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Soy la novia virtual de mi suegro

Soy la novia virtual de mi suegro

Diana M Letras · En curso · 32.9k Palabras

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Introducción

Juliana una joven en apuros económicos, decide convertirse en modelo webcam, en ese mundo un cliente se enamora de ella y viven un momento de pasión, pero debido a una confusión se separan, meses después Juliana llega a la casa de su nuevo novio solo para darse cuenta que ese cliente que le cambio la vida es David Smith, su suegro.

Capítulo 1

Capítulo 1

POV Juliana

Perdí a mi mamá hace un mes, El cáncer la mató rápido. Un día estaba tosiendo, al otro ya no podía levantarse de la cama. No tengo a nadie más. Solo a Luisa, mi amiga desde la prepa. Ahora ni siquiera tengo casa. Hoy el casero me sacó todas mis cosas a la calle porque no pude pagar la renta.

Luisa me encontró sentada en la banqueta, llorando. Me abrazó fuerte y me llevó a su casa. Ahí me dio una idea.

Me dijo que podía ser novia virtual como ella, hay hombres que pagan en dólares por ver mujeres como nosotras desnudarse frente a la cámara, hablarles sucio, tocarse. Me dijo que era dinero fácil. Que incluso algunos se obsesionan y terminan mandándote dinero todos los días.

Yo no supe qué decir. Me sentí asqueada. Le dije que no. Que no podía. Nunca he estado con un hombre. Nunca me he masturbado y me daba vergüenza solo pensarlo.

Regresé a la casa del casero a ver si podía negociar, pero fue peor.

Me miró de arriba abajo. Me dijo que si quería, podía quedarme… el pago un par de noches en su cama y el se encargaría de todo.

Le di una cachetada. Me temblaba todo el cuerpo, pero salí corriendo. Terminé otra vez en casa de Luisa, llorando como una niña.

Mientras lloraba, me llegó un correo. De la universidad. Perdí la beca.

No fui a clases, no entregué trabajos. Todo por cuidar a mi mamá. Si quiero seguir en Derecho, debo pagar todo el siguiente semestre. No tengo cómo.

Luisa me miró en silencio. Después me dijo que ya no había más excusas. Me tomó de la mano y me llevó a su habitación. Todo estaba preparado: una laptop en una mesa, un fondo con luces LED. Me dijo que solo mirara como ella trabajaba.

Me senté en una esquina, en silencio muy nerviosa.

Ella se sentó frente a la laptop, puso música baja, y empezó a hablar. En segundos, varios hombres se conectaron. Ella los saludó con voz suave, sensual, se quitó la blusa, no llevaba sostén. Luego se bajó los pantalones y quedó en una tanga de encaje negro. Se tocaba el cuello, las caderas, hablaba cosas que nunca pensé escucharle decir.

—¿Te gusta lo que ves, papi? —le decía a la pantalla mientras se acariciaba entre las piernas con movimientos lentos.

Se recostó en la silla y empezó a tocarse sobre la ropa interior. Cerraba los ojos, se mordía el labio. Pronto se metió la mano por dentro y comenzó a masturbarse, jadeando.

Sus dedos entraban y salían, Su respiración se volvió más fuerte. Hablaba cosas sucias, describía lo que haría si los tuviera enfrente. No fingía, estaba completamente metida en eso. Terminó con un gemido, arqueando la espalda.

Yo no podía moverme. Estaba roja, avergonzada, pero… también sentía algo. Entre las piernas. No sabía bien qué era, pero me hacía respirar más rápido. Me apreté las piernas, tratando de controlarme.

Luisa cerró la laptop, se giró hacia mí y me mostró la pantalla de su celular.

—Doscientos dólares en dos horas —me dijo, sonriendo.

Miré el suelo, las paredes, mis manos. Luego la miré a los ojos.

—Ayúdame —le dije.

Ella solo asintió.

Luisa me despertó antes de que amaneciera. Me dijo que teníamos que ir a la agencia, que ahí me darían todo el equipo. Yo estaba nerviosa, apenas había dormido. En el camino no dije nada. No sabía si estaba haciendo lo correcto o si iba a salir corriendo en cualquier momento. Pero tampoco tenía otra opción.

El edificio estaba en una zona vieja del centro. Por fuera parecía un local abandonado, pero adentro todo estaba pintado, con luces blancas y varias puertas numeradas como si fueran cuartos de hotel barato.

Había otras chicas, todas jóvenes, algunas arreglándose el cabello, otras maquillándose frente a un espejo largo.

