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Los Reyes Licántropos y Su Pareja Híbrida

Los Reyes Licántropos y Su Pareja Híbrida

theresachipps · Completado · 311.0k Palabras

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Introducción

Los Reyes Licántropos y su Pareja Híbrida
Libro dos de Los Reyes Licántropos y la Loba Blanca. También puede leerse como una historia independiente.

Han pasado diecisiete años desde el surgimiento de la Loba Blanca, y el reinado de los Reyes Licántropos aseguró la paz en todo el reino. La siguiente generación de guerreros ha crecido bajo la protección de sus poderosos gobernantes.

Cassian y Atlas, los herederos gemelos del trono licántropo, ya no son niños. A punto de cumplir dieciocho, los futuros reyes ya se han probado en los campos de entrenamiento con una fuerza, una destreza y un poder muy por encima de su edad. Como gemelos idénticos nacidos con habilidades extraordinarias, su vínculo es irrompible, su lealtad entre ellos absoluta. El reino sabe que algún día gobernarán juntos.

Pero cumplir dieciocho trae algo más que responsabilidad.

Para los licántropos, marca el momento en que el destino puede revelar a la única persona destinada a estar a su lado: su pareja.

Para celebrar el décimo octavo cumpleaños de los gemelos, el palacio se prepara para un gran baile real. Alfas y familias de todo el reino están invitados; muchos llegan con la esperanza de que sus hijas sean elegidas como la futura reina del trono licántropo.

Sin embargo, el destino rara vez sigue el camino que otros esperan.

En algún lugar del reino vive una chica cuya existencia nunca debió ser conocida. Oculta en las sombras de los muros del reino, lleva en la sangre secretos que podrían cambiarlo todo. Secretos lo bastante poderosos como para redefinir el futuro del reino licántropo.

A medida que se acerca la noche del baile, hilos invisibles del destino empiezan a entrelazar vidas de formas que nadie habría podido prever.

El siguiente capítulo de la historia de los Reyes Licántropos está a punto de comenzar.

Y la pareja destinada a dos reyes podría ser mucho más poderosa y peligrosa de lo que cualquiera podría imaginar.

Capítulo 1

POV de Elara

Hoy el viento era cálido.

Se colaba entre las hojas del enorme roble sobre nosotras, haciendo que las ramas susurraran suavemente mientras la luz del sol danzaba sobre el pasto. Me recosté contra la corteza áspera, dejando que la brisa empujara mechones de mi cabello oscuro sobre mi rostro.

Por un momento, se sintió tranquilo. Pero la tranquilidad era algo peligroso a lo que acostumbrarse.

—Dioses de lo alto —gruñó Clara a mi lado—. Míralos.

Seguí su mirada con pereza. Frente a nosotras se extendía el campo de entrenamiento. Jóvenes guerreros se batían en parejas, sus botas levantando tierra mientras los puños chocaban y los cuerpos se estrellaban contra el suelo. Gritos, risas y alguna que otra maldición resonaban por el espacio abierto.

Todavía no eran guerreros completos. No oficialmente. Eran los que seguían entrenando. Los que intentaban ganarse su lugar. Los futuros protectores del reino.

Clara se inclinó hacia adelante, apoyando la barbilla en la palma con un suspiro soñador.

—Mira al de cabello oscuro —susurró—. El que lanza golpes como si intentara partir la tierra.

Le eché un vistazo breve.

—Parece que intenta partirle la nariz a su oponente.

—Eso también. —Sonrió.

A Clara siempre le había encantado mirar el campo de entrenamiento. Desde que éramos niñas, me arrastraba hasta aquí para sentarnos bajo este mismo árbol y chismear sobre los chicos.

¿Yo? A mí solo me gustaba el silencio. O lo más parecido al silencio que podías conseguir mientras a alguien lo azotaban contra la tierra.

Clara me dio un codazo en el hombro.

—Ni siquiera estás poniendo atención.

Esbocé una leve sonrisa, pero no lo discutí. La verdad era que ver a los guerreros entrenar no era ni de cerca tan interesante como Clara lo hacía parecer.

Al menos, no por lo general. Mis ojos recorrieron el campo otra vez. Los cuerpos se movían de forma caótica. Los músculos se tensaban, las botas raspaban, los puños crujían contra la piel. El sudor brillaba bajo el sol.

Fuerza. Poder. Control. Cosas que gobernaban este mundo. Cosas que aprendí temprano a no llamar la atención sobre ellas.

Clara estiró las piernas frente a ella.

—¿Te acuerdas cuando fingíamos que éramos guerreras? —dijo de pronto.

Solté una risita.

—Usábamos palos como espadas.

—Y siempre me ganabas —dijo con un bufido.

—Porque peleabas como una cabra ciega. —Me encogí de hombros y seguí jugueteando con una brizna de pasto.

Clara soltó un jadeo dramático.

—No es cierto.

—Claro que sí.

Me dio un golpecito en el brazo.

—Eres grosera.

—Y honesta.

Clara resopló, aunque la sonrisa que se le formaba en los labios la delató. Habíamos crecido juntas. Toda la vida. Era mi mejor amiga. En realidad, era mi única amiga.

