
La obsesión de Octavio
Mystic · En curso · 42.2k Palabras
Introducción
Los años pasaron y el golpe más doloroso llegó cuando Elena inició una relación con Dorian, el medio hermano de Octavio. Aunque aquel romance terminó, Octavio nunca dejó de vigilarla desde las sombras, convencido de que algún día ella sería suya.
Veinticinco años después, Elena cree haber encontrado una nueva oportunidad para amar junto a David Santillana, un talentoso pintor mucho más joven que ella. Lo que ninguno imagina es que el padre de David es Octavio, el hombre que jamás superó su rechazo.
El reencuentro desata una tormenta de celos, secretos y deseos enterrados durante décadas. Entre una diferencia de edad que desafía las convenciones, una pasión inesperada y una obsesión capaz de sobrevivir al tiempo, Elena deberá decidir si luchar por el amor que acaba de encontrar o enfrentarse al hombre que nunca aceptó perderla.
Porque algunas obsesiones no mueren… solo esperan el momento perfecto para reclamar lo que creen suyo.
Capítulo 1
No creo en casualidades, nunca lo hice, desde pequeño entendí que la vida es una partida amañada, un tablero donde los más fuertes, los más inteligentes o los más despiadados mueven las piezas a su favor. Mi madre solía decirme que nací con fuego en los ojos, que había en mí una intensidad capaz de consumirlo todo. Yo sabía que tenía razón. Mi medio hermano, Dorian, siempre fue la medida con la que los demás intentaban compararme, pero él no entendía que la grandeza no se comparte se arrebata.
España fue, al principio, un simple escenario, llegué a Madrid para cursar mis estudios universitarios en administración y negocios internacionales. Era el camino esperado para alguien de mi apellido, aunque yo jamás tuve paciencia para las aulas ni para los profesores mediocres que intentaban enseñarnos teorías desprovistas de poder real. Lo que buscaba, en secreto, era algo más que un título. Buscaba consolidar mi destino.
Lo encontré una mañana de otoño, en el campus, el aire estaba impregnado de esa fragancia húmeda a tierra y hojas secas, una fragancia que aún hoy, tantos años después, me recuerda a ella. Elena Navarro apareció frente a mí como una visión.
No exagero, desde el primer instante en que mis ojos se posaron sobre ella, comprendí que había encontrado el objeto de mi deseo, la pieza que faltaba en mi vida, la musa que alimentaría mi hambre interminable.
Elena no caminaba, flotaba,llevaba el cabello suelto, castaño oscuro con destellos cobrizos que la luz matinal arrancaba a cada mechón. Sus labios tenían esa curva natural de quienes no necesitan sonreír para hipnotizar, y sus ojos… malditos sean esos ojos. Un verde profundo,capaz de atravesar la piel y dejar expuesta el alma.
Ella estaba hablando con una amiga, distraída, riendo de algo sin importancia. Y yo, inmóvil, observando cada gesto como si se tratara de un espectáculo diseñado únicamente para mí. Sus manos finas, se movían mientras hablaba. Había en ella una mezcla insoportable de inocencia y sensualidad, una armonía tan perfecta que rozaba lo cruel.
En ese instante supe que debía ser mía, no existía otra alternativa.
Algunos creen que el amor es un accidente, un encuentro de miradas y ya está. Para mí, fue un golpe seco en el pecho, un despertar, todo en mi mente comenzó a calcular, a organizarse, cómo acercarme, cómo lograr que su mundo girara alrededor del mío. No era simple atracción; era la certeza de que Elena me pertenecía, aunque ella todavía no lo supiera.
Seguí observándola desde la distancia durante semanas, no era difícil, la universidad estaba plagada de rincones desde donde podía estudiarla sin ser visto, bibliotecas, cafeterías, pasillos interminables. Descubrí sus horarios, los lugares que frecuentaba, sus amistades. Me enteré de que venía de una familia tradicional española, nada extravagante pero con reputación limpia. Sus padres eran gente sencilla, dedicada al comercio. Elena, en cambio, tenía un aire distinto, elegancia innata, una luz que la diferenciaba del resto.
Había algo en su risa que me desgarraba, la manera en que se inclinaba hacia atrás, mostrando un destello de dientes blancos, me hacía desear romper esa burbuja de alegría y reemplazarla por la devoción absoluta hacia mí. Porque no se trataba de quererla feliz, no, yo quería que Elena me necesitara, quería que su sonrisa existiera solo como reflejo de mi voluntad.
Mi primer acercamiento fue calculado, no podía permitirme un tropiezo. Fingí un encuentro fortuito en la biblioteca, cuando ella buscaba un libro que, casualmente, yo ya había reservado. El juego era sencillo, mostrarme interesado en el mismo tema, iniciar una conversación banal, y dejar que la semilla de mi presencia comenzara a germinar en su memoria.
