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Enamorada de los hermanos Fischer

Enamorada de los hermanos Fischer

isabellasalvaje6 · En curso · 72.3k Palabras

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Introducción

Tras una juventud marcada por el abandono y la humillación, Jill busca refugio en el sur, donde conoce a Erick Fischer, un hombre casado que despierta en ella una pasión tan intensa como prohibida. Atrapada entre el deseo y la culpa, su mundo se complica aún más con la llegada de Frederica, la esposa de Erick, y la creciente conexión con Alex, el hermano reservado y protector de Erick. Justo cuando el amor parece imposible, el destino interviene con una enfermedad terminal, decisiones desgarradoras y un embarazo que cambiará todo.

En medio del dolor y la pérdida, Jill y Alex aprenderán que el verdadero amor no siempre llega de la forma esperada, pero es capaz de renacer incluso de las cenizas del pasado.

Capítulo 1

Con extrema parsimonia empacaba mis pocas pertenencias, queriendo dilatar lo más posible ese momento. Si de mí dependiera, podría estar días empacando mis cosas con tal de no tener que irme. Guardé prolijamente mis pocas prendas dentro de la maleta azul, que era un recuerdo de mi madre. Mi madre, Dios, pensar en ella me dolía tanto. A pesar de haberla perdido hace tantos años, aún me dolía y en momentos como ese añoraba fundirme entre sus cálidos brazos y olvidar todo el dolor que apretaba mi roto corazón.

De pronto una escueta sonrisa afloró en mi rostro al recordar mis aventuras de antaño en el instituto. Sentía tan lejanos esos tiempos. Ya no sonreía, no tenía motivos para hacerlo. A pesar de estar a escasos dos meses de cumplir los dieciocho años, me sentía seca por dentro, tan amargada y desmotivada. Aunque nunca tuve la oportunidad de ser una niña, las responsabilidades llegaron desde que era muy joven y con el paso del tiempo se tornaban más pesadas. Espesas lágrimas se deslizaban por mis bronceadas mejillas mientras apretaba los tirantes de mi mochila con fuerza. Mi equipaje estaba listo, no podía seguir dilatando ese momento.

No quería irme, no deseaba abandonar mi casa, tampoco deseaba abandonar a mis hermanos pequeños. No deseaba abandonar los recuerdos de mi madre y a pesar de todo, tampoco deseaba abandonar a mi padrastro... A pesar de ser el hombre más despreciable y despiadado del mundo, lo quería, porque podía entender su enojo. Después de todo yo también solía despreciarme a mí misma la mayor parte del tiempo.

¿Realmente quería a aquel hombre? Nunca me había detenido a pensar en la respuesta, quizás no había cariño, el poco que quedaba él lo mató el día en que pasó el límite. Quizás, simplemente lo que sentía por mi padrastro era costumbre porque él era parte de mi rutina y mi realidad. También era el hombre que se encargó de crear un infierno para mi vida...

—¡Apresúrate, Jill! —El grito ronco de Alejo, mi padrastro, me hizo agilizar mis movimientos. Era inevitable temblar cada vez que él alzaba la voz.

—Sí, en un momento bajo. —Grité en respuesta. Mis manos comenzaron a temblar e intenté calmarme.

Terminé de empacar todo, inclusive guardé la libreta que años atrás mi madre me había regalado antes de morir. En ella solía escribir poemas, o bien, intentos de ellos. Además, cuando me sentía ahogada, superada por las situaciones cotidianas, escribía, escribía cada maldita cosa que me sucedía, o bien, explayaba abiertamente mis negativos sentimientos, los cuales honestamente, eran bastantes.

Me coloqué la mochila al hombro, avancé un par de pasos mientras que con mi mirada recorría cada rincón de mi lúgubre habitación. Dentro de dos meses cumpliría la mayoría de edad, al fin sería libre, me volvería la dueña de mis decisiones, de mi vida, de mi persona. Podría luchar por tener la custodia de mis dos hermanos, no es que mi padrastro no cuidara de ellos, pero tenía muy en claro, que el hombre estaba tan lleno de odio que no tenía la capacidad de criar en un ambiente adecuado a dos niños.

Dejé escapar un suspiro agobiado mientras limpiaba la humedad de mis mejillas con el dorso de mi mano. Salí de la habitación, con suavidad cerré la puerta y me quedé unos segundos de pie junto a ella, mi mirada se hallaba fija en el húmedo piso de cemento. Mi corazón comenzó a latir con prisa y la nostalgia me invadió completamente.

—¡En una puta hora sale el bus, apresúrate! —Gritó con fuerza el hombre desde la sala. Las palabras secas y hostiles, al punto que lograban erizarme la piel.

