
Hacia el norte
eenboterham · En curso · 145.8k Palabras
Introducción
Mis manos se mueven de su mandíbula a su cabello, tirando de sus extremos. Sus manos recorren mi cuerpo y levantan la tela de mi camisa, coloca un beso húmedo justo al lado de mi ombligo. Me tenso mientras dejo escapar un jadeo. Él sube, cubriendo mi estómago con besos lentos, estudiando mi cuerpo a medida que avanza hasta que la camisa está completamente fuera y su boca está en mi cuello.
Aelin ha sido maltratada por su manada desde que tiene memoria, pero a medida que las amenazas del Reino de los Vampiros se vuelven más y más palpables, su manada tiene que llamar a los Norteños para que los ayuden a entrenar y prepararse para el Reino de los Vampiros. ¿Qué sucede cuando el Alfa del Norte se interesa en Aelin?
Capítulo 1
Ya estaba despierta cuando sonó la alarma. Respiré profundo, tratando de reunir toda la paciencia posible. Por lo general, mis días están saturados de tareas; la llegada de la manada del Norte solo empeoraba las cosas.
Abrí la puerta de la habitación, ya vestida y lista para empezar el día. Mis ojos captaron una figura inesperada esperando afuera de la habitación. Di un salto, —¿Alfa? —pregunté, no lograba distinguir los detalles suficientes para saber quién era aquel hombre.
—Aelin —dijo fríamente, esa era la única forma en que pronunciaba mi nombre: con un odio absoluto. Se dio la vuelta y comenzó a caminar sin previo aviso. Lo alcancé en un par de pasos—, ¿estás al tanto de las últimas noticias de la manada? —comenzó él mientras llegábamos a la cocina. Yo murmuré algo en respuesta y él continuó—: Entonces también debes saber que pedimos ayuda a la gente del Norte —nadie me lo había confirmado de frente, pero no me costó mucho atar cabos—. Estarán aquí hoy mismo, en cuestión de horas. Quedarán a tu servicio.
—Pero, Alfa —le interrumpí vacilante, eran demasiadas personas para que yo me ocupara de ellas, mi trabajo ya se estaba acumulando, y lo último que quería era echar más leña al fuego.
—No te atrevas a interrumpirme, Aelin. Pensé que te había enseñado mejor —dijo. Bajé la cabeza y clavé la mirada en mis pies. Tenía razón: yo era mejor que ese comportamiento mezquino—. Te encargarás de ellos, cualquier duda, cualquier refrigerio de medianoche, cualquier problema, cualquier cosa que pidan, necesiten o deseen, incluso si no te lo piden, te encargarás de ello, no me importa lo que sea, no no estará en tu vocabulario esta semana, ¿me has entendido?
—Sí, Alfa —cedí, maldiciendo por dentro. ¿Cómo podría asistirlos a todos? Los norteños ya eran conocidos por ser despiadados, a menudo mostrando poca o ninguna misericordia. Tenía claro que mi trabajo no sería nada fácil—. Si no es mucho pedir, ¿dónde se van a alojar? —quise saber.
—Primer y segundo piso. Te quedarás en la planta baja en tu antigua habitación. —Respiré profundo mientras la agonía de los recuerdos en esa habitación conquistaba mi cuerpo. Abrí la boca para interrumpir mientras una gota fría de sudor recorría mi espalda; sin embargo, sus ojos me decían que no probara su suerte—. Debes de preparar la habitación del Alfa del Norte antes de que llegue, haz todo perfecto, ¿me expliqué? —Ordenó. Bajé la cabeza mientras la vacilación se instala.
—Eh, Alfa. ¿No podría alguna de las sirvientas hacer eso por mí hoy? Los huérfanos están a punto de despertarse, y tengo que cuidar de ellos, Alfa—. Expliqué, hay muchas sirvientas, y estoy segura de que una de ellas podría encargarse de la habitación del Alfa, aunque sea solo por un día. Me aseguré de que mi voz sonara lo más suave posible. No lo estaba desafiando.
—Habitación ciento ocho —respondió sin reconocer mi preocupación. Se dio la vuelta y murmuró—: Maldita llorona.
