Capítulo 6 : El Eco de los Pasillos Olvidados
Al día siguiente, el edificio de D’Angelo Pharma parecía diferente. Para el mundo, era la vanguardia de la ciencia; para Samanta, era una escena del crimen que aún no había sido procesada. Luciano la esperaba en la entrada de los niveles inferiores, aquellos que no figuraban en los folletos brillantes de la empresa.
—Estos laboratorios fueron el inicio de todo —explicó Luciano mientras pasaba su tarjeta de seguridad por un lector magnético—. Mi padre dice que aquí se forjó la fortuna de la familia. Pero llevan cerrados diez años. Dice que el equipo es obsoleto, pero yo creo que simplemente no quiere recordar los errores del pasado.
"O los cadáveres que dejó en el camino", pensó Samanta.
Bajaron por un montacargas industrial hasta un sótano donde el aire era pesado y olía a humedad y productos químicos estancados. Luciano encendió las luces fluorescentes, que parpadearon con un zumbido irritante antes de iluminar filas de mesas de acero inoxidable cubiertas por plásticos translúcidos.
—Es fascinante... y lúgubre —dijo Samanta, caminando hacia una mesa en particular. Sus dedos recordaban la textura de ese metal. Allí, en ese rincón oscuro, su padre solía sentarse a almorzar mientras le explicaba
Se que la ciencia era el único lenguaje que no mentía.
El Fantasma en la Máquina
Mientras Luciano se distraía revisando una vieja bitácora en el otro extremo de la sala, Samanta sacó su tableta. Gracias al chip que había clonado la noche anterior, ahora tenía el nivel de acceso "Alfa", el mismo que Don Vittorio.
acercó a una terminal de computadora que parecía fuera de servicio. Conectó un cable de datos oculto en su pulsera y comenzó a trabajar. En la pantalla, miles de líneas de código empezaron a correr. Estaba buscando una carpeta específica: "Proyecto Quimera, 2014". El año en que todo terminó para su familia.
—¿Qué buscas, Sienna? —la voz de Luciano sonó justo detrás de ella.
Samanta no se inmutó. Cerró la pestaña de datos críticos y dejó abierta una simulación de estructura molecular que parecía puramente profesional.
—Solo curiosidad científica, Luciano. Los registros de las antiguas fórmulas de estabilización. Si quiero revolucionar tu departamento, necesito saber sobre qué cimientos estoy construyendo.
Luciano la rodeó con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro. Samanta sintió un escalofrío de repulsión que tuvo que disfrazar de timidez.
—Eres incansable —susurró él—. Mi padre sospecha de ti, lo sabes, ¿verdad? Dice que eres demasiado perfecta para ser real. Pero yo le dije que simplemente no está acostumbrado a tratar con mujeres que son más inteligentes que él.
—¿Y tú, Luciano? ¿Tú crees que soy real? —preguntó ella, girándose en sus brazos.
Luciano la miró con una intensidad que casi la hizo flaquear. En su mirada había una devoción ciega, la clase de amor que hace que un hombre traicione su propia sangre.
—Creo que eres lo único real en esta ciudad de fachadas de mármol.
La Primera Grieta
De vuelta en el ático, esa misma tarde, Samanta finalmente abrió el archivo que había logrado descargar. No eran solo fórmulas. Eran registros de pruebas ilegales en humanos, firmas falsificadas y, lo más importante, una orden de "eliminación de activos" firmada personalmente por Vittorio D’Angelo el día de la muerte de su padre.
—Lo tengo —le dijo a Sofía, que estaba sentada en el suelo, rodeada de bocetos de carbón—. No es solo venganza emocional, Sofi. Tengo pruebas para enviarlo a cadena perpetua.
—¿Y qué vas a hacer con Luciano? —preguntó Sofía sin levantar la vista—. Se está enamorando de ti, Sam. Lo veo en las noticias, en cómo te mira en las fotos de los tabloides. Si destruyes a su padre con eso, lo destruirás a él también.
Samanta apretó los puños. La imagen del beso en el balcón volvió a su mente como un eco persistente.
