
Bajo el Juramento de la Sangre
Josemi N · Completado · 82.8k Palabras
Introducción
Obligado a convertirse en el médico personal de la organización para salvar su propio pellejo, Asher entra a una jaula de oro donde el peligro acecha en cada esquina. Entre el choque de sus realidades y peleas constantes, nace entre ellos una atracción inevitable y prohibida. Pero en un mundo donde la lealtad se paga con sangre, un secreto cambiará las reglas del juego: un embarazo doble pondrá a Asher en la posición más peligrosa de su vida, teniendo que traer al mundo a sus propios hijos en la clandestinidad para protegerlos de las garras de la mismísima familia Alvarado.
Una novela de amor, balas y redención en el corazón de la Caracas que no perdona.
Capítulo 1
El sol de la tarde en Caracas no perdonaba, caía pesado y espeso sobre el asfalto, haciendo que el vapor subiera de las calles como si la ciudad entera fuera una olla de presión a punto de estallar. Dentro de la camioneta blindada, el aire acondicionado soplaba al máximo, pero a Alma Alvarado no le quitaba el calor que sentía por dentro, un calor que era puro nervio y rabia. Se miró en el espejo retrovisor con un fastidio evidente. Se acomodó un mechón de su cabello negro, perfectamente lacio, y se delineó los labios con un labial rojo tan intenso que parecía sangre fresca.
Para cualquiera que la mirara desde afuera, Alma era la viva imagen de la prepotencia y el poder. Tenía apenas veinticinco años, pero caminaba como si fuera la dueña de cada centímetro de tierra que pisaba. Era la consentida, pero también la mujer de hierro de la familia Alvarado, el clan mafioso que controlaba gran parte del movimiento de la ciudad. La gente en la calle le bajaba la mirada; sabían que una mala contestación a Alma podía significar desaparecer antes del amanecer. Ella disfrutaba ese temor, o al menos eso se decía a sí misma todas las mañanas para poder levantarse de la cama.
—Epa, chamo, ¿será que le puedes chancar al acelerador? No tengo todo el día para estar metida en este tráfico de quinta —le espetó al chofer, dándole un golpe seco al respaldo del asiento delantero.
—Disculpe, señorita Alma, es que la autopista está trancada por una protesta y estoy buscando un desvío —respondió el conductor, un muchacho joven que apenas llevaba un mes trabajando para la familia y cuyo sudor frío ya empapaba el cuello de la camisa.
—A mí no me importan tus excusas. Resuelve. Si tengo que perder mi tiempo por tu incompetencia, te aseguro que mañana estarás buscando trabajo en el terminal de Oriente —dijo ella, cruzándose de brazos y mirando por la ventana con desprecio.
Esa era la máscara. La fachada que el negocio familiar le exigía. Pero detrás de esos ojos oscuros y esa boca altanera, el corazón de Alma latía a un ritmo frenético. Estaba cansada. Se sentía asfixiada por las paredes de oro de la mansión en el este de la ciudad, harta de saber que cada par de zapatos caros que se compraba estaba manchado con el sufrimiento de otros. A veces, en el silencio de su cuarto, cuando se quitaba los tacones y las joyas, se miraba al espejo y se sentía la mujer más miserable del mundo. Quería salir de ese fango, quería una vida normal, pero en su familia la única forma de salir del negocio era en una urna de madera.
De repente, el silencio del vehículo fue interrumpido por el estridente repique de su teléfono celular. Al ver la pantalla, una punzada de angustia le atravesó el estómago: era su hermano menor, Carlos.
—¿Qué quieres, Carlos? Te dije que estaba ocupada —respondió al atender, manteniendo la voz firme y fastidiada.
—¡Alma! ¡Coño, Alma, nos jodieron! —La voz de Carlos no era la de un hombre de la mafia; era la de un niño aterrorizado. Al fondo, a través de la línea, se escuchaba un caos ensordecedor: detonaciones de armas de alto calibre, ráfagas de metralleta, gritos desgarradores y el rugido de motores derrapando—. ¡Nos emboscaron saliendo del Hatillo! ¡Al chivo mayor le dieron! ¡A Héctor le metieron tres tiros en el pecho, se nos está desangrando, coño!
A Alma se le fue el color del rostro. El carmín de sus labios pareció el único rastro de vida en una cara que se volvió de porcelana blanca. Héctor. Su hermano mayor. El hombre que se había amarrado los pantalones para mandar en la organización desde que sus padres fueron acribillados en una guerra de bandas hacía cinco años. Héctor era su protector, el único que, a su manera tosca, la cuidaba de los peores monstruos del negocio.
—¡¿Cómo que le dieron?! ¡¿Dónde coño estaban los escoltas?! —gritó Alma, perdiendo por completo la compostura y pegando la frente al vidrio de la camioneta—. ¡Llévenlo a la clínica privada ya! ¡Llamen al director, que preparen el quirófano!
—¡No se puede, Alma! ¡Piensa, coño! —Carlos sollozaba del otro lado—. La policía tiene tomadas las vías principales y los búnkers de la clínica están repletos de pacos. Si pisamos el este, nos agarran los policías o nos rematan los mismos bichos que nos emboscaron. Nos están cazando, Alma. Tuvimos que desviarnos. Estamos subiendo para el barrio, metidos en los callejones del cerro. Héctor no va a llegar a la autopista, se está quedando frío en el asiento de atrás.
El mundo se le vino abajo a Alma. La arrogancia se desmoronó por un milisegundo, dejando ver a la joven asustada que temía quedarse completamente sola en el mundo. Pero el pánico duró poco; la frialdad de los Alvarado se le instaló de nuevo en la mirada. Tenía que resolver. No podía permitirse llorar.
—Escúchame bien, Carlos —dijo, tragándose el nudo de la garganta y hablando con una autoridad que ponía los pelos de punta—. Búsquense un matasanos, un médico de esos de dispensario, lo que sea que encuentren en ese cerro, pero me lo mantienen vivo. Págale lo que sea, amárralo a la camilla, apúntale a la cabeza, pero que Héctor no se muera. Voy saliendo para allá. ¡Ay de aquel que deje morir a mi hermano!
Colgó el teléfono y miró al chofer, que la observaba por el retrovisor con los ojos como platos, habiendo escuchado parte de la conversación.
—¿Qué me estás mirando? Da la vuelta ya. Sube por Petare, nos metemos por la principal del barrio. Y si un policía se atraviesa, le pasas por encima. Muévete.
La camioneta blindada dio un giro violento en medio de la avenida, subiéndose a la acera y esquivando a los motorizados que tocaban corneta con furia. Alma se aferró a la manilla de la puerta mientras el vehículo comenzaba a subir por las empinadas y laberínticas calles del cerro. Las casas de ladrillo sin frisar empezaron a amontonarse a los lados, los callejones estrechos mostraban la realidad de una Caracas que ella solo veía desde lejos.
Mientras subían, Alma sentía que se adentraba en la boca del lobo. Sabía que en esas zonas la vida valía menos que una bala, pero no le importaba. Si tenía que quemar la ciudad entera para salvar a su hermano, lo haría sin pestañear. Se acomodó la chaqueta, respiró hondo y volvió a ponerse su máscara de reina implacable. La función estaba por comenzar, y ella no iba a permitir que nadie la viera flaquear.
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Última actualización: 6/30/2026
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