
De Monja A Mafiosa
Angélica De León · En curso · 181.1k Palabras
Introducción
Antes de irse del monasterio, recibió información sobre su familia biológica y decidió ir a conocerla.
¿Será que Inocencia logra encajar en su nueva familia?
Capítulo 1
¿Soy la única en este mundo que creyó que su vida jamás se desplomaría? Si estás en el lugar incorrecto, en el momento incorrecto y con la persona incorrecta, ten por seguro que sucederá lo más pronto posible.
Ayer me sucedió, cuatro días después de haber sido consagrada oficialmente como monja. Ahora estoy frente al portón principal del monasterio, junto a la mujer que me crió y me enseñó todo lo que soy. Me mira con decepción mientras dejo en sus manos mis hábitos perfectamente doblados..., y así, pierdo lo único que tenía en esta vida.
Mejor retrocedamos hace un día, antes de que mi vida se fuera por un tubo.
Es una fría noche de invierno en Londres, hace tres días que la nieve comenzó a caer y aún no se detiene. Desde la ventana de mi habitación, puedo ver cómo las luces navideñas embellecen los techos de los conventos y capillas que conforman el monasterio. Algunas monjas, con pala en mano, abren camino sobre la gruesa capa de nieve que cubre las calles aledañas a los edificios más concurridos. Este es un lugar acogedor, siempre ha sido mi hogar. Crecí bajo el cuidado de mujeres grandiosas, ejemplares y dignas de admirar, que dedican su vida a servir a Dios.
Como todas las noches, tomo la toalla colgada sobre la cortina del baño y la guardo en una cesta de mimbre. Me visto con una túnica gruesa que llega hasta mis pies, enrollo una suave bufanda de lana en mi cuello y me pongo unas cómodas y viejas botas. Es la vestimenta habitual que uso para salir en los días de invierno.
Salgo del convento, donde me hospedo actualmente, y me dirijo con cautela hacia mi antigua residencia: un viejo convento que cuenta con un cálido y hermoso manantial termal, perfecto para calentarse en una noche tan fría. Es una lástima que esté prohibido el acceso; según las demás monjas, el lugar está en mantenimiento, creo que lo van a remodelar. Debo confesar que la primera vez que me escapé estaba aterrada, temía ser descubierta. Aun así, me atreví, porque resulta que ese es mi lugar favorito. Me había acostumbrado a bañarme allí todas las noches.
Y allá voy. Con la mirada hago un barrido panorámico a mi alrededor para asegurarme de que nadie me vea. Cada paso que doy sobre la nieve es un riesgo de ser descubierta, no solo por las huellas que voy dejando, sino también por el ruido que hago al caminar.
Tengo a algunas monjas muy cerca; incluso puedo escuchar parte de su conversación.
—¡Dime que lo viste!
—¡Sí, su cara es muy linda!
—Oh, sí —le escucho reír—. ¡Y su cuerpo se ve tan fuerte!
—¿Y qué me dices de su paquete?
Puedo escuchar sus carcajadas.
—No se sonroje, Sor Rupia.
Creo que están hablando de las nuevas biblias que vienen llegando, deben ser bien resistentes y de linda portada, y por lo que entiendo, viene envuelta en un llamativo paquete. Lo que no entiendo es el por qué tendría que sonrojarse Sor Rupia, ¿será que está muy emocionada? Bueno, no importa. Yo debo apurar mis pasos, porque este frío es insoportable.
Cuando por fin llego al viejo convento, me aseguro de que la puerta principal esté bien cerrada. ¿Por qué? Si estuviera abierta, significaría que hay alguien adentro, y nadie puede verme por aquí. Una vez que veo que la entrada principal está segura, abro la única ventana que no tiene pestillo e intento trepar por ella, aunque me cuesta un poco. Es que con este hábito de monja es un lío, y para ser sincera, cuando una llega a los treinta ya no está para muchos trotes.
Caigo de pie sobre el polvoriento suelo del convento e inmediatamente siento un olor a cemento. Todo el lugar está muy oscuro, pero no es un problema para mí; recuerdo cada pasillo y cada habitación de este lugar. Llegué a este convento en mi primera semana de vida. Me dejaron frente al gran portón del monasterio entre sábanas húmedas; supongo que mi madre biológica no me quería en su vida. No tengo información de ella ni de mi padre. Las monjas del monasterio me acogieron y me dieron un nombre: Inocencia Trevejes. Me enseñaron el camino que da a la salvación eterna y, con mucha dedicación y esfuerzo, obtuve mis votos y mi hábito de monja.
