
Las reglas del motociclista
Zea Drew · Completado · 208.3k Palabras
Introducción
Todos ligados al mismo destino. Y pase lo que pase, siempre estarán juntos.
Dicen que cada historia tiene un principio. A veces no estás seguro de cuándo o dónde empezó... pero de lo que sí estoy seguro es de que el destino nos unió por una razón. Quizá porque todos estamos dañados y rotos.
Soy Damion Grimm. Un chico de San Francisco. Del tipo que todas las chicas quieren y todos los hombres quieren ser: un campeón, sexy, rico, famoso. A veces los chicos malos pueden tener alas, pero yo no soy un ángel. Estoy marcado por mi culpa. Así que inventé 10 reglas. Reglas que nunca me atreví a romper. Reglas que me mantuvieron en control
A veces los secretos pueden dañar. A veces la traición puede doler. A veces la venganza puede destruir. A veces nadie está a salvo.
Ahora se ha revelado la verdad que he estado ocultando durante años. Ella es mi deseo. La hermana pequeña de mi mejor amiga.
Para tenerla rompí todas las reglas. Para protegerla perdí el control. Para mantenerla a salvo, caminé por el infierno.
Dicen que toda historia debe terminar. A veces termina mal. A veces termina de la manera en que soñaste.
¿Yo? He encontrado algunas reglas nuevas.
Capítulo 1
Este es el Libro 1 de la serie San Francisco Boys:
Fecha = 5 de septiembre
Unos 2 años después del COVID.
Ahora mismo, yo, Melaena Blackburn, tengo 19 años. Diecinueve y tres meses, para ser exacta.
Lugar = San Francisco (casa del tío John)
Obviamente, el escenario de The San Francisco Boys —VA A SER SAN FRANCISCO.
POV - Melaena
Todo está en los ojos. O eso dicen.
Y tienen un punto.
Unos ojos verdes aparecen en mi mente: verde brillante como manzanas de verano cubiertas de rocío. Ojos con la capacidad de perseguir mis sueños. De día o de noche.
Él desliza los dedos bajo el encaje de su ropa interior y se la arranca. Moviéndose despacio, va besando el camino por su muslo, girando la cabeza para que su aliento le haga cosquillas. Ella suelta un gemido profundo, moviendo las caderas con anticipación.
Me imagino mis dedos deslizándose por ese sedoso cabello negro como ala de cuervo… su boca sobre mí.
Él se inclina, la lengua arremete contra su clítoris mientras sus manos se meten bajo sus caderas, acercándola a su cara. Ella deja escapar un grito de placer, mientras él lame y chupa, deslizando los dedos en su humedad…
—¡Urgh! —gimo y cierro los ojos—. Cada maldita vez es lo mismo. Ni siquiera puedo leer un libro basura sin pensar en él. No es fácil odiar a alguien.
Aprieto las piernas para disipar la punzada de picor que se forma entre ellas mientras lanzo el estúpido libro al suelo. Kiara asoma la cabeza desde el clóset.
—¡Melaena! —usa mi nombre completo para darle dramatismo—. ¡Deja de leerte hasta el clímax! —Un par de jeans me da en la cara antes de que pueda reaccionar.
—Será mejor que empieces a empacar. Nos vamos temprano en la mañana —grita emocionada, sacando ropa de los estantes y tirándola sobre la cama. Miro el montón pensando que la que tiene que empacar es ella.
Kiara es una fashionista obsesionada, a diferencia de mí. Yo me pongo lo que se me antoja sin pensar quién lo diseñó o cuánto cuesta.
Se detiene y me mira, los ojos llenos de burla.
—Por favor, dime que no estás teniendo fantasías sexuales con ÉL otra vez —levanta el libro y se fija en la foto de la portada.
—No —miento con un tono repelente, sabiendo que le va a tocar la fibra.
—Nos hemos ido un año entero de viaje por todo el maldito mundo para que te lo saques del sistema —me reprende. Si está soltando groserías en serio… es que va lanzada.
Pero tiene razón. Este último año, Kiara y yo hemos estado mochileando por Europa: lo llamamos un año sabático.
El propósito de todo era despejarme la cabeza… que yo decidiera qué quería hacer con mi vida, que está hecha un completo desastre. Así que fuimos viajando de una casa de vacaciones —propiedad de alguno de mis hermanos— a la siguiente… para que yo pudiera aclarar mis ideas y decidir qué quería.
Pero sobre todo necesitaba alejarme de ÉL.
Fue un gran año. Mis hermanos se nos unían siempre que podían. Incluso el tío John y Axel se reunieron con nosotras tres veces: en Navidad, en el cumpleaños 19 de Kiara y otra vez en el mío.
