
La prisionera del Alfa
Rafaella Dutra · En curso · 108.2k Palabras
Introducción
Capítulo 1
—Violeta, ¿estás aquí? —preguntó una voz desde fuera del dormitorio.
—¡Sí! Un momento —respondió ella, levantándose de la cama.
Violeta estaba a punto de emprender la misión de su vida. No tenía muchas opciones, ya que su padre adoptivo la había llamado para que se encargara de eso.
Mientras repasaba el plan en su mente una y otra vez, no pudo evitar que la ansiedad la invadiera. Se sentía tan mareada por sus miedos y preocupaciones, que podría vomitar en cualquier momento.
Si seguía abrumándose con esos pensamientos, seguro que iba a llorar. No podía permitir que eso sucediera.
Tenía que ser fuerte. Era fuerte. Sólo le faltaba un poco de confianza en sí misma.
Violeta cerró los ojos durante unos segundos, inhalando y exhalando lentamente, tratando de mantener la calma.
Otro golpe en la puerta la sacó de su meditación.
—¡Ya voy! —gritó, molesta.
Abrió la puerta y se encontró con una mujer de su manada que la esperaba impaciente al otro lado.
—¡Por fin! Pensé que habías renunciado o algo así. Vamos. Arden quiere hablar contigo antes de que te vayas —dijo la mujer abriendo paso a Violeta.
Ella cerró la puerta de su habitación y siguió a la mujer hasta la sala de estar.
Arden era el Alfa de la Manada Diamante, y desde que tenía uso de razón, Violeta vivía en su palacio, lo cual siempre le pareció innecesario y estúpido. ¿Por qué tenían que vivir en un lugar tan ostentoso?
Pero nunca se quejó porque, ¿cómo podría hacerlo? Él la había adoptado y cuidado durante sus veintiún años de vida.
Le debía demasiado. Cada pequeña cosa que había aprendido venía de él. Todo lo que le dio a su hija biológica, se aseguró de dárselo también a Violeta.
Arden. Ahí estaba él, esperándola sentado en el sofá, fumando su cigarrillo y mirando hacia la ventana, contemplando la gran luna amarilla que empezaba a asomarse en el cielo.
Era un hombre de mediana edad, con el pelo gris, los ojos azules y una barba de chivo que a Violeta le parecía ridícula. Pero nunca se lo había dicho, por supuesto.
—Violeta, hija mía. ¡Estás aquí! —exclamó el hombre con entusiasmo, levantándose y abriéndole los brazos.
Violeta sonrió y lo abrazó fuertemente.
Tenía sentimientos encontrados ante toda aquella situación, pero se esforzaba al máximo por no demostrarlo.
Después de todo, Arden la había entrenado personalmente, junto a Gwen, su hija biológica, y un chico llamado Lance. Y Violeta había aprendido a no mostrar debilidad ante nadie. Ni siquiera a su familia.
Se quedó huérfana a una edad muy temprana, ya que sus padres habían muerto en un ataque rebelde.
Ella no sabía mucho sobre ese incidente, pero nunca se había sentido muy cómoda para preguntarle a Arden al respecto.
Luego fue llevada a la Manada Diamante, que era un imperio metamorfo muy poderoso que mantenía la ley y el orden en todo el continente de Crescent.
Crescent estaba poblado por metamorfos de lobo y era gobernado en su mayoría por la Manada Diamante.
—Entonces, ¿está todo listo para tu partida? —preguntó Arden, sentándose de nuevo en el sofá.
Violeta hizo lo mismo, mientras algún sirviente le ofrecía un vaso de agua. Ella aceptó amablemente, aunque sentía que lo que entrara en su estómago saldría rápidamente, ya que se sentía muy enferma y nerviosa.
—Sí, creo que sí —asintió, tomando un sorbo del agua, porque el sirviente seguía mirándola y ella no quería que se sintiera molesto ni nada por el estilo.
Le gustaba valorar el trabajo de los demás. Y algo que siempre la sacaba de quicio era cuando alguien no trataba a los sirvientes de palacio de forma correcta y educada.
—Probablemente no necesites que te repita todo sobre esta misión, pero ¿todavía tienes algo que necesites que te aclare? —preguntó Arden aspirando el humo de su cigarrillo.
Violeta negó con la cabeza, intentando mantener la calma y no pensar en lo peor que podría pasar.
—Una vez que pases las puertas del palacio, estarás sola, cariño —continuó Arden—. Tengo fe en que puedes hacer el trabajo, así que no te preocupes. No te pondría en esto si no te creyera capaz.
Violeta le sonrió, aunque sus palabras no fueron muy tranquilizadoras para ella.
No se le ocurría una persona peor para hacer lo que él quería, y por mucho que había intentado persuadirlo antes para que cambiara de opinión, Arden era muy terco. En ese momento, un bullicio llegó desde la puerta del salón, y él dejó de hablar para ver qué pasaba.
Un joven de ojos cafés y cabello negro perfectamente peinado estaba cruzando la sala y se acercaba a ellos con una sonrisa en el rostro.
