Capítulo 6 6
—No voy a pedirte permiso para hablar con Tomás.
León mantuvo una mano sobre la tapa de la computadora.
—No te estoy dando permiso. Te estoy diciendo que no uses mi hotel para entrar otra vez en su juego.
—Es mi ex prometido, no un francotirador.
—Peor. Un francotirador al menos avisa con un agujero.
Gael seguía junto a la puerta, fingiendo un interés repentino por la tableta. Yo levanté la pantalla de la computadora y León volvió a cerrarla.
—Hazlo otra vez y te muerdo.
—Eso sí sería una mejora en nuestra relación.
—No bromees.
—Tú empezaste.
—Porque si me pongo serio, voy a echar a Gael por la ventana.
Gael levantó la vista.
—La ventana da al patio.
—Entonces sobrevivirás.
—Qué alivio.
Se marchó antes de que León cambiara de opinión. La puerta se cerró y la sala quedó demasiado pequeña.
Aparté la computadora.
—Tomás quiere controlar el material. Si le doy una entrevista, puedo obligarlo a hablar.
—No puedes obligarlo a nada. Él sabe exactamente qué decir para que dudes de ti.
—Eso fue hace un año.
—Hace cinco minutos te quedaste blanca cuando escuchaste su nombre.
—Estoy furiosa.
—No son emociones incompatibles.
Lo odiaba cuando acertaba.
León dio un paso hacia mí. Yo no retrocedí.
—¿Qué propones? —pregunté.
—Nada esta noche.
—No.
—Maia.
—No voy a dormir mientras él decide qué hacer con veintisiete minutos de una conversación privada.
—Yo tampoco voy a dormir.
—Eso no me ayuda.
—No estaba intentando ayudarte.
—Claro. Estabas ocupado decidiendo por mí.
León apretó la mandíbula.
—No compares esto con Tomás.
—Entonces deja de actuar como él.
El golpe fue inmediato. Se apartó como si le hubiera tocado una herida.
—Eso fue bajo.
—Sí.
—Y lo sabías antes de decirlo.
—También.
Nos miramos unos segundos.
Mi enojo seguía ahí, pero debajo apareció algo peor: culpa por haber usado la única comparación que podía hacerlo perder el control.
León tomó aire.
—Haz la entrevista.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Hazla. Pero no sola.
—No necesito acompañante.
—No dije acompañante. Dije testigo.
—Gael.
—No confío en Gael.
—Celia.
—Está durmiendo.
—Abril.
—Te apuñalaría si la despiertas.
—Entonces tú.
León sostuvo mi mirada.
—Yo.
La palabra cayó entre los dos con demasiado peso.
Abrí el correo. Tomás había dejado un número privado y una frase: Cuando estés lista para contar lo que realmente pasó, llámame.
—Qué considerado —murmuré.
—Los manipuladores siempre parecen educados cuando preparan la cuerda.
—¿Experiencia personal?
—Últimamente, sí.
Lo llamé antes de perder el valor.
Tomás contestó al segundo tono.
—Maia.
Su voz seguía siendo igual. Suave. Medida. Familiar de una manera que me revolvió el estómago.
—Quiero saber por qué compraste parte de la productora.
Hubo una pausa.
—Porque alguien tiene que protegerte de otra mala decisión.
León soltó una risa seca.
Tomás guardó silencio.
—¿Quién está contigo?
—No importa.
—Si es León, importa bastante.
—Estoy aquí —dijo León.
—Qué escena tan eficiente.
—Habla conmigo, Tomás.
—No. Mi conversación es con Maia.
León se acercó por detrás de mi silla. No me tocó. Su presencia bastó para que yo enderezara la espalda.
—Entonces habla —dije.
—Sal de La Sal.
—No.
—Maia, ese hombre te odia.
—Eso no te concierne.
—Te está usando para limpiar su imagen.
—Y tú me usaste para salvar la tuya.
Silencio.
Por primera vez, Tomás tardó en responder.