Pero no él.
Así que esta noche voy a verlo cara a cara otra vez por primera vez en doce meses.
Y mi cabeza sigue hecha un lío, tanto que ni siquiera he decidido qué quiero hacer con mi vida —pero eso es pura estupidez mía, y no voy a compartirla con los demás—, así que elegí al azar una carrera de arte.
—Y el primer día de vuelta, él ya te está rondando la cabeza otra vez —Kiara sigue con su teatrillo. Yo solo resoplo y me abrazo las rodillas contra el pecho.
Mierda.
Pero… esta vez se equivoca. Me ha estado persiguiendo todo el tiempo.
—No creo que algún día logre sacármelo del sistema… Lo odio demasiado para eso.
Ella vuelve a asomarse del mueble con su expresión de guerra y suelta un resoplido ronco.
Es una realista que no cree en esas cosas cursis como las almas gemelas… el amor… ni siquiera el odio, en realidad. Sale con tipos guapos, más que nada por sexo. Una mujer moderna que toma lo que necesita y da lo que quiere… palabras suyas, no mías.
Yo, en cambio, sueño con… bueno, digamos que sueño con algo distinto, algo especial, ese tipo de amor de cuento donde dos personas se miran a los ojos y ¡PUM!, amor verdadero para siempre. Como un Romeo y Julieta —saltándonos lo de la muerte, claro. Bueno… mejor digamos que soñaba con eso… en el pasado…
Porque aprendí que la vida real no es ningún cuento de hadas. No, la vida real es una maldita historia de terror. Donde Romeo deja a la pobre Julieta en la tumba para irse a follar con una morena putilla por ahí. Y como si no bastara, al día siguiente se va con otra zorra castaña. Y luego otra, y otra.
El universo es cruel y travieso, eso seguro. Si no, ¿por qué me habría dado esa parte de las miradas que se cruzan —¡PUM!— solo para que el destino interviniera y lo retorciera todo hasta volverlo una bola chueca de frustración claustrofóbica?
Sí, al universo pervertido le gustan las bromas, sobre todo cuando se trata del amor. No es raro que la gente sea cada vez más escéptica a la hora de arriesgar el corazón… el sueño del “felices para siempre” no es más que un cliché deformado.
Yo lo sé bien: de todos los chicos del mundo, ¡el destino decidió que mi momento PUM fuera con ÉL! Y pasó más de una vez: ¡tuve DOS PUM!
DOS. Dos momentos. Con el mismo chico.
Y fueron PUM muy, muy buenos.
Hasta que dejaron de serlo.
El primero, al menos, no se convirtió en desastre de inmediato… empezó con uno. Yo tenía nueve años (sí, empezó pronto) y a nuestro director se le ocurrió introducirnos al cross country. Toda la escuela tenía que participar. Y el circuito que trazaron quedaba muy cerca de la famosa y misteriosa casa embrujada.
Una casa con leyenda. Se dice que un monstruo salido del infierno vigila el lugar, despedazando a cualquiera que se atreva a invadir la propiedad.
Personas de verdad murieron en ese lugar.
Jackson me lo dijo… y mis hermanos nunca mienten.
Fue una idea estúpida… lo sé ahora… pero en aquel entonces Jason Steward —el típico bravucón de la escuela— nos retó a varios a escaparnos e investigar la casa. A cualquiera que se echara para atrás lo iba a marcar de cobarde… y conociendo a Jason… iba a mantener esa etiqueta hasta que nos graduáramos. No iba a hundir mi estatus social antes siquiera de empezar. La prepa todavía venía en camino.
Sin embargo, no salió como estaba planeado. La excursión se salió de control. Kiara y yo terminamos lastimados, castigados, y acabamos en detención —con Axel. A Jason y a los que se escaparon nunca los atraparon. Y nosotros nunca los delatamos. No soy una soplona. Ni Kiara ni Axel tampoco.
Pero de poco sirvió —al final, mi estatus social igual se desplomó y se hundió de manera espectacular en mi primer año de preparatoria— pero esos dos incidentes no están relacionados. Esa es otra historia totalmente distinta.
Aunque por lo menos algo bueno salió de todo el lío de la casa embrujada: Axel se convirtió en una parte muy importante de nuestro grupo, y yo aprendí una que otra cosa sobre la vida.
Que debía ir con cuidado cuando estuviera en una casa embrujada;
Que solo podía confiar en un puñado de personas;
Y que el cross-country no era lo mío.
Ah, y también tuve mi primer momento ¡PUM! con unos ojos verdes.