—Parece que buscamos el mismo libro —le dije, fingiendo sorpresa.
Ella me miró por primera vez, ese contacto visual fue un puñal. Sentí cómo algo dentro de mí se abría y sangraba, Elena sonrió con amabilidad, sin sospechar que con ese gesto acababa de sellar su destino.
—Pues habrá que compartirlo —respondió con ligereza.
La escuché pronunciar esas palabras y mi mente las transformó en un juramento secreto, compartiría todo conmigo, su tiempo, su vida, su cuerpo, su alma.
Durante semanas siguientes repetí la estrategia. Encuentros supuestamente casuales, preguntas ingenuas, comentarios sobre clases y profesores. Todo medido, todo controlado, Elena, ingenua como era, me miraba con simpatía, creyendo que yo era solo otro estudiante extranjero intentando adaptarse. Nunca imaginó que detrás de mi sonrisa se ocultaba un océano de obsesión.
Empecé a idealizarla hasta en lo más mínimo, el modo en que torcía el cabello cuando estaba nerviosa. La forma en que mordía el capuchón de su bolígrafo mientras leía, el detalle casi imperceptible de un lunar en la base de su cuello, todo era perfecto, todo era mío.
Mis noches se llenaron de ella, no necesitaba verla en persona para sentir su presencia; bastaba cerrar los ojos para reconstruirla entera. Soñaba con su perfume, con el roce de su piel contra la mía, con su voz susurrándome palabras que aún no había dicho. Y, sin embargo, dentro de mí crecía una sombra, la furia de saber que ella aún no entendía que estábamos destinados.
Porque Elena tenía pretendientes, estúpidos, mediocres, hombres que no sabían lo que tenían frente a los ojos. Los veía acercarse en los pasillos, reír con ella en las cafeterías, el veneno de los celos me corroía. Yo no era un hombre paciente por naturaleza, pero supe contenerme. La caza requiere estrategia, un depredador no se lanza al primer movimiento, espera, calcula, acorrala.
Mi madre solía decir que yo estaba marcado por una intensidad peligrosa, decía que era igual a ella, capaz de amar con una devoción enfermiza y odiar con la misma fuerza. Tenía razón, a Dorian lo había odiado desde niño, porque él siempre recibió lo que yo ansiaba. Pero a Elena no la odiaba, a Elena la adoraba, la devoción que sentía por ella era tan abrasadora que estaba dispuesto a destruir a cualquiera que intentara interponerse.
Recuerdo la primera vez que escuché su nombre completo, Elena Navarro, lo pronunció un profesor durante la lista de asistencia. Elena levantó la mano y yo grabé ese sonido en mi memoria como si fuese un conjuro, Navarro… Un apellido común, sí, pero en mi boca adquiría un sabor distinto, íntimo. Lo repetía en silencio como un mantra antes de dormir.
Comencé a escribir su nombre en los márgenes de mis cuadernos, no como un gesto infantil, sino como una forma de reclamarla. Escribirlo era marcar territorio.
Ella, mientras tanto, seguía sonriendo con la inocencia de quien no sabe que alguien la observa desde las sombras. Era tan ingenua que me conmovía y enfurecía al mismo tiempo. ¿Cómo podía caminar por el mundo sin notar el filo de las miradas que la seguían? ¿Cómo podía ignorar que un hombre estaba dispuesto a moldear el universo para colocarla en el centro?
Yo sí lo sabía, Elena Navarro sería mía., no importaban los años, los obstáculos, los rivales. Desde aquel primer encuentro en la universidad, mi destino quedó unido al suyo.
Y aunque aún no lo sospechara, yo ya había comenzado a escribir nuestra historia con tinta invisible. Una historia de amor, devoción… y obsesión.
Últimos capítulos
#40 Capítulo 40 El regreso de la peor pesadilla de Octavio
Última actualización: 10/14/2026#39 Capítulo 39 Punto de vista de David
Última actualización: 8/7/2026#38 Capítulo 38 David habla con Elena
Última actualización: 8/5/2026#37 Capítulo 37 Punto de vista de Elena, narrador omnisciente
Última actualización: 8/3/2026#36 Capítulo 36 El nuevo dueño de la editorial
Última actualización: 8/3/2026#35 Capítulo 35 Ubicar las nuevas piezas en el tablero
Última actualización: 8/3/2026#34 Capítulo 34 Nadie toca lo mío
Última actualización: 7/31/2026#33 Capítulo 33 Una vieja distracción
Última actualización: 7/30/2026#32 Capítulo 32 Una nueva pieza en el tablero
Última actualización: 7/30/2026#31 Capítulo 31 El secreto
Última actualización: 7/30/2026
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