Capítulo 5 5
—Sí. Sabía que faltaban pruebas cuando publiqué.
León no se movió.
La sala común quedó reducida al ruido del mar golpeando las ventanas y al zumbido discreto de la cámara apagada. Yo había imaginado aquella confesión muchas veces, pero nunca con él frente a mí, descalzo, con las mangas recogidas y una expresión tan quieta que daba más miedo que su enojo.
—Repítelo —dijo.
—No.
—Acabas de admitir que publicaste una historia incompleta.
—Admití que sabía que había preguntas sin resolver. No que inventé las respuestas.
—Qué alivio. Me destruiste con dudas auténticas.
Me levanté del sofá.
—La regla era responder, no permitir que me interrogues durante toda la noche.
León se puso de pie también.
—La regla era no evadir.
—No estoy evadiendo.
—Entonces dime por qué publicaste.
Su voz no subió. Eso me obligó a mirarlo.
—Porque Tomás aseguró que el resto llegaría antes del cierre. Porque Elisa había confirmado las acusaciones principales. Porque otra revista preparaba la misma historia y yo creí que detenerme significaba perder meses de trabajo.
—Elegiste ganar.
—Elegí confiar en mi editor.
—Era tu prometido.
—También era mi editor.
—Y tú eras la periodista.
La frase entró donde no tenía defensa. Crucé los brazos para que no viera mis manos temblar.
—Sí. Yo firmé el reportaje. Yo acepté publicar. Yo no comprobé el último correo de Elisa. ¿Eso querías escuchar?
—Quería saber si alguna vez dudaste.
—Dudé desde la noche anterior.
León soltó una risa sin humor y caminó hacia la ventana.
—Dormiste sabiendo que podías estar equivocada.
—No dormí.
—Yo tampoco. Durante meses.
No tuve una respuesta útil. Tampoco tenía una disculpa capaz de atravesar el espacio que yo había abierto entre ambos. Las respuestas útiles habían sido siempre mi refugio: fechas, documentos, nombres, frases capaces de ordenar el desastre. Frente a León, los datos no podían devolver empleos ni borrar titulares.
—La pregunta terminó —dije.
—Para ti, quizá.
Se giró. La luz de la lámpara marcaba la tensión en su rostro.
—¿Qué parte te hizo dudar?
—Elisa decía que habías utilizado sus recetas sin darle crédito, pero también reconocía que después la incorporaste al menú como autora. Tomás eliminó esa parte porque decía que confundía el enfoque.
—¿Y tú aceptaste?
—Sí.
León se acercó.
—Mírame cuando lo digas.
—Ya te estoy mirando.
—No. Estás mirando al hombre del artículo. Ese es más fácil de soportar.
Quedó frente a mí, a una distancia que no obedecía nuestro medio metro. Su pecho subía con lentitud. Yo podía sentir el calor de su cuerpo sin tocarlo.
—¿Qué ves ahora? —preguntó.
Mi garganta se cerró.
—A un hombre que quiere castigarme.
—Eso no responde.
—A alguien que no sabe qué hacer con su rabia.
—Sigue.
—A alguien que me mira como si quisiera besarme o echarme al mar.
Su mandíbula se tensó.
—No confundas las opciones.
—Tú las estás mezclando.
León apoyó una mano en el respaldo del sofá, junto a mi cadera. No me encerró, pero dejó claro que podía hacerlo. Mi pulso se volvió torpe.
—Si te besara ahora —dijo—, mañana afirmarías que fue culpa, presión o curiosidad profesional.
—No sabes lo que afirmaría.
—Sé que encontrarías una palabra para no aceptar que lo deseaste.
—Y tú encontrarías una razón para convertirlo en venganza.
Su mirada bajó a mi boca.
—Entonces estamos de acuerdo en algo.
La electricidad entre nosotros no tenía nada de elegante. Era enojo, culpa y una curiosidad física que debía haber muerto antes de empezar. Levanté la barbilla.
—No vas a besarme.
—No esta noche.
La decepción fue tan inmediata que me enfureció.
—Qué sacrificio.