Ojos que no volvería a ver hasta el primer día de mi año de séptimo grado, cuando empecé en Harvard-Westlake. Estaba molesta porque terminé en la oficina del director… no una, sino dos veces el mismo día. Injustamente culpada.
Claro —le vacié un poco de leche rosa en la cabeza a un alumno de último año y le dejé a Jason un moretón perfecto en el ojo, pero no fue inmerecido. No me gustan los abusivos.
El caso es que, cuando Logan me llamó a la salida, di un portazo al casillero y me di la vuelta, lista para soltar toda mi bronca y despotricar sobre lo injusto del sistema, sabiendo que mi hermano por lo menos fingiría entender. Porque Kiara no.
Pero no salió ni una palabra de mi boca. El aire y todo lo demás se me fue de golpe al encontrarme con unos ojos brillantes, color manzana. El chico de octavo, guapísimo, que estaba al lado de mi hermano llenaba el uniforme mejor que el mismísimo Thor, tenía el cabello negro despeinado, y esa sonrisa torcida me revolvió la comida de la cafetería en el estómago.
Y ¡PUM! —otro momento. Los mismos ojos. El mismo chico. ¿Cómo no iba a ser cosa del destino?
Al principio pensé… esto es, este es el verdadero encuentro de cuento de hadas junto al casillero el primer día de clases.
Y sentí cada sensación del manual. El corazón acelerado, las mariposas, las manos sudorosas. Estaba segura de que él era el indicado.
Pero el destino se me rió en la cara: resultó que el chico con el que Logan empezó una amistad de mejores amigos para toda la vida era el mismo que ayudó a Kiara a salir del hoyo en la casa embrujada y el mismo que me dio su chaqueta porque yo tenía frío. Pero ya no era dulce… se había convertido en un imbécil insufrible y arrogante.
Alguien al que aprendería a odiar. Y digo odiar con pasión.
Quién iba a decir que el odio se siente inquietantemente igual que el amor… el estómago se te revuelve y se voltea; el corazón se te dispara muy por encima de lo normal; te emborrachas y te colocas de adrenalina; pensamientos y conductas obsesivas nublan tu mente; y sientes que pierdes el control.
—¿Todavía tienes su chaqueta en tu clóset? —Kiara me lanza algo a la cabeza—. ¿Es que nunca aprendes?
Miro la chaqueta de cuero negra como si la viera por primera vez, y no como si la hubiera tenido los últimos diez años. Por la manga derecha corre una M verde con las palabras “Monster Energy”, mientras que la calavera de la Parca con alas decora la otra manga entre parches más pequeños de distintos logotipos. En la espalda hay un enorme número 13 verde.
La doblo rápido y la meto en mi bolso. Para quemarla después. Probablemente.
Pero Kiara vuelve a equivocarse. Sí aprendí la lección. A la mala.
Otra prenda de ropa me golpea la cabeza.
—¿Ya terminaste de empacar? —pregunta.
Asiento y cierro la maleta. Puedo volver por el resto cuando quiera. No es que nos mudemos a otro estado… solo a nuestro propio y hermoso conjunto de casas adosadas.
El que construyeron en el terreno de nuestra última casa familiar. En la que solo vivimos un mes, quizá algo más, antes de que asesinaran a mamá… qué… ocho… casi nueve años atrás.
La casa que, misteriosamente, se quemó hasta quedar en cenizas apenas una semana después de su muerte.
Cableado defectuoso, dijeron los peritos.
Fue entonces cuando el tío John decidió construir cinco viviendas independientes en la propiedad —una para cada hijo—. Es ideal… seguimos todos juntos pero separados. Excepto por Jackson. Él nunca se queda ahí… le cedió su lugar a Axel.
Ahí es donde viviremos mientras estemos en Stanford… Kiara se inscribió para estudiar contabilidad, y yo decidí estudiar arte… por ahora. Y luego veré adónde me lleva la vida. Probablemente seguiré trabajando como freelance para Take 2 Interactive y Rockstar Games, o podría intentar entrar al Googleplex o a Apple Park.
Pongo la novela descartada encima de mi maleta. No sé ni por qué me molesto en leerla. No está bien escrita, la gramática apesta: un montón de porquería, en realidad. Y la pareja de la portada es tan cliché. Toda esa pose romántica estereotipada me pone la piel de gallina de pura frustración. Suspiro hondo. Estoy tan tensa que el cuello se me está acalambrando.
—¿Sabes que él va a estar aquí esta noche?
Por supuesto que lo sé. Ese es todo el maldito problema.