Tenía una postura muy estricta y llevaba puesto un uniforme militar.
—¡Violeta, todavía estás aquí! —saludó mirándola.
—Hola, Lance —respondió sonriendo mientras se acercaba.
—Lance. ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Arden pareciendo un poco impaciente por la interrupción.
—Acabo de llegar a casa. Tenía algunas cosas que discutir contigo, pero no sabía que estabas en una reunión. Lo siento.
—Está bien —respondió Arden agitando la mano y apagando el cigarrillo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Lance a Violeta con una mirada preocupada.
Su relación con él era algo incómoda a veces.
Violeta creció con Gwen como hermana, pero Lance se unió a ellas más adelante, cuando sus padres murieron.
Se quedó huérfano al igual que ella, lo que en cierta manera les sirvió de vínculo.
Gwen y Lance también se llevaban bien, así que los tres empezaron a hacer muchas cosas juntos, incluido el entrenamiento con Arden.
Pero cuando Violeta cumplió dieciocho años, Arden le dijo que debía casarse con Lance algún día, porque su plan era convertirlo en el próximo Alfa.
Ella nunca había podido entender que una de las reglas de la Manada Diamante era la prohibición absoluta de establecer vínculos con la pareja destinada. Los matrimonios siempre eran decididos por el consejo.
Lance era el Beta de la manada y Violeta simplemente no podía creer lo que Arden quería. ¿Cómo iba a casarse con alguien a quien no amaba en esa forma?
Ella lo consideraba como un hermano mayor o algo así.
¿Y por qué ella y no Gwen?
Pero Lance no parecía oponerse mucho a la idea, lo que intrigaba a Violeta. ¿Acaso ella le gustaba de esa manera, por eso Arden quería que se casara con ella, en lugar de con Gwen o cualquier otra persona?
Desde ese día, Violeta había hecho todo lo posible por fingir que esa conversación no había ocurrido y había intentado actuar con normalidad delante de Lance, como siempre había hecho.
Siempre les había gustado molestarse mutuamente y hablar de tonterías. Al igual que ella lo hacía con Gwen. Así que siguió haciéndolo, hasta que se vio obligada a enfrentarse a su destino con él.
Ella había rezado para que eso tardara mucho.
—Estoy bien, supongo —respondió, tratando de sonar positiva—. Quiero decir... sólo lo sabré una vez que llegue ahí, ¿verdad?
—Lo harás muy bien —dijo Arden, tratando de tranquilizarla—. Ahora es el momento de poner en acción todos esos años de entrenamiento. Vas a ver si por fin eres capaz de controlar a la loba que llevas dentro —alentó sonriendo, pero eso sólo hizo que Violeta se sintiera peor de lo que ya se sentía.
Ese era su mayor miedo. Y Arden tenía que mencionarlo.
Eso la había mantenido despierta todas las noches en los últimos días.
Violeta siempre había luchado con su lado lobo desde que era muy joven.
Sufría de un cambio incontrolable y su loba interior era salvaje, inestable y muy poderosa. No podía controlarla. Así que la entrenaron y le enseñaron cómo reprimirla en su interior.
Ahora estaba mucho mejor, como mujer adulta y todo eso.
Pero no había un día que pasara sin que se preocupara por sus acciones.
¿Era la misión una prueba de Arden, para ver si había aprendido correctamente? ¿Por eso la eligió a ella y no a otra persona para ir?
Y de repente Violeta sintió la necesidad de preguntar algo.
—¿Qué harás si no vuelvo? ¿Mandarás a alguien a buscarme?
Arden pareció haber sido tomado por sorpresa por un momento, pero era muy bueno fingiendo, así que eso pasó desapercibido para todos los presentes.
—No pasará nada. Pero si no vuelves al cabo de unos días, se nos ocurrirá algo. Así que no te preocupes por eso, sólo piensa en tu próximo movimiento.
Violeta asintió.
No se sentía muy segura con sus palabras, pero se estaba haciendo tarde y cada vez estaba más nerviosa, así que decidió simplemente aceptar su destino, fuera cual fuera.
—Gracias a Dios que todavía estás aquí. Pensé que había perdido la oportunidad de despedirme de ti —dijo una voz suave que llegaba desde la puerta, y Violeta no necesitó mirar para saber de quién se trataba.
—Siempre tarde, ¿verdad? —dijo Lance burlándose de la chica.
Gwen era una chica muy delicada y agradable. Tenía los mismos ojos azules que su padre y su pelo negro le caía por los hombros como una cortina.
Violeta sintió un nudo en la garganta.
Al ver a Gwen ahí le dieron muchas ganas de llorar.
No tenía un buen presentimiento sobre todo el asunto y se esforzaba al máximo por aceptarlo. Pero el hecho de tener que despedirse de su familia hacía que dudara de sí misma.
¿Qué pasaría si fallaba? ¿Y si no era capaz de controlarse una vez llegara a su destino? ¿Y si algo salía mal? ¿Sería capaz de cumplir su tarea y volver a casa con su familia?
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