Capítulo 3 3

—¿Compartir la misma suite significa compartir la misma cama?

Celia Arístegui me observó por encima de sus lentes, disfrutando demasiado mi pregunta.

—Solo si ambos son incapaces de utilizar una puerta.

León soltó una carcajada detrás de mí.

—Abuela, no puedes cambiar el contrato después de enviarlo.

—No lo cambié. Tú olvidaste leer el anexo.

—Eso explica muchas cosas sobre esta familia —murmuré.

Celia golpeó el suelo con el bastón rojo y entró al restaurante sin esperar invitación. Gael la siguió cargando una carpeta y una sonrisa de productor que acababa de encontrar material para veinte episodios.

—La suite tiene dos habitaciones, dos baños y una sala común —explicó Celia—. Es la única zona habitable mientras terminamos las reparaciones.

—Podría hospedarme en otro lugar.

—El pueblo tiene una pensión, pero la señora que la atiende perdió a su hijo cuando cerró La Sal. Dudo que quiera prepararle el desayuno.

El comentario me cortó las piernas.

León endureció el rostro.

—No tenías que decirlo así.

—Alguien tiene que hacerlo. Tú la provocas y ella responde como si esto fuera un duelo de frases bonitas. Aquí hubo personas que dejaron de pagar renta.

No supe dónde mirar. Las mesas cubiertas dejaron de parecer muebles olvidados. Cada una representaba un turno cancelado, una propina perdida, alguien regresando a casa con una caja de cuchillos y ninguna explicación para su familia.

Celia se sentó frente a la carpeta.

—La condición existe porque la productora necesita acceso constante a ambos. No habrá cámaras dentro de las habitaciones ni en los baños.

—Qué generosos —dije.

Gael levantó una mano.

—También necesitamos convivencia real. Desayunos, discusiones, decisiones, reconstrucción. El público no quiere un catálogo de puertas cerradas.

—El público puede aprender a tocar antes de entrar.

—No funciona así la televisión.

—Por eso prefiero el periodismo escrito.

León tomó el contrato y hojeó el anexo. Su mandíbula se tensó.

—Esto dice que la sala común tendrá una cámara fija.

—Solo durante horarios acordados —respondió Gael.

—¿Y quién decide qué se usa?

—Yo.

—Entonces no.

—Entonces no hay serie.

Celia me señaló con el bastón.

—Usted decidirá qué parte de su trabajo se publica. Él decidirá qué parte de su casa se muestra. Si ninguno aprende a ceder, La Sal seguirá cerrada.

León me miró como si yo fuera la cerradura.

—No he aceptado.

—Pero no te has ido —dijo él.

—Porque todavía no recupero la clave de mi teléfono.

—Ya te la devolví.

—Cambiaste mi contraseña a “no robes”.

Gael se rio. Celia no.

—León, discúlpate.

—No.

—Entonces dale la clave.

Él sacó un papel del bolsillo y me lo ofreció. Cuando intenté tomarlo, cerró los dedos.

—Promete no grabarme sin permiso.

—Promete no acercarte a menos de medio metro.

—Eso complicará la cocina.

—No pienso cocinar contigo.

—Entonces morirás de hambre en tres días.

—Sé preparar pasta.

—Hervir agua no es cocinar.

Tiré del papel. León no lo soltó. Nuestros dedos quedaron unidos sobre la tira doblada. Su pulgar rozó el interior de mi muñeca, justo donde el pulso traicionó mi calma.

—¿Vas a darme la clave o necesitas medir mi frecuencia cardiaca? —pregunté.

—Estoy comprobando si la arrogancia también acelera el corazón.

—Solo cuando huele a humo y se cree irresistible.

Su mirada descendió a mi boca.

—Entonces el problema no es el humo.

Le arranqué el papel.

Celia carraspeó.

—Excelente. Ya confirmamos que pueden pasar sesenta días sin matarse, aunque no sin hacer el ridículo.

Leí la clave.

MAIASEQUIVOCA.

—Eres infantil.

—Pero memorable.

—Eso también lo dicen las infecciones.

Gael dejó una pluma junto al contrato.

—Necesito una respuesta esta noche. Mañana comienza la mudanza del equipo.