Odio tanto a Damion Grimm que me siento enferma cada vez que está cerca y frustrada cuando no lo está.
Es como una comezón bajo la piel de la que no me puedo librar —y juro que cada año se intensifica—. Se está volviendo casi insoportable, tanto que me da miedo hacer algo irresponsable uno de estos días… como arrancarle las pelotas… o peor… lamerlas.
Sí, eso. No juzgues: tengo una teoría.
Porque los sentimientos de amor y odio están tan estrechamente relacionados, el hipotálamo de una persona se confunde e inunda el cuerpo por error con dopamina, un neurotransmisor que produce sensaciones de euforia y placer. Por eso el odio puede sentirse tan emocionante y, a veces, hasta adictivo, y por eso no puedes dejar de pensar en la persona que odias. El problema es que también desencadena la liberación de estrógeno, lo que aumenta tu libido. Y voilà… te entran unas ganas tremendas de acostarte con la persona que odias. Es biología.
Me doy cuenta de que Kiara me está mirando, golpeando el piso con el pie, impaciente, esperando una respuesta.
—Sí —frunzo los labios en un mohín muy serio—. Necesito que deje de molestarme.
—Pero estoy saliendo con Ren, acuérdate —digo, porque ya aprendí que el truco para lidiar con Kiara es una buena distracción. Aunque el mismo truco se aplica a mí: me distraigo con facilidad.
—¿Entonces ya es tu novio de verdad?
—Sabes que es complicado —digo—. Es el primer chico que de verdad me ha pedido salir. —Le pongo cara de puchero a Kiara, que me mira como si estuviera viendo a una gatita herida intentando ser valiente.
—No es el primero —dice con suavidad—. Te estás olvidando de Jake.
Gimo. ¿El bombón de tercero que me hizo ghosting en primero? Me dejo caer contra la cómoda.
—¿Cómo voy a olvidarlo? Me quedé sentada en esa estúpida cafetería dos horas enteras. Dos.
—Al menos tenía una excusa dramática —dice Kiara, doblando una de mis camisetas con un cuidado totalmente innecesario—. Tuvo un accidente.
Hago una mueca. Sí. Se disculpó profundamente al día siguiente. No podía mirarme a los ojos. Dijo que se cayó de la bici.
—Y no era mentira. —Hago una pausa—. El tipo parecía que se había peleado con un camión y había perdido.
—Así que —dice con sequedad—, quizá por eso empezó la maldición.
—Igual —rebato—. Pudo haber intentado superarlo. En vez de eso, actuó como si el contacto visual pudiera matarlo.
—A lo mejor casi se muere —dice.
—No fue por la maldición —escupo, demasiado rápido, demasiado a la defensiva. Después de Jake, empezó a correr el rumor de que cualquier chico que saliera conmigo sufriría un dolor insoportable. Y así, de la nada, nació la Maldición Mel. Mi vida social no solo se vino abajo: se desplomó en picada y nunca se recuperó.
Kiara frunce el ceño.
—¿Entonces por qué?
—Exacto. ¿Por qué alguien se tomaría la molestia de arruinarme las citas?
—O quién —añade.
Durante mucho tiempo culpé a mis estúpidos hermanos. Pero juraron que ellos no comenzaron el rumor, y mis hermanos no mienten. Son pésimos en muchas cosas, pero mentir no es una de ellas.
Suspiro.
—Siempre sospeché de Pink Scarlet.
Kiara resopla.
—Claro que sí.
Pink Scarlet. Pobre chica. La vida no había sido generosa con ella: un lunar negro grande en la barbilla peluda, cabello castaño apagado como un trapeador sucio y mojado, y era grande… enorme, como un buey… y, por razones que solo el universo conoce, me odió desde el primer momento.
—Podría ser —digo—. Aún no puedo creer que tuvo pareja para el baile de graduación —murmuro—. Y que se acostó con él. Dos veces.
Kiara se encoge de hombros.
—Los hombres son criaturas adaptables.
Después de Jake —y la maldición— mi reputación nunca se recuperó. Todos los chicos de la escuela me archivaron en silencio en la categoría de “segura”. Se sentaban cerca de mí en el almuerzo. Hablaban conmigo. Bromeaban conmigo. Pero nunca se acercaban de verdad. En verdad o reto, la botella nunca apuntaba hacia mí. Los retos me evitaban como si fuera radiactiva. Y las únicas personas que alguna vez me pedían bailar eran mis hermanos… y Axel.
Incluso fui a la graduación con Axel. O más bien, mis hermanos lo asignaron conmigo como si fuera un turno de guardia.
Exhalo y niego con la cabeza.
—Da igual. Ya no importa.
