
Venganza Para Mamá: Los Pequeños Revoltosos Del Mafioso
Petit · En curso · 125.7k Palabras
Introducción
Para los gemelos Elisa y Eliseo Dorantes, ver a Natalia matarse trabajando mientras el fantasma del desalojo la ahoga en llanto es insoportable. Al ejecutar la «Misión Mami Lágrimas Cero» para conseguir dinero, quedan atrapados en el fuego cruzado del crimen organizado. Ahí cara a cara con la muerte, se topan con el líder de la red: Collins Graterol.
Al reconocer a Collins como el hombre de la foto secreta que su madre guarda con dolor, la misión cambia radicalmente. Ya no quieren dinero; buscan venganza. Sedientos de cobrar cada noche de sufrimiento de Natalia, los pequeños genios declaran una guerra despiadada contra el imperio del capo.
A través de travesuras cómicas e inofensivas en apariencia, desestabilizan la organización de Collins. Cada vez que son acorralados, responden con excusas tan inocentes y lógicas que desarman a la mente más calculadora del inframundo.
Collins, un capo intocable, ve su mundo tambalearse sin sospechar que esos dos pequeños demonios son su propia sangre. Entre ataques de cárteles rivales y el implosivo reencuentro con Natalia —el único amor que jamás pudo olvidar, ahora cargado de resentimiento, deseo y secretos—, enfrentará la batalla más peligrosa de su vida. Una donde las balas no serán su mayor amenaza, sino la venganza implacable de sus propios hijos, cuya meta final es una sola: hacerlo llorar.
Capítulo 1
Elisa apretó sus puños mientras observaba a su madre en la esquina de la cocina. Natalia, con el rostro cansado y las manos desgastadas de limpiar mesas y pisos, se secó en silencio una lágrima rebelde. El dinero que ganaba lavando pisos y atendiendo mesas simplemente no alcanzaría ese mes para completar el arriendo del mes.
Ver a su madre sufrir era algo que los gemelos Dorantes no podían tolerar.
—Seo, debemos hacer algo urgente, si no mami va a enfermar —le dijo Elisa a su hermano, hizo un puchero de preocupación.
Eliseo la miró con una seriedad impropia para un niño de su edad.
—Tranquila, ya pensé en algo —le respondió cruzándose de brazos—. Mañana, cuando mami nos deje en la primaria, corremos detrás del patio, saltamos la cerca y vamos al restaurante que está cerca de su trabajo.
Elisa frunció el ceño.
—¿Para qué? Si eres tonto, mamá no trabaja ahí en la mañana.
—Ella no, Isa, pero esos hombres sí van allá. ¿Los recuerdas? ¿Esos de trajes bonitos y con juguetes negros en el pantalón?
La pequeña cayó en cuenta de la intención de su hermano. Un destello de astucia brilló en sus ojos.
—Está bien.
Sin decir más, ambos se acomodaron en el catre y se quedaron dormidos.
A la mañana siguiente, al llegar a la entrada del colegio, ambos le sonrieron a Natalia.
—Apresúrense en entrar, recuerden entregar sus trabajos. Paso por ustedes a las tres —les recordó y los abrazó, apretándolos contra su pecho—. Los amo, mis melcochitas.
—Te amamos más —respondieron al unísono.
Entraron y caminaron apenas unos metros, al ver que Natalia se perdía por la calle, se miraron. Elisa tomó la iniciativa:
—Vamos —lo jaló en dirección contraria a la cerca.
—No, ¿para dónde me llevas? Recuerda que tenemos una misión ineludible: Misión Mami Lágrimas Cero, Isa.
—Sí, Seo, pero vamos a dejar los trabajos sobre el escritorio de la profe. Recuerda lo que dice mami: "Podemos ser pobres, pero jamás irresponsables". Entregamos eso y vamos a cumplir con el siguiente deber.
Una hora después, estaban ocultos detrás de unos arbustos, observando estratégicamente a los clientes de las mesas exteriores del restaurante más lujoso del sector.
Apenas divisaron a su objetivo, Eliseo corrió entre las mesas de la acera. Sin dudarlo, se sentó en una de las sillas vacías y, justo detrás de él, llegó Elisa, se acomodó a su lado.
—Mocoso, no doy limosna, vete —le gritó el hombre de aproximadamente dos metros de estatura. Era ancho como un muro de contención, de mirada dura y expresión perenne de estar enfadado con el mundo.
—¿Limosna? ¿Qué es eso? —Eliseo frunció el ceño—. No tenemos hambre, ya comimos en casa. Mami siempre nos da de comer antes de salir, nunca tenemos para comprar en la calle —le contestó Eliseo.
—No estoy para juegos, mocosos. Si no quieren dinero, entonces váyanse de aquí. Estoy esperando a alguien y lo van a espantar.
—Nosotros no dijimos que no queríamos dinero... —intervino Elisa de inmediato. El hombre abrió la boca para protestar, pero ella continuó—. Para nosotros no, el dinero es para mamá...
—Ah, es que son extorsionadores —concluyó el hombre, endureciendo la mirada.
Eliseo lo miró confundido.
