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Atrapada por el CEO

Atrapada por el CEO

Rosa Trinidad Catalán · En curso · 127.7k Palabras

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Introducción

Elena nunca imaginó que el camino hacia el altar sería su sentencia de cautiverio. Al aceptar suplantar a su hermana Dana en una boda de conveniencia, no solo hereda una fortuna y un apellido, sino también la mirada implacable de Adrián Valmont, un hombre cuya frialdad es tan letal como su atractivo. En este juego de apariencias, cada roce es una amenaza y cada palabra susurrada al oído es un desafío a su resistencia.
Adrián es un depredador que no acepta sombras en su mundo, y aunque Elena intenta mantener la distancia necesaria para sobrevivir, la cercanía forzada en la mansión Valmont comienza a desdibujar las líneas entre el odio y la fascinación. Bajo el peso de las reglas estrictas y la vigilancia constante, surge una química prohibida y oscura. Una atracción nacida del peligro donde Elena empieza a descubrir que el mayor riesgo no es que Adrián descubra su mentira, sino que ella termine deseando al hombre que debería temer.
En un entorno donde la confianza es un lujo mortal, ambos quedan atrapados en un baile de secretos y poder. Elena deberá decidir si sigue luchando por mantener su disfraz o si se entrega a la inevitable atracción por un esposo que, aunque busca la verdad para destruirla, parece ser el único capaz de ver el alma que ella intenta ocultar.

Capítulo 1

El vestido le queda un poco largo, y la seda, ajena a su piel, le pesa como si cargara con una prueba incriminatoria que debe ocultar a toda costa. Cada pliegue murmura, implacable: culpable. El perfume de azahares, mezclado con el humo sutil de las velas, se adensa en el aire como una bruma opresiva que, lejos de calmarla, le aprieta el pecho hasta robarle el aliento.

Los murmullos de los invitados se convierten en un zumbido constante, como un interrogatorio susurrado que no le da tregua. Siente cómo esas voces invisibles la empujan hacia adelante, obligándola a cruzar una línea de la que no habrá retorno. Pero su corazón, desbocado, tira en sentido contrario: quiere retroceder, huir antes de que alguien grite ¡deténganla!. Sin embargo, debe cumplir su promesa.

Cada paso es una sentencia, y en cada uno se repite la misma pregunta: ¿Por qué acepté esta locura?. La conversación con su hermana, ocurrida apenas una hora atrás, regresa con la nitidez de una confesión bajo la luz de un foco policial. Cada palabra, cada súplica, resuena ahora como una trampa perfecta de la que ya no puede escapar.

Inicio de FLASHBACK.

El reloj de pared marcaba las once en punto, y el tic-tac resonaba como un martilleo implacable; cada golpe medía no solo el paso del tiempo, sino la distancia que quedaba hasta el abismo. Afuera, la casa era un hormiguero: pasos que iban y venían, órdenes que se gritaban sin respiro, el crujir de la vajilla, el susurro urgente de las flores siendo acomodadas… y, muy al fondo, el lamento metálico de la orquesta afinando, como un presagio.

–¿Me estás escuchando? –exclamó Dana, aferrando las muñecas de Elena con una fuerza que contradecía la fragilidad de sus brazos. Sus dedos temblaban, pero el agarre era de hierro.

–¡Sí… pero no! –Elena logró apartarse, aunque el contacto dejó en su piel una marca invisible. – Lo que me estás pidiendo es… es una locura.

–Es mi única salida –replicó Dana, y en sus ojos brilló un miedo que Elena no había visto nunca. – No puedo… no voy a casarme con él.

–No lo conoces.

–Precisamente por eso –su voz se quebró como cristal. – Y porque he oído suficiente. –Hizo una pausa, como si el nombre que evitaba pronunciar fuera un conjuro peligroso. – Dicen que es frío, calculador… que lo que toca, lo hace suyo para siempre. Si me caso hoy… no voy a escapar jamás.

Elena respiró hondo, intentando apartar la sombra que esas palabras dibujaban en su mente.–¿Y crees que yo sí podría?