Kiara alza la vista.
—Ren me invitó a salir —digo—. Y ha sobrevivido a más de dos citas.
Sonrío a pesar de mí misma.
—Sin heridas. Sin accidentes misteriosos. Sin maldiciones.
Eso tiene que contar como algo.
No es que él sea el amor de mi vida. Eso implicaría sentimientos. Esto es más bien… soledad estratégica. Desesperación con una sonrisa educada. Un rompe-maldiciones.
Claro que es tierno. Agradable a la vista. Objetivamente con forma de novio. Pero esa glándula estúpida en medio de mi cerebro —la responsable del caos, la obsesión y las decisiones de vida cuestionables— está en huelga. Sin coctel hormonal. Sin fuegos artificiales. Sin mariposas. Ni siquiera una triste chispita de bengala.
Nada.
Ni amor. Ni odio. Solo una línea emocional plana, como si mi alma hubiera olvidado enchufarse.
Molestamente, esa glándula solo parece despertar cuando el mejor amigo de mi hermano está dentro de un radio de ocho kilómetros. Como si estuviera cableada a ese imbécil. Como si alguien hubiera conectado mal un cable durante mi construcción emocional, y ahora todo se cortocircuitara solo alrededor de ÉL.
Agarro mi peluche de tortuga marina, Pan —sí, por Peter Pan— y lo abrazo contra el pecho como si fuera un terapeuta titulado. Si existen respuestas, claramente se esconden en relleno barato y ojos de botón. Mi pulgar sigue el pequeño corazón rojo bordado en la parte de abajo de su aleta trasera derecha. Lo he hecho mil veces. Memoria muscular. Ritual de consuelo. Tontería emocional.
—Si odias tanto a Damion —dice Kiara con frialdad—, ¿por qué sigues durmiendo con SU tortuga?
Alzo la cabeza de golpe.
—NO es su tortuga.
Ella arquea una ceja.
—Él solo la financió —protesto—. Y yo la conservo como recordatorio del mal que se esconde bajo su estúpido exterior de niño bonito. Como un talismán. O una advertencia. O evidencia emocional.
—Mmhmm —musita, nada convencida. Luego entrecierra los ojos—. Entonces, ¿por qué Pan huele exactamente a cierto motociclista buenísimo que las dos conocemos?
Me quedo helada.
Luego, traidoramente, inspiro.
Hondo. Lento. Sin vergüenza.
Homme Sport. Dior.
Puede que haya o no haya comprado un frasco entero. Y puede que de vez en cuando rocíe un poco sobre Pan. No solo por él —obviamente—, sino porque es, objetivamente, uno de los mejores olores jamás creados por la humanidad. Fresco y crudo. Limpio pero peligroso. Como si el limón y la bergamota hubieran tenido un encuentro de una noche con la confianza y las malas intenciones.
Es nítido. Frío. Masculino de un modo que se siente injusto. Suave, animal, adictivo.
Aplasto a Pan contra mi cara, respirándolo como una lunática.
—Solo me gusta cómo huele —digo a la defensiva, empujándole la tortuga hacia la nariz a Kiara—. Es… agradable.
Ella olfatea. Hace una pausa. Luego suelta un suspiro largo y cansado.
—Mel —dice, poniendo los ojos en blanco—, eres un desastre.
Abrazo a Pan con más fuerza. Sí. Eso soy.
—¿Ya se te olvidó cómo te trató? —espeta.
Aprieto los labios cuando algo afilado me atraviesa el pecho.
No. No se me ha olvidado. No creo que se me olvide jamás.
Ese tipo de cosas se te quedan marcadas. Sobre todo si pasaron más de una vez.
Kiara resopla y me arranca a Pan de los brazos, balanceando a la pobre tortuga de un lado a otro como si fuera una prueba en un juicio.
—Te compró ESTO —dice, dándome un golpecito en la cabeza con el peluche—, ¿y luego qué pasó?
Antes de que pueda organizar una defensa, ella arremete de nuevo.
—Sabía que estabas colada por él. Coqueteó. Te tomó de la mano. Te sacó a pasear. Y luego —sorpresa— al día siguiente está besando a otra.
Suelto un suspiro. Porque no se equivoca.
Me rogó que fuera al malecón con él. Y se le veía distraído… hasta triste… como si necesitara escapar. Así que fui… y de algún modo se convirtió en la noche perfecta: juegos mecánicos y risas, los dedos pegajosos por el helado, su mano cálida y firme en la mía. Ganó a Pan para mí en uno de los juegos porque sabía que me gustaban las tortugas. Nunca se lo había dicho. Él simplemente… lo sabía.
