
VIVIENDO NOVENTA DÍAS CON ÉL MÁS ODIADO
Irasp · En curso · 95.9k Palabras
Introducción
Meses después, Maia descubrió que Tomás Leal, su editor y prometido, había ocultado testimonios que contradecían la versión publicada. Aunque ella no inventó las acusaciones, aceptó divulgar una historia incompleta y terminó perdiendo su trabajo, sus reconocimientos y la confianza en su propio criterio.
Un año más tarde, León decide reabrir La Sal, el antiguo hotel gastronómico de su familia. Para conseguir el financiamiento que necesita, deberá participar en una serie documental. Sin embargo, acepta con una condición: Maia será la responsable de escribir la crónica oficial y vivirá durante sesenta días bajo el mismo techo que él.
La convivencia comienza como un castigo. Maia deberá mirar a los ojos a cada persona perjudicada por su reportaje, mientras León tendrá que soportar la presencia de la mujer que convirtió su vida en un titular. Cada medianoche, ambos deberán responder una pregunta con absoluta sinceridad.
Cuando una grabación privada revela la tensión que existe entre ellos, la productora transforma su enfrentamiento en una campaña romántica. Para salvar el hotel y los empleos del personal, Maia y León aceptan fingir una relación.
El problema será descubrir qué parte de sus besos pertenece al contrato y cuál podría destruirlos de verdad.
Capítulo 1
―Quiero que vengas sola.
La voz de Gael Rivas llegó por el altavoz de mi teléfono mientras yo corregía por tercera vez una nota sobre la apertura de una cafetería para perros. Había estudiado periodismo para investigar fraudes, no para decidir si un bulldog disfrutaba más un capuchino de hígado o una galleta con forma de hueso.
―Eso mismo dicen los secuestradores antes de pedir rescate.
―No pienso secuestrarte, Maia. Tampoco creo que alguien pagara mucho después de lo que ocurrió.
Cerré el documento.
―Qué considerado.
―León Arístegui aceptó reunirse contigo.
Mi mano quedó suspendida sobre el teclado.
―León no quiere verme.
―Por eso pidió que fueras tú.
―Eso no tiene sentido.
―Nada relacionado con ustedes lo tiene.
Gael me envió una dirección. Reconocí el antiguo restaurante de León, cerrado desde que los patrocinadores retiraron su apoyo.
―¿Qué quiere?
―Que lo escuches.
―Ya lo escuché una vez.
―No. Lo investigaste. Son actividades distintas.
La llamada terminó antes de que pudiera insultarlo.
A las ocho cincuenta y siete estaba frente al restaurante.
La puerta de cristal conservaba la marca rectangular del letrero retirado. Dentro, las mesas estaban cubiertas con sábanas y la barra parecía un ataúd demasiado elegante.
Golpeé dos veces.
La cerradura cedió.
León apareció con una camisa negra remangada hasta los antebrazos. No llevaba chaqueta de chef ni la sonrisa fácil de sus entrevistas antiguas. Tenía el cabello más largo, barba de varios días y una cicatriz pequeña junto a la ceja que no recordaba.
Tampoco recordaba que fuera tan alto.
Eso me molestó más de lo razonable.
―Llegaste tarde ―dijo.
Miré la hora.
―Son las nueve.
―Cincuenta y ocho segundos después.
―Puedes demandarme.
―Ya tuviste suficientes abogados cerca.
Se apartó para dejarme pasar. Al hacerlo, su brazo rozó el mío. El contacto fue mínimo, pero mi piel reaccionó como si acabara de tocar una superficie caliente. Odié esa traición biológica. León olía a jabón, humo y algo especiado que no debía resultar atractivo en un hombre que tenía motivos para odiarme.
―¿Vas a entrar o piensas escribir una columna sobre el umbral?
Entré.
La puerta se cerró a mi espalda con un clic demasiado definitivo.
―¿Estamos solos?
―Eso pedí.
―También pediste que no trajera grabadora.
―Revisa mi camisa si crees que escondo una.
Su mirada bajó despacio hacia mi abrigo. No fue una inspección profesional. La tensión apareció sin permiso, inconveniente y viva. Abrí el bolso, saqué el teléfono y lo coloqué sobre la barra.
―Apagado.
León lo tomó, presionó el botón lateral y comprobó la pantalla.
―Podrías confiar en mí.
―Tú no lo hiciste.
―Yo confié en documentos, testimonios y un editor.
―Qué suerte. Ninguno tuvo que cerrar un restaurante.
Dejó el teléfono lejos de mi alcance. No pregunté si tenía derecho. Quería evitar otra discusión que pudiera terminar con su cuerpo demasiado cerca del mío.
―No vine a pedirte perdón ―dije.
―Lo sé. Las disculpas suelen incluir una expresión menos hostil.
―Esta es mi expresión amable.
