
ELIAN: EL REGRESO DEL RUSO
Tory Sánchez · En curso · 88.1k Palabras
Introducción
Elian era tan sexy como peligroso. Había pasado la mayor parte de su vida lejos de su familia adoptiva, enfrentando su pasado y los oscuros recuerdos que lo atormentaban. En secreto, se había enamorado de Evangelina, su hermana; sin embargo, era consciente de lo prohibido e imposible de sus sentimientos. Sobre todo, por la lealtad que le debía a sus padres. Pero bastó una noche para cambiarlo todo. Sucumbir al deseo fue el peor error que pudo cometer, un error que puso a Evangelina en la mira de un enemigo oculto, alguien que lo quería de vuelta en Rusia.
Un secuestro y una búsqueda desesperada llevarán a Elian al bajo mundo, ese al que juró no regresar jamás.
Capítulo 1
Capítulo 1.
Evangelina despertó con un terrible dolor de cabeza, como si cientos de elefantes pisaran su cerebro. El dolor que sentía solo podía rivalizar con el dolor entre sus piernas, aunque era una molestia totalmente diferente. Una placentera.
Se movió un poco; la tenue luz que se filtraba por las cortinas la obligó a cubrirse los ojos con el dorso de la mano. No recordaba cómo había llegado a casa. La música, el alcohol y aquellos ojos que no se apartaron de ella vinieron de golpe a su cabeza. Las imágenes de lo que hizo la noche anterior la golpearon con fuerza.
Una melena rubia que le cubría el hombro, dos cuerpos entregándose sin reservas, su piel húmeda por el sudor. Su coño palpitó mientras intentaba convencerse de que solo se trataba de un sueño. Uno de esos sueños prohibidos que solía tener desde que alcanzó la mayoría de edad. Ese momento que solo existía en su cabeza. Elian era su hermano; adoptivo, pero hermano, al fin y al cabo.
Con un suspiro de frustración, apartó las manos de sus ojos, solo para descubrir que no se encontraba en su habitación, ni en casa de sus padres. El entorno era desconocido; tal vez era la habitación de algún hotel de paso.
Evangeline respiró profundo, levantó las sábanas para descubrir su cuerpo totalmente desnudo. Tragó en seco, se envolvió entre la suave tela y se puso de pie. El primer paso fue doloroso; el escozor le confirmó lo que temía: había tenido sexo, y del bueno, si era honesta. Lo malo era no saber con quién se había acostado.
¿Quién era el hombre a quien le había entregado ciegamente su primera vez?
—Has despertado.
Ella se quedó petrificada al reconocer la voz del hombre. Giró lentamente, rezando para que todo fuera una ilusión, pero no lo era. Elian estaba de pie en el umbral de la puerta, y lo único que cubría su bien formado cuerpo era una toalla. Una maldita toalla que le negaba la vista de lo mejor de su anatomía. Ese pene duro que hizo estragos en ella. Una nueva ráfaga de recuerdos la golpeó: gemidos, palabras ininteligibles, el placer del roce de sus cuerpos.
Levantó la mirada, temiendo lo que vendría.
—Lo que ha sucedido entre nosotros es mejor olvidarlo —dijo él con voz seria. Las facciones de su rostro se endurecieron; ya no era su dulce hermano. —Esto, Evangelina, ha sido un error. Algo que no debió ser y que no volverá a repetirse.
Una herida de arma blanca habría dolido menos que sus palabras. Evangelina apretó las sábanas entre sus manos mientras luchaba para contener las lágrimas.
—Nadie debe saberlo, Evangelina. A los ojos del mundo, tú y yo somos hermanos.
—No compartimos la misma sangre —replicó ella. El calor de su cuerpo fue reemplazado por un gélido frío que amenazó con congelar su corazón. —Lo único que tú y yo tenemos en común es el apellido.
Elian fingió no escuchar; estaba decidido a convertir aquella noche en un error. Era necesario, era el mayor, era quien debía parar todo aquello y, sin embargo, no hizo nada. Dejó que las cosas sucedieran.
—Olvida lo que pasó, Evangelina. Es lo mejor para los dos —sentenció él, pasando a su lado como si, en lugar de ser alguien conocida, fuera una simple y vulgar prostituta.