—No firmaré sin que mi abogada lo revise.

—Tienes abogada —preguntó León—, pero no una mesa decente para trabajar.

—Mi mesa no te concierne.

—Tu renta vencida sí, si aceptas que la productora la cubra mientras estés en La Sal.

Me quedé quieta.

—¿Cómo sabes eso?

León dejó de sonreír.

—Gael investigó tu disponibilidad.

—Mi disponibilidad no incluye mis deudas.

—No pedí ese dato.

—Pero lo usaste.

—Porque llevas diez minutos fingiendo que puedes marcharte sin perder nada.

La vergüenza llegó primero. Después, el enojo.

—No sabes qué perdí.

—Sé que no fuiste la única.

Levanté el contrato y lo rompí por la mitad.

El sonido fue pequeño, pero nadie habló.

Celia cerró los ojos. Gael miró las hojas como si acabara de ver morir su presupuesto. León permaneció inmóvil.

—Esa era una copia —dijo finalmente.

—Perfecto. Puedes enmarcar la otra junto a mis premios retirados.

Tomé mi bolso y avancé hacia la salida. León me alcanzó antes de que cruzara la puerta, pero no intentó detenerme. Solo caminó a mi lado.

—Si te vas, Tomás conservará la versión que le conviene.

—No utilices su nombre para manipularme.

—No necesito hacerlo. Ya lo hace él.

—¿Qué significa eso?

León sacó su teléfono y abrió un correo recibido esa mañana. El remitente era Tomás.

Asunto: Maia Varela no es confiable.

El mensaje recomendaba cancelar cualquier colaboración conmigo. Adjuntaba informes internos, evaluaciones psicológicas de la revista y una copia de mi renuncia. Documentos que nunca autoricé a compartir.

Sentí náuseas.

—¿Por qué te envió esto?

—Porque sabe que tienes acceso a algo que lo puede hundir.

—La memoria.

—Y Elisa.

El nombre volvió a tensar el aire.

—Dijiste que no sabías dónde estaba.

—No lo sé. Pero ella llamó a mi abuela hace tres días.

Celia levantó el rostro desde la mesa.

—Pidió hablar con Maia.

Me volví hacia ella.

—¿Dónde está?

—Aceptó venir a La Sal cuando comiencen las grabaciones. No antes.

El contrato roto colgaba de mi mano.

León se acercó hasta quedar frente a mí. Esta vez no invadió el espacio. Dejó medio metro exacto, como había exigido. La distancia resultó más provocadora que sus acercamientos anteriores.

—Firma —dijo— y podrás preguntarle todo.

—También podría localizarla sola.

—Tomás lleva un año evitando que lo hagas.

—No necesito que me rescates.

—No quiero rescatarte. Quiero saber si vas a correr otra vez cuando la verdad deje de favorecerte.

Lo odié por la pregunta. Más aún porque yo también necesitaba la respuesta.

Gael colocó una segunda copia sobre la barra.

Celia guardó su ejemplar y sacó una llave con una placa de bronce.

—Suite siete. Llegará mañana antes del mediodía.

—Todavía no he empacado.

—Dos maletas bastan para una mujer que perdió todo —respondió ella.

León tensó la boca.

—Abuela.

—No la compadezco. Le recuerdo que puede empezar con menos equipaje.

Tomé la llave. Estaba fría y pesaba más de lo necesario.

—¿Alguna otra sorpresa escondida en los anexos?

Gael levantó un dedo.

—Las preguntas de medianoche.

—¿Qué preguntas?

—Cada noche, uno de ustedes podrá formular una. El otro deberá responder sin cámaras, sin evasivas y sin mentir.

La idea parecía una trampa diseñada con buena iluminación.

Miré a León.

—Eso durará una noche.

—Confías demasiado en tu resistencia.

La pluma pesó demasiado entre mis dedos.

Firmé la primera página, luego cada anexo. Cuando terminé, León tomó el contrato. Sus nudillos rozaron los míos y ninguno retiró la mano de inmediato.

—Sesenta días —murmuré—. Después no volverás a verme.

Su mirada sostuvo la mía.

—Eso dijiste hace un año, Maia. Y aun así nunca saliste de mi cabeza.

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