Capítulo 4 Armadura de Seda
Samanta se encogió de hombros, fingiendo desinterés.
—Solo es filosofía, Luciano. La vida es un ciclo, ¿no crees?
Luciano se acercó a ella, su mirada suavizándose. Había una atracción evidente, una conexión que Samanta luchaba por sofocar bajo capas de resentimiento. Justo cuando él iba a decir algo más personal, el teléfono de Luciano vibró en su bolsillo.
Él miró la pantalla y su expresión cambió drásticamente. La calidez desapareció, reemplazada por una máscara de obligación y cansancio.
—Debo contestar —dijo él, alejándose un par de pasos—. Es Isabella, mi prometida.
El mundo de Samanta se detuvo por un segundo. Prometida. Por supuesto. Un hombre como él, el heredero de un imperio, ya tendría su vida trazada. Isabella di Renzo, recordó Samanta de sus investigaciones, la hija de un magnate del acero. Un matrimonio de conveniencia para sellar el poder en el norte de Italia.
—Sì, cara… —escuchó Samanta que decía Luciano al teléfono, su tono ahora distante y formal—. No, todavía no he llegado a casa. Estaba en la cena de bienvenida de la nueva directora… Sí, te veré mañana.
Luciano colgó y regresó hacia Samanta, frotándose la nuca con gesto tenso.
—Lo siento. Mi vida no siempre me pertenece. Mañana habrá una fiesta de gala en la mansión para celebrar la fusión de los nuevos laboratorios. Isabella estará allí. Mi padre insiste en que asistas como la nueva cara de la empresa.
Samanta sintió una punzada de algo que no quiso llamar celos. Era rabia. Rabia porque Luciano parecía tener una vida humana, con afectos y compromisos, mientras ella era solo un arma diseñada para destruirlo todo.
—Estaré allí —respondió ella, con la voz más fría de lo que pretendía—. Me encantará conocer a la mujer que ha aceptado unir su destino a un apellido como el tuyo.
Luciano la miró confundido por el tono, pero el coche llegó en ese momento. Samanta se subió sin esperar a que él le abriera la puerta, dejándolo bajo la luz de la farola con una duda creciendo en su pecho.
La mañana en Milán despertó con un sol pálido Samanta observaba a Sofía, quien probaba nerviosa su café.
—Sam, no sé si puedo hacerlo —susurró Sofía—. Volver a esa casa... a ese lugar donde nos echaron como si no valiéramos nada. Siento que las paredes se me van a echar encima.
Samanta se acercó y le tomó las manos. Estaban frías.
—No vas a volver como la hija del guardia, Sofi. Vas a volver como la hermana de la mujer que va a comprar ese lugar y reducirlo a cenizas. Hoy no vamos de compras; vamos por nuestra armadura.
El Cuadrilátero de la Moda
Se dirigieron a la Via Montenapoleone, el corazón del lujo milanés. Samanta no escatimó. Entraron en las boutiques más exclusivas, donde el aire olía a cuero fino y exclusividad.
Para Sofía, eligió un vestido de tul y seda en color azul medianoche, con una caída suave que ocultaba su timidez y resaltaba su elegancia natural. Quería que Sofía pareciera una princesa de un cuento que los D'Angelo no pudieran tocar.
Para ella misma, Samanta buscaba algo diferente. No quería verse "bonita"; quería verse letal.
Finalmente, lo encontró en una pequeña sección privada de una casa de alta costura. Un vestido de satén negro, de corte asimétrico, que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel. Tenía una abertura pronunciada en la pierna y la espalda descubierta hasta la cintura. Era un vestido que gritaba poder, sofisticación y un peligro latente.
—Pareces otra persona —dijo Sofía, mirando a su hermana en el probador con un asombro teñido de miedo—. Pareces una reina que va a la guerra.
—Es que eso soy, pequeña —respondió Samanta, ajustándose un collar de diamantes falsos que brillaban con una intensidad fría—. Una reina sin reino, que viene a reclamar lo que le robaron.
Los preparativos finales
Mientras las maquillaban y peinaban en el ático, el ambiente era tenso. Samanta revisaba en su teléfono los planos de la mansión D'Angelo que había memorizado. Sabía que esa noche, mientras Luciano exhibía a su prometida y Don Vittorio brindaba por el poder, ella tendría que encontrar el momento para infiltrarse en el despacho privado del patriarca.
—Recuerda el plan, Sofi —instruyó Samanta mientras se aplicaba un labial rojo sangre—. Si Luciano se acerca a ti, actúa normal. Él no te reconoce. Para él, eres solo la hermana de Sienna. Manténlo distraído si ves que me pierdo de vista por más de diez minutos.
—¿Y qué pasa si el viejo Vittorio me reconoce? —preguntó Sofía con la voz temblorosa.
Samanta se detuvo y miró a su hermana a los ojos a través del espejo.
—Él nunca nos miró a la cara, Sofi. Para él éramos basura, y la basura no tiene rostro. Hoy, le obligaremos a mirarnos, pero bajo mis términos.
Un mensaje de texto iluminó la pantalla del teléfono: "El coche está abajo. Te espero con ansias. L."
Samanta cerró los ojos un segundo, inhaló profundamente y se puso los tacones de aguja. El
sonido del metal contra el suelo de mármol marcó el inicio de la cuenta regresiva.
El coche se detuvo frente a la imponente escalinata de la mansión D'Angelo. Al bajar, el aire frío de la noche golpeó el rostro de Samanta, pero ella no tembló. Sofía, aferrada a su brazo, caminaba como si pisara cristales rotos. Para el mundo, eran dos mujeres deslumbrantes; para las paredes de esa casa, eran los fantasmas que habían regresado por lo suyo.
El salón principal era un despliegue de opulencia obscena. Lámparas de cristal de Murano y frescos en los techos que Ricardo, su padre, solía limpiar con humildad. Luciano apareció entre la multitud, luciendo un esmoquin que lo hacía ver como el príncipe de un reino oscuro. Al ver a Samanta, sus ojos se encendieron con una chispa que no pudo ocultar, ni siquiera ante los presentes.
—Sienna... estás... —Luciano se quedó sin palabras por un segundo antes de recordar sus modales—. Permíteme presentarte a mi familia.
Luciano las condujo hacia un grupo donde Don Vittorio conversaba con una mujer de elegancia gélida y una joven que irradiaba una belleza altiva.
—Madre, ella es la doctora Sienna Moretti. Y su hermana, Sofía —dijo Luciano. La madre de Luciano, la condesa Eleonora, extendió una mano lánguida, evaluando el precio del vestido de Samanta con una sola mirada—. Y ella es Isabella, mi prometida.
Isabella no se molestó en fingir calidez. Escaneó a Samanta de arriba abajo, deteniéndose en la forma en que Luciano sostenía el codo de la científica.
—Doctora —dijo Isabella con una voz cargada de condescendencia—. Luciano no ha dejado de hablar de su "intelecto". Es refrescante ver que en Boston también enseñan a vestirse para la ocasión. Aunque, a veces, la seda no puede ocultar de dónde viene uno realmente.
Samanta sintió el aguijón, pero sonrió con una dulzura letal.
—Tiene razón, Isabella. La esencia siempre sale a la luz. Por eso me fascina esta casa; tiene tantas capas de historia... y tantos secretos enterrados bajo el mármol.
Vittorio, que escuchaba en silencio, apretó su copa. La tensión era un hilo a punto de romperse
