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De sirvienta a Doña

De sirvienta a Doña

sarakimve · Completado · 57.9k Palabras

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Introducción

Mi padre murió lanzándome a la boca de los lobos. Desahuciada en Italia y cargando con la enfermedad cardíaca de mi hermana, llegué a México solo para ser robada y encarcelada.

En ese infierno conocí a Matteo De la Vega: el aristócrata de mirada oscura que pagó mi fianza y encendió entre nosotros un deseo salvaje. Pero Matteo estaba atado a Isabella Vancini, una prometida manipuladora. Entré a su mansión como sirvienta, cayendo en un romance prohibido entre miradas de rabia y roces furtivos.

La trampa no tardó en cerrarse. El supuesto "amigo" de mi padre, Marcello Montalvo, era un Don de la mafia que orquestó mi desgracia. Y cuando Isabella orquestó su propio suicidio para inculparme, Matteo cometió el peor error de su vida: dudar de mí y dejarme pudrir en prisión.

Para salvar a mi hermana, acepté casarme con el mafioso en un pacto de sangre. Pero al rescatar a mi madre biológica de un sanatorio, descubrí la verdad: soy la única heredera del imperio Vancini.

Limpié mi nombre, tomé mi fortuna y resucité como la Doña.

Hoy, la mafia y la familia de Matteo se disputan mi imperio, mientras él busca desesperado el perdón de la chica que rompió. Pero la sirvienta inocente murió. Hoy voy a hacer que todos se arrodillen.

Capítulo 1

Prólogo:

Hay dos formas de aprender a respirar en este mundo: tragando el polvo rasposo de la miseria o sofocándote con el humo denso de la pólvora. Yo aprendí a hacer ambas cosas antes de cumplir los veintiún años.

Dicen que los hombres como Marcello Montalvo y los aristócratas como Matteo De la Vega mueven los hilos del mundo a su antojo. Dicen que ellos deciden quién vive, quién paga, quién sufre y quién se arrodilla. Que ellos poseen.

Qué equivocados están. Qué ciegos los vuelve su propio orgullo.

Ellos creyeron que me rompieron el día que arrastraron mi nombre por el barro de la opinión pública. Creyeron que me destruyeron cuando me encerraron tras los barrotes fríos de una prisión mexicana: sola, indocumentada, golpeada por la injusticia y con el corazón defectuoso de mi hermana pequeña fallando a cada segundo.

Aún puedo sentir la mirada de Matteo esa tarde. El hombre que juraba sentir un fuego incontrolable por mí, el mismo que me acorralaba contra las paredes de su mansión buscando mi boca como un desahuciado, me miró a los ojos desde la comodidad imperturbable de su estatus social y dejó que la culpa me consumiera. Su prometida muerta —esa mujer manipuladora y enferma que orquestó su propia tragedia para hundirme— sonreía desde el infierno viendo cómo el noble heredero De la Vega dudaba de mi inocencia y me entregaba a la policía.

Pero cometieron el peor error de sus vidas: dejarme respirar.

No saben que la chica humilde de la colonia italiana, la de las manos gastadas por el trabajo duro que entró a su mansión con la cabeza gacha y la mirada dócil, murió en esa celda podrida. En su lugar, nació la Doña. La verdadera heredera de una fortuna manchada de sangre que no descansará hasta ver arder cada uno de sus imperios.

Ellos querían una guerra. Yo les voy a dar un incendio.

Capítulo 1

El frío de la colonia en Nápoles no se parece al de ningún otro lugar del mundo. No es un frío limpio ni poético; es un frío húmedo, grasiento y penetrante que se cuela por las rendijas de los muros agrietados y se mete en los huesos para recordarte, a cada segundo, exactamente cuánto te falta para caer en el abismo.

—Un poco más, Fiorella... solo déjame descansar un poco más, mia bella —susurró mi padre con la voz rasposa, apenas un hilo de aire entre las cobijas raídas y olientes a medicina barata.

