
Vuelve conmigo ex-esposa
Josephine Medina Torres · Completado · 155.1k Palabras
Introducción
Seis años más tarde, el caprichoso destino volverá a intervenir para que se encuentren de nuevo en un restaurante, donde Dorothea luchará contra la intensa conexión que aún existe entre ellos debido al sufrimiento que Alexander le causó. Lo que Dorothea no sospecha es que desde su partida Alexander no ha vuelto a ser igual pues no ha encontrado a nadie que le conmueva el corazón como lo hacía ella. En su reencuentro, lo único que tendrán son peleas, discusiones y amenazas. Sin embargo, cuando Alexander descubra que Dorothea no solo le robo el corazón, si no la oportunidad de estar con sus hijos...muchas cosas podrán pasar.
Capítulo 1
Como una prostituta a la cual visitaba cuando tenía necesidades carnales cada vez, así me sentía actualmente junto a mi esposo.
Hoy era el día en que llegaría para pasar un breve fin de semana conmigo, para luego marcharse y dejarme sola una vez más, sin mirar atrás. Ya se había hecho tan repetitivo que, para mí, era el pan de cada mes. Para muchas personas, el día de su boda representa uno de los momentos más especiales de su vida.
¿Y para mí?
Así fue.
Tantas sonrisas, tanto amor, nuestras miradas dejaban entrever que nuestro matrimonio, a pesar de que fue por contrato para beneficiar a nuestras familias, estaba repleto de amor.
Un amor de papel…
Un amor de beneficios…
Un amor donde él y yo éramos meros objetos para aumentar el dinero de nuestras familias… aunque yo llegué a sentir un profundo amor por él.
Alexander Lennox era propietario de una prestigiosa cadena de restaurantes a nivel global, mientras que mi familia era dueña de una cadena hotelera lujosa y elegante que se expandía cada vez más. Un hotel de cinco estrellas teniendo en cada sucursal uno de los pocos restaurantes de cinco estrellas en todos los países donde estaba… nada podría salir mal.
Nada…
Absolutamente nada…
Fue en una noche, varios meses después de nuestra boda, cuando tuve un fuerte enfrentamiento con la expareja de Alexander, Cassidy. No me importaba que fuera en una de las fiestas más televisadas en Inglaterra… eso no me importó. Las palabras hirientes y llenas de insinuaciones me llevaron a reaccionar de manera agresiva al cachetearla tan fuerte que incluso yo sentí dolor al golpearla. Una gala que estaba siendo televisada. Todos los días atacaban mi reputación, se burlaban de cómo la esposa del gran Alexander podía ser tan vulgar.
¿Qué hizo Alexander?
Lo único que hizo fue enviarme a Northumberland. Un campo tan tranquilo y alejado de las ciudades de Inglaterra que lo único que se podía ver eran las vacas como mero hecho de entretenimiento.
—Señora Lennox, el señor Lennox viene en un par de horas. Él pidió que durante este fin de semana se hicieran sus platos favoritos, ya que está cerca de su cumpleaños. ¿Qué desea agregar?
—Haz lo que quieras, Theodore, a mí no me importa.
Sentada desde la ventana de mi habitación, podía observar la lejanía. El verde del césped contrastaba con los castillos en ruinas, evidenciando el transcurso de los años. Acariciaba levemente mi mano, pues ese día acabaría todo. Durante dos años, Alexander solo venía un fin de semana por mes.
Un fin de semana para recompensar todo el mes que se la pasaba trabajando, o esa era la excusa que me daba. Las expresiones de cariño que solía decir fueron desvaneciéndose gradualmente, y a pesar de mantener esa conexión especial, me causaban dolor. Detestaba que mi corazón continuara amándolo a pesar de soportar el dolor en secreto. Ni siquiera se dignaba a llamarme cuando no estaba, algo que hubiera aliviado mi pesar. Para Alexander, un fin de semana era suficiente.
Desterrada…
Siempre manteniéndome apartada de la sociedad en Inglaterra, pero en esa ocasión no estaba dispuesta a seguir haciéndolo.
Me levantaba con elegancia, dirigiéndome al baño, donde me preparaba. Sabía que a Alexander le tomaba alrededor de tres horas llegar, las cuales utilicé para preparar mi maleta, guardar mi pasaporte y esconderlo en una de las tantas habitaciones que no se utilizaban para nada.
