
La Piel que me Desnuda El Alma
castillobianca1201 · En curso · 102.6k Palabras
Introducción
Un año después, Uriel solo respira para su imperio inmobiliario y para el antiguo café donde aún conversa con los recuerdos. Ahí aparece María del Rosario. No llega a curarlo. Llega a desordenarlo todo. Rosario despierta un amor oscuro, feroz, obsesivo, uno que no pide permiso y nace desde la culpa y el deseo.
Greta también vuelve. Exige su lugar, el apellido, el primogénito de Uriel. Representa el deber, la vida correcta. Rosario es el abismo.
Uriel lo sabe: amar a Rosario es traicionar el pasado y condenarse. Entre la mujer que murió, la que reclama y la que lo consume vivo, solo una elección es real.
El amor no perdona. Y Rosario… ¡Destruye!
Capítulo 1
Él me encontró, mi antifaz no me delató aquella noche…
Salimos del aeropuerto rumbo a su residencia, a tres horas de la ciudad. Observé el paisaje avanzar sin orden a través de la ventana. Ese lugar no era un simple refugio; era el punto de colisión de dos realidades. Dalia, la mujer que vivía en su corazón, y yo, la mujer que ocupó su espacio bajo un antifaz.
Uriel conducía en silencio. Su presencia era una fuerza que me obligaba a mantenerme alerta. No era un hombre de palabras, sino de una seguridad intimidante. —¿Por qué tan lejos de la ciudad? —pregunté al fin. No me pareció una elección casual.
—Aquí no hay distracciones —respondió con una frialdad que parecía su armadura—. No las necesito.
—¿Ni personas? —insistí con precaución.
—Tampoco el murmullo de recuerdos —exclamó con un suspiro que sonó a que su alma estaba abriendo las heridas de su pasado.
Sonreí amablemente. El camino se estrechó hasta que la estructura sombría apareció entre los árboles. Era funcional, gris, carente de cualquier adorno innecesario. Uriel detuvo el auto y apagó el motor. El silencio se volvió pesado.
—No se parece a la vida que imaginé con Dalia —dijo él, sin mirarme—. Esto era necesario. Aquí no hay rastro de ella.
Me acerqué con decisión. Quedarme quieta habría sido una mentira. Sentí su duda inicial cuando lo sostuve, pero luego vino la aceptación. No hubo forcejeo, solo una firmeza medida. Él me permitió entrar en su espacio personal.
—¿Estás listo? —le pregunté. Sentí la aceleración de su pulso contra mi piel.
Lo rodeé. Su respiración marcaba el ritmo de la mía. Cuando sus labios tocaron los míos, no me aparté. Fue una elección consciente. Me intrigaba el peso del antifaz sobre mi rostro, esa barrera que me impedía ser Rosario y me obligaba a ser una mujer ajena a su cuerpo.
No planeé lo que vino después. Al verlo tan contenido, entendí que el contacto físico era la única forma de enfrentar lo que venía. Me sostuvo con fuerza, reconociendo algo que ya estaba decidido en la oscuridad del auto. Su respiración cambió. No me buscaba para huir, sino para chocar contra la realidad.
La tensión era constante. No había urgencia, solo una contención que dolía. Me acerqué sin apurar nada. Su cuerpo reaccionó antes de que lo tocara. Nos unimos y el entorno dejó de importar.
Sus manos recorrieron mi espalda con precisión, confirmando cada límite de mi cuerpo. Me acomodé despacio. Él apoyó su frente en mi hombro, como si necesitara comprobar que yo era real.
—No quiero que me olvides —le dije. No fue una súplica. Fue una advertencia.
—No lo haré —respondió él, con una voz que no pedía nada. ¡Necesitaba recibir!
Años atrás… Dalia su ex esposa, me introdujo en el mundo del entretenimiento para adultos. Yo era joven y ella ya era una leyenda. Era la "Diosa del Placer", pero también era la prometida de Uriel, aunque en ese entonces él solo fuera un nombre en sus relatos.
—¡Uriel me ha propuesto matrimonio! —me dijo una tarde, mientras nos preparábamos para el show en el club.
Hablaba de él con una certeza absoluta. Se conocían desde siempre. Yo escuchaba y aprendía, prohibiéndome desear lo que ella tenía. Dalia era la más solicitada del lugar; yo observaba su control, su forma de medir a los hombres. Aprendí a ser como ella sin pedir permiso.
Pero el plan de huir con Uriel fracasó. La enfermedad de su madre la retuvo y terminó casada con Max, un empresario de temperamento violento que la convirtió en su prisionera. Uriel, mientras tanto, fue enviado al extranjero por su padre tras enterarse de la relación con Dalia.
Con el tiempo, ocupé el puesto de Dalia en el club. Nadie notó la diferencia. Ella me enseñó cada movimiento. Pero un día, me llamó con una angustia que me dejó helada la sangre. —¡Uriel viene por mí! —dijo alterada—. Max no me dejará ir.
Después de una agresión de su marido, me arrancó una promesa que ahora pesaba más que mi propia vida. Esa noche ella me susurró por el teléfono. "¿Si no llego a verlo otra vez? cuídalo como si yo siguiera allí. Que no sienta que me perdió, que solo cambie de cuerpo para vivir eternamente a su lado". Acepté sin medir las consecuencias. Ignoré que ese juramento me obligaría a borrarme a mí misma.