―Entonces entiendo por qué tus fuentes confiesan.
A pesar de mí, estuve a punto de sonreír.
León caminó hacia la cocina. Lo seguí entre mesas cubiertas. Cada paso hacía sonar el polvo bajo mis zapatos. En una pared aún colgaban fotografías del equipo: cocineros, camareros, aprendices. Rostros que yo había reducido a una cifra en el último párrafo del reportaje.
Cuarenta y tres empleos perdidos.
No había escrito los nombres.
En la cocina, una lámpara iluminaba la mesa central. León había preparado café y dos platos con pan tostado, queso y tomates asados.
―No tengo hambre.
―No pregunté.
―¿Siempre recibes así a las personas que arruinaron tu vida?
―Solo a las que llegan sin cenar y mienten al respecto.
Mi estómago eligió ese momento para protestar.
León empujó un plato hacia mí.
―Qué oportuno.
―Mi cuerpo no entiende de dignidad.
―El mío tampoco.
Sus ojos descendieron a mi boca. La frase adquirió un significado distinto entre nosotros. Sentí calor debajo del cuello del abrigo. León apoyó ambas manos en la mesa y se inclinó apenas. La cercanía hacía visible una línea pálida en su labio inferior.
―No confundas hambre con interés, Varela.
―No confundas arrogancia con encanto, Arístegui.
―Nunca he necesitado confundirlos.
Tomé una tostada para evitar responder. El tomate estaba tibio y el queso tenía un sabor ahumado que me obligó a cerrar los ojos un segundo.
―Todavía cocinas.
―Todavía observas demasiado.
―Es mi trabajo.
―Era tu trabajo.
La palabra cayó con precisión.
Dejé la tostada.
―Dime por qué estoy aquí.
León abrió un cajón y sacó una carpeta gruesa. La colocó frente a mí. Mi nombre aparecía escrito en la primera pestaña.
―¿Qué es esto?
―Todo lo que no publicaste.
Abrí la carpeta. Había transcripciones completas, correos, contratos y fotografías fechadas. Reconocí fragmentos que había visto durante la investigación, pero también páginas que nunca llegaron a mis manos.
―Tomás revisó el material.
―Tomás eliminó el material.
―No puedes demostrarlo.
León sacó una memoria y la dejó sobre la mesa.
―Aquí están los archivos originales y el registro de modificaciones.
Sentí una presión desagradable detrás de las costillas. Mi ex prometido había insistido en que las contradicciones eran tácticas legales. Yo había aceptado su explicación porque publicar primero parecía más importante que detenernos.
―¿Por qué no entregaste esto hace un año?
―Lo hice. Tu revista decidió que una corrección discreta costaba menos que admitir que había premiado una mentira.
―Yo no sabía.
―Ese fue siempre tu argumento favorito.
Me levanté. La silla raspó el suelo.
―No voy a quedarme para que disfrutes humillándome.
León rodeó la mesa y bloqueó mi camino. No me tocó, pero su pecho quedó cerca del mío. Podía sentir el calor que atravesaba su camisa.
―Si quisiera humillarte, habría cámaras.
―Entonces, ¿qué quieres?
―Reabriré La Sal, el hotel de mi abuela. Una productora filmará todo durante dos meses.
―Felicidades.
―Necesitan una periodista para escribir la crónica.
Me reí.
―Busca a alguien que todavía tenga credibilidad.
―Ya lo hice.
León tomó mi teléfono, lo deslizó dentro del bolsillo de mi abrigo y dejó la mano allí un segundo más de lo necesario. Sus nudillos rozaron mi cintura.
―Tú escribiste mi caída ―dijo―. Ahora escribirás lo que ocurra después.
―No trabajo para ti.
―Todavía no.
―Jamás aceptaría.
León acercó la boca a mi oído. Su voz perdió volumen, no amenaza.
―Entonces dime por qué estás temblando.
Lo empujé con ambas manos. Apenas retrocedió.
―Porque me das asco.
―Mientes peor cuando me miras la boca.
Mi palma se levantó por instinto. León atrapó mi muñeca antes de que pudiera abofetearlo. No apretó. Solo sostuvo el pulso acelerado bajo sus dedos.
―Suéltame.
Lo hizo al instante.
La ausencia de contacto fue peor.
León regresó a la mesa, tomó un contrato y lo colocó sobre la carpeta.
―Sesenta días. Sin publicar una palabra antes del final. Vivirás en el hotel, hablarás con cada persona que perdió algo por tu reportaje y escribirás la versión completa.
―¿Y si encuentro algo que vuelva a destruirte?
León sostuvo mi mirada. Ya no había humor en la suya.
―Esta vez no apartaré los ojos.
Empujó el contrato hacia mí.
―¿Cuál es la condición real?
Su boca se curvó apenas.
―Que duermas bajo mi techo durante sesenta noches.
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Última actualización: 10/10/2026
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