Omar, el jefe, se presentó. Era un hombre como de cuarenta años, con barba perfectamente recortada y una camisa que le quedaba demasiado justa. Me miró de arriba abajo, pero no de la misma forma repugnante que el casero. Era más como si evaluara si yo serviría o no.

—Aquí solo necesitas una cosa —me dijo— que te veas confiada, aunque no lo estés. Los hombres quieren ver a mujeres que disfrutan, llenas de deseo, no que Fontán.

No dije nada. Sentía que me sudaban las manos.

Omar me llevó a un cuarto pequeño. Había una mesa con una laptop, luces, una cama angosta y una pared blanca de fondo. Me dio un conjunto de lencería blanca, muy delgado, y un antifaz.

—Te conectas con el antifaz puesto. Al principio te conviene no mostrar el rostro completo. Ya después decides.

Me explicó cómo iniciar sesión, cómo ver los comentarios, cómo aceptar un chat privado, cómo funcionan los regalos y los pagos.

—Baila, sonríe un poco, muévete lento. Deja que ellos te pidan lo demás. Tú decides qué haces.

Cuando cerró la puerta, me quedé sola con el conjunto de ropa en las manos. Me temblaban los dedos mientras me lo ponía. Cuando me vi de reojo en la pantalla, me di pena. Sentía que no era yo.

Respiré hondo y di “iniciar transmisión”.

Al principio solo había dos o tres usuarios. Me pedían que hablara, que diera una vuelta. Lo hice despacio. Después empezaron a pedir más: “quítate eso”, “abre las piernas”, “tócate”. Me puse rígida. Sentía vergüenza. Sentía miedo, No sabía qué hacer.

No hice nada, solo respiraba rápido frente a la cámara. Entonces apareció una notificación: Mr. Smith solicita chat privado. ¿Aceptar?

Lo acepté sin pensarlo.

Cuando la pantalla cambió, solo quedó él. Su cámara estaba encendida. Era mayor que yo, tal vez de unos cuarenta, Llevaba camisa, el cabello peinado hacia atrás, expresión seria.

—¿Eres nueva? —preguntó.

—Sí… —respondí, bajando la mirada aunque él no podía verme del todo por el antifaz.

—Se nota, estás nerviosa.

Asentí.

—¿Sabes lo que estás haciendo? —preguntó.

Tragué saliva.

—La verdad… no. Nunca he hecho algo así. Nunca me he… tocado... soy virgen.

Hubo un silencio corto.

Pensé que se desconectaría, que se burlaría o que se iría a buscar otra chica.

Pero sonrió.

—Entonces empezaré despacio —dijo con una voz más suave—. Primero respira. Quiero que sientas tu cuerpo. No te fuerces, solo siente.

Obedecí. Me apoyé en la silla y respiré hondo. Mis manos temblaban.

—Pon tus manos sobre tu cintura —me indicó—. Recorre tu piel despacio no pienses en cómo te ves. Solo piensa en ti.

Lo hice. Me acaricié la cintura, luego subí a mis costados, después al pecho por encima del encaje. Sentí un calor extraño. No era vergüenza, era otra cosa.

Él me miraba sin prisa.

—Muy bien —dijo—. Ahora baja tu mano despacio, solo siente, no tienes que hacer nada más.

Yo pensaba que no iba a poder, pero al mismo tiempo algo dentro de mí se estaba abriendo, Mis piernas se tensaron.

Él llevó su mano dentro de su pantalón, no era vulgar, era como si me mostrara el ritmo para que yo lo imitara. Y eso me encendió aún más.

Me costaba mirarlo directo, pero no podía quitar los ojos de la pantalla tampoco.

—Te ves preciosa así —susurró.

Mi respiración se volvió más rápida. Me moví un poco más, guiada por su voz, por cómo él también empezaba a tocarse.

Yo nunca había sentido algo tan intenso. Era como si mi cuerpo despertara de golpe. Cerré los ojos sin darme cuenta, y senti un temblor tan fuerte entre las piernas que me sentí de gelatina

Cuando llegó ese momento, me arqueé un poco hacia adelante, agarré el borde de la silla y solté un sonido que nunca había hecho.

Solo… salió de mí. Fue mi primer orgasmo y me dejó temblando.

Sentía vergüenza, pero también alivio.

—Gracias… —logré decir.

Lo vi venirse a chorros y gruñir

—Desde hoy eres mi novia virtual.

Y se desconectó.

Me quedé ahí unos segundos, recuperándome . Cuando salí del cuarto, Omar

me estaba esperando. Me abrazó emocionado.

—Niña… tu cliente dejó cinco mil dólares.

Me quedé paralizada, cinco mil, en una sesión.

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