Regresando al presente, esa noche mientras estaba entre sus brazos. El juramento seguía intacto, quemándome por dentro. No podía decirle la verdad. No podía traicionar a Dalia, pero mentirle a él empezaba a doler más que la propia traición.
Lo miré fijamente. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. No necesitaba palabras; bastaba con su forma de aferrarse a mí. El olor a mujer no era un recuerdo en esa habitación; era una presencia que estaba usurpando el lugar de la verdadera Diosa del Placer. ¡De su esposa! Esa que nunca regresaría.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentí resistencia. No estaba sintiendo que algo se me desprendía del pecho, más que el mismo peso de aquella promesa que inicio esta noche que no planeaba que sucediera así.
La noche avanzó sin prisa. Por dentro, nada estaba resuelto. Me sentía cómoda contra su piel, pero era una comodidad prestada. Su cuerpo reaccionó de inmediato a mi contacto. Nuestros alientos se mezclaron y sentí el temblor de su deseo. No hubo dominio, solo una atracción inevitable.
—¿Cómo quieres tomarme? —le susurré al oído, dejando que mi voz se perdiera entre suspiros.
Uriel no respondió con palabras. Me estrechó con una fuerza que rayaba en la desesperación. Sentí su control ceder contra mi piel. En ese instante, pensé con el deseo más que con la cordura: "Dalia lo cuidó muy bien". Busqué su boca con decisión, guiándolo.
—Uriel. Eres justo lo que quería —le dije entre caricias en sus labios.
Sus manos encontraron mi cintura con urgencia. Me atrajo hacia él con la fuerza de quien deja de resistirse a la caída. No hubo cuidado excesivo, solo una necesidad asumida. Descendí por su cuerpo y lo besé con una intensidad que no había planeado. El sabor del vino y su esencia masculina me envolvieron.
—Lo haces muy bien. —dando un pequeño suspiro, titubeo—. Casi como ella —murmuró él con la voz quebrada.
No fue una comparación ligera. Fue una confesión. Me arqueé hacia él, buscando más, queriendo sentirlo sin límites mientras el mundo exterior desaparecía. —Entonces tómame —le susurré al oído—. Muéstrame todo lo que guardabas para ella. —le murmuré mientras su mirada perdía entre recuerdos y deseos.
Recordé el día, eso que sucedió en las cercanías del aeropuerto de Inglaterra, un año atrás. Las pantallas se encendieron con una noticia de último momento que invadió mi alma. Yo esperaba que Dalia regresara; habíamos acordado vernos después de meses.
"Accidente automovilístico, camioneta negra. ¡La conductora falleció en el acto!"
La vida siguió moviéndose, pero Uriel se quebró. Todo lo que soñaron murió en ese lugar. ¡Incluso el fruto de su amor!
De vuelta en la habitación, decidí enfrentar el abismo. —¿Cómo se llama ella? —le pregunté mientras me aferraba a su piel.
Uriel frunció el ceño. Sabía que no quería pronunciar ese nombre, pero lo hizo con un anhelo doloroso. —¡Dalia! Era el amor de mi vida. Con ella se fue todo.
Luego me miró. No había rastro de afecto, solo una distancia gélida que me exigía una respuesta. —¿Y el tuyo? —preguntó—. ¿Cuál es tu nombre? —me preguntó al instante que me dejó sentir el deseo reprimido en su interior.
Dudé un segundo. Sabía que lo que iba a decir lo destruiría, pero era necesario para sostener la farsa. —La Diosa del Placer —respondí.
Uriel estalló. Me apartó de su cuerpo de un empujón, con un gruñido que sonó casi bestial. Su rostro estaba transformado por la furia. —¡¿Quién te dio permiso para usurpar su nombre?! —gritó mientras caminaba hacia la barra para tomar una botella de ginebra.
No supe qué responder. No había forma de remediar el sacrilegio. —¡Vete! —murmuró, sin girar la mirada y dando el trago con manos temblorosas—. Ya cumpliste con tu trabajo. ¡Fuera de aquí!
Me puse de pie en silencio. El peso del juramento se había convertido en mi propia tumba.
—Deja que te explique. —Le murmuré apenas.
—¡QUE TE LARGUES! —repitió sin volver su mirada.
Últimos capítulos
#78 Capítulo 78 El Alma En Un Hilo
Última actualización: 6/22/2026#77 Capítulo 77 Sellados por Caminos Diferentes
Última actualización: 6/22/2026#76 Capítulo 76 La Mentira de Greta
Última actualización: 6/22/2026#75 Capítulo 75 Amarla más que a Dalia
Última actualización: 6/22/2026#74 Capítulo 74 El Viaje Que marcó la Distancia
Última actualización: 6/22/2026#73 Capítulo 73 Las Sombras de su Futuro
Última actualización: 6/22/2026#72 Capítulo 72 Acciones del Destino
Última actualización: 6/22/2026#71 Capítulo 71 Aniquilación del Corazón
Última actualización: 6/22/2026#70 Capítulo 70 Tras el Amor de su Vida
Última actualización: 6/22/2026#69 Capítulo 69 Frente a sus Ojos
Última actualización: 6/22/2026
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