Clara era ruidosa donde yo era callada. Brillante donde yo prefería las sombras. Decía lo primero que se le venía a la cabeza, mientras yo medía con cuidado cada palabra.

Opuestas, tal vez. Pero de algún modo funcionaba.

El viento volvió a levantarse, alzando hebras de mi cabello y pasando dedos fríos por mi cuello.

Por un momento, cerré los ojos. Y los recuerdos se colaron donde no eran bienvenidos.

No recuerdo mucho del complejo. Apenas tenía dos años cuando nos fuimos. Pero a veces emergían fragmentos. Pedazos extraños de una vida que se sentía más como un sueño que como realidad.

Paredes de piedra fría. Voces que resonaban por pasillos largos. El olor lejano de la tierra húmeda y el fuego. Supe lo que pasó ahí solo porque mi madre me lo contó. Y por los diarios que dejó. Mis dedos se curvaron ligeramente sobre el pasto.

Mi madre había estado huyendo. Huyendo del aquelarre que la desterró. En ese entonces, estaba embarazada de mí. Embarazada de algo que no se suponía que existiera. Mi padre había sido un Alfa. Uno poderoso, por lo que ella decía. Fuerte. Temido. Y muy, muy muerto. Lo mataron en una batalla dentro de las cuevas mucho antes de que yo pudiera llegar a conocerlo. A veces me preguntaba qué clase de hombre había sido. A veces me preguntaba si yo tenía su carácter.

La voz de Clara me trajo de vuelta al presente.

—Otra vez estás en lo mismo.

Puso los ojos en blanco. Igual que siempre que yo me perdía en mi cabeza.

Parpadeé.

—¿En qué?

Pero sabía perfectamente qué estaba haciendo. Estaba recordando.

—Pensando demasiado.

Volvió a poner los ojos en blanco mientras soltaba un resoplido.

—Yo siempre pienso demasiado —dije, impasible.

—Porque vives en tu cabeza —dijo, señalándose la sien con un dedo.

—Alguien tiene que hacerlo —respondí, con indiferencia.

Clara puso los ojos en blanco.

—Eres imposible.

—Y aun así me sigues soportando.

Levanté la barbilla para encontrar su mirada y sonreí con suficiencia.

—Alguien tiene que protegerte de ti misma.

Señaló con un dedo mi pecho. Y tenía razón.

Solté un resoplido suave.

Clara no tenía idea de lo irónica que era esa frase. Si de algo se trataba, la peligrosa era yo. Pero ese era un secreto que se quedaría enterrado. Mi madre lo dejó muy claro antes de morir. El aquelarre la había desterrado por mi culpa. Por lo que yo era. Por lo que podía llegar a ser. Ella solo supo de ese lugar, el complejo, gracias a Lydia.

La otra hija de mi padre. Una situación extraña que nunca terminé de entender. Pero Lydia sabía de el complejo de Clarence. Y, de alguna manera, con el tiempo, mi madre y yo acabamos allí.

Un grito resonó a través del campo de entrenamiento cuando uno de los jóvenes guerreros estampó a otro contra el suelo.

Eso me sacó de mis pensamientos una vez más.

Clara aplaudió, emocionada.

—¡Oh! ¿Viste eso?

Alcé una ceja.

—Sí. Violencia. Muy impresionante.

—Qué aburrida eres —dijo, haciendo un puchero.

—Yo sí sé divertirme.

—¿Cuándo? —preguntó, alzando una ceja, con esa clásica mirada de Clara.

—En raras ocasiones.

Se rio. El sonido fue ligero, despreocupado. Por un momento envidié su capacidad de vivir con tanta facilidad. De no estar mirando por encima del hombro todo el tiempo. De no sentir que el peligro podía aparecer en cualquier momento.

El viento volvió a cambiar. Y, de pronto, una sensación extraña me recorrió la nuca. Fruncí apenas el ceño. Algo no estaba bien. Clara seguía parloteando sobre guerreros y músculos y cualquier otra cosa que le hubiera llamado la atención. Pero mi enfoque cambió. Mi mirada se deslizó hacia los árboles al otro lado del campo de entrenamiento. Hacia la línea espesa de arbustos y sombras cerca del borde del bosque. El viento agitó las hojas. Las ramas se balancearon. Totalmente normal. Excepto que se me apretó el estómago. Un cosquilleo sutil de alerta me recorrió la piel. La misma sensación que tienes cuando alguien está demasiado cerca detrás de ti. Me incorporé un poco.

—¿Elara? —preguntó Clara.

No respondí. Entrecerré los ojos. Los arbustos cerca del borde del campo se movieron.

Apenas. Como si algo hubiera pasado a través de ellos.

Clara siguió mi mirada.

—¿Qué estás mirando? —preguntó.

Pero no contesté. Seguí observando. Las hojas crujieron otra vez. Luego se quedaron quietas. Mi pulso se desaceleró en vez de acelerarse. Me mantuve calmada. Como mi madre me había enseñado.

—¿Viste eso? —murmuré.

Clara entrecerró los ojos.

—¿Ver qué?

Los arbustos. Algo definitivamente había estado ahí. Y por primera vez en todo el día, tuve la innegable sensación de que alguien me estaba observando.

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