—Seo, extorsiona... Bueno, eso que él dijo. Esos son la gente que le quita dinero a otros diciendo mentiras.
—No, nosotros no somos eso —protestó Eliseo, mostrándose
profundamente ofendido.
—Mi mami necesita dinero para pagarle al dueño de la casa, si no...
Elisa se detuvo en seco. Tenía una habilidad casi mágica para interpretar las intenciones de la gente y percibir objetos a la distancia. A lo lejos, tres hombres con abrigos pesados caminaban a paso firme. Tenían las manos sospechosamente ocultas.
—Por favor, danos dinero, es poquito, apresúrate —le rogó Elisa con voz preocupada, sin quitar la vista de los recién llegados.
—Les dije que no doy limosna.
—No queremos eso. Te hemos visto y siempre cargas mucho dinero encima cada vez que vienes aquí —replicó Eliseo encarándolo.
—O se van o los echaré a un contenedor de basura.
—Ese sería un buen escondite —soltó Elisa con frialdad—, porque creo que unos hombres malos vienen hacia acá. Traen caras más feas que la tuya y dentro de sus sacos tienen un juguete... igualito al tuyo.
El hombre, llamado Blade, giró el rostro. Al ver a los sujetos desenfundar sus armas, activó su instinto de protección. Agarró a ambos niños, los apretó contra su pecho y se lanzó con ellos hacia los arbustos justo cuando una ráfaga de disparos acabó con la tranquilidad.
Entre el caos, Blade se puso de pie cargando a los gemelos y corrió a toda prisa hacia un callejón. Los soltó, sacó su arma y, sin apartar la mirada de la esquina, sacó un fajo de billetes y se lo entregó a Elisa.
—Toma, mocosa. Ahora váyanse, ¡corran!
Los disparos resonaban a corta distancia, pero los niños no se movieron, estaban extasiados por la adrenalina de lo vivido recientemente.
Blade logró alcanzar la camioneta blindada que lo esperaba a pocos metros, pero al subir y mirar por el retrovisor, vio a los sicarios avanzar directamente hacia el callejón. Una punzada de remordimiento lo atravesó.
—¡Da la vuelta! —le ordenó violentamente al chófer—. ¡Regresa por los niños!
Una hora después, los gemelos estaban sentados frente a en los taburetes de la isla de cocina de la mansión.
—¡Déjennos solos! —le ordenó Blade a la sirvienta, quien les había servido a cada uno un vaso de leche y un plato de galletas recién horneadas.
Esperó a que la mujer saliera y cruzó los brazos, apoyándose contra el granito.
—Ahora me van a explicar: ¿quién carajo los mandó? Y tú, pequeña embaucadora, ¿cómo supiste que esos hombres venían por mí?
Elisa no respondió de inmediato. Saboreó despacio la leche fría, mordió la galleta y, dio otro sorbo, y se dignó a mirarlo.
—¿Vas a responderme? —exigió Blade dando un golpe seco sobre la isla.
—No seas impaciente —le dijo Elisa con serenidad—. Mami dice que la impaciencia nos hace ser groseros.
—No estoy para tus lavados de cerebro, pequeña. Dime la verdad.
Elisa le torció los ojos con desprecio.
—Solo lo supe. Cualquiera sabe cuándo alguien va a hacer algo malo. Si se presta atención a los detalles, se sabe —respondió con total naturalidad—. Esos hombres caminaban viendo fijo hacia nosotros. Por eso me di cuenta. Ahora vámonos, Seo. Mamá se pondrá feliz al ver que ya tenemos el dinero para pagarle al tonto de Fabio.
Justo en ese instante, las puertas de la cocina se abrieron.
Un hombre tan alto e imponente como Blade irrumpió en el lugar. Su aura era infinitamente más letal y oscura. Llevaba el cabello rubio perfectamente peinado y sus ojos verdes despedían un brillo frío y peligroso.
—¿Qué carajos pasó en el centro, Blade? —preguntó Collins entrando como un torbellino, pero al ver a los dos niños, se detuvo en seco.
Los gemelos voltearon a ver de quién se trataba. Sus pupilas se dilataron al reconocer ese rostro. Elisa y Eliseo se miraron entre sí, conectaron sus miradas en estado de shock.
—El hombre de la foto… —murmuraron ambos al unísono, en un fino hilo de voz.
Últimos capítulos
#125 Capítulo 125 Sangre de mi sangre
Última actualización: 10/26/2026#124 Capítulo 124 Guillermo, el titiritero
Última actualización: 10/25/2026#123 Capítulo 123 El despertar de un hombre engañado
Última actualización: 10/25/2026#122 Capítulo 122 El resultado del ADN
Última actualización: 10/25/2026#121 Capítulo 121 Distraer para ganar
Última actualización: 10/25/2026#120 Capítulo 120 El engaño
Última actualización: 10/25/2026#119 Capítulo 119 La sombra de las dudas
Última actualización: 10/25/2026#118 Capítulo 118 Acepto
Última actualización: 10/25/2026#117 Capítulo 117 El anuncio del compromiso
Última actualización: 10/25/2026#116 Capítulo 116 La traición al descubierto
Última actualización: 10/25/2026
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