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Comprada por el diablo

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Sussy · En curso · 36.1k Palabras

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Introducción

Clara Parker creció creyendo que era la hija amada de su familia… hasta que una llegada inesperada lo cambió todo. Mentiras, traiciones y un silencio cómplice la convirtieron en una extraña dentro de su propia casa. Durante años soportó lo indecible, aferrada a la única amistad que no la abandonó y a una esperanza cada vez más frágil.

A los veinte años, un último engaño la arranca de todo lo que conoce y la empuja a un destino que nadie, ni siquiera ella, pudo prever: ser vendida como si no fuera más que un objeto.

Quien la compra no es un extraño. Es Ethan Ashford, el hombre más poderoso y peligroso de Nueva York, el mismo al que ella salvó la vida cuando ambos eran solo niños. Obsesivo, letal y decidido a no volver a perderla, Ethan no solo la arranca de las manos de quienes la destruyeron. Está dispuesto a quemar el mundo entero para hacerles pagar.

Una historia de trauma, obsesión y redención, donde el amor más oscuro puede convertirse en la única luz capaz de salvarla… o de consumirlos a ambos.

Capítulo 1

Clara

Yo era la hija amada.

Eso era lo que me repetía cada noche antes de dormir, cuando el olor a lavanda de las sábanas limpias me envolvía y el viento golpeaba suavemente los ventanales de mi habitación en el segundo piso. Tenía ocho años y el mundo todavía cabía entero dentro de los muros de la mansión Parker. Mi padre, Roberto, me llamaba “mi princesa de ojos grises” y me subía a sus hombros para que pudiera tocar las hojas más altas del roble del jardín. Mi madre, Lucia, me reconocía desde el otro extremo del pasillo solo con escucharme y sonreía con esa sonrisa suave que hacía que el pecho se me llenara de algo caliente y seguro. Matteo, mi hermano mayor, me enseñaba a trepar árboles y a defender los secretos de los escondites del invernadero. E Ivan… Ivan Clark era mi mejor amigo desde que teníamos memoria. Vivía en la casa de al lado y cada tarde cruzaba el seto para traerme margaritas que él mismo cortaba. Me prometía que algún día nos casaríamos y viviríamos en una casa con un jardín lleno de ellas.

Era feliz.

O al menos eso creía.

La mañana en que Cristina llegó el cielo estaba nublado, como si el universo ya supiera que algo iba a romperse. Yo estaba sentada en el alféizar de la ventana del salón principal, con las piernas balanceándose y un libro de cuentos abierto sobre las rodillas, cuando escuché el motor de un auto detenerse en la entrada. Subí la vista. Vi a mi padre bajar del vehículo con una maleta pequeña en la mano y, detrás de él, una niña delgada de siete años, cabello castaño recogido en una coleta imperfecta y ojos grandes que parecían asustados. Mi madre salió al porche con los brazos abiertos. Cuando la niña se acercó, Lucia la rodeó con una fuerza que nunca había usado conmigo.

—Cristina… —susurró mi madre, y su voz tembló—. Al fin estás en casa.

Yo bajé del alféizar y me acerqué despacio, el libro todavía en las manos. La niña levantó la mirada hacia mí. Por un segundo creí ver algo frío detrás de esos ojos grandes, pero desapareció tan rápido que pensé haberlo imaginado. Sonreí y le tendí la mano.

—Hola. Yo soy Clara. Podemos ser amigas.

Ella no me tomó la mano. Se escondió detrás de la falda de mi madre y bajó la cabeza, como si yo fuera un monstruo. Lucia acarició su cabello con ternura y me lanzó una mirada de advertencia.

—No la asustes, Clara. Ha pasado por mucho. Su mamá… mi mejor amiga… ya no está.

Asentí, aunque no entendía del todo. Guardé la mano y retrocedí un paso. Matteo apareció por las escaleras, se detuvo al ver a la recién llegada y levantó una ceja. Ivan llegó minutos después, con las manos manchadas de tierra y una margarita entre los dedos. Me la ofreció como siempre, pero sus ojos se desviaron hacia Cristina.

—Se ve frágil —murmuró.

Esa noche cenamos todos juntos. Cristina apenas habló. Solo comía cuando mi madre le acercaba el tenedor a la boca y respondía con monosilabos suaves que hacían que Lucia sonriera con una devoción que yo no recordaba haber visto dirigida a mí en meses. Mi padre le pasó el pan y le dijo “pequeña” con la misma voz que antes solo usaba para mí. Matteo le preguntó si sabía trepar árboles y ella negó con la cabeza, asustada. Ivan le ofreció la margarita que me había traído a mí. Yo la miré desde el otro extremo de la mesa y sonreí otra vez, intentando que no se notara el nudo raro que empezaba a formárseme en la garganta.

Cuando todos se fueron a dormir, bajé a la cocina por un vaso de agua. La luz de la nevera estaba encendida. Cristina estaba sentada en la mesa de mármol, comiendo galletas de chocolate directamente del paquete. Al escucharme, levantó la vista. Ya no había miedo en su rostro. Solo una sonrisa pequeña, casi secreta.

—No eres tan especial —susurró, masticando—. Solo eres la que estaba antes. Yo soy la que se quedará.

Me quedé paralizada con el vaso en la mano. Quise decir algo, cualquier cosa, pero las palabras no salieron. Ella terminó la galleta, se limpió las migas de la boca con el dorso de la mano y subió las escaleras sin mirarme otra vez. Yo me quedé sola en la cocina oscura, con el vaso temblando entre los dedos y esa frase repitiéndose una y otra vez dentro de mi cabeza.