No respondí, eché un último vistazo a mi alrededor, luego, ya resignada a mi caótica suerte me encaminé escaleras arriba. Jamás pensé que un día podría llegar a extrañar el húmedo sótano, el cual por años fue mi habitación. Mi rincón seguro, como solía llamarlo, porque dentro de esas cuatro humedas paredes nada podía dañarme.

Al adentrarme en la sala me encontré con la fiera mirada de mi padrastro, al verlo giré rápidamente el rostro. No podía mirarlo a los ojos, no cuando la vergüenza me devoraba desde dentro. Me dolía mirarlo a la cara, ver la desesperanza reflejada en sus ojos negros. El hombre sostenía un cigarrillo entre sus dedos y la mirada perdida tras el cristal de la ventana. Me quedé en silencio observando la silueta fornida, de quien por años fue mi mayor verdugo.

—Ya estoy lista, —me atreví a romper el sepulcral silencio que inundaba la habitación. Di un par de pasos torpes, acercándome al hombre, por instinto, mis piernas temblaban cada vez que estaba cerca de él. —¿Puedo despedirme de mis hermanos? —Mi voz se me quebró y mis ojos celestes se llenaron de lágrimas.

—No. —Su respuesta fue seca y tajante. Giró nuevamente para mirarme. —Ellos ya están dormidos, además ya es tarde. Llegaremos con el tiempo justo al terminal de buses.

No dije nada más, guardé mis manos en los bolsillos de mis gastados jeans y me encaminé a la salida. Algo dentro de mi pecho quemaba, a cada centímetro que avanzaba el escozor se tornaba más intenso. Me esforzaba por mantener un semblante sereno, no le daría el gusto a Alejo, no derramaría una mísera lágrima frente a él. De pronto, todo mi autocontrol se desmoronó.

—¿A dónde vas Jill? —La aguda y melodiosa voz de mi hermana pequeña me hizo girar de golpe. Desde la ventana del segundo piso la niña nos observaba con notoria curiosidad.

Quise responder, poder decirle cuánto la amaba a ella y a Martín, que ambos son mi inspiración, que un día volvería por ellos, pero no pude. Las palabras se atoraron en mi garganta y en mi interior todo era caos, quería llorar, gritar, arrodillarme frente a Alejo y suplicar su perdón, que me diera una maldita oportunidad de seguir ahí, a su lado. Estaba dispuesta a todo con tal de que me diera la oportunidad de quedarme.

—Deja de perder el tiempo Jill, —Alejo me observaba desde dentro de la camioneta. Impaciente dio un par de golpes contra la chapa del automóvil. —Apresúrate niñata estúpida, no me hagas perder el maldito tiempo. Mira que a mí no me sobra como a ti.

—Volveré pronto, los amo demasiado. Ahora ve a la cama Manuela y obedece a papá en todo... Te amo tanto mi chiquita... —Con dificultad pronuncié aquellas palabras, el simple hecho de hablar me dolía. Totalmente resignada me acomodé en el asiento del copiloto. —Son tus hijos, pero también son mis hermanos, imagino que tienes claro que tengo todo el derecho del mundo para estar con ellos.

El semblante de Alejo se tornó rígido ante mi comentario, puso en marcha el vehículo, luego hizo una seña con sus manos despidiéndose de la niña que nos miraba sin comprender nada. La pequeña Manuela simplemente le sonrió a su padre en respuesta y posteriormente obedeció.

—Ese derecho lo perdiste hace mucho, no eres buena influencia para mis hijos. No quiero que se críen junto a una hermana put@ y adict@ a las pastillas. —Una vez en la calle presionó el acelerador, le urgía llegar con prisa al terminal de buses.

Ambos manteníamos un incómodo silencio, las asperezas entre nosotros eran palpables, lo que tornaba el ambiente completamente denso y en cierto modo angustiante. Había girado mi rostro hacía la ventanilla del vehículo, mientras que Alejo trataba de mantenerse concentrado en la carretera. Al llegar estacionó la camioneta con prisa, importándole poco si infringía alguna ley de tránsito. Mi lentitud le enfermaba de los nervios, por lo que, con agilidad descendió del vehículo, dio la vuelta y me bajó a empujones. Tan solo deseaba deshacerse de mí lo antes posible, no tener que volver a ver mi maldita cara de mosca muerta.

—Camina de una puta vez, Jill. —Con fuerza me cogió el brazo comenzando a zarandearme, tal acción llamó la atención de algunos transeúntes, quienes miraban con desagrado tal escena.

—¡Déjame! —Murmuré bajito, la situación se tornaba bastante incómoda.