Miré al techo con desesperación mientras solté un largo suspiro—. Vale, no pasa nada, tú puedes con esto. —Mi garganta se abría y se cerraba, el aire saliendo de mis pulmones de manera paradójica. Me aparté el cabello de la cara y me hice una coleta alta; miré a mi alrededor mientras trato de idear un plan. ¿Cómo voy a hacer esto? Primero lo primero, preparemos la habitación del Alfa. Subo corriendo las escaleras, consciente del ruido que estoy haciendo pero sin importarme. Llego al primer piso, empiezo a buscar la habitación, y ahí estaba, la 108.
Entré en la habitación; la cama era grande, justo en el centro de la habitación. comencé a anotar lo que necesitaba hacer: agarrar sábanas limpias, hacer la cama, pasar la aspiradora y pulir el escritorio. Preparé botellas de agua, algo de fruta y... un baño. Al terminar, cerré los ojos y recé a la Diosa para que el tiempo se ralentizara y me ayudara a terminar todo a tiempo. No me permití pensar más en ello. Corrí a la habitación del 'conserje' donde dormiría hasta que los norteños se fueran, y agarré todo lo que necesito, algunas sábanas blancas, una aspiradora y algunos productos de limpieza.
Hicé la cama lo más rápido que pude, asegurándome de que esté esponjosa y ordenada, luego entré con la aspiradora. La cama ocupa la mayor parte de la habitación, así que terminé razonablemente rápido. Lavo el escritorio y rápidamente me dirigí a las ventanas. Una vez que terminé, miro el reloj para encontrarme cara a cara con una horrible noticia. Faltaban solo cinco minutos para que los niños se despertaran. Corrí al baño, vertí lejía en el lavabo y el inodoro, y froté con fuerza. Todo estaba adecuadamente limpio, así que no se necesitaba mucho trabajo. Llegué a la ducha con dos minutos restantes, e hice una limpieza rápida. Vertí limpiador de desagües por el desagüe y limpié todo con lejía; luego, tomé el producto para vidrio y lo usé en el panel de vidrio. Revisé el baño, todo está bien. Agarré todo y lo devolví desordenadamente a la habitación del conserje. Me ocupé de eso y de la falta de agua y bocadillos en su habitación más tarde.
Bajé corriendo las escaleras, y ya están todos allí. Llegué a la cocina; el sol ya había salido. Lotte, Nova, Cain y Sage ya estaban sentados alrededor de la mesa. Tenían puesta la ropa que les preparé el día anterior. Saqué la leche y los cereales, y se los di. Lavé algunas uvas y bayas, y se las entregué a los niños. Solían desayunar jugo de naranja, pero hoy no tuve tiempo de tenerlo listo; no quería darles leche primero, ya que la mezcla solía caerles mal al estómago.
No se me permitía comer todavía, pero mi estómago estuvo pidiendo comida, así que en lugar de comer, preparé el almuerzo de los huérfanos para que fueran a la escuela; solo eran cuatro, así que mi tarea es bastante manejable. Agarré un poco de arroz y pollo que los cocineros hicieron para ellos el día anterior. Terminé con unas manzanas cortadas y unas galletas. Puse todo en sus loncheras con sus botellas de agua llenas, y me senté con ellos un minuto mientras terminaban de comer. Mi estómago gruñía de molestia, sabiendo que no comería pronto.
—¿Quieres un poco del mío? —ofreció Lotte, que era una dulzura..
Me reí, —no, no te preocupes. Comeré más tarde. Ustedes necesitan comer, tienen que crecer para ser grandes y fuertes. ¿Quién más va a protegerme cuando sea vieja y arrugada? dije mientras envolvía mis brazos en los asientos de Lotte y Nova.
Les hice señas mientras se iban a la escuela—, pórtense bien, — dije en voz alta. Su autobús se va, y ví dos barcos, uno más grande que el otro. Ambos se dirigían a tierra. Miré mi reloj; aquí están.
El refrigerio, el agua. Entro en pánico.
El Alfa Cassio rápidamente Salió afuera. Le tomó unos segundos verme allí; observé cómo su ira corrompía su rostro, ya no mostraba la calma que un Alfa debería mostrar con la llegada de los norteños. Caminó hacia mí rápidamente. La Luna Sarah lo seguía, lista para dar la bienvenida a los visitantes.
—¿Qué haces aquí?— preguntó agresivamente a mi lado. Sus ojos no me miraban a mí, sino al océano, a unos metros de nuestra casa de la manada, como si nada estuviera mal.
