
La Princesa Lycan Perdida.
Natalia Estefania Morales Donoso · En curso · 202.1k Palabras
Introducción
Descubrir que me engañaba dolió.
Descubrir que toda mi vida fue una mentira... casi me destruyó.
Mi nombre no es solo Emma Spencer.
Soy la princesa perdida de los Lycans.
La heredera de un reino que creía extinta.
La mujer destinada a cuatro Alfas capaces de hacer arrodillarse a reyes.
Ahora todos me buscan.
Algunos desean devolverme mi corona.
Otros quieren verme muerta antes de que reclame el trono.
Y yo solo intento proteger a mi hija mientras descubro quién soy realmente.
Porque cuando una princesa perdida regresa...
La guerra comienza.
Y mis cuatro compañeros no permitirán que nadie vuelva a arrebatarme.
Capítulo 1
Emma Spencer.
—Y con eso concluye mi presentación sobre innovación educativa. Muchas gracias a todos por asistir.
Patrick Sheldon, el decano de la universidad, —Damas y caballeros, esta fue la presentación magistral de la Dra. Spencer, profesora interina de la universidad de Stanford.
Pude observar como el público se colocó de pie aplaudiéndome. Algunos gritaron, “¡Bien hecho!” y no pude evitar sonreír.
Me bajé del escenario y me encontré cara a cara con el principal benefactor de la universidad: Peter Bennett.
Era el multimillonario más codiciado del país. Observé al inmenso hombre que estaba de pie frente a mí.
Extremadamente alto, una pared de puro músculo, pelo castaño un poco más largo arriba que en los costados, ojos de color almendra, labios carnosos, mandíbula fuerte y barba recién cortada.
Vestía un traje negro, hecho a la medida.
Atractivo, varonil, el sueño de cualquier mujer, el cual provocaba sensaciones inoportunas, con solo mirarlo.
Con una sonrisa perfecta dibujada en sus labios y sus ojos fijos mirándome intensamente, me dijo con una voz ronca y seductora. —Qué gran presentación, Dra. Spencer. Estoy absolutamente maravillado con su inteligencia.
Abrí mucho los ojos, sin saber que decir.
Nunca un hombre había coqueteado conmigo, alagando mi inteligencia. En verdad que fue refrescante.
Sonreí a sus palabras. —Gracias por el cumplido, Sr. Bennett. Ahora si me disculpa, debo marcharme. A parte de Dra. soy madre y debo ir a recoger a mi pequeña. Fue un gusto conocerlo.
Vi como su sonrisa se desvaneció y fue cambiada por una mirada fría, oscura y… francamente aterradora.
Tragué fuerte y no esperé a que me respondiera. Solo quería salir de ahí.
Me despedí de todos, disculpándome por no poder quedarme a la recepción y rápidamente me fui a mi auto.
Cuando me disponía a encender el motor, un golpe en el vidrio me sacó de mi tren de pensamientos.
Levanté la mirada y vi que era el Sr. Bennett... nuevamente.
Bajé el vidrio y le dije. —¿Se le perdió algo Sr. Bennett? Estoy segura de que hay muchas mujeres ahí dentro, dispuestas a hacer lo que usted les pida.
Él levantó una ceja perfecta. —¿Y usted Dra.? ¿No está dispuesta a complacerme?
Fruncí el ceño. —Discúlpeme Sr. Bennett, pero no es mi trabajo complacerlo. Creo que me está confundiendo con alguien más. Ahora si me disculpa, debo marcharme.
—Espere un momento, Dra. Spencer. Me disculpo por mis comentarios dichos, pero por favor respóndame. ¿Es usted casada?
Colgué mi cabeza hacia un costado, pensando en su pregunta.
Era cierto, que la razón del por qué me había casado, era aún controversial, por no decirlo menos.
Miré mis manos y observé que no tenía mi sortija de boda.
Quizás era por eso por lo que preguntó.
