Capítulo 4 4

―La periodista que cerró este hotel no puede dormir en la habitación de mi madre.

La mujer que pronunció la frase sostenía una charola de vasos y una expresión capaz de cortar vidrio. Yo acababa de bajar del automóvil con dos maletas, una mochila y la poca dignidad que sobrevivió al viaje.

León cerró la cajuela detrás de mí.

―Abril, Maia ocupará la suite siete.

―La suite de Celia.

―Celia la autorizó.

―Celia también permitió que instalaran una cámara en la sala. Hoy no usaría su criterio como defensa.

Abril Cárdenas era más baja que yo, pero no parecía interesada en esa desventaja. Tenía el cabello recogido con un pañuelo azul, una quemadura reciente en la muñeca y el delantal cubierto de harina. La reconocí de una fotografía del antiguo restaurante. Jefa de cocina. Treinta y cuatro años. Una de las personas que perdió el empleo después de mi reportaje.

―Puedo hospedarme en otro lugar ―dije.

―No ―respondieron ambos.

Los miré.

―Qué agradable encontrar consenso.

León tomó mi maleta grande. Intenté arrebatársela.

―Puedo cargarla.

―Lo sé.

―Entonces suéltala.

―También sé que subirás tres escalones, te negarás a pedir ayuda y terminarás culpando a la arquitectura.

―No conoces mis hábitos.

―Tu maleta pesa más que tú.

―Llevo libros.

―Claro. La ropa no sirve para esconderse.

Abril soltó una risa que convirtió en tos cuando la miré. León aprovechó para entrar al hotel con mi equipaje.

La Sal no se parecía al lugar descrito en los folletos. La fachada conservaba los mosaicos azules y las ventanas arqueadas, pero había cubetas bajo las goteras, cables cruzando el vestíbulo y una escalera apoyada contra la recepción. El mar se veía detrás de los ventanales como una promesa.

En el patio, alguien martillaba madera. Cada golpe recordaba que el lugar seguía en pie por terquedad, no por milagro.

Tres personas dejaron de trabajar cuando me reconocieron.

Un hombre con una caja de herramientas murmuró. Una camarera apartó la mirada. Otra mujer me observó desde la puerta de la cocina con los brazos cruzados.

El hombre de la caja fue el primero en reconocerme de verdad. Se llamaba Ramón Soria; aparecía citado en mi artículo como parte de un equipo supuestamente cómplice. Su hija había enviado una carta a la revista meses después. Nunca tuve valor para responderla.

No necesitaba escuchar lo que pensaban. Yo había escrito sus despidos en una línea.

León dejó la maleta junto a la escalera.

―El equipo llegará mañana. Hoy solo están los trabajadores, mi familia y tú.

―Eso sonó menos tranquilizador de lo que pretendías.

―No pretendía tranquilizarte.

Abril me entregó una llave.

―La habitación de la izquierda es tuya. La de la derecha, de León. La sala se comparte. La cámara está desconectada.

―¿Y los baños?

―Cada habitación tiene uno.

―Gracias.

―No era hospitalidad. No quiero encontrar tu cepillo cerca del suyo y tener que escuchar explicaciones.

León se llevó una mano al pecho.

―Abril, hieres mi reputación.

―Tu reputación ya sobrevivió a una periodista. Sobrevivirá a un cepillo.

Subí antes de que alguien descubriera otra forma de utilizarme como chiste. La suite siete ocupaba el extremo. Al abrir, encontré una sala amplia con sofá, chimenea apagada y dos puertas enfrentadas. La mía tenía una placa de latón. La de León estaba abierta.

Él entró detrás de mí con la segunda maleta.

―La cámara se activa de ocho de la mañana a ocho de la noche. Fuera de ese horario, puedes cubrirla.

―La cubriré todo el día.

―Entonces Gael te seguirá con una cámara portátil.

―Cubriré a Gael.

―Eso sí me interesa verlo.

Dejó la maleta en mi habitación. La cama ocupaba casi todo el espacio. Había un escritorio frente al balcón y una bañera antigua junto a una ventana cubierta con cortinas blancas.