Evangelina apretó los puños; no se giró para verlo, pero no pudo evitar escuchar cada uno de sus movimientos. Elian recogía sus prendas esparcidas en el suelo al mismo tiempo que ella intentaba recoger los pedazos de su corazón.
Se mordió el labio con fuerza, con rabia. Había tanto que decirle que no fue capaz de escupir ni una sola palabra. Lo dejó ir en silencio, tal como Elian lo deseaba. Aquella mañana fue la última vez que lo miró. Durante los dos años siguientes, él se dedicó a trabajar en el extranjero, expandiendo el negocio familiar y su propia compañía de seguridad e investigación privada. Regresaba pocas veces a Grecia y, en su mayoría, lo hacía cuando sabía que ella estaba fuera del país.
Elian la evitaba como si fuera la peste…
Las gotas de lluvia golpeando con fuerza las ventanas la sacaron de sus pensamientos. Observó la noche oscura, presintiendo la desgracia que se avecinaba.
Recordó las palabras de su padre:
«Elian volverá y estará al frente de la compañía. Todo lo que te falta por aprender, lo harás a su lado».
Su padre no tenía idea de que Elian y ella apenas podían compartir el mismo espacio. Desde aquella noche en que cruzaron la línea, su relación de hermanos se había disuelto. Ella seguía enamorada de él, seguía soñando con sus besos y caricias, con aquella noche que para él no había significado nada más que un error. Un error que se aseguraría de no repetir jamás. Lo peor es que no lo dudaba. Elian era muy capaz de cumplir su palabra.
Unos golpes urgentes en la puerta la devolvieron a la realidad.
—Adelante —ordenó, girándose para ver a una de las empleadas en el umbral.
—El señor Aris ha llegado —informó la mujer.
—Gracias, dile que enseguida estoy con él —respondió Evangelina, esperando a que la puerta se cerrara antes de dejar escapar un suspiro de frustración. Cinco años de amor no correspondido debían terminar.
Todo tenía un principio y también un final. Ya había esperado suficiente; no necesitaba más para entender que ella y Elian no estarían juntos jamás.
Pero tenía otras opciones; Aris Kouris era el hijo mayor del primer ministro; era el candidato perfecto para unirse a la familia Kyriaskis y el escudo ideal para mantener las apariencias cuando Elian regresara a casa y a la empresa. Era una medida desesperada, pero era la única manera de mantenerse a raya.
Si Elian podía vivir sin arrepentimientos, ella también lo haría.
Evangelina tomó su chaqueta de cuero y abandonó la habitación. Descendió las escaleras con paso lento y pausado, observando al hombre que la esperaba en la sala. Aris poseía un atractivo mediterráneo imposible de disimular: piel dorada por el sol, pómulos marcados, mandíbula firme, cabello oscuro y rebelde que contrastaba con el color miel ámbar de sus ojos. Era todo lo opuesto a cierto rubio que no quería recordar.
—¿Nos vamos? —preguntó él, ofreciéndole el brazo.
—Vamos —respondió ella, aceptándolo.
El deportivo se deslizó por las calles de Atenas bajo la lluvia, que poco a poco comenzó a disiparse. Aris estacionó frente al Zephyr Lounge; Evangelina no se sorprendió por la elección. Aquel lugar era famoso por reunir a diplomáticos y artistas y, además, pertenecía a su familia.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó ella, mientras él la ayudaba a bajar del coche.
Se abrieron paso entre la gente y se acomodaron en una de las áreas VIP con vista al puerto del Pireo.
—No seas impaciente, Evangelina. Esta noche será inolvidable —aseguró él.
Un escalofrío le recorrió la columna cuando la mano de Aris apretó su pierna y sus labios buscaron los suyos. Su lengua pidió permiso para entrar y ella no le negó el acceso. Aris besaba bien, más que bien, por eso lo había elegido. No era honesto de su parte utilizarlo, pero confiaba en que con el tiempo iba a enamorarse de él.
Él tenía todo para conquistarla, pero ella necesitaba desocupar su corazón para entregárselo por completo y quería empezar ahora. Por lo que el beso terminó siendo uno muy apasionado.
Elian Kyriaskis se abrió paso entre la multitud y se acercó a la barra.
—Un vodka frío —ordenó al barman. Él podía llevar media vida fuera de Rusia, pero Rusia nunca podría salir de él.