Alejo apretaba tan fuerte mi brazo que de vez en cuando me quejaba con voz lastimera. Finalmente me soltó una vez estuvimos en frente del bus. No hubo despedida, ni abrazos, ni mucho menos palabras bonitas. Entregué mi pasaje al auxiliar y me adentré en el autobús. Alejo no se movió de ahí hasta que partimos, necesitaba asegurarse de que por nada del mundo regresaría, al menos que no lo hiciera en un buen tiempo.

Me acomodé junto a la ventana, por suerte viajaban pocas personas. Con desgano me coloqué el cinturón de seguridad para luego inclinar el asiento hacia atrás, era un viaje de casi doce horas, por lo que necesitaba ir lo más cómoda posible. Al fin estaba a solas, cada pasajero iba sumergido en su propio mundo, por lo que me permití llorar. Lo hice en silencio, no deseaba llamar la atención ni mucho menos inspirar la lástima de nadie.

Pensé en mis hermanos pequeños, en cuán solos se sentirían de ahora en adelante, yo ya no estaría para leerles libros infantiles cada noche, tampoco para inventar historias de príncipes y princesas, o de caballeros y dragones feroces. Se acercaba navidad, no podría hornear el pavo del modo que a ellos tanto les gustaba, tampoco estaría para preparar los postres de leche que tanto adoraba Martín. ¿Quién secaría sus lágrimas cada vez que estuvieran tristes? ¿Quién se encargaría de amarlos y cuidarlos como se debe? Esas interrogantes provocaban aún más dolor, dolor que quemaba en el centro de mi pecho.

Tenía claro que me había equivocado, tomé malas decisiones y ahora pagaba las consecuencias de todas ellas, aun así, no consideraba justa la decisión de mi padrastro. ¿Acaso no entendía que mis hermanos eran todo lo que yo tenía? Obviamente lo hacía, lo sabía, el punto es que no le importaba. Usaba a mis hermanos para herirme en lo más profundo de mi ser.

De tanto llorar me costaba respirar, rápidamente saqué de mi bolsillo un paquete de pañuelos desechables para luego limpiar mi nariz de manera escandalosa. Volví a acomodarme en mi asiento abrazándome a mí misma, fijé mi mirada cansada en el sombrío paisaje. Necesitaba distraerme, olvidarlo todo, que mi conciencia me dejara en paz un solo instante, ya habían muchas horas por delante para lamentar mi inmensa estupidez.

Pese a mi esfuerzo sobrehumano por no pensar en nada, no pude evitar pensar en Eduardo. Esta vez no lloré, ya no derramaría lágrimas en su honor, la pena se desvaneció dando lugar a la rabia. Ahora pensaba con cabeza fría, aun así no comprendía el actuar del otro chico. ¿Qué le había hecho para que me cagara la vida de esa manera? Mi único error fue confiar en la persona equivocada y amar sin miedos. Ahora que lo pensaba, fui estúpida, aunque pese a mis errores me hubiese gustado contar con el apoyo de mi padrastro.

Después de que la bomba explotó me sentí más sola que de costumbre. No había absolutamente nadie de mi parte y me tocó reunir las fuerzas necesarias para seguir adelante siendo consciente del desprecio de todos a mi alrededor. Recargué mi mejilla contra el frío cristal de la ventanilla, mi mirada melancólica se perdió entre el hosco paisaje mientras me debatía mentalmente entre dejar ir aquellos tortuosos recuerdos, o bien, enfocarme en mi incierto presente.

Por un instante, traté de imaginar cómo serían mis jefes. Aquellas personas que me recibirían en su casa para trabajar como empleada doméstica. Para mi padrastro, era una buena idea, como no pude culminar mi último semestre en el instituto, entonces que me pusiera a trabajar. Trabajar no era algo que me molestara, todo lo contrario, lo que volvía esta situación alarmante era la distancia. ¿Cuándo podría volver a mis hermanos si estaban a doce horas de distancia? Un suspiro tembloroso escapó de mis labios e hice un esfuerzo sobrehumano por no pensar en nada.

El cansancio comenzó a causar estragos en mí. Mis párpados comenzaron a sentirse pesados, mis ojos ardían y mi cuerpo lentamente comenzaba a adormecerse. De mi mochila saqué una chaqueta de mezclilla cubriéndome con esta el torso, ya que, entre más nos alejábamos de la ciudad, más refrescaba, al menos esa era la sensación que a mí me daba. Cerré mis ojos acurrucándome un poco en el asiento, la pesadez cada vez era mayor, por lo que, apenas me relajé caí en un profundo sueño.

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