Capítulo 6 El pacto de los gemelos
Apretando el paso por los callejones estrechos que rodeaban su sector, los gemelos lograron esquivar las miradas de los vecinos curiosos. Subieron los escalones de piedra del modesto edificio de tres pisos, jadeando con la respiración entrecortada y los rostros enrojecidos por la carrera. Al llegar al pasillo del segundo nivel, justo frente a la puerta desgastada de su apartamento, Eliseo se dejó caer sobre la escalera, apoyando los codos en las rodillas.
—Lo logramos, Isa… —murmuró Eliseo secándose el sudor con la manga de su franela—. Los maldeanos no nos atraparon. Pero… ¿y si mami se entera de lo que le hicimos a las computadoras del tipo malo?
Elisa no se sentó. Se mantuvo erguida, mirando a su hermano con una determinación impropia de sus siete años. Sacó del bolsillo del pantalón un par de palitos de madera que le habían quedado de los jugos congelados que solían comprar por las tardes. Uno de ellos conservaba una astilla afilada en la punta.
—Mami no tiene por qué enterarse de todo, Seo —le respondió Elisa en un susurro cargado de misterio, arrodillándose frente a él—. Lo de la casa decesos hombres solo fue para escapar. La verdadera misión empieza ahora. ¿Viste bien quién era ese hombre? El que salió a buscar a mami —hizo una pausa para respirar—. Es el mismo de la foto que mami guarda en el fondo del cajón, la que mira cuando cree que estamos dormidos y empieza a llorar.
Eliseo abrió mucho los ojos. Un destello de comprensión y rabia cruzó por su rostro.
—Si, es el mismo. El hombre que la hace sufrir…
—Sí —afirmó Elisa, mostrándole el palito de madera—. Él tiene la culpa de que mami llore siempre, de que el dueño de la casa nos quiera echar, cierto, pero mami no llora viendo su foto ni cuando lo tiene cerca. Por eso, tenemos que jurarlo. No vamos a parar hasta que ese maldeano, el del dibujo grandote en el brazo, llore todo lo que la ha hecho llorar.
Eliseo no dudó. Extendió su dedo índice derecho. Elisa apretó la punta del palito contra la yema de su hermano hasta sacarle una pequeñísima gota de sangre, y luego hizo lo mismo en el suyo. Unieron sus dedos, sellando el pacto con una mirada firme.
—Pacto de Gemelos —susurró Eliseo, apretando los dientes—. Haremos que el hombre feo pague cada lágrima de mami hasta hacerlo llorar.
—Seo… —lo llamó Elisa con expresión incrédula en su rostro—. Los adultos no lloran, solo mi mami es tonta. Que llora por culpa de ese hombre feo.
Eliseo la miró fijamente, como si ya tuviera dibujada la escena del sufrimiento de Collins.
—Él agarró ese juguete ese juguete para acabarnos y a mami, pues yo lo haré llorar —prometió Eliseo acentuando la dureza en su mirada.
Mientras los gemelos sellaban su promesa en la penumbra del pasillo, el auto de Collins se detuvo de golpe frente a los grandes portones de su mansión. Collins y Natalia bajaron del vehículo en una atmósfera sofocante. La calma habitual del recinto había sido quebrantada. Las sirenas que anunciaban el fallo de seguridad emitían un zumbido intermitente, los rociadores del jardín todavía arrojaban chorros de agua a presión y varios hombres armados corrían de un lado a otro con linternas y radios encendidos buscando a tientas al causante de semejante desestabilización.
—¿Qué demonios pasa aquí? —rugió Collins, haciendo crujir sus nudillos mientras avanzaba dando zancadas largas mientras se dirigía al vestíbulo principal.
Natalia caminaba detrás de él, con el corazón en la garganta y los puños apretados. Al cruzar el umbral y ver el despliegue de seguridad, sobretodo a los hombres armados, sus ojos buscaron desesperadamente a sus hijos entre la multitud de hombres.
—¡Elisa! ¡Eliseo! —gritó Natalia, con la voz tenblorosa por el miedo—. ¿Dónde están mis hijos, Collins? ¡Dijiste que estaban aquí!
Desde la sala de control de seguridad emergió Blade, con el rostro manchado de hollín y una expresión de frustración. Al ver a Collins, se le acercó a toda prisa.
—Jefe, tuvimos un ataque... o una estupidez de proporciones bíblicas —informó Blade, pasándose una de sus pesadas manos por la nuca—. Alguien arruinó el servidor central. Hay agua por todos los equipos tangibles, los terminales táctiles están pegados con algún químico industrial y los sistemas de monitoreo se cayeron por completo. Estamos a ciegas.
Collins se giró lentamente hacia Blade, con los ojos verdes echando chispas de rabia.
—¿Y los mocosos? —exigió Collins en una orden seca—. Te dije claramente que los cuidaras.
—Desaparecieron, señor —admitió Blade, bajando la cabeza—. No podía estar pendiente de todo. Aprovecharon el alboroto del cortocircuito y se esfumaron. No hay rastro de ellos en el perímetro.
Natalia sintió que el suelo se abría debajo de sus pies.
