
Liberada por amor
Cons Espher · Completado · 113.5k Palabras
Introducción
Blanca Ramírez lo perdió todo el día que las puertas de la prisión se cerraron a sus espaldas. Sin embargo, su verdadera condena no fue el encierro, sino la despiadada traición de su propia madre, quien le arrebató a su pequeña hija, Daniela, para maltratarla y quebrar la voluntad que con Blanca no logró. Ahora que ha recuperado su libertad, Blanca solo tiene un propósito en la mente: recuperar a su niña. Con el alma rota pero una voluntad de acero, está dispuesta a enfrentarse a quien sea para reunir los pedazos de su vida.
Es entonces cuando el destino la pone frente a Matías De la Fuente. A pesar de provenir de una familia elitista y de gran renombre, Matías ha dado la espalda a la comodidad de su estatus para trabajar como abogado pro bono, impulsado por una vocación inquebrantable por la justicia. Cuando acepta tomar el caso de Blanca, espera encontrarse con una víctima más del sistema, pero en su lugar choca con una mujer indomable, feroz e independiente que lo desafía en cada paso.
Para recuperar a Daniela, deberán librar una batalla en múltiples frentes. No solo tendrán que enfrentarse a la crueldad de la madre de Blanca y a los fríos muros del sistema legal, sino también a la implacable y esnob familia de Matías, que ve en la ex convicta una mancha inaceptable para su ilustre apellido.
En medio de alegatos, prejuicios y batallas familiares, la fricción entre la amazona y el abogado se transformará en una pasión arrolladora. Liberada por amor es una historia sobre la fuerza invencible de una madre, el valor de luchar por lo correcto y el poder de un amor tan absoluto que es capaz de romper cualquier condena.
Capítulo 1
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POV Blanca Ramírez
El frío del concreto no se sentía en la piel, se metía directamente en los huesos. Llevaba cuatro años intentando ignorarlo, pero el encierro tenía una forma muy sádica de recordarme que no era dueña ni del aire que respiraba.
Tenía veintidós años, pero mi reflejo en el espejo roto de las duchas me gritaba que tenía cincuenta. Mi cabello, que antes caía en una cascada de rizos indomables, ahora lo mantenía en una trenza apretada; aquí adentro, cualquier cosa de la que te pudieran agarrar era una debilidad. Mis ojos amielados, esos que mi madre, Petra, siempre dijo que eran demasiado claros para una "bastarda", ahora solo tenían ojeras púrpuras y desconfianza.
La prisión era un lugar a donde venías a romperte, un sitio que iba menguando de a poco tu humanidad y, a la vez, era como la más peligrosa de las junglas; la ley siempre era morir o matar. Aunque yo no estaba aquí por ser una asesina.
Menos de una hora antes, el roce de un hombro en el pasillo me había dejado claro que mi tiempo en este mundo se estaba agotando. La Alacrana, una reclusa que controlaba el pabellón C con mano dura y una navaja oculta, se me había pegado a la espalda en el trayecto al comedor. Su aliento me había rozado la oreja junto a un siseo que me congeló la sangre: "Tu cabeza tiene precio, Ramírez. Alguien pagó una buena plata para que te saquen de aquí en una bolsa. No pasas de esta semana".
El pánico latía en mis oídos. Pensé en Daniela. El nombre de mi hija era un latido fantasma en mi pecho, lo único que me impedía cortarme el cuello. Me la arrebataron después de dar a luz; mi propia sangre me vendió al diablo, disfrazó mi desesperación de locura y me tiró en este agujero. No podía morir. No todavía. Necesitaba salir viva de esa jungla antes de que la orden de la Alacrana se ejecutara.
—¡Ramírez! —El grito de la celadora me arrancó de mi espiral de terror—. Tienes visita en locutorios. Abogado de oficio.
Me puse de pie de golpe, alisando el harapiento uniforme beige que me quedaba grande. Ya había perdido la cuenta de cuántos abogados de oficio habían venido a leer mi expediente con desdén para luego decirme que me resignara a pudrirme aquí adentro. Pero la amenaza de muerte que flotaba sobre mi cabeza me dio un impulso desesperado.
Caminé por el pasillo escoltada por el eco de mis propios pasos, manteniendo la barbilla alta. Cuando crucé la puerta del locutorio, no encontré al típico burócrata que esperaba.
En su lugar, me encontré con él.