—Él lleva el apellido D’Angelo —respondió Samanta con voz gélida—. Y en esta guerra, no se toman prisioneros. Mañana, los medios recibirán la primera filtración anónima. El imperio empezará a arder desde los cimientos.
El teléfono de Samanta vibró. Era un mensaje de Isabella.
"Doctora Moretti, creo que es hora de que usted y yo hablemos de mujer a mujer. Mañana a las cinco, en el Club de Polo. No llegue tarde."
El tablero se estaba complicando. La prometida despechada era una variable que Samanta no podía ignorar, y sabía que Isabella di Renzo no se rendiría sin clavar primero sus garras.
El Club de Polo: Territorio Hostil
El Club de Polo de Milán era el epítome de la exclusividad. El olor a hierba recién cortada y a cuero de montar llenaba el aire. Samanta llegó puntual, vestida con un conjunto de lino blanco que proyectaba una imagen de pureza técnica y profesionalismo.
Isabella ya estaba allí, sentada en una mesa apartada de la terraza, observando los caballos con una expresión de aburrimiento aristocrático. Al ver a Samanta, no se levantó; solo hizo un gesto lánguido hacia la silla vacía.
—Puntualidad británica. Veo que Boston dejó huella en usted, doctora —dijo Isabella, quitándose las gafas de sol. Sus ojos eran oscuros y estaban cargados de un juicio implacable.
—El tiempo es el recurso más valioso en la ciencia, signorina di Renzo —respondió Samanta, sentándose con una calma que pareció irritar a la otra mujer—. Y me imagino que no me ha citado aquí para hablar de cronómetros.
Cartas sobre la mesa
Isabella se inclinó hacia adelante, dejando que el aroma de su perfume —caro y asfixiante— llenara el espacio entre ambas.
—Hablemos sin rodeos. Conozco a hombres como Luciano desde que tengo uso de razón. Sé cuándo están aburridos y cuándo están fascinados. Y usted, doctora, es una fascinación peligrosa. No sé qué está vendiendo además de sus patentes, pero le sugiero que deje de hacerlo.
Samanta sostuvo la mirada, permitiendo que una pequeña sonrisa profesional, casi clínica, apareciera en su rostro.
—Creo que está malinterpretando la situación, Isabella —dijo Samanta, manteniendo la voz firme y desprovista de emoción—. Soy una ejecutiva y una científica. Mi única relación con el signore D'Angelo es contractual. Estoy aquí para salvar el departamento de innovación de su familia, no para participar en sus dramas sociales.
—¿Ah, sí? —Isabella soltó una risa seca—. ¿Y los besos en los balcones también forman parte del contrato de innovación?
Samanta no parpadeó. Sabía que los ojos de los D'Angelo estaban en todas partes, pero no esperaba que Isabella fuera tan directa.
—Lo que usted cree haber visto es irrelevante para mis objetivos —continuó Samanta—. Luciano es un hombre bajo mucha presión, y a veces confunde la admiración intelectual con algo más. Pero se lo diré claramente para que pueda dormir tranquila: no tengo ningún interés personal en su prometido. Para mí, él es simplemente el conducto para realizar mi trabajo. Nada más.
Una tregua de cristal
Isabella guardó silencio por un momento, estudiando la máscara de hielo de Samanta. Por primera vez, pareció dudar.
—Es usted muy fría, Moretti. Casi parece... inhumana.
—En el laboratorio, las emociones son contaminantes, signorina. Sugiero que aplique la misma lógica a su matrimonio. Si Luciano está distraído, es un problema de su relación, no de mi currículum.
Samanta se puso de pie, ajustándose el bolso en el hombro.
—Si me disculpa, tengo datos que procesar. El futuro de D'Angelo Pharma no se va a construir solo.
Mientras Samanta se alejaba, sentía la mirada de Isabella clavada en su espalda como un puñal. Había logrado desactivar a la prometida, al menos por ahora, pero sabía que había ganado una enemiga de por vida.
Lo que Isabella no sabía era que Samanta había dicho la verdad a medias: no quería a Luciano. Quería usarlo. Y el hecho de que él no fuera "nada más que un trabajador" para ella en su corazón, era lo que lo hacía tan peligroso.
