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LA LUNA ELEGIDA

LA LUNA ELEGIDA

Miguel Ba · En curso · 61.7k Palabras

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Introducción

Lía Valen ha pasado buena parte de su vida sintiéndose fuera de lugar dentro de su propia manada. Su transformación llegó tarde, su loba nunca desarrolló la fuerza que los demás esperaban y, a los veintisiete años, ha tomado una decisión: marcharse de Luna Clara y construir una vida donde nadie mida su valor por aquello que la luna decidió darle.

Pero durante su última ceremonia de Luna de Invierno ocurre lo imposible.

Una marca aparece en su muñeca.

La misma marca surge sobre la piel de Darian Ardent, el poderoso alfa de la manada Ardent.

La luna acaba de reconocerlos como pareja destinada.

Sin embargo, Darian la rechaza delante de todos.

Diez años atrás perdió a Elena, la mujer que amó sin necesidad de ningún vínculo sobrenatural, y desde entonces se prometió que nunca permitiría que la luna decidiera por él a quién debía entregar nuevamente su corazón.

Lía no suplica ni intenta hacerlo cambiar de opinión. Se marcha.

Dos años después regresa convertida en una diseñadora de interiores reconocida para encargarse de la restauración de una propiedad de la familia Ardent. Ahora tiene una carrera, amigos y una vida que no gira alrededor del hombre que la rechazó.

Darian descubre demasiado tarde que la mujer que dejó ir se ha convertido en alguien a quien quiere conocer, desear y conquistar por decisión propia.

Pero Lía ya no quiere ser elegida porque una marca diga que deben estar juntos.

Y cuando el vínculo comienza a despertar nuevamente entre ellos, ambos tendrán que enfrentarse a una pregunta mucho más peligrosa que el destino:

¿seguirían amándose si la luna dejara de elegir por ellos?

Capítulo 1

—Si la luna me empareja esta noche, juro que me voy antes de que termine la ceremonia.

Nora soltó una carcajada tan fuerte que tres personas se giraron hacia nosotras.

—Qué romántica eres.

—Soy práctica.

—Eres una cobarde.

—También.

Mi hermana levantó su copa de sidra especiada como si acabara de ganar una discusión importante. Yo fingí no ver la sonrisa de Mara al otro lado del salón.

La Casa Valen estaba llena. Demasiado llena.

Cada invierno, la manada celebraba la Luna de Invierno con la misma solemnidad exagerada: velas blancas, ramas de pino, vestidos oscuros, hombres tratando de parecer peligrosos mientras escondían las manos heladas en los bolsillos.

Yo llevaba veintisiete años sobreviviendo a ese espectáculo.

Aquella sería mi última vez.

Al amanecer pensaba marcharme de Luna Clara.

Nadie lo sabía excepto Nora y Mara.

—Todavía puedes quedarte —murmuró Nora.

—Todavía puedes dejar de intentar convencerme.

—Mamá va a llorar.

—Mamá llora cuando cambia el menú del comedor.

Nora intentó no reírse.

Falló.

Yo también.

Durante unos segundos conseguí olvidar la presión detrás de mis costillas.

Entonces las puertas principales se abrieron.

El murmullo cambió.

No hizo falta preguntar quién acababa de entrar.

Darian Ardent tenía esa clase de presencia irritante que hacía que una habitación pareciera organizarse alrededor de él. Alto, vestido completamente de negro, hombros anchos, expresión sobria. No necesitaba levantar la voz para recordar que era alfa.

Yo lo había visto otras veces.

Nunca tan cerca.

Cruzó el salón acompañado por su hermano, Ronan, saludando apenas a quienes se acercaban.

—No lo mires tanto —susurró Nora.

Aparté la vista.

—No lo estaba mirando.

—Claro.

—Estaba evaluando su abrigo.

—Diseñadora de interiores, no de hombres.

—Los hombres también ocupan espacio.

Mara apareció a mi lado con una copa en cada mano.

—Ese ocupa demasiado.

Acepté la bebida.

—Gracias por la información arquitectónica.

Darian giró la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron.

Fue solo un segundo.

Dos, quizá.

Suficiente.

Algo se movió bajo mi piel.

No dolor.

Calor.

Una corriente extraña descendió desde mi nuca hasta el centro del pecho y siguió más abajo, rápida, íntima, incómodamente agradable.

Tragué saliva.

Darian dejó de caminar.

Ronan dijo algo que no escuché.

Él continuó mirándome.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi orgullo.

Los pezones se endurecieron bajo la tela del vestido.

Perfecto.

Veintisiete años esperando que mi loba hiciera algo impresionante y había decidido despertar porque un hombre atractivo me miraba desde diez metros.

—Lía —dijo Mara.

—Estoy bien.

—No tienes cara de estar bien.

—¿Qué cara tengo?

—La de alguien que acaba de descubrir para qué sirven ciertas partes de su anatomía.

La fulminé con la mirada.

Nora se atragantó con la sidra.

Antes de poder responder, las campanas sonaron.

La ceremonia comenzaba.

Todos se desplazaron hacia el centro del salón.

Yo permanecí junto a mis amigas, intentando ignorar el calor que seguía creciendo bajo mi piel.

