Capítulo 2 2

—No pienso dormir bajo tu techo.

León apoyó una cadera contra la mesa y cruzó los brazos, como si acabara de escuchar una objeción predecible en lugar de una negativa.

—Entonces no firmes.

—Eso sería más convincente si no hubieras puesto la carpeta que puede limpiar mi nombre junto al contrato.

—La carpeta no limpia nada. Solo demuestra que alguien escondió información.

—Información que tú llevas un año guardando.

—Y que tú llevas un año sin buscar.

La frase me golpeó donde debía. No había defensa elegante contra una verdad pronunciada sin elevar la voz. Y eso resultaba mucho peor. Tomé aire, cerré la carpeta y la empujé hacia él.

—No sabes lo que hice después de que retiraron el reportaje.

—Sé que no me llamaste.

—Tampoco tú.

—Yo no publiqué que eras una estafadora.

—Publicaste una entrevista diciendo que yo había vendido mi ética por un premio.

—¿Era mentira?

Sentí el impulso de lanzarle la taza. El café estaba frío y la vajilla parecía cara, así que me conformé con apretar los dedos alrededor del asa.

—Quieres castigarme.

—Quiero que termines el trabajo.

—Sesenta días encerrada en un hotel contigo no es periodismo.

—Depende de cuánto preguntes y de cuánto logres no mirarme la boca.

—Tu ego ocupa más espacio que el edificio.

—Y aun así encontraste sitio para entrar.

Su sonrisa apareció apenas, irritante y calculada. Debía haberme levantado, recuperar mi teléfono y salir. En cambio, abrí el contrato.

Doce páginas.

Alojamiento obligatorio en La Sal. Acceso total a las áreas del hotel. Entrevistas con antiguos empleados. Prohibición de publicar avances. Revisión legal antes de la entrega final. Nada sobre compartir habitación, gracias a cualquier santo especializado en decisiones laborales dudosas.

—Aquí dice que podré consultar los archivos originales.

—Supervisada.

—No trabajo con alguien respirándome en la nuca.

León rodeó la mesa hasta quedar detrás de mí.

—¿Así?

Su voz rozó mi oído. El calor de su pecho alcanzó mi espalda sin tocarla. Una parte inútil de mi cuerpo se tensó como si no recordara que ese hombre podía demandarme, humillarme y quizá usar mis huesos para hacer caldo.

Me puse de pie tan rápido que la silla chocó contra sus piernas.

—Exactamente así.

León retrocedió, divertido.

—Anotado. Maia Varela necesita dos metros de distancia para fingir que no siente nada.

—Necesito dos metros para no golpearte.

—Eso también estaba en tu cara.

Tomé el contrato y busqué una cláusula de salida. Había una penalización equivalente a seis meses de mi sueldo actual, lo cual era menos impresionante de lo que él probablemente imaginaba. Mi sueldo apenas alcanzaba para pagar la renta y fingir que no compraba vino barato los jueves.

—¿Por qué yo? —pregunté—. Hay periodistas mejores, más conocidos y menos propensos a clavarte un tenedor.

—Porque ninguno estuvo en la sala cuando se construyó la mentira.

—Tomás sí.

La expresión de León cambió. Ya no había burla.

—Tomás no cruzará la puerta de La Sal.

—Eso suena personal.

—Lo es.

—¿Qué hizo además de editar el reportaje?

—Pregúntaselo.

—Te lo estoy preguntando a ti.

—Y yo aún no confío en ti.

Solté una risa seca.

—Me invitas a vivir contigo, pero no confías en mí.

—También invitaría a un perito si mi casa se incendiara. No significa que le daría las llaves de mi dormitorio.

—Qué alivio.

—No demasiado. Tu habitación estará frente a la mía.

El dato no debía importarme. Importó.

Imaginé pasillos silenciosos, puertas cerradas y a León saliendo después de ducharse con esa camisa ausente y el cabello mojado. Corté la imagen antes de que adquiriera detalles útiles.

—Necesito tiempo para revisar esto.

—Tienes hasta mañana.

—Las decisiones serias no se toman en veinticuatro horas.

