
Un hijo por contrato con mi ex
Diego Almary · En curso · 250.4k Palabras
Introducción
Adrián, mi exnovio y heredero de un imperio, ha vuelto a mi vida con una exigencia tan fría como legal: cumplir la cláusula que le prometía un hijo.
Si me niego, enfrentaré una multa imposible de pagar.
Si acepto, tendré que ocultar el mayor secreto de mi vida: ya no puedo tener hijos.
Entre el rencor que aún me quema, una atracción que nunca desapareció y una verdad capaz de destruirnos a ambos, debo tomar una decisión.
Mentir…
o perderlo todo.
Capítulo 1
Esta semana había soñado mucho con Adrián Almeida, mi exnovio. Los sueños siempre eran los mismos, repitiendo aquellas viejas heridas, aquella historia trágica que había convertido mi vida en un calvario: los años que estuve a su lado.
Cuando desperté, el reloj marcaba las seis de la mañana. Aún tenía tiempo, podía seguir durmiendo al menos unos quince minutos, pero sabía que no podía. Tenía que ponerme de pie. Las deudas me tenían tan asfixiada que ya ni siquiera mis sueños eran míos, porque últimamente había soñado con trabajo. Trabajaba todo el día, llegaba a la casa a dormir, y soñaba que seguía trabajando para luego ponerme de pie a trabajar otra vez. En eso se había convertido mi vida desde que las deudas habían arreciado con la poca economía que aún me quedaba. Y la enfermedad de mi abuelo no ayudaba en absoluto.
Los bancos ya no me daban ningún crédito más. Solamente mis dos trabajos eran lo único que separaban a mi abuelo de una muerte lenta y dolorosa. Así que tenía que ponerme de pie cada mañana sin dudarlo, porque lo hacía por él y para él.
Pero últimamente mis sueños habían pasado de trabajar... a Adrián. Tal vez había sido porque, hacía una semana atrás, había visto en las noticias locales que su abuelo había muerto. Ahora él estaría heredando el enorme conglomerado familiar que tenían: una empresa multimillonaria. Pero ya no me importaba. O eso creía. Seguramente haber visto esa noticia me dejó pensando lo suficiente en él como para que se metiera otra vez en mi cabeza. Pero no podía permitirlo. Lo había sacado demasiado de mi mente y me había costado tanto hacerlo, que no podía permitirme ni por un solo segundo pensar nuevamente en él, en su presencia, en sus ojos verdes, en su rubio cabello y en las terribles palabras que me dijo.
Antes de salir al trabajo, observé superficialmente el correo que se deslizó por debajo de la puerta. De nuevo, una citación de un tal abogado llamado Jesús. Y nuevamente la ignoré. Seguramente era de alguno de los bancos en los que yo debía una millonada. Pero me hice la nota mental para averiguar exactamente de cuál de los bancos sería este tal abogado Jesús.
Antes de pasar a mi primer trabajo, visité a mi abuelo en el hospital. Tan viejito. Tan débil. Todo lo hacía por él. ¿Por quién sino? Era lo único que me quedaba en la vida. El viejito de voz grave, con una brillante sonrisa a pesar de su enfermedad.
—¿Segura que todo está bien? —me preguntó él, como cada mañana.
Y yo asentí.
—Claro que sí, abuelo — Asentí. Mentirle se me hacía más fácil cada vez… aunque cada día tenía más que ocultar.
—Este hospital es muy caro —dijo él.
—Sí, pero recuerda que tengo dos trabajos. En uno de mis trabajos gano lo suficientemente bien para pagar lo del hospital y en el otro... gano lo suficiente para vivir —comenté.
Cada mes me hacía falta más y más dinero, pero no podía decírselo. Tampoco es como que él pudiera hacer algo al respecto. Sonrió con tristeza y yo me despedí una vez más. Cada mañana que lo visitaba y me despedía... podía ser la última mañana en la que lo viera. Su enfermedad avanzaba y la falta de los medicamentos de calidad que yo no podía costear lo mantenía preocupado. A los doctores también, lo suficiente como para regañarme, pero no lo suficiente como para sacar de su propio bolsillo y ayudarme. Pero, de todas formas, no era su deber. Ellos no tenían la obligación de ayudarme.
Tenía una pequeña posición en una revista local. Al menos ahí ganábamos un poco de comisiones. A veces bien. A veces mal. Pero era un trabajo. Era la editora del área creativa. Al menos de algo tenía que servir la carrera de diseño. O al menos la mitad de la carrera que logré cursar antes de tener que salirme para cuidar a mi abuelo.
Y estaba ahí, tranquila, pensando en si el color negro sería demasiado oscuro para una entrevista a una escritora local, cuando alguien tocó la puerta.
—Matilde —dijo la mujer que apareció. Era la secretaria general. Era la única secretaria que tenía toda la empresa—. Te busca un hombre.
Yo estaba demasiado ocupada esa mañana. De todas formas, cualquier cosa que tuviera que hablar tenía que hablarlo primero con el jefe.
—Estoy bastante ocupada —le dije.
Pero vi que el rostro de la secretaria se transformó en una muestra de preocupación.
—Creo que deberías atenderlo —me dijo.
Sinceramente, no entendí sus preocupaciones. Pero entonces, movida por la curiosidad, meneé la mano en el aire.
—Está bien. Dile que pase.
Le bastó solo un segundo después de desaparecer para que la puerta se abriera nuevamente y una grave voz irrumpiera:
—Después de que ignoraras a mis abogados por más de dos semanas, no tuvimos alternativas que venir yo directamente.
Cuando escuché el tono de aquella voz, me sentí paralizada. Terriblemente paralizada. Tanto que ni siquiera pude levantar la cabeza del papel que tenía en las manos. Su presencia en la habitación era arrolladora. Podía sentirla, tal cual como la había sentido durante tantos años. El cuerpo se me entumeció a tal punto que mis manos temblaron.
—Mírame, Matilde.
Su tono autoritario me recordó la antigua vida que había tenido a su lado. Cuando levanté la cabeza, despacio, entonces lo vi. Ahí, tal cual como lo recordaba. Los años que habían pasado lo habían golpeado: se veía más maduro, más fuerte. El gimnasio se notaba demasiado, al igual que la fría mirada que me dedicó.
—Adrián —le dije, conmocionada.
Mi voz fue apenas un susurro. El hombre ni siquiera tomó asiento. Se quedó en medio de la oficina, contemplándome. Parecía hastiado de la situación. También yo.
—Llevas semanas ignorando a mis abogados —dijo, señalándome con el dedo—. Pero de esta no podrás librarte. Me la debes.
Me puse de pie. Tenía toda la intención de salir corriendo de ese mismo lugar. Era él. Lo tenía ahí frente a mí, después de tantos años. Y lo que más me aterró era que seguía teniendo esa extraña aura de imponencia a la que yo siempre terminaba sometiéndome.
—Siéntate —me dijo con autoridad.
Y yo le obedecí, más bien por el terror del momento.
—¿Recuerdas el contrato que firmaste a los veinte?
—¿De qué hablas, Adrián?
—Estoy aquí para hacerlo cumplir. Me prometiste un bebé en ese contrato. Quiero a mi hijo. Y lo quiero contigo.
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