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Segunda oportunidad para amar: Hasta que vuelvas a mi

Segunda oportunidad para amar: Hasta que vuelvas a mi

Maye Lyn V · Completado · 127.4k Palabras

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Introducción

Megan sale de un divorcio que, desde fuera, parecía perfecto, pero que por dentro la dejó rota y desconfiada del amor. Carga con heridas profundas, una maternidad que la define y un miedo silencioso a volver a equivocarse. Cuando cree que su historia sentimental ha llegado a su fin, conoce a un hombre que despierta en ella algo que pensó perdido: ilusión, deseo y la posibilidad real de ser feliz otra vez.

Sin embargo, el destino no se lo pone fácil. Malentendidos, decisiones forzadas y el peso de su pasado comienzan a separarlos, empujándolos por caminos distintos en el momento más inesperado.

Justo cuando Megan aprende a sobrevivir sin ese amor que no pudo ser, aparece otro hombre, distinto, firme y dispuesto a ofrecerle estabilidad cuando ella más la necesita.

Entre lo que quiso, lo que perdió y lo que el futuro le impone, Megan deberá decidir si el amor verdadero es aquel que llega primero… o el que permanece cuando todo lo demás se derrumba. Su futuro esposo no será fruto de un cuento ideal, sino de elecciones difíciles, renuncias dolorosas y una segunda oportunidad que podría cambiarlo todo.

Capítulo 1

Hace siete años contraje matrimonio, a la edad de veintiún años, con el amor de mi vida, después de tres años de noviazgo, mi primer novio, mi primera vez, mi primer amor.

La vida juntos era una maravilla, al menos eso podía decir antes.

Acordamos tener hijos luego de que yo terminara mi carrera de Periodismo.

A la edad de veinticuatro años tuve mi primer hijo junto a Gabriel.

Un niño, su nombre fue Samuel, un hermoso y adorable niño.

Cuando Samuel nació, Gabriel me dijo que valorara la posibilidad de no ejercer mi carrera, para dedicar tiempo a nuestro hijo y al hogar, para que lo hiciera su madre y no otra persona. He de decir que yo no era una mujer muy hogareña antes de todo esto; yo era más de salir de casa, conocer lugares, quedar con los amigos y viajar.

Pero ahora no solo era una esposa, era también madre.

Dejé de lado mi carrera, sin ejercerla, y me convertí en ama de casa, aprendiendo infinitas cosas de las que no tenía la más mínima idea, pero que ahora era toda una experta.

Cuando estaba por cumplir mis veintiséis años, volví a quedar embarazada, esta vez de una niña, una hermosa niña, a la que llamamos Aura.

Era hermosa.

El matrimonio se volvió ajetreado con dos niños, menos vida social, más familiar y demasiadas cosas que hacer, todavía más las que tenía que aprender, pero no fue tan difícil como con el primer embarazo, excepto por la parte de la cesárea, aquello fue todo un caos.

Gabriel, por su parte, iba ascendiendo de manera impresionante en su trabajo, era contable. Y en estos últimos años nuestra economía había mejorado a una escala asombrosa, increíble y para nada realista. Habíamos pasado de ser, ¿cómo decirlo?, una familia trabajadora, de esas que si dejan de trabajar se funden los ahorros, a una familia con lujos y nada de qué preocuparse. Todo gracias al esfuerzo de mi esposo.

Pero mientras las cosas mejoraban, nuestro matrimonio iba en decadencia.

A mis veintiocho años, con un niño de cuatro años y una niña de dos años, con un esposo de treinta y cinco años, apuesto, hermoso y muy carismático, mi vida sexual estaba por los suelos.

Llegaba la noche y con ello la esperanza de que Gabriel no llegara muy cansado o muy tarde a casa, para ver si así podíamos intimar. Los besos eran muy simples, nunca sentía el roce de su lengua o sus labios humedecer los míos, solo juntábamos los labios por unos segundos y ya nos habíamos besado; me abrazaba en las noches y nada más.

Hace tanto que no me sacaba suspiros o aceleraba mis latidos.

Creo que… hace un mes que no me tocaba.

—Gabri —toqué sus brazos, que eran lo más cercano a mí—. ¿Estás muy cansado? —pregunté despacio.

Aquella era la típica pregunta que hacía cada noche, obteniendo la misma respuesta con algunas variantes, pero siempre igual.

Mi esposo me atraía, me excitaba y provocaba deseos en mí, pero creo que yo ya no hacía lo mismo y eso me perturbaba cada noche en la que solo me calentaban las sábanas con las que cubría mi cuerpo lujurioso.

Pensaba que se debían a los ligeros cambios en mi cuerpo desde que nos habíamos casado y luego de dos embarazos.

—Sí, he trabajado mucho hoy —como cada día—. ¿Qué pasa?

—Nada —respondí con desilusión—. Solo quería pedirte un beso antes de que me durmiera.

—Claro —se acercó y unió sus labios a los míos por un par de segundos; ya con eso había cumplido, como cada noche, como cada día—. Descansa.