—Eso es lo que él te hizo creer.
León apoyó una mano en el respaldo de mi silla.
—Pregúntale por el correo de Elisa.
—Ya lo vi.
Tomás respiró al otro lado.
—Ese correo llegó tarde.
—Llegó antes de publicar.
—No cambiaba el núcleo de la historia.
—Cambió suficiente para destruir una vida.
—No dramatices.
Algo dentro de mí se endureció.
—Cuarenta y tres personas perdieron el trabajo.
—León habría caído tarde o temprano.
—Eso no te daba derecho a empujarlo.
—Ni a ti a fingir que no querías publicar.
Cerré los ojos.
León inclinó la cabeza hacia mí.
—No le des eso.
No era una orden. Sonó distinto. Más bajo.
Tomás lo oyó.
—¿Ya duermen juntos?
Abrí los ojos.
—Vete al infierno.
—Solo pregunto porque el tono cambió.
León se inclinó hasta quedar junto a mi oído.
—Cuelga.
—No.
—Maia.
Tomás soltó una risa.
—Ya entiendo. Te gusta que te mande.
El calor subió por mi cuello.
León tomó el teléfono de mi mano.
—Escúchame bien. Vuelve a hablarle así y la próxima conversación será con mis abogados.
—Ahí está el chef heroico.
—No. Está el hombre al que arruinaste para esconder que manipulaste a la mujer con la que ibas a casarte.
Tomás dejó de reír.
—Ten cuidado, Arístegui. Tienes demasiado que perder.
—Ya lo perdí una vez.
León colgó.
Me levanté de golpe.
—No vuelvas a quitarme el teléfono.
—No vuelvas a dejar que te hable como si aún te perteneciera.
—No me pertenece.
—Entonces actúa como si lo supieras.
Lo empujé.
León retrocedió un paso, pero me sujetó por las muñecas cuando intenté hacerlo de nuevo.
—Suéltame.
Lo hizo.
Yo seguí demasiado cerca.
—No necesito que me defiendas.
—No estaba defendiéndote.
—Mentira.
—Estaba evitando que él volviera a meterse debajo de tu piel.
—¿Y tú qué haces?
La pregunta lo dejó inmóvil.
Su mirada bajó a mi boca.
—Algo mucho peor.
No sé cuál de los dos se movió primero.
Su mano llegó a mi cintura. La mía se cerró en su camisa. León me dio tiempo para apartarme.
No lo hice.
Su boca rozó la mía apenas, una prueba mínima que me encendió hasta las rodillas. Cuando intenté acercarme más, él se detuvo.
—Dime que pare.
—No.
Me besó.
No fue suave. Tampoco fue castigo. Fue una acumulación de cinco días de amenazas, silencios y medio metro de distancia convertido en una mentira inútil. Su mano subió por mi espalda y yo tiré de su camisa hasta pegarlo a mí.
El beso duró demasiado poco.
León se apartó con la respiración rota.
—Esto no cambia nada.
—Perfecto.
—Sigo sin confiar en ti.
—Y yo sigo queriendo golpearte.
—Eso sí te creo.
La puerta se abrió de golpe.
Gael apareció pálido.
—Tenemos un problema.
León no soltó mi cintura.
—Elige bien tus próximas palabras.
Gael levantó la tableta.
En la pantalla había una captura de nuestra conversación nocturna. Mi cara. La de León. Su boca demasiado cerca de la mía.
—La copia automática salió del servidor hace diez minutos.
Sentí que el estómago se hundía.
—¿A dónde?
Gael tragó saliva.
—A internet. Y ya tiene más de doscientas mil reproducciones.
León miró la pantalla.
—¿Qué fragmento publicaron?
Gael deslizó el video y me mostró el título.
La periodista que lo destruyó ahora duerme con él.
León se quedó inmóvil.
—Mañana nadie va a preguntar por el hotel —dijo Gael—. Van a preguntar si ustedes dos están acostándose.