La anciana Eira Dorne avanzó hasta el círculo de piedra construido bajo la cúpula.

—La Luna de Invierno no promete amor —dijo—. Tampoco obediencia. Reconoce posibilidades. Lo que hagan con ellas les pertenece.

Siempre me había gustado esa parte.

La mayoría prefería recordar solo la palabra destinada.

Yo prefería posibilidades.

Mi madre me encontró entre la gente y sonrió.

Sentí culpa.

Mañana tendría que decirle que me iba.

Eira levantó ambas manos.

La luz de la luna atravesó el cristal de la cúpula.

Y mi muñeca ardió.

Esta vez sí fue dolor.

Solté la copa.

El cristal se rompió contra el suelo.

Nora me sujetó del brazo.

—¿Lía?

No pude responder.

Una línea plateada apareció sobre mi piel.

Primero fina.

Después brillante.

El salón quedó en silencio.

Yo conocía aquella marca.

Todos la conocíamos.

Mi corazón golpeó con tanta fuerza que por un instante me mareé.

Pareja destinada.

Después de años siendo la loba tardía.

La débil.

La que nunca encajaba del todo.

La luna me había elegido.

Alguien jadeó.

No miré mi muñeca.

Miré alrededor.

La otra marca tenía que haber aparecido en alguna parte.

Vi hombres examinándose los brazos.

Mujeres buscando entre la multitud.

Entonces Nora apretó mis dedos.

—Lía.

Su voz sonó distinta.

Seguí la dirección de su mirada.

Darian Ardent estaba inmóvil al otro lado del círculo.

Su manga izquierda había sido subida hasta el antebrazo.

Una marca idéntica brillaba sobre su piel.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

No.

Aquello tenía que ser una broma particularmente cruel del universo.

Darian bajó la mirada hacia su brazo y después volvió a mirarme.

El calor regresó.

Mucho más fuerte.

Mi loba, habitualmente tan silenciosa, se agitó dentro de mí con una intensidad que nunca había sentido.

Quise acercarme.

La necesidad fue inmediata.

Física.

No romántica.

No bonita.

Mi cuerpo quería reducir aquella distancia absurda, respirar cerca de él, comprobar si su piel estaba tan caliente como la mía.

Darian dio un paso.

Yo también.

Nos detuvimos casi al mismo tiempo.

La gente empezó a murmurar.

—El alfa Ardent.

—Una Valen.

—Es ella.

Odié escuchar ese ella.

Darian llegó hasta mí.

De cerca era peor.

Sus ojos no eran simplemente grises. Tenían pequeñas vetas oscuras alrededor de la pupila. Su olor me alcanzó: madera, frío, algo especiado.

Mi pulso se aceleró.

Él miró mi boca.

Solo un instante.

Fue suficiente para que el calor descendiera otra vez por mi vientre.

Me enfadé conmigo misma.

—Supongo que esta es la parte donde dices algo memorable —murmuré.

Su mandíbula se tensó.

—Lía Valen.

—Veo que empezamos con mi nombre. Arriesgado.

Ronan tosió detrás de él.

Podría haber sido una risa.

Darian no sonrió.

Eso me molestó más de lo necesario.

Eira se acercó.

—La marca ha reconocido a ambos. Si desean aceptar el vínculo, deben hacerlo por voluntad propia.

La frase de Eira quedó suspendida entre nosotros, demasiado limpia para algo que acababa de partir mi noche en dos.

Voluntad propia.

Eso significaba que la marca no era una orden.

Debería haberme tranquilizado.

En cambio, cuando Darian bajó la vista hacia mi muñeca, sentí un tirón cálido en el vientre. Sus dedos se flexionaron junto al cuerpo, como si también tuviera que impedirse tocarme.

Durante una fracción ridícula de segundo imaginé su mano sobre mi cintura.

Mi loba aprobó la idea.

Yo quise estrangularla.

—Ni se te ocurra empezar ahora —murmuré.

Mara frunció el ceño.

—¿Me hablas a mí?

—No.

—Eso es más preocupante.

Casi sonreí.

Casi.

Muchísimo más preocupante.

Mi madre lloraba.

Claro que lloraba.

Nora tenía una mano sobre la boca.

Mara me miraba como si estuviera preparada para golpear a cualquiera que respirara mal.

Yo solo podía mirar a Darian.

Había imaginado muchas veces cómo se sentiría ser elegida.

Nunca había imaginado que sería por él.

—No tienes que decidir ahora —dije.

No sabía por qué intentaba aliviarle la tensión.

Quizá porque la sentía.

No mediante magia.

En su rostro.

Darian bajó la mirada hacia nuestras marcas.

Después levantó los ojos.

Algo había cambiado.

No era sorpresa.

Era miedo.

Un miedo tan desnudo que durante un segundo olvidé que estábamos rodeados.

—Darian —dijo Ronan en voz baja.

Él retrocedió un paso.

Mi loba protestó.

Yo no.

Una parte de mí comprendió antes de escucharlo.

La otra siguió esperando.

Darian respiró una vez.

Luego me miró directamente.

—Rechazo el vínculo.

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