–Tú eres distinta –la respuesta llegó con una certeza ensayada. – Él no te reconocería. Nunca nos hemos visto. Apenas sabe mi nombre… y si tú firmas, me darás tiempo. Horas, días… lo suficiente para desaparecer.

Elena sacudió la cabeza. La pared detrás de ella parecía acercarse, empujándola hacia adelante. –¿Y si lo nota?

–No lo hará. –Dana se inclinó más, como si su insistencia pudiera envolverla. – Solo entra, mantén la calma y firma. El resto… lo haré yo.

–¿Y si me pregunta algo?

–Inventa algo para distraerlo–Dijo Dana y la sujetó de nuevo, esta vez sin temblar. – Haz lo que sea, pero no dejes que sospeche.

Un golpe seco en la puerta las sobresaltó. –Señorita, es hora de vestirse –anunció una voz masculina, grave y sin emoción, al otro lado.

Dana clavó la mirada en ella, y en ese instante Elena entendió que su súplica era más que una petición: era un grito desesperado desde un precipicio. –Por favor –susurró, y su voz fue apenas un hilo.

FINAL DE FLASHBACK

Y así, ahora está aquí, con la boca seca, frente a un desconocido que en cuestión de minutos será su esposo ante la ley.

El juez, un hombre de traje gris y mirada meticulosa, ajusta sus lentes. Tiene ese gesto lento y calculador que usan los inspectores cuando saben que la próxima respuesta puede cambiarlo todo. –La novia, por favor… –dice, con voz seca.

Ella da un paso, haciendo que el tacón golpee el piso de mármol como un disparo y su mirada, involuntaria, busca la de él. Ahí está, imponente y sereno, como si el tiempo se detuviera a su alrededor. Alto, erguido con una confianza inquebrantable que solo poseen aquellos que nunca han conocido la derrota. Su presencia llena la habitación antes de que siquiera cruce una palabra. El traje negro, impecable y perfectamente entallado, abraza su figura con una precisión casi quirúrgica, proyectando poder y control absoluto. En su muñeca, un reloj de acero reluce con un destello frío, casi glacial, reflejo del hombre que lleva.

Pero son sus ojos los que realmente capturan y dominan el espacio: dos pozos profundos y oscuros, tan penetrantes que parecen atravesar el alma misma, como un bisturí invisible que despoja de cualquier máscara o fachada. En ellos no hay lugar para la duda ni para la compasión; solo una fría determinación y un análisis constante. Adrián Valmont, CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, no es simplemente un hombre atractivo; su sola mirada impone respeto y miedo. No es solo carisma lo que emana, sino una autoridad incuestionable que puede derribar ejércitos o cerrar tratos millonarios con un simple gesto.

Al posar la mirada sobre ella, inclina levemente la cabeza, un gesto sutil, pero cargado de significado. No es una mirada de afecto, sino de cálculo frío y preciso, como quien evalúa un activo de altísimo valor o, quizás, un enemigo disfrazado. En ese instante, la atmósfera se vuelve tensa, casi eléctrica, y Elena siente cómo su corazón se acelera, atrapada bajo el peso de esos ojos que no perdonan ni olvidan. Él sabe más de lo que aparenta, y esa certeza la hiela hasta los huesos.

–Acérquese –ordena el juez.

Ella lo hace. Siente que todos los presentes son testigos, y que cada movimiento suyo queda registrado, como en una cámara de vigilancia invisible.

Él no pestañea. Su mirada penetrante la atraviesa con la precisión de un bisturí, desnuda sus secretos sin esfuerzo, despojándola de cualquier defensa. El silencio entre ambos se convierte en una cuerda tensa, a punto de romperse en cualquier instante, como el filo de un cuchillo suspendido en el aire.

–Así que… finalmente nos conocemos –dice Adrián con voz grave, profunda, como un eco frío que resuena en cada rincón de la habitación. Cada sílaba parece un golpe medido, calculado, una cuchilla afilada que busca atravesarla, medir su temple, desarmar cualquier defensa, obligándola a temblar sin mo

strar la más mínima debilidad.

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