Y después de eso, me llegaba la culpa. Es decir, era un buen hombre, ponía el plato en nuestra mesa cada día gracias a su trabajo, no teníamos que preocuparnos por nada, teníamos buenos ahorros y nuestra familia estaba sana.

Yo no tenía ningún derecho a levantar la más mínima queja. ¿O sí?

Dieron las siete de la mañana.

Mi cuerpo ya se levantaba sin necesidad del despertador; lo más común era que mis ojos estuvieran abiertos antes de que este sonara.

Buscar la ropa de los niños, vestirlos, preparar el desayuno, asegurarme de que no ensuciaran su ropa durante el desayuno, hacerle el café a Gabri, junto con sus tostadas de cada uno, y a las siete y cuarenta salir con los niños, Samuel al colegio hasta las dos y Aura a la guardería hasta las doce.

Siempre me iba primero que Gabri. Tomaba las llaves del coche, a los niños y me acercaba para darle un beso mientras él comía su tostada.

—Buenos días, Patty —saludé a mi vecina; yo llevaba a su niña al colegio, puesto que iba al mismo que Samuel y eso no me costaba, ella tenía que trabajar—. Ah, se me ha quedado el móvil dentro, ve entrando a Alma al coche, ya regreso. —Alma era el nombre de su hija.

—Aquí te espero, Megan.

Corrí hacia la casa y abrí la puerta, yendo para el salón; quizás mi móvil estaba allí o en la habitación de los niños. Podría estar en cualquier lado.

—Mi amor, iré esta tarde hasta la noche —escuché hablar a Gabri y casi respondo, creyendo que se refería a mí, pero estaba al teléfono. Caminé en silencio cerca de la cocina, escuchando su conversación. Mi corazón iba muy deprisa y cubría mi boca para no gritar del dolor que esto me causaba—. No te preocupes. Te tengo un regalo. Será sorpresa. ¿Recuerdas ese vestido color vino tan sexi y provocador? Póntelo esta noche, quiero vértelo, para poder quitártelo —decía con aquel tono de voz, realmente deseando lo que decía.

Gabriel Martínez me estaba siendo infiel.

Pegué mi cuerpo a la pared, haciéndole frente a esta horrible sensación que recorría mi cuerpo, guié mis pasos hacia la puerta y salí despacio.

Ya era tarde.

Primero llevé a Samuel y Alma al colegio, luego pasé por la guardería a dejar a Aura.

Mi mente estaba perturbada y no encontraba cómo asimilar el hecho de descubrir que mi esposo no me tocaba porque tenía una amante.

¿Cuánto tiempo llevaba en eso?

¿Por qué nunca lo pensé?

¿Cómo es que no me di cuenta?

¿Quién era esa mujer?

Tantas preguntas rodeaban mi mente que no me podía concentrar en una sola.

¡Qué diablos!

¡Mi esposo tenía una amante!

¿Eso cómo se afronta? ¿Se habla? ¿Se calla? ¿Se revela o se ignora?

No tenía la más mínima idea.

Regresé a casa y comencé a buscar mi móvil; tenía que hablarlo con alguien o me iba a secar y consumir de tanto llorar.

Encontré el celular en el baño y llamé a Camila, mi amiga, la única de muchas que antes tenía, que fui perdiendo por estar sumergida en la vida de casados o de padres.

Ahora me ponían los cuernos.

—Camila —dije entre lloriqueos—. Camila.

—¿Pero qué pasa, Megan? Cálmate y dime. ¿Estás bien? ¿Los niños están bien? ¿Gabriel está bien? —seguí llorando en la llamada—. ¡Me asustas! Por favor, dime algo antes de que tome un vuelo hacia allá.

—Lo siento, lo siento. No quise asustarte. Todos están bien, Gabri más que nada. La que está mal soy yo.

—¿Qué ha pasado? Deja de llorar y cuéntame ya. Me muero de la angustia.

—Gabri me está siendo infiel —ella se quedó en silencio, dándome tiempo para que yo me controlara y siguiera hablando—. Lo escuché hablar hace una hora sobre vestidos sexi, desvestir, salir, regalos y no sé qué más.

—¡Maldito infeliz! ¿Qué vas a hacer?

—Te llamo porque no sé qué hacer. No lo sé. Quiero llamarlo y gritarle que lo sé, pero también quiero calmarme. Quiero pensar. Solo quería decírselo a alguien.

—Gracias por contarme, Megan. No sé qué decirte que hagas, no he tenido esa experiencia. Pero creo que es certero pensar y calmarte. Quizás confrontarlo sea lo mejor, pero con más pruebas. Aunque no solo eso, si lo vas a confrontar, debes de saber qué harás después.

—Todo es tan confuso. No me lo puedo ni creer, me siento devastada.

—Me lo imagino, pero eres fuerte. Podrás con esto, piénsalo y luego actúa. No actúes sin antes pensar.

Terminé de hablar con Camila y me senté a pensar.

¿Qué hago ahora?

Seguro confrontarlo, pero ¿qué hacer después de confrontarlo?

Tenía que pensar en eso.

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**

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**

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