Eso fue lo que hizo que doliera tanto.
Al día siguiente, lo vi besando a una chica castaña en la escuela como si nada de eso hubiera pasado. Como si yo no hubiera existido.
—Es un jugador, Mel —dice Kiara con suavidad, pero firme—. Un chico problemático y desastroso, como todos los tipos disfuncionales que tenemos alrededor. Triste, pero cierto. Agradece haberlo visto a tiempo.
Lo agradezco. He aprendido la lección. Lástima que no la aprendí a la primera… hizo falta otro golpe devastador para que entendiera el mensaje.
Uno del que ella no sabe nada.
Y sí, siendo justa, esa vez tampoco es que me invitara con mucha educación. Me secuestró —de forma dramática, estúpida, amparado por la oscuridad de la noche— y me arrastró al zoológico. Recuerdo que me sentí absurdamente conmovida de que se acordara de la fecha en que nos conocimos por primera vez.
La misma fecha en que nos rescató de la casa embrujada años atrás.
Primero de marzo.
Se sentía importante. Como si se cerrara un círculo.
Esa noche se sentía diferente. Especial. Y en algún punto entre los tigres y los cocodrilos, perdí mi corazón adolescente. Y me enamoré de él. A lo grande. Ya no era un simple enamoramiento tonto. Era real.
Pero la maldición cayó… antes de que pudiera decirle a Kiara que me enamoré —antes de poder contárselo a nadie— él apareció al día siguiente con un ojo morado, una chica nueva del brazo y ni una sola mirada en mi dirección. Me sentí humillada. Utilizada. Insignificante.
Y profundamente maldita.
Nunca se lo conté a nadie. Ni siquiera a Kiara. Y sin decir palabra, él y yo… los dos fingimos que nunca había pasado.
Lo hice porque estaba avergonzada… y porque no quería que mis hermanos cometieran un asesinato. Probablemente Damion lo hizo porque… bueno… él tiende a llevar su propia cuenta rara y silenciosa.
Lloré durante semanas. En silencio. En privado. Y con cada lágrima, el dolor se fue endureciendo hasta volverse algo más oscuro.
Ahora puedo decir honestamente que lo odio. De verdad. A fondo.
Así que lo ignoro. Lo congelo. Hablo solo cuando no me queda opción y, aun así, soy lo bastante fría como para empañar el vidrio.
Naturalmente, eso lo inspira a fastidiarme y provocarme cada vez que puede. Y se le da muy, muy bien. Es capaz de llevarme de tranquila a furiosa con solo abrir su estúpida boca.
Más irritante todavía, también puede… llevarme de seca a mojada… con solo una mirada.
Sí. El odio a veces hace eso. Es químico. Estúpido. Injusto. Y completamente aparte del dolor muy real que me causó.
Cada vez que lo veo con otra zorra castaña, el resentimiento se clava más hondo. Y han sido muchas castañas.
—Sé que es un folla-ratas —digo—, pero ¿te has fijado en que solo va detrás de castañas?
—Así que tiene un tipo —responde Kiara, sin inflexión—. Todos lo tienen. A Enrique le gustan las pelirrojas, a Ilkay le gusta el pelo oscuro, igual que a Axel, Logan prefiere a las rubias y a Jackson le gusta cualquier vagina que sea bonita y respire.
Suelto una risita. No se equivoca. Todos ellos son un caso perdido.
—Tal vez debería quedarme con Ren —digo, más para mí que para ella.
Ren es amable. Seguro. Bueno. Me trata bien.
Pero no hay chispas. Ni siquiera un destello.
Y ya está hablando de matrimonio y niños.
Tengo diecinueve años. Todavía busco en Google cuánto tiempo hay que hervir la pasta. ¿Y qué sé yo de bebés…? ni siquiera sabría qué lado es el de arriba o el de abajo. Y desde luego no quiero hijos en, no sé, unos buenos diez años como mínimo.
Así que definitivamente no estoy planeando un futuro con camionetas familiares y pijamas a juego por ahora.
La verdad… ni siquiera estoy segura de querer acostarme con él. Mucho menos de querer casarme con él.
Kiara una vez me dijo que a veces tiene que fingir entusiasmo y orgasmos porque es todo… meh. Lo ilustró metiéndose un dedo en la garganta.
NO quiero que mi primera vez sea meh.
—Yo lo dejaría y seguiría adelante —dice Kiara—. La maldición está rota. Ya volviste al juego.
Suspiro. ¿Cómo le cuento que no es la maldición? Que es mi propio hipotálamo estúpido fallando en química. Que solo siento algo cerca de un único problema de ojos verdes.