Alexander me había dejado viviendo en una mansión de unas quince habitaciones… donde solo estábamos yo, la sirvienta y mi mayordomo. Nadie… más nadie… nunca se dignó a contratar más personal. Con ellos apenas hablaba, así que la mayor parte del tiempo me la dediqué a aprender oficios como el dibujo, la música e incluso a tejer.
Era eso o morir de aburrimiento. Me dirigía a la habitación donde estaban mis instrumentos, donde comenzaba a tocar el violín. La música se había convertido en mi refugio para no enloquecer en esa casa tan vacía como mi corazón. La puerta se abrió con un leve chirrido y allí estaba él, Alexander, con su porte altivo y esa mirada de hielo que siempre solía llevar.
—Dory —dijo con una voz que sonaba a pretensión de preocupación—, te estaba buscando.
Continuaba tocando, mirando por la ventana, dejando escapar un suspiro sarcástico.
—¿Ah, sí? ¿Ahora sí te interesa saber de mí? —respondí, levantando una ceja— A pesar de que me tienes desterrada en este lugar.
Su mirada se tornó fría, casi cruel, y sentí un escalofrío recorriendo mi espalda, pero lo ignoré completamente.
—Deja de ponerte sensible —respondió con su tono totalmente vil—. Solo intento ser amable.
Una risa sardónica escapó de mis labios.
—No me interesa tu amabilidad —continuaba tocando la canción River in the Flow—. No quiero que estés conmigo por lástima.
Su respuesta fue inmediata y venenosa. Dardos que parecían clavarse en mi cuerpo.
—Jamás estaría por lástima con una mujer —declaró con arrogancia, como si mi existencia le pareciera irrelevante.
Me reí, sintiendo que había golpeado una fibra sensible.
—Seguro que me estás ocultando para estar con Cassidy —le lancé, disfrutando de la chispa de desafío en mis ojos—. Si tanto quieres disfrutar con ella, no tienes la necesidad de mantenerme encerrada. Dime, Alexander, ¿acaso ella lo hace tan mal que todos los meses vienes a buscarme aún?
—¡Cállate! —gritó, su calma quebrándose—. No te atrevas a decir esa tontería. Solo me causas dolor de cabeza con tus afirmaciones ridículas.
Me atreví a sonreírle, sabiendo que había golpeado donde más le duele.
—No te preocupes, Alex —de mi voz salió un tono burlón—. Prometo que no volverás a escucharme diciendo más tonterías desde hoy en adelante.
Lo observé en silencio sin dejar de tocar, sintiendo que, a pesar de su frialdad, había algo en su mirada que decía más de lo que simplemente deseaba mostrar. Pero no me importaba. Era un juego que sabía jugar y el desafío. Antes, cuando estábamos recién casados, sus miradas me excitaban, me debilitaban; ahora simplemente me causaban repugnancia. Notaba que se acariciaba su cabello, ligeramente frustrado, como si se estuviera reprendiendo mentalmente. Lo vi inhalar lentamente y, al exhalar, me miró a los ojos.
—Escúchame, Dory. Entre Cassidy y yo no pasa nada, ¿entiendes? Solo pasan cosas.
—¿Cosas? —alzaba levemente una ceja— ¿Cosas como qué?
—Mira, no te enojes, ¿de acuerdo? Pero he tenido que estar trabajando con Cassidy durante los últimos meses… sabes que su empresa es la mejor para renovar restaurantes y necesito su toque.
—Es decir… —mi voz se tornaba visceral, llena de veneno. El dolor era lo único que invadía mi corazón y la rabia peleaban por salir— que mientras tu esposa está aquí, desterrada, tú andas brincando de un lado a otro con Cassidy… la mujer por la que me han señalado por más de un año. Y quieres hacerme pensar que no pasa nada entre ustedes —dejaba escapar una risa llena de ironía, dejando de tocar para acariciar mi cabello con frustración—. ¡¿Estás escuchando la tontería que estás diciendo?!
—Dory, no es lo que piensas.
—¿No lo es? Entonces, ¿no es cierto que estoy aquí, tirada a un lado, y me visitas cuando se te da la gana? Dime, Alexander, ¿entonces no soy como un perrito que visitas de vez en cuando para asegurarte de que estoy viva? ¡Ya me cansé!
—Dory, solo necesito un poco de tiempo.
—¿Un poco más? ¡Ya ha pasado más de un año! Dos malditos años encerrada, donde ni siquiera para nuestro aniversario te dignas a sacarme.