Sin complicaciones, logro entrar a la habitación del manantial termal. Un sutil vapor inunda por completo el lugar, la luz de la luna atraviesa el cristalino techado y le hace compañía a una decoración que produce cierto grado de relajación: rocas que rodean el profundo manantial, enredaderas y arbustos con retoños de claveles y jazmín.
No hay tiempo que perder, empiezo quitándome la pesada túnica, luego las botas, el velo, el hábito y, por último, la ropa interior. Camino completamente desnuda hacia el manantial e introduzco mi pie derecho para probar la temperatura y, como siempre, está perfecto; así que entro por completo a las cálidas aguas y me acomodo sobre una roca que está en el fondo del agua. Ahora solo me queda disfrutar de esta sensación burbujeante, de ese olor a flores silvestres y de la tranquilidad absoluta.
Hasta que, de repente, diviso una figura oscura emergiendo en las profundidades del agua, justo frente a mí. Aquella imagen se alza ante mis ojos, evocando la impresión de una criatura sacada de las leyendas del lago Ness. Sin embargo, lejos de tratarse de una criatura mitológica, es un hombre que ronda los treinta años, cabello oscuro, ojos de un penetrante verde oliva y pestañas largas. Hay un detalle importante que merece ser mencionado: su torso está completamente al descubierto. La penumbra del agua y el vapor lo envuelve, por tal razón no puedo confirmar si su desnudez se extiende más allá de la cintura.
—Disculpa..., se supone que nadie debería estar aquí —murmura en un tono gélido, su rostro mostrando una seriedad inquebrantable
He tardado en reaccionar, pues en mi mente están procesándose un par de preguntas: ¿Qué hace este señor aquí, en mi lugar favorito? ¿Estará completamente desnudo?! ¡Es que yo lo estoy!
Él se acerca un poco más a mí, logrando que mi cuerpo empiece a temblar bajo el agua.
—Te he preguntado: ¿Qué haces aquí? —su voz fluye con la armoniosa suavidad de un tono varonil.
—Di-Di-Di… —tartamudeo. En mi cabeza todo empieza a hacer corto circuito.
—¿Me pides que diga algo? —cuestiona con una mezcla de confusión y molestia.
—Di-Di-Dios te salve, María, llena eres de gracia; el señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres... —lo recito de forma agitada y en tono bajo.
Le veo soltar un suspiro para luego relajar su cuerpo, se sienta sobre una de las rocas que está hundida en el agua, justo a un lado mío, como si pretendiera quedarse aquí a pasar el rato conmigo.
—Ya, tranquila… No es momento de ponerse a rezar... Charlemos, empieza diciéndome qué haces aquí —dice mientras recuesta su espalda sobre las rocas que están a la orilla del estanque, mostrándose más relajado, despreocupado.
«¡Oh, Jesucristo! Si alguien llega a verme junto a este señor estaré acabada».
Aunque, tengo otra incertidumbre, una que me tiene aún más nerviosa…, y él parece notarlo.
—Eh... Veo que estás intentando ver a través del agua, ¿algo que quieras apreciar? —dice en un tono que roza a la coquetería.
—¡No! —mi palabra sale disparada como una bala de cañón—… D-Distancia…
Se me queda mirando en silencio y en espera que yo diga algo más; sin embargo, no puedo, es que estoy en medio de una crisis nerviosa, ¡estoy paralizada del miedo!
Aquel hombre baja su mirada hasta donde el agua contrasta con mis pechos, los cuales pueden contemplarse translucidos debido a la oscuridad y el vapor que emana de las cálidas aguas.
Creo que se ha percatado de lo sonrojada que estoy. En un instante, su rostro se ilumina con una súbita sonrisa pícara que me hace sentir el corazón en la garganta.
—Usted debe ser una de las monjas del monasterio, ¿verdad?
—A-Así es —respondo en un tono trémulo—, ¿y usted?
—Soy el ingeniero a cargo de la remodelación de este convento. Tuve que venir a recoger unas herramientas que mis trabajadores olvidaron, y me sorprendió lo increíble que luce este lugar bajo —se sonríe maravillado —. Estaba probando mi resistencia bajo el agua, cuando percibí que alguien más había entrado al estanque.