Era un hombre alto, de unos treinta años, con un traje oscuro que se ceñía a un cuerpo atlético que no encajaba con la figura de oficina tradicional. Su cabello era castaño, crespo y ligeramente desordenado, y cuando levantó la vista, unos ojos oscuros y penetrantes se clavaron en mí. No hubo asco ni lástima en su mirada; hubo una intensa curiosidad.
—Blanca Ramírez —dijo, con una voz profunda y serena que denotaba una autoridad implacable—. Soy Matías De la Fuente. Fui asignado a tu caso esta mañana.
Esta vez no fui la reclusa sumisa que se sentaba a esperar un veredicto. Crucé el espacio a zancadas y apoyé ambas manos con fuerza sobre la mesa descarapelada. Me incliné hacia adelante, invadiendo su espacio personal por completo, obligándolo a sostener mi cercanía.
—Leíste mi expediente, licenciado —escupí, con la voz áspera y los ojos fijos en los suyos—. Así que dime de una maldita vez, ¿qué tanto me miras? ¿Quién eres tú y quién demonios crees que soy yo?
Matías no se inmutó. No se levantó, no retrocedió ni un centímetro. Sostuvo la mirada. Se limitó a recorrer mis facciones con una lentitud que me erizó la piel, deteniéndose en la cicatriz de mi muñeca y en la forma en que mis pies se mantenían tensos, apuntando hacia la puerta trasera, buscando una ruta de escape.
—Eres Blanca —respondió él, usando mi nombre de pila con una familiaridad que atravesó mi coraza—. Una mujer que se defiende atacando porque tiene el tiempo en contra, que se sienta lo más cerca posible de la salida y cuyo dedo índice golpea la mesa dos veces cuando intenta contener el pánico.
Me quedé helada. Aparté la mano de la mesa de inmediato, dándome cuenta de que, efectivamente, había estado golpeando la madera sin notar ese tic nervioso. Me senté a la defensiva, cruzándome de brazos.
—No pierda su tiempo, abogado —mascullé, ocultando mi desconcierto tras una máscara de hostilidad—. Ya me sé el maldito discurso. Soy una drogadicta, robachicos, una mala madre y un caso perdido. ¿Dónde le firmo para que cobre su cheque del gobierno y se largue?
Matías cerró mi expediente lentamente y apoyó los codos sobre la mesa, acortando de nuevo la distancia. Su olor a café cargado y jabón limpio me abrumó.
—Sé que esa niña es tuya, Blanca. Sé que Petra Martínez tejió una red de mentiras y que no te estabas robando a Daniela; estabas intentando rescatarla. Y no vengo por un cheque.
El aire abandonó mis pulmones. Nadie en cuatro años había reconocido mi tragedia en voz alta.
—¿Entonces por qué estás aquí? —susurré, con el miedo a morir y el dolor agalopándose en mi pecho. ¿Qué gana un tipo como tú metiéndose en este agujero?
Los ojos oscuros de Matías se ensombrecieron, reflejando una tormenta interna muy antigua. Sus facciones se tensaron con una culpa evidente.
—Hace un año, defendí a un hombre en un caso que parecía sencillo —confesó, con un tono de voz bajo y cortante—. El sistema me dijo que no investigara más, que me conformara. Le creí a las actas. Tres semanas después, mi cliente fue asesinado en su propia celda. Era inocente, y murió porque yo no fui lo suficientemente rápido ni implacable. El sistema volvió a encender las mismas alarmas con tu expediente, Blanca. Me dijeron que no escarbara. Y juré que jamás dejaría que mataran a otro inocente bajo mi guardia. Vengo a sacarte de aquí.
La esperanza ardió en mi pecho por primera vez en cuatro años, pero fue una sensación tan dulce como aterradora. Quise creerle. Quise aferrarme a la promesa de ese hombre imponente.
La celadora abrió la puerta de golpe, anunciando a gritos que el tiempo había terminado. Matías se incorporó con una elegancia impecable, me dedicó una última mirada cargada de una promesa férrea y salió del locutorio.
Dos guardias me escoltaron de regreso por el pasillo hacia mi bloque. La chispa de la esperanza aún me calentaba el pecho, haciéndome camuflar el terror a la Alacrana. Pero en cuanto la reja de mi celda se abrió y di un paso adentro, el mundo se me congeló por completo.
El espacio estaba patas arriba. Mi colchoneta delgada había sido rebanada a la mitad con un objeto filoso, el relleno de espuma flotaba por el suelo y, pintada con letras grandes y chorreantes en la pared de concreto, usando lo que parecía ser sangre de rata, había una sola palabra que me cortó el aliento:
"MAÑANA".
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