Que cada vez que beso a alguien más, sus malditos ojos verdes aparecen en mi cabeza como si se burlaran de mí.
Ojalá pudiera borrar a Damion de la existencia. Porque mi mente, mi cuerpo y mi corazón están encerrados en una guerra a tres bandas, cada uno peleando por un final distinto.
Mi mente sabe más —advirtiéndome que me mantenga a kilómetros de ese imbécil de mierda—.
Mi cuerpo es un traidor —deseando su polla y su trasero—.
Y mi corazón… el pobre solo quiere salir de este desastre entero.
¿Y la peor parte?
Que de verdad no sé de qué lado estoy.
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De mejor amigo a prometido
Una semana de boda en New Hope. Una mansión llena de invitados. Y una dama de honor muy resentida.
Para sobrevivir, Savannah lleva una cita —su encantador y pulcro mejor amigo, Roman Blackwood. El único hombre que siempre la ha apoyado. Le debe un favor, y fingir ser su prometido? Fácil.
Hasta que los besos falsos empiezan a sentirse reales.
Ahora Savannah está dividida entre mantener la farsa… o arriesgarlo todo por el único hombre del que nunca debió enamorarse.
Cómo No Enamorarme de un Dragón
Por eso fue más que un poco desconcertante cuando llegó una carta con mi nombre ya impreso en un horario de clases, una habitación en el dormitorio esperándome y las materias elegidas, como si alguien me conociera mejor de lo que me conozco yo misma. Todo el mundo conoce la Academia, es donde las brujas afilan sus hechizos, los cambiaformas dominan sus formas, y toda clase de criatura mágica aprende a controlar sus dones.
Todos menos yo.
Ni siquiera sé qué soy. No hay cambio de forma, ni trucos de magia, nada. Solo una chica rodeada de personas que pueden volar, conjurar fuego o sanar con un toque. Así que me siento en las clases fingiendo que encajo, y escucho con atención cualquier pista que pueda decirme qué es lo que llevo escondido en la sangre.
La única persona más curiosa que yo es Blake Nyvas, alto, de ojos dorados y, definitivamente, un dragón. La gente susurra que es peligroso, me advierten que mantenga las distancias. Pero Blake parece decidido a resolver el misterio que soy, y de algún modo confío en él más que en nadie.
Tal vez sea imprudente. Tal vez sea peligroso.
Pero cuando todos los demás me miran como si no perteneciera a este lugar, Blake me mira como si fuera un acertijo que vale la pena resolver.
En la Cama con su Jefe Idiota
Una noche. Eso es todo lo que se suponía que iba a ser.
Pero a la fría luz del día, alejarse no es tan fácil. Roman no es un hombre que suelta—especialmente no cuando ha decidido que quiere más. No solo quiere a Blair por una noche. La quiere a ella, punto.
Y no tiene intención de dejarla ir.
Un juego del destino
Finalmente, después de años de no tomar sus vacaciones, las toma para su próxima boda y luna de miel, pero todo da un gran giro cuando está en Hawái, sola y sin esposo, por lo que por primera vez lanza una moneda al aire y decide vivir una noche sin riesgos y apasionada con el primer extraño que encuentre en un bar y al que nunca verá en su vida, ¿Cuál era la probabilidad de volverse a encontrar? Completamente nula.
Pero el destino los vuelve a juntar inesperadamente… Y en el lugar que menos esperaban.
Un juego del destino.
El Alfa Motociclista que se Convirtió en Mi Segunda Oportunidad de Pareja
—Eres como una hermana para mí.
Esas fueron las palabras que colmaron el vaso.
No después de lo que acababa de pasar. No después de la noche ardiente, sin aliento, que sacudió nuestras almas mientras nos enredábamos en los brazos del otro.
Sabía desde el principio que Tristan Hayes era una línea que no debía cruzar.
No era cualquier persona, era el mejor amigo de mi hermano. El hombre que pasé años deseando en secreto.
Pero esa noche... estábamos rotos. Acabábamos de enterrar a nuestros padres. Y el dolor era demasiado pesado, demasiado real... así que le rogué que me tocara.
Que me hiciera olvidar. Que llenara el silencio que la muerte dejó atrás.
Y lo hizo. Me sostuvo como si fuera algo frágil.
Me besó como si fuera lo único que necesitaba para respirar.
Luego me dejó sangrando con seis palabras que ardieron más profundo que cualquier rechazo.
Así que, huí. Lejos de todo lo que me causaba dolor.
Ahora, cinco años después, estoy de vuelta.