―¿La cerradura funciona?

―Sí.

―¿Tienes copia?

―No.

―¿Celia?

―Probablemente.

―¿Abril?

―Con seguridad.

―¿Gael?

―Solo si desea morir.

Me agaché para abrir la maleta. Una de las cremalleras se había atorado. León se inclinó al mismo tiempo y nuestras cabezas chocaron.

―Perfecto ―murmuré, llevándome una mano a la frente―. Primera lesión laboral.

―Podrías demandarme.

―Todavía estoy decidiendo por cuál motivo empezar.

Él se arrodilló frente a la maleta. Sus dedos rodearon los míos sobre la cremallera.

―Tira hacia ti.

―Sé abrir equipaje.

―El equipaje discrepa.

Tiramos a la vez. La cremallera cedió y ambos perdimos el equilibrio. Caí sentada sobre la alfombra. León quedó entre mis piernas, con una mano apoyada junto a mi cadera y la otra todavía sujetando la tela.

Ninguno habló.

Su camisa se había levantado lo suficiente para mostrar una línea de piel sobre el cinturón. Mi rodilla rozaba su costado. Sentí el peso de su mirada recorrerme desde el cuello hasta la boca.

―Estás invadiendo más de medio metro ―dije.

―Tú me atrapaste con las piernas.

―Fue un accidente.

―Tu pulso vuelve a opinar distinto.

Le apoyé una palma en el pecho para apartarlo. Debajo de la camisa, su cuerpo estaba caliente y demasiado firme para un hombre que llevaba un año alejado de las cámaras.

―Muévete.

―Cuando dejes de presionar.

Retiré la mano. León se levantó y me ofreció la suya. La ignoré.

―Una convivencia prometedora ―dijo.

―He tenido intoxicaciones más prometedoras.

―También más breves.

Se marchó riendo.

Pasé la siguiente hora ordenando ropa y convenciéndome de que el calor en mi cara se debía al viaje. Después bajé con mi libreta. La cocina estaba en plena prueba de menú. El olor a mantequilla, ajo y pescado llenaba el pasillo.

Abril bloqueó la entrada.

―Aquí no.

―Necesito observar el trabajo.

―Mañana.

―El contrato me permite acceso completo.

―El contrato no impide que contamines una salsa con tu perfume.

León apareció detrás de ella con una cuchara.

―Déjala entrar.

―No sabe dónde colocarse.

―Puede quedarse junto a mí.

―Eso parece ser precisamente el problema.

Entré. Todos dejaron de hablar. León me entregó un delantal y señaló una mesa.

―Pica esas cebollas.

―Vine a escribir.

―Y yo necesito saber si distingues lágrimas reales de una reacción química.

Tomé el cuchillo.

―¿Siempre conviertes el trabajo ajeno en una prueba?

―Solo cuando ese trabajo casi me deja sin el mío.

Corté la primera cebolla demasiado gruesa. Abril bufó. León se colocó detrás de mí, rodeó mi cuerpo y ajustó mis dedos sobre el mango.

―Así.

Su pecho rozó mi espalda. Su mano cubrió la mía. El cuchillo descendió con precisión mientras su respiración tocaba mi cuello.

―Esto no requiere contacto completo ―murmuré.

―Tu técnica tampoco requería violencia contra la cebolla.

―Aléjate.

―Cuando aprendas.

Cortamos tres veces. Mi cuerpo registró cada roce con una atención vergonzosa. Me aparté antes de perder el control de la hoja o de mí misma.

Esa noche, a las doce, encontré a León en la sala con dos vasos de agua y el contrato abierto.

Había prometido responder sin evasivas. Miré mis manos, todavía impregnadas de cebolla, y entendí que León eligió la herida exacta.

―Primera verdad de medianoche ―dijo.

Me senté frente a él.

―Pregunta.

León dejó el vaso. Ya no sonreía.

―¿Sabías que mi reportaje estaba incompleto?

―La pregunta es sobre mí.

―No. Esta noche es sobre lo que hiciste.

Sostuvo mi mirada.

―¿Sabías que faltaban pruebas cuando decidiste destruirme?

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