—Tu reportaje se publicó seis horas después de que Elisa pidiera corregir su testimonio.

El nombre me dejó inmóvil.

—¿Tienes pruebas de eso?

León abrió la memoria en una computadora y buscó un correo. Elisa Moreno había escrito a Tomás la noche anterior a la publicación. Solicitaba retirar varias frases y explicaba que no acusaba a León de robar recetas, sino de apropiarse del crédito público.

El mensaje nunca me fue reenviado.

—Quiero una copia.

—Firma.

—No puedes condicionar evidencia a un contrato.

—Puedo condicionar el acceso a mis archivos privados.

—Esto no es privado. Afectó una investigación.

—Y mi vida.

Nos miramos desde lados opuestos de la mesa. Durante un segundo, el restaurante dejó de sentirse vacío. Había demasiada rabia ocupando el lugar, demasiadas cosas sin decir y una atracción inoportuna que se filtraba entre ambas como humo.

—No voy a acostarme contigo —dije.

León parpadeó.

—No estaba en el contrato.

—Quiero que quede claro.

—Puedes añadirlo. Aunque resulta pretencioso prohibir algo que nadie ha ofrecido.

—Tu manera de acercarte contradice esa versión.

—Mi manera de acercarme solo demuestra que retrocedes.

—Porque invades.

—Porque tiemblas.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—Mírame bien. Esto no es miedo.

León bajó la vista a mis labios, después a mi cuello y finalmente al botón superior de mi blusa. No sonrió.

—No —admitió—. Eso sería más fácil.

El aire cambió. Su mano se apoyó junto a mi cadera, sobre la mesa. No me tocó, pero su cuerpo dejó de parecer una amenaza abstracta. Era un hombre furioso, atractivo y demasiado consciente de mí.

Incliné el rostro.

—Si intentas besarme, te romperé la nariz.

—Si quisiera besarte, no tendrías tiempo de anunciarlo.

—Arrogante.

—Curiosa.

—Idiota.

—Periodista.

La última palabra sonó peor que un insulto.

Me aparté y firmé únicamente la hoja de recepción, no el contrato completo.

—Me llevo una copia para revisarla.

—No.

—Entonces haré fotografías.

—Tu teléfono está apagado.

—Puedo encenderlo.

—Puedes intentarlo.

Lo saqué del bolsillo. León había cambiado el código de acceso.

—¿Qué hiciste?

—Evité que grabaras.

—Ese teléfono es mío.

—Y mi reputación también lo era.

Me lancé hacia él para quitarle el papel donde había anotado la clave. León levantó el brazo. Tuve que apoyar una mano en su hombro y estirarme. Mi pecho rozó el suyo. Sus dedos se cerraron en mi cintura por reflejo.

Quedamos inmóviles.

Su pulgar presionaba justo encima de mi cadera. Mi respiración tocaba su mandíbula. León olía a café, humo y una mala decisión.

—Suéltame —murmuré.

—Tú estás encima de mí.

—Porque escondiste mi contraseña.

—Porque sigues intentando llevarte cosas que no te pertenecen.

La frase cortó cualquier calor.

Me aparté y recogí mi abrigo.

—No aceptaré.

León desbloqueó el teléfono y me lo entregó.

—Sí lo harás.

—No sabes nada de mí.

—Sé que llevas un año esperando una oportunidad para demostrar que Tomás te utilizó.

—No voy a usar tu hotel para limpiar mi reputación.

—Entonces úsalo para comprobar si todavía sabes buscar la verdad.

Abrí la puerta. Afuera, un automóvil negro acababa de detenerse. Gael descendió acompañado por una mujer mayor de cabello blanco y bastón rojo. Ella me miró como si ya conociera cada error de mi currículum.

—Maia Varela —dijo—. Soy Celia Arístegui, dueña de La Sal.

León apareció detrás de mí.

—Abuela, aún no ha firmado.

Celia golpeó el suelo con el bastón.

—Firmará cuando sepa la condición que olvidaste mencionar.

Me volví hacia León.

—¿Qué condición?

Celia sonrió sin amabilidad.

—Durante sesenta noches, usted y mi nieto compartirán la misma suite.

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