Al día siguiente empezó.

Cristina rompió el jarrón de porcelana azul que mi madre había heredado de su abuela. Yo estaba en el salón leyendo cuando escuché el ruido. Corrí. La encontré de pie junto a los pedazos, con los ojos llenos de lágrimas perfectas. Cuando mi padre y Matteo aparecieron, ella señaló hacia mí con el dedo tembloroso.

—Clara… Clara lo empujó. Me dijo que era feo.

Negué con la cabeza, el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho.

—No fui yo. Estaba leyendo. Lo juro.

Mi padre me miró con una expresión que nunca le había visto. Fría. Decepcionada.

—Clara. Ve a tu habitación.

—Pero papá—

—¡Ahora!

Subí las escaleras con los ojos ardiendo. Desde el pasillo escuché a mi madre consolar a Cristina, decirle que todo estaría bien, que nadie la lastimaría nunca más. Escuché a Matteo murmurar que yo siempre había sido “demasiado impulsiva”. Y escuché a Ivan, que había llegado en ese momento, preguntar en voz baja si yo realmente había hecho algo así.

Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo, repitiéndome que había sido un malentendido, que al día siguiente todo se aclararía. Pero al día siguiente fue peor.

Cristina dijo que yo la había empujado en las escaleras. Que le había tirado del pelo. Que le había susurrado que no era bienvenida. Cada acusación venía acompañada de lágrimas y de un temblor en la voz tan convincente que nadie dudó. Yo intenté defenderme. Grité que mentía. Lloré. Rogué. Nadie me creyó.

El primer golpe llegó un jueves por la tarde.

Había intentado explicarle a mi padre, otra vez, que yo no había roto el espejo del baño. Cristina estaba detrás de él, con la cabeza gacha y los hombros encogidos. Roberto se giró hacia mí con la mandíbula apretada. Su mano se levantó tan rápido que no tuve tiempo de retroceder. El impacto me dio en la mejilla derecha. El dolor fue seco, blanco, tan intenso que me hizo tambalearme hacia atrás hasta chocar contra la pared. El sabor a sangre llenó mi boca cuando me mordí el labio interior.

—No vuelvas a tocar a tu hermana —dijo con una voz que ya no reconocía—. ¿Me oíste, Clara?

Asentí, las lágrimas resbalándome por la cara. Él se dio media vuelta y se llevó a Cristina del brazo, murmurándole palabras suaves. Yo me quedé apoyada contra la pared, con la mano sobre la mejilla ardiente, intentando entender cómo el hombre que me había cargado en hombros para tocar las hojas del roble podía ser el mismo que ahora me había golpeado.

Mi madre apareció en el umbral segundos después. Vi perfectamente cómo sus ojos se detenían en el moretón que ya empezaba a formarse en mi mejilla. Vi cómo su mirada se suavizaba… y luego se desviaba hacia Cristina, que sollozaba en el pecho de mi padre. Lucia no dijo nada. No preguntó. No me defendió. Solo suspiró, como si el verdadero problema fuera yo, y se acercó a acariciar el cabello de Cristina.

Esa noche me miré en el espejo del baño. El moretón ya estaba formándose, morado y feo bajo la luz fría. Me toqué la piel con la yema de los dedos y sentí el ardor. Por primera vez me pregunté si el amor de mi familia había sido real… o solo un préstamo que alguien había decidido revocar.

Bajé al jardín a escondidas. Me senté detrás del invernadero, donde la hierba siempre estaba húmeda, y lloré en silencio. Ivan me encontró allí. Se sentó a mi lado sin decir nada durante un rato. Luego, con voz baja, murmuró:

—No creo que lo hayas hecho a propósito.

Pero ya no sonaba seguro. Ya no me miraba a los ojos como antes. Se quedó un rato más y luego se levantó, murmurando que tenía que volver a casa. Yo lo vi alejarse entre las sombras y sentí que algo se rompía un poco más dentro de mí.

Solo Lia no dudó.

Apareció al día siguiente, trepando el seto como siempre hacía. Se sentó a mi lado en el césped y me tomó la mano sin preguntar nada. Su voz fue firme, casi enfadada.

—Yo te creo. Siempre te voy a creer. No me importa lo que digan.

Apreté sus dedos con fuerza, como si fueran el único ancla que me quedaba en un mar que de pronto se había vuelto demasiado grande y demasiado oscuro. Lia se quedó conmigo hasta que el sol empezó a bajar. No hablamos mucho. No hacía falta. Su presencia era suficiente para recordarme que todavía existía alguien que veía la verdad.

Cuando regresé a la casa, el olor a lavanda ya no olía a seguridad. Olia a mentira. A algo que se estaba pudriendo debajo de las sonrisas falsas y las caricias que ya no eran para mí. Cristina estaba en el salón, sentada en el regazo de mi madre, mientras mi padre le leía un cuento con la misma voz suave que antes usaba solo conmigo. Matteo pasaba a su lado y le revolvía el cabello. Ivan le había traído una nueva margarita.

Yo subí las escaleras en silencio, entré en mi habitación y cerré la puerta con llave. Me senté en la cama, con las rodillas contra el pecho, y miré la oscuridad que empezaba a llenar la habitación. La frase de Cristina de la noche anterior resonaba una y otra vez:

Solo eres la que estaba antes. Yo soy la que se quedará.

Por primera vez en mi vida, tuve miedo de que tuviera razón.

Y ese miedo, frío y pesado, se instaló en mi pecho como una piedra que nadie iba a quitar nunca.

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