Le miré a los ojos, y vi como brillaban por la anticipación de mi respuesta. Se acercó a mi rostro, queriendo escucharme.
Pude oler su aroma, el cual me invadió, haciendo que mí pulso se acelerara y… francamente se me hizo agua a la boca.
Agité mi cabeza confundida y le respondí secamente, —Si, lo estoy.
Subí la ventanilla hasta la mitad, cuando me detuvo diciendo: —¿Es él su pareja destinada?
Frunzo el ceño nuevamente —¿A qué se refiere? ¿Usted cree en las parejas destinadas? No sabía que era un romántico, Sr. Bennett. —No pude ocultar mi tono burlón.
Él abrió los ojos, suspiró y dijo: —No tiene idea de lo que estoy hablando, ¿cierto?
—A decir verdad, Sr. Bennett, no tengo absolutamente ninguna idea de lo que se refiere. Ahora si me disculpa, por favor, de verdad que necesito irme. Tengo que ir a buscar a mi hija.
Abrió mucho sus ojos y con su mano sobre la ventana me volvió a detener. —¿Tiene una hija? ¿Qué edad tiene?
Suspiré, molesta por el interrogatorio. —Francamente, Sr. Bennett, no es de su incumbencia. Buenas tardes.
Subí el vidrio completamente, encendí el motor y me marché de ese lugar a toda velocidad.
La hora que marcaba el reloj era las 15:45. Iba justo a tiempo a recoger a Maddie al Kindergarten.
Mientras iba manejando, recibí una llamada.
Contesté y escuché por los parlantes a mamá. —Hija, que bueno que me contestas. ¿Cómo estuvo tu conferencia?
Sonreí a su pregunta recordando lo exitoso que fue. —Excelente, mamá. Tuve muy buenas críticas y muchos aplausos. Solo espero poder impactar en la educación de este país con mi investigación.
—Y lo harás hija. Desde pequeña, mostraste signos de una inteligencia suprema y tus ganas de ayudar a la comunidad, enseñándoles a ser mejores. Eres un ejemplo para seguir y no podría estar más orgullosa de ti.
—Gracias mamá, como siempre eres mi más grande fan. —Escuché como se rió a mi comentario.
Luego añadió: —Si cariño, soy tu más grande fan, junto con tu padre. Hablando de padre, es por eso por lo que te llamo. ¿Podrías ir a tu casa a buscar las herramientas que le prestó a tu marido? Dice que las necesita con urgencia.
—Mamá, voy de camino a buscar a Maddie. ¿Puede ser después? —Mi madre se quedó en silencio por un momento, luego decidió: —¿Por qué no la pasó yo a buscar? Estoy muy cerca del kindergarten y después podemos tomar el té. ¿Qué te parece mi idea?
—¿No te molesta pasarla a buscar?
—Cariño, ¡Como podría molestarme! Es mi nieta, es mi única nieta.
Suspiré a sus palabras porque sabía que había utilizado la carta de “mi única nieta”.
Le respondí. —Bien, iré a la casa a buscar las herramientas. Nos vemos en un rato, mamá. Te quiero.
—Y yo a ti, cariño. —Ambas cortamos la comunicación. Me detuve, señalicé y cambié de carril para dirigirme a casa.
El viaje transcurrió rápido, ya que aún era temprano y el tráfico era muy poco a esa hora. Me estacioné en la entrada de la casa dentro del barrio, Valle alto. Salí del auto y caminé hacia la puerta.
Ingresé a la casa, cerré la puerta y dejé las llaves en la mesa que estaba en el corredor. De repente, me detuve en seco.
Mis ojos recorrieron el lugar, deteniéndose en la escalera.
Ropa femenina que no era mía estaba tirada a lo largo de la escala.
Seguí el camino y miré hacia arriba. Sentí como en mi estomago había una tormenta de emociones.
Quería llorar, gritar, despedazarle la cara, porque sabía que, una vez que llegara arriba y viera lo que tenía que ver, mi vida cambiaría drásticamente.