—¿Recuerdas lo que pasó cuando lo hicimos? Te siguieron, Dorothea, tu rostro salió en las noticias… Cada vez que sales es un tremendo caos. No puedes salir mientras sigas siendo mi esposa. Te mantendré aquí hasta que me asegure de que no causarás más revuelo.
—¿Y qué piensas hacer, Alexander? ¿Encerrarme aquí hasta que me muera?
Entre nosotros se produjo un intenso silencio. Apartaba la vista hacia un rincón, dejando escapar un profundo suspiro en un intento por tranquilizarme. Esto… no iría para ningún sitio. Solo tenía que hacerlo, ya lo había planeado.
Pasaba por su lado, sintiendo su fuerte agarre en mi brazo. Nuestras miradas se mantenían de manera intensa, y aunque sentía debilidad por él, me forcé a jalar mi brazo para que me soltara. Alexander siempre fue mi debilidad.
Fue mi primer amor…
Mi primer hombre…
Mi primer te quiero…
Y mi primer ensueño…
Apenas había cumplido veinte cuando nos casamos, y a pesar de que él era cuatro años mayor que yo, no le importó casarse, a pesar de ser uno de los hombres más codiciados en Inglaterra.
—Mejor, pasemos a tener nuestro día normal. Imagino que tienes muchas cosas que hacer.
Esa tarde, a pesar de que intentaba llenarme de elogios, todos los ignoré, solo diciendo “gracias”, o simplemente no diciendo nada. La noche era el plato fuerte que sabía sería difícil de digerir. Aunque no lo deseaba, podía ver las estrellas brillantes a través de la ventana.
La luz suave de la lámpara de la mesa resaltaba los rasgos de su rostro, realzando su atractivo natural. A pesar de mi resistencia interna, mi corazón se veía atraído hacia esa conexión.
Tan solo sería por una última noche…
En la noche en que le diría adiós, y luego, de forma fugaz, me marcharía.
Alexander se acercó lentamente, y con una delicadeza casi reverente, tomó mi rostro entre sus manos, sus pulgares acariciándome suavemente las mejillas. Cerré los ojos, dejando que la calidez de su toque me envolviera.
Sus labios se encontraron con los míos. Fue suave y tentativo, como una promesa. Fue un roce ligero, un susurro de lo que estaba por venir. Poco a poco, el beso se profundizó, nuestras bocas moviéndose al unísono, como si cada uno supiera la melodía del otro.
Sus manos exploraron mi espalda, deslizándose con ternura, mientras mis dedos se enredaban en su cabello, dejando escapar un leve gemido. Los besos se tornaron más fervientes, pero nunca demasiado apresurados; siempre había ese toque sutil, como si ambos quisieran saborear cada instante y cada caricia. Nuestros besos fueron suaves mientras nuestros cuerpos se relajaban y la ira comenzaba a fluir como un río sereno. Una caricia, una lamida, un jadeo, un gruñido, hasta que por fin… ambos caímos en el clímax. Recostados en la cama, sentía su cálido abrazo, y cuando percibí su respiración calmada en mi espalda, me levanté.
Aquello… fue solo un susurro del amor que llegamos a sentir, pero no más. Lo amaba, y lo odiaba. Le entregué todo, pero no haría más. Con rapidez me cambiaba, tomaba su llave y, desde mi teléfono, usando su tarjeta, compré mi vuelo a Nueva York. Con dificultad bajaba mi maleta, no sin antes firmar el contrato de divorcio en la mesa.
En él no pedía nada, no exigía nada, y junto a él, una carta llena de mentiras camufladas con verdades. En esa carta le profetizaba mi odio intenso a Alexander, que simplemente fue mi títere para hacer crecer mi negocio familiar y que jamás lo amaría… jamás…
Tres meses bastaron para recibir en mi correo la confirmación del divorcio, donde Alexander había firmado. El mensaje había sido enviado a través de su abogado. Él nunca intentó contactarme después de mi partida. Respiraba de manera agitada, intentando no llorar, notando cómo la enfermera me pasaba un papel con el resultado.
Nueve pruebas…
Nueve pruebas positivas…
Me había llenado la cabeza de que todas eran falsos positivos, porque Alexander era estéril, eso fue lo que me dijo.
Al abrir el papel, mis ojos se llenaban de temor al confirmar que estaba embarazada… embarazada de Alexander, mi exesposo.
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