—Los niños acaban de irse. —Los estaba despidiendo —respondí inocentemente. El Alfa Cassio Agarró mi brazo con firmeza, clavando sus dedos en mi piel.
—Tu trabajo no es despedirlos —dijo, burlándose de mí. La presión en mi brazo aumentaba, un gemido escapó de mis boca—. Si tienes tantas ganas de encontrar algo que hacer, puedes ayudarles con sus maletas —dijo y soltó mi brazo mientras una sonrisa aparecío en su rostro. Consideré pedirle que me dejara primero arreglar la comida en la habitación del Alfa, pero eso implicaría que estaba haciendo mal mi trabajo. Enfurecerlo no estaba en mi lista de tareas, y su lobo va a estar bastante irritable con la llegada de otro Alfa.
Observé cómo el resto de las sirvientas comenzaban a alinearse para encargarse de sus maletas. —No se esfuercen demasiado, señoras —comentó mientras asentía con la cabeza hacia mí, y todas se ríen ligeramente.
Los norteños comenzaban a entrar en nuestras tierras, caminando con confianza hacia la casa de la manada, casi como si fueran los dueños del lugar. No miraban a su alrededor ni se desviaban para ver los detalles más finos de Kylain. Su curiosidad no se mostraba, sino que todos llevaban una mirada firme hacia adelante. Estos eran guerreros. Los hombres medían alrededor de 1.82 metros o más, y las mujeres también eran muy altas, siendo la más baja de 1.72 metros. Sus cuerpos eran muy similares y diferentes al mismo tiempo, todos muy musculosos, pero algunos más delgados mientras que otros más corpulentos. Las mujeres, en particular, me parecían mortales, tenían ojos muy astutos y determinados, y sus movimientos rápidos y comportamientos observadores me decían que eran una fuerza a tener en cuenta en el campo de batalla. Entendí por qué el Alfa Cassio los había llamado para ayudarnos, cómo había tragado su orgullo por el bien de su gente. A veces, el Alfa Cassio hacía eso, mostraba destellos de bondad.
La mayoría de ellos llevaban alguna pintura tribal o tatuaje; las mujeres acentuaban sus ojos turquesa astutos con una línea azul justo debajo de la línea de agua, extendiéndose hasta sus pómulos altos. Muchos de los hombres tenían múltiples marcas de garras en sus rostros, todas diferentes, y a veces un moretón estaba encima de otro, diciéndome que fueron causados en combate, ya fuera parte de su entrenamiento o no. No lo sabía. A pesar de no estar aquí para luchar, sentí miedo como si lo estuvieran.
Busco al Alfa. Usualmente está al frente de la manada, liderando a su gente, pero por mucho poder que estos hombres tengan, ninguno me grita Alfa. Caminaban separados unos de otros, probablemente eran un grupo de 20 a 30. No eran tantos, pero ninguno hablaba entre sí, distribuidos escasamente mientras llegaban a la entrada principal.
—Por favor, dejen sus maletas aquí, mi gente las llevará a sus habitaciones —dijo mi Alfa mientras los guerreros entraron por las puertas de la casa de la manada, algunos de ellos no se molestaron en dejar sus maletas mientras que otros sí lo hicieron.
Las sirvientas se fueron cuando tenían una o dos maletas cada una, mientras yo me quedé allí con más de siete maletas pesadas, más personas amontonándolas en mis brazos. Traté de aplastarlas y hacerlas más manejables, pero no eran tan fáciles de manejar.
—¿Puedo...? —traté de preguntarle mientras el peso de las maletas hacía que me doliera la parte baja de la espalda al intentar equilibrarlas todas a la vez; este no era el peor castigo que había soportado, ni siquiera cerca. Su propósito, un recordatorio de quién estaba a cargo, a quién no debía molestar.
—Cállate —fue todo lo que dijo mientras la última de las personas entraba.
Seguí su mirada y encontré al Alfa junto a un grupo de cuatro: tres hombres y una mujer. Pude distinguir quiénes eran el Alfa y el Beta; caminaban con tanto poder. Tragué saliva, solo pensando en lo que me harían si los irrespetaba por casualidad o si no me comportaba adecuadamente cuando estuvieran cerca. Ambos eran bastante apuestos, con piel bronceada y ojos negros como si alguien los hubiera pintado con puro carbón.
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