Seducida por el Diablo
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—No tienes una mínima idea de lo que me haces sentir, Amaya... —gruñó Dante, empujándome contra su escritorio.
—¿A qué estás esperando, entonces? —susurré, inclinándome hacia él—. Enséñamelo.
Su erección, dura y caliente, se presionaba contra mi vientre. Se me escapó un gemido al sentir cómo me tomó por las caderas con rudeza y me sentó en la mesa. De un manotazo, lanzó al suelo todos los docume...
—¿A qué estás esperando, entonces? —susurré, inclinándome hacia él—. Enséñamelo.
Su erección, dura y caliente, se presionaba contra mi vientre. Se me escapó un gemido al sentir cómo me tomó por las caderas con rudeza y me sentó en la mesa. De un manotazo, lanzó al suelo todos los docume...




