Mi mirada vuelve a intensificarse en su silueta escondida bajo el agua.
—Quieres saber si estoy completamente desnudo, ¿verdad?
Asiento repetidas veces y a la mayor brevedad posible.
—Sí, lo estoy —responde sin una pisca de vergüenza —… ¿Y usted lo está?
Vuelvo a asentir de manera desesperada, aterrada. Y es que aquel hombre también intenta ver mi silueta bajo el agua.
—Déjeme decirle que, de lo poco que puedo ver, usted tiene un cuerpo muy hermoso, lástima que no lo pueda usar.
—¡No, jamás! —aclaro de forma contundente.
—Aparte, eres muy linda. ¿Cómo puedes desperdiciar tantas cualidades?
—¡No pienso seguir tolerando esto, es una falta de respeto! —respondo en un tono fuerte.
Y justo cuando dispongo a levantarme, mi pie resbala sobre una roca limosa que yace en la profundidad del estanque.
—¡Ey, cuidado!
Voy cayendo, mi cabeza va directo hacia las rocas de la orilla y, segundos antes de estrellarme, siento como la mano de aquel hombre me apaña y aprieta uno de mis senos; estoy consciente de que solo ha intentado sostenerme para salvarme de las rocas, pero… Se siente tan bien…
Por primera vez puedo decir que me han hecho gemir, nunca un hombre había tocado mi cuerpo, y ahora entiendo lo bien que se siente...
«¡No, no puedo pensar en estas cosas!».
Sin embargo, no puedo evitar estremecerme al sentir la suavidad y la frialdad de su mano, sus dedos largos... ¡Oh, Santo! Pareciera tener el poder de drenar mi energía y debilitar mi cuerpo, de suprimir la fuerza de mi voluntad. Inexplicablemente, mi espalda pega a sus humedecidos pectorales y él, con su otro brazo, decide rodear mi cintura. Vuelvo a gemir.
El ingeniero empieza a olfatear mi cuello. Percibo como su pecho baja y sube con respiraciones profundas.
En un intento de librarme de él, pongo mi mano sobre la suya para levantarla de mi abdomen, pero, debido a la tensión que estoy sintiendo, mi mano termina haciendo todo lo contrario: presiono la suya contra mi cuerpo, como si le permitiera seguir adelante, y él eso entiende. Continúa jugueteando, y lo hace con sus dedos sobre mi pezón, y esto me… me hace sentir un calor en la parte baja de mi vientre, mi cuerpo entero se vuelve a estremecer y aquel calor se extiende por todo mi cuerpo.
«Esto no debería estar pasando».
«¡No debería de estar en esta situación!».
Me abraza y, aun tras mi espalda, me arrastra de regreso al agua…, y yo me dejo llevar hacia el pecado mismo. Doy media vuelta y quedo frente a él, clavada en aquellos ojos que combinan a la perfección con la naturaleza que adorna el lugar. Me agarra de las manos y las posa sobre sus caderas, y ahí las dejo. Estoy paralizada del miedo. Sus manos sobre mis caderas y su aliento sobre mis mejillas, desciende por todo mi cuello, navega sobre mi clavícula y llega hasta la desembocadura de mis pechos; de repente, ambos nos sumergimos en el agua, yo me siento sobre una roca y él queda de rodillas frente a mí, su cabeza se hunde hasta la nariz y, con sus labios bajo el agua, atrapa mi pezón. Por un momento, me hace creer ver la puerta del paraíso.
En toda mi vida, fueron muy pocos los hombres que llegué a ver, la mayoría son amigos sacerdotes y algunos obispos..., y nunca tuve que ver con ellos, nunca los vi con los ojos que están mirando a este hombre. Su rostro varonil y elegante son de admirar, sin mencionar lo bien que me hace sentir. Es increíble que conozca todos los puntos claves de mi cuerpo, de seguro es todo un experto en cosas sexuales.
De pronto, se escucha que alguien está girando la perilla de la puerta, en menos de tres segundo la puerta del baño termal se abre y mi vida entra en una total perdición.
—¡Santo Cristo redentor! ¡Sor Inocencia! —grita Sor Daiputha, la monja que me crió. Sus ojos, desorbitados, me miran con asombro mientras sus manos se aprietan contra su boca, intentando contener un grito. Está en completo estado de shock.
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