Recién rechacé al compañero que me abusó. Todavía llevando las cicatrices de un cachorro que nunca pude sostener.
Y el hombre que me espera en el aeropuerto no es mi hermano.
Es Tristan.
Y no es el chico que dejé atrás.
Es un motociclista.
Un Alfa.
Y cuando me miró, supe que no había ningún otro lugar al que pudiera huir.
La Cachorra del Príncipe Licántropo
—Pronto estarás rogándome. Y cuando lo hagas—te usaré como me plazca, y luego te rechazaré.
—
Cuando Violet Hastings comienza su primer año en la Academia de Cambiantes Starlight, solo quiere dos cosas: honrar el legado de su madre convirtiéndose en una sanadora hábil para su manada y pasar por la academia sin que nadie la llame rara por su extraña condición ocular.
Las cosas toman un giro dramático cuando descubre que Kylan, el arrogante heredero al trono de los Licántropos que ha hecho su vida miserable desde el momento en que se conocieron, es su compañero.
Kylan, conocido por su personalidad fría y sus maneras crueles, está lejos de estar contento. Se niega a aceptar a Violet como su compañera, pero tampoco quiere rechazarla. En cambio, la ve como su cachorrita y está decidido a hacer su vida aún más un infierno.
Como si lidiar con el tormento de Kylan no fuera suficiente, Violet comienza a descubrir secretos sobre su pasado que cambian todo lo que pensaba que sabía. ¿De dónde viene realmente? ¿Cuál es el secreto detrás de sus ojos? ¿Y ha sido toda su vida una mentira?
La Esposa Muda del Mujeriego
Ella buscaba libertad. Él le dio obsesión, envuelta en ternura.
Genesis Caldwell pensaba que escapar de su hogar abusivo significaba salvación—pero su matrimonio arreglado con el multimillonario Kieran Blackwood podría ser su propia clase de prisión.
Él es posesivo, controlador, peligroso. Sin embargo, de su manera rota... él es amable con ella.
Para Kieran, Genesis no es solo una esposa. Es todo.
Y él protegerá lo que es suyo. Aunque eso signifique destruir todo lo demás.
ESPOSA SUPLENTE DEL CEO
Él, le ofrece un contrato matrimonial por dos años, pero ella... ella quiere un amor para siempre.
Gianna Santos, siempre ha sido buena, dulce y cariñosa, tiene grandes sueños en la vida, pero sin dudar, la mayor de sus aspiraciones es casarse con su novio y tener una vida tranquila, viajando al rededor del mundo, conociendo los lugares más exóticos junto al ser que ama. Gianna, tiene la sospecha de que pronto recibirá una propuesta de matrimonio, pero nada más alejado de la realidad, porque todo está por venirse abajo.
Alexander Harrison, es un reconocido empresario, famoso por ser tajante en los negocios, implacable director de Harrison Corporation, y el dueño del corazón de la hermosísima Adara Black, una despampanante modelo que ha logrado enamorarlo con su dulzura, encanto y sus maravillosas curvas.
El destino está por hacer de sus jugarretas, y juntar de manera inesperada, la vida de una huérfana que sufre y un CEO en apuros, con sed de venganza, ella necesita huir, él necesita una esposa, un contrato les dará la salida a sus problemas, dos años de matrimonio y luego el divorcio, pero, ¿Qué ocurrirá cuándo el amor traspase la frontera de los límites legales?, se supone que es un matrimonio con fecha de caducidad pero, Gianna quiere un amor para siempre, quiere decir; Sí, acepto, pero esta vez, para toda la vida.
Después de la aventura: En brazos de un multimillonario
En mi cumpleaños, la llevó de vacaciones. En nuestro aniversario, la trajo a nuestra casa e hizo el amor con ella en nuestra cama...
Descorazonada, lo engañé para que firmara los papeles de divorcio.
George permaneció indiferente, convencido de que nunca lo dejaría.
Sus engaños continuaron hasta el día en que se finalizó el divorcio. Le lancé los papeles en la cara: —¡George Capulet, a partir de este momento, sal de mi vida!
Solo entonces el pánico inundó sus ojos mientras me suplicaba que me quedara.
Cuando sus llamadas bombardearon mi teléfono más tarde esa noche, no fui yo quien respondió, sino mi nuevo novio Julian.
—¿No sabes —rió Julian en el receptor— que un exnovio decente debería estar tan callado como los muertos?
George rechinó los dientes: —¡Ponla al teléfono!
—Me temo que eso es imposible.
Julian dejó un suave beso en mi forma dormida, acurrucada contra él. —Está agotada. Acaba de quedarse dormida.