El barman empujó el vaso en su dirección; él lo tomó, bebió un trago y observó detenidamente el lugar. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que estuvo ahí? Exactamente dos años. Y lo primero que había hecho al aterrizar en Atenas no fue buscar a su familia; ni siquiera había notificado su regreso. Quería, de alguna manera, tener unas horas para él antes de ocuparse de las empresas de su familia adoptiva.
Les debía tanto, ¿y cómo les pagó? Enamorándose de Evangelina. Ese maldito sentimiento no debió existir. Su amor era una traición para Esteban y Annika.
Evangelina.
Dos años parecían mucho tiempo, pero sus recuerdos estaban nítidos, como si hubiera sido ayer. Bebió otro trago, giró la cabeza, encontrándose con la dueña de sus pensamientos y una escena desagradable. ¿Qué hacía Evangelina acompañando a Aris Kouris? ¿Acaso su hermana no sabía que el hijo del primer ministro estaba siendo investigado por lavado de dinero?
Se puso de pie, abriéndose paso entre el mar de cuerpos en la pista de baile. Subió las escaleras con la paciencia de un cazador; sus ojos estaban fijos sobre esa melena rubia, en ese rostro tocado por los dioses. Evangelina seguía siendo tan perfecta como la recordaba.
Y tan malditamente prohibida.
Eso no lo cambiaría ni el tiempo ni la distancia. Ella era el fruto que jamás debió probar; sin embargo, lo había hecho y desde entonces vivía intoxicado en espera de tener una dosis que jamás llegaría.
Esa verdad fue suficiente para detenerlo, pero ya estaba delante de la mesa de la pareja. Sus ojos se encontraron con aquella hermosa mirada gris como el metal. Su cuerpo se tensó mientras la sorpresa se dibujaba en el rostro de ella.
—Evangelina…
Ella tembló y no era de frío. Era la manera en el que pronunció su nombre con ese acento ruso que era su etiqueta personal. La piel se le erizó y el corazón se le aceleró mientras las preguntas venían sin cesar a su cabeza: ¿Qué hacía ahí? ¿Cuándo había llegado?
—¿No piensas saludar a tu hermano? —preguntó y eso fue suficiente para enfriar su emoción. Eso era todo lo que eran. Hermanos.
La tensión en el ambiente silenció todo lo demás. Un duelo de miradas que se convirtió en una lucha sin tregua. Elian esperaba que ella refutara que solo compartían el apellido y no la sangre.
Pero ella se levantó sin decir nada, esbozó una ligera sonrisa y se acercó.
—Bienvenido a casa, hermano —dijo, abrazándolo. El tiempo se detuvo y todo lo demás desapareció.
El cuerpo de Evangelina seguía siendo tan esbelto como recordaba, pero con la firmeza que le proporcionaba el entrenamiento. El aroma de su cuerpo le hizo sentir un tirón en el pene. Eso fue suficiente para alejarse como si temiera contagiarse de una enfermedad incurable.
Evangelina asestó el golpe con dignidad; no permitió que nadie se diera cuenta de cuánto le había dolido el rechazo. Tampoco de lo mucho que la había emocionado el contacto.
Era masoquista, ¿cómo podía disfrutar de algo que le causaba dolor? Algo debía estar mal con ella; sin embargo, no esperó a averiguar lo que era.
—Aris —dijo, volviendo junto a su acompañante—. Mi hermano, Elian Kyriaskis —lo presentó Evangelina casi sin emoción.
Aris extendió la mano.
—Creo que ya nos conocemos —pronunció Aris con una sonrisa que decía mucho de lo que callaba.
—Tal vez —respondió Elian, apretando más de lo necesario la mano de Aris. Él no se quejó.
—Aris Kouris —se presentó ante la respuesta de Elian—. El novio de Evangelina.
Últimos capítulos
#59 Capítulo 59 Capítulo 59.
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Última actualización: 7/13/2026#57 Capítulo 57 Capítulo 57.
Última actualización: 7/11/2026#56 Capítulo 56 Capítulo 56.
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Última actualización: 7/8/2026#54 Capítulo 54 Capítulo 54.
Última actualización: 7/8/2026#53 Capítulo 53 Capítulo 53.
Última actualización: 7/8/2026#52 Capítulo 52 Capítulo 52.
Última actualización: 7/8/2026#51 Capítulo 51 Capítulo 51.
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Última actualización: 7/8/2026
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