por la atención —respondió ella, recuperando su máscara de acero.
La Cena: Entre el lujo y el peligro
El restaurante era el epítome de la sofisticación milanesa. Luces tenues, cristalería que brillaba como diamantes y un servicio que rozaba la perfección. Cuando Samanta llegó, vestida con un traje negro de seda que gritaba elegancia y poder, Luciano ya la esperaba.
Él se puso de pie al verla, y por un momento, su mirada profesional se transformó en una de pura admiración.
—Estás espectacular, Sienna. Aunque sigo pensando que estás haciendo un esfuerzo sobrehumano por estar aquí.
—El deber es lo primero, signore D'Angelo —dijo ella, sentándose frente a él.
La cena transcurrió entre conversaciones sobre biotecnología y el futuro de la empresa, pero Luciano parecía más interesado en conocer a la mujer detrás de la científica.
—Dime una cosa —dijo Luciano, inclinándose hacia ella mientras el vino tinto llenaba sus copas—. ¿Por qué aceptaste venir a Milán? Alguien con tu talento podría estar en cualquier parte del mundo. ¿Qué es lo que realmente buscas aquí?
Samanta sintió el peso de la pregunta. Estaba frente al hijo del hombre que destruyó su vida, un hombre que la miraba con una mezcla de nobleza y magnetismo que empezaba a resultarle perturbadoramente difícil de ignorar.
—Busco justicia... —soltó ella, haciendo una pausa deliberada—. Justicia para mis ambiciones. Siento que en esta ciudad, y específicamente en esta empresa, hay algo que me pertenece. Algo que debo recuperar.
Luciano sonrió, sin detectar el doble sentido en sus palabras.
—Me gusta esa ambición. Mi padre es un hombre de la vieja escuela, cree en el miedo. Yo creo en la pasión y en la excelencia. Creo que tú y yo vamos a hacer cosas increíbles juntos, Sienna.
En ese momento, el camarero se acercó con una nota en una bandeja de plata. Luciano la leyó y su rostro cambió ligeramente, volviéndose más rígido.
—Mi padre acaba de llegar al restaurante. Quiere unirse a nosotros para el brindis final —dijo Luciano, mirándola con disculpa—. Parece que hoy no podrás escapar de la familia D'Angelo.
Samanta sintió que el estómago se le cerraba de nuevo. Vittorio estaba allí. Era la oportunidad perfecta para empezar a sembrar la semilla de su destrucción, pero también el momento de mayor riesgo: un solo error, una mirada cargada de demasiado odio, y todo el plan se vendría abajo.
El aire en la mesa se volvió gélido en el instante en que Don Vittorio tomó su copa de cristal. Luciano, aunque intentaba mantener la compostura, parecía notar la electricidad estática que se generaba cada vez que su padre y Sienna cruzaban miradas.
—Un brindis —anunció Vittorio, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas—. Por la doctora Moretti. Espero que su paso por D'Angelo Pharma sea tan provechoso para nosotros como lo será para su cuenta bancaria. La ambición es una virtud, siempre que sepa quién es el dueño de la cadena.
Samanta levantó su copa, sosteniéndole la mirada sin parpadear. Una sonrisa gélida curvó sus labios.
—Brindo por eso, signore D’Angelo —respondió ella, su voz clara y firme—. Y también brindo por la memoria. Dicen que el pasado siempre encuentra la forma de volver a casa, y que las deudas más antiguas son las que se pagan con el interés más alto. Por las oportunidades que se presentan solo una vez en la vida.
Vittorio entrecerró los ojos. El comentario, cargado de un veneno que él no terminaba de identificar pero que sentía como un escalofrío, le sentó como un trago de hiel. Bajó la copa sin beber, dejando que el silencio se prolongara más de lo debido.
—Tiene usted una lengua afilada, doctora —masulló Vittorio—. Tenga cuidado de no cortarse con ella.
El peso de la realidad
Al terminar la cena, Vittorio se marchó con una escolta de sombras, dejando a Luciano y a Samanta a solas en la entrada del restaurante. La lluvia había cesado, dejando el aire limpio y frío.
—Siento eso —dijo Luciano, rompiendo el silencio mientras esperaban el coche—. Mi padre tiene una forma… peculiar de dar la bienvenida. Pero lo que dijiste sobre las deudas del pasado… fue audaz.
