Capítulo 5 El nacimiento de un plan oscuro

Mientras la música de cámara llenaba el salón, Samanta observó a los D'Angelo. Vittorio era el muro, pero Luciano... Luciano era la grieta. Vio cómo él la miraba cuando creía que nadie lo observaba; vio la admiración genuina, el deseo contenido y esa extraña nobleza que lo diferenciaba de su padre.

Fue entonces cuando una idea, fría y perfecta, cristalizó en su mente.

"No basta con arrebatarles el dinero o la empresa", pensó Samanta mientras aceptaba una copa de champagne. "Tengo que destruir lo que Vittorio más ama: su legado. Su hijo."

El plan cambió de forma. Ya no se limitaría a ser una espía en los laboratorios. Destruiría a los D'Angelo desde adentro, usando el corazón de Luciano como arma. Lo enamoraría hasta que él no pudiera respirar sin ella, lo alejaría de su familia, de su prometida y de su moral. Y cuando él estuviera totalmente entregado, cuando fuera un guiñapo a sus pies, ella le revelaría quién era y le quitaría todo, dejándolo destrozado en el mismo suelo donde su padre desangró.

La primera ficha del tablero

Aprovechando que Isabella se alejó para hablar con Eleonora, Samanta se acercó a Luciano, quien miraba hacia los jardines con aire ausente.

—Pareces agobiado, Luciano —susurró ella, posicionándose lo suficientemente cerca para que él pudiera oler su perfume.

—A veces este mundo se siente como una jaula de oro —confesó él, mirándola a los ojos. Había una vulnerabilidad en él que a Samanta le dio asco y placer a la vez.

—Quizás solo necesitas a alguien que tenga la llave —respondió ella, rozando "accidentalmente" su mano con la suya. El contacto eléctrico hizo que Luciano contuviera el aliento—. Mañana tengo que revisar unos archivos en la sede... quizás podrías mostrarme personalmente esos laboratorios antiguos que tu padre mantiene cerrados.

—Haría cualquier cosa por pasar más tiempo contigo, Sienna —respondió él, bajando la voz, olvidando por un momento a su prometida y la fiesta.

Samanta sonrió internamente. La trampa estaba puesta. Mientras sus dedos buscaban la forma de clonar la información del imperio D'Angelo, sus labios empezarían a tejer la red que asfixiaría al heredero. La venganza había dejado de ser solo profesional; ahora, era personal.

El juego de sombras había comenzado oficialmente, y Samanta manejaba los hilos con la precisión de un cirujano. La noche de la gala, que para muchos era una celebración de poder, para ella fue el campo de batalla donde ganó su primera posición estratégica.

La fiesta estaba llegando a su fin. El champán había dejado de burbujear y los invitados comenzaban a retirarse hacia sus limusinas. Samanta observaba desde la periferia cómo Isabella se despedía de unos socios, su risa estridente resonando en el salón como una alarma que Luciano ya no quería escuchar.

Luciano se acercó a Samanta, que estaba de pie en el balcón que daba a los jardines traseros, el mismo lugar donde, años atrás, ella y Sofía habían sido expulsadas hacia la nada.

—Ha sido una noche larga —dijo Luciano, situándose a su lado. El frío de la noche milanesa contrastaba con el calor que emanaba de su cuerpo—. Siento que no hayamos podido hablar más, pero mi familia... es demandante.

Samanta se volvió hacia él, dejando que la luz de la luna bañara su rostro. Sus ojos, antes fríos, ahora brillaban con una falsa vulnerabilidad que había ensayado durante años frente al espejo de Boston.

—No tienes que disculparte, Luciano —susurró ella, dando un paso hacia él, invadiendo ese espacio que solo se reserva para la intimidad—. Entiendo lo que es tener obligaciones que pesan más que los deseos. Pero esta noche, por un momento, sentí que solo estábamos tú y yo en ese salón lleno de gente.

Luciano bajó la mirada hacia los labios de Samanta. El control que siempre lo había caracterizado, esa fachada de heredero perfecto, se estaba desmoronando bajo la presión de la presencia de "Sienna".

—Eres peligrosa, Sienna Moretti —admitió él con la voz ronca—. Siento que si te dejo entrar demasiado, podrías destruir todo mi mundo.

"Ese es exactamente el plan", pensó ella, pero sus labios dijeron otra cosa.

—A veces el mundo necesita ser destruido para construir algo mejor sobre las cenizas —respondió Samanta.

En un movimiento calculado, ella rozó su mejilla con los dedos. Luciano no pudo más. Olvidando a su prometida, a su padre que observaba desde el despacho y a los fotógrafos de la prensa social, se inclinó y la besó. Fue un beso cargado de una urgencia hambrienta, de un hombre que creía haber encontrado su salvación en la mujer que estaba allí para condenarlo.

Samanta respondió al beso con la misma intensidad, pero su mente estaba en otra parte. Mientras sus labios se movían contra los de Luciano, su mano derecha, con la agilidad de una ladrona de guante blanco, se deslizó hacia el bolsillo interior de la chaqueta del esmoquin de él. En segundos, había insertado un pequeño dispositivo de clonación en el puerto de carga de su teléfono inteligente.

El gran paso

Cuando se separaron, Luciano estaba visiblemente afectado, con la respiración entrecortada. Samanta, en cambio, mantenía una calma aterradora.

—Mañana en los laboratorios, Luciano —dijo ella con una sonrisa enigmática—. No olvides nuestra cita.

Ella se retiró con elegancia, buscando a Sofía para marcharse. En el coche de regreso al ático, Samanta sacó el pequeño chip de su bolso.

—¿Lo lograste? —preguntó Sofía, mirando el dispositivo con temor.

—Tengo acceso a sus correos, a sus mensajes privados y a sus códigos de seguridad —dijo Samanta, mirando por la ventana las luces de Milán—. Y lo más importante: tengo su corazón en mi puño. Él cree que se ha enamorado, Sofi. No sabe que acaba de firmar la sentencia de muerte de su padre.

Esa noche, Samanta no durmió por el remordimiento, sino por la adrenalina. Había dado el paso más difícil: usar su propio cuerpo y sus sentimientos como cebo. La trampa estaba cerrada. Ahora, solo faltaba que los D'Angelo empezaran a caer uno por uno, empezando por el hombre que acababa de besarla.

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