Subí lentamente las escaleras, mientras sentí como la bilis me subía por la garganta.
Llegué a la puerta de mi habitación, que estaba abierta de par en par.
Mi corazón latía a mil por hora y mi respiración iba igual de rápida.
Me detuve, antes de ingresar mientras escuché a una mujer gritar —sí, sí, así, ¡dámelo como me gusta! Sí, eres el mejor, cariño. Sí, méteme tu enorme polla, sí hazlo, fuerte, ¡más fuerte!
La maldita creía que estaba en una película para adultos y tenía clarisímo que era fingido, porque ni de broma Alberto era tan bueno en la cama.
Furia instantánea me inundó. Caminé un par de pasos y ahí los ví. Alberto se la estaba cogiendo en mi cama, por detrás.
Los miré atónita... totalmente desconcertada.
—Ay amor, dime que me amas, ¡dímelo! ¡Me estoy viniendo!
Él le gritó: —¡Te amo Annie!
Respiré profundo, de modo de poder calmar mi ira y dije carente de cualquier emoción:
—Qué bueno es saber que la amas. Sería un total desperdicio terminar con nuestro matrimonio, solo por la calentura del momento.
Ambos se giraron y gritaron a la vez, cubriéndose los cuerpos con las sábanas.
¡Con mis sábanas! Malditos hijos de puta.
—Amor, ¿Qué haces aquí? No te creas lo que escuchaste, cariño. Es a ti a quien amo. ¡Esto no es lo que parece!
La mujer lo miró totalmente desconcertada… ¿Tan imbécil creía que yo era?
La reconocí... Era su secretaria.
Con su reacción nació un sentimiento de lástima... algo ayudó a mitigar mi ira.
—¿Y tú te crees que yo soy idiota? ¿Hace cuánto tiempo te estás cogiendo a tu secretaria? ¡Hipócrita! ¿Sabes qué? Déjalo. Me voy de aquí.
Pasé por la habitación y saqué mi maleta.
Ni de broma me quedaré en esa casa, sabiendo que el muy mal nacido se cogió a su amante ¡EN MI CAMA!
Alberto se levantó, vistiéndose por el camino, mientras me seguía, rogando perdón.
No escuché ninguna de sus patéticas excusas.
Llené la maleta con las cosas indispensables para mí y Maddie y sin más demora, salí de la casa a la que alguna vez llamé hogar.
Últimos capítulos
#129 Capítulo 129 Libro 2. Capítulo 27. Baile de máscaras.
Última actualización: 10/23/2026#128 Capítulo 128 Libro 2. Capítulo 26. Una cita inesperada.
Última actualización: 10/23/2026#127 Capítulo 127 Libro 2. Capítulo 25. Una exhibición de poder.
Última actualización: 10/23/2026#126 Capítulo 126 Libro 2. Capítulo 24. Tregua.
Última actualización: 10/23/2026#125 Capítulo 125 Libro 2. Capitulo 23. Piedras de Luna.
Última actualización: 10/23/2026#124 Capítulo 124 Libro 2. Capitulo 22. Corrida de la manada.
Última actualización: 10/23/2026#123 Capítulo 123 Libro 2. Capítulo 21. Solsticio de San Juan.
Última actualización: 10/23/2026#122 Capítulo 122 Libro 2. Capítulo 20. Se termina la noche.
Última actualización: 10/23/2026#121 Capítulo 121 Libro 2. Capítulo 19. Baile de inauguración.
Última actualización: 10/23/2026#120 Capítulo 120 Libro 2. Capítulo 18. El cofre celestial.
Última actualización: 10/23/2026
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No una prueba de mis límites.
No una lenta y deliberada caída en su autoridad.
Pero si Rowan Ashcroft decide que pertenezco bajo su escritorio, que así sea.
Sobrevivir tiene un precio, y las facturas no se preocupan por cómo las pago.