—No confío en ti lo suficiente para darte algo que después puedas editar.
Me aparté primero.
—Buenas noches, León.
—La regla permite una pregunta por persona.
Me detuve junto a mi puerta.
—No dijiste eso.
—Está en el anexo.
—Empiezo a pensar que tus anexos se reproducen.
—Haz tu pregunta.
Quise preguntarle si me odiaba. Era demasiado fácil. Quise preguntarle por qué me había dicho que nunca salí de su cabeza. Era demasiado peligroso.
—¿Por qué aceptaste la serie?
León volvió a sentarse, pero no relajó los hombros.
—Porque La Sal tiene deudas.
—Eso ya lo sé.
—Porque mi abuela hipotecó su casa para mantener los salarios de quienes regresaron.
—Tampoco es toda la verdad.
Me sostuvo la mirada.
—Porque sin cámaras nadie quiere escuchar mi versión.
—¿Y conmigo sí?
—Contigo hay conflicto. El conflicto vende.
—Por fin algo honesto.
—No terminé.
Esperé.
—Acepté porque quería verte entrar aquí y comprender que cada pared conserva algo de lo que hiciste.
La respuesta me dejó sin aire.
—Eso sí es castigo.
—Al principio, sí.
—¿Al principio?
León miró mi boca otra vez.
—Ahora no estoy seguro de qué es.
La cámara de la sala emitió un pitido. Una luz roja se encendió sobre el lente.
Ambos giramos.
—Dijeron que estaría apagada por la noche —murmuré.
León cruzó la sala y arrancó el cable de la pared.
—Gael va a perder una mano.
—Antes revisemos si grabó.
La pantalla lateral mostraba un archivo en curso. Veintisiete minutos. Toda la conversación.
Intenté tomar la tarjeta de memoria, pero León llegó primero. Nuestros cuerpos chocaron. Mi mano quedó atrapada entre su pecho y el aparato. Él sujetó mi cintura para evitar que cayéramos sobre la mesa.
—Suéltame —dije.
—Deja de empujar.
—La grabación es mía también.
—Precisamente por eso no voy a dejarla aquí.
—¿Temes que el público descubra que puedes hablar sin insultar?
—Temo que descubra cómo me miraste cuando dije que no te besaría.
Su pulgar seguía apoyado en mi cintura. Lo sentí incluso a través de la tela.
—Estás imaginando cosas.
—Entonces no tendrás problema en verla conmigo.
La puerta principal de la suite se abrió. Gael apareció con una tableta en la mano y una sonrisa que murió al ver el cable arrancado.
—Antes de que me maten, debo aclarar que la cámara se activó por error.
León guardó la tarjeta en el bolsillo.
—Sal.
—La productora ya recibió una copia automática.
Sentí que el estómago se hundía.
—Bórrala —ordené.
Gael tragó saliva.
—No puedo hacerlo sin autorización del director ejecutivo.
—¿Quién es?
Gael miró a León y después a mí.
—Tomás Leal compró hoy una parte de la productora.
León dejó de tocarme.
La pérdida de calor fue inmediata.
—¿Desde cuándo lo sabías? —preguntó.
—No lo sabía.
—Esa respuesta ya me costó un restaurante.
Gael dio un paso atrás.
—Tomás pidió revisar todo el material relacionado con Maia antes del estreno.
León sacó la tarjeta, la partió entre los dedos y dejó caer los pedazos sobre la mesa.
—Mañana cancelamos la serie.
—Si cancelas —dijo Gael—, la productora ejecutará la deuda de La Sal.
León se quedó inmóvil.
Tomé aire, consciente de que mi siguiente decisión podía hundirlo otra vez.
—Entonces no cancelaremos.
Él me miró con una desconfianza que dolía más que cualquier insulto.
—¿Qué vas a hacer, Maia?
Abrí la computadora, busqué el correo de Tomás y escribí una sola línea.
—Voy a darle la entrevista que lleva un año intentando comprar.
León cerró la tapa de golpe.
—No. Esta vez, si alguien vuelve a utilizarte para destruirme, serás tú quien decida apretar el gatillo.