—No te duermas, papá. Por favor, mírame —le rogué mientras apretaba una compresa húmeda contra su frente ardiendo en fiebre—. Ya casi consigo la medicina de Mía. El dueño de la farmacia me prometió que si limpiaba el almacén de madrugada me daría las pastillas para la presión y el tónico del corazón. Solo aguanta un poco más.

El olor a humedad y a madera vieja en nuestro pequeño departamento de dos habitaciones era sofocante. Durante tres años, desde que mi madre nos abandonó sin mirar atrás —dejándonos únicamente deudas, platos vacíos y una puerta azotada en la noche—, este lugar de techos descascarados había sido mi prisión y mi única trinchera.

A mis veinte años, no conocía los bailes, ni los vestidos bonitos, ni la calma. Mis manos tenían durezas por el jabón de fregar y mis hombros cargaban con el peso de tres vidas.

Mía, mi hermana de doce años, dormía en el sofá del rincón, cubierta con mi único abrigo desgastado. Su respiración era demasiado corta, un silbido leve, errático y agudo que me oprimía el pecho como una garra de acero cada vez que lo escuchaba. Nació con una malformación cardíaca. Su corazón era una bomba de tiempo que la falta de nutrientes y la pobreza alimentaban día tras día.

Me acerqué a la mesa de madera desvencijada para cambiar el agua del recipiente. Entre la penumbra que proyectaba la única bombilla funcional del techo, los ojos amarillentos de mi padre me buscaron con una urgencia brutal que me erizó la piel. Temblaba sin control, no por el frío, sino por el miedo.

Con un esfuerzo sobrehumano que hizo crujir sus huesos frágiles, sacó la mano de debajo de las mantas y me presionó un sobre de papel amarillento contra la palma. Estaba sellado con una gota de cera roja arrugada y no tenía remitente.

—Si el aire me falta esta noche... —tosió, un sonido seco y cavernoso que me partió el alma en mil pedazos—... no te quedes aquí, Fiorella. Los hombres a los que les debo este techo vendrán al amanecer. La casa no es nuestra. Nunca lo fue.

—¿De qué hablas? Papá, no digas eso, el médico dijo que con el tratamiento...

—¡Escúchame! —gritó con una fuerza desesperada que le vació los pulmones. Me sujetó la muñeca con sus dedos flacos y fríos como el hielo—. Toma a tu hermana. Vende lo poco que quede. Compra dos pasajes y ve a México. Busca al hombre que está escrito en esa carta. Le salvé la vida hace muchos años... él les dará un techo y protección. Prométeme que no buscarás preguntas. Solo huye.

—¿Un amigo en México? Papá, jamás nos hablas de nadie allá. Ni siquiera tenemos dinero para el pan de mañana, ¿cómo vamos a cruzar el océano?

—Prométemelo, Fiorella... por la vida de Mía... —su voz se quebró, extinguiéndose en un silbido desgarrador—. Prométeme que serás fuerte. El mundo es cruel con las mujeres hermosas y sin dinero. No confíes en nadie. Ni en los hombres de traje... ni en los que sonrían con amabilidad.

La presión en mi muñeca cedió de golpe. La mano de mi padre cayó pesadamente sobre la cama, rebotando contra el colchón gastado.

El silencio que siguió en la habitación fue un golpe ensordecedor.

—¿Papá? —murmuré, sintiendo un vacío helado expandiéndose desde mi estómago hasta la garganta—. Papá, mírame. No me hagas esto.

Lo tomé de los hombros, me incliné sobre su pecho, pero ya no había latido. Solo un cuerpo frío y vencido por años de hambre y secretos.

A mi espalda, el silbido débil del corazón de Mía continuó resonando en la oscuridad, recordándome que el tiempo se nos había agotado. Mi padre me había dejado una carta misteriosa, un futuro incierto al otro lado del mundo y a una niña cuya vida dependía enteros de mis decisiones.

Tragué mis lágrimas, apreté el sobre contra mi pecho hasta arrugarlo y miré a la ventana donde despuntaba la primera luz del alba. La chica inocente de Nápoles comenzaba a morir esa misma noche.

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