
Subasta de Almas
Lisdeya Medina · En curso · 53.3k Palabras
Introducción
Su vida es tranquila y predecible, junto a un novio estable pero sin chispa, hasta que llega a la casa un lote misterioso: un libro antiguo, sin autor, cuyas páginas parecen susurrar su nombre.
Entonces aparece William Moroianu, un príncipe vampiro de 250 años, tatuado, elegante y peligroso, que lleva siglos esperando ese libro y, quizá, a ella. Entre castillos, secretos de linaje, intrigas de la realeza inmortal y una atracción imposible de resistir, Beth deberá decidir qué precio está dispuesta a pagar por la verdad, por la libertad y por un amor capaz de desafiar la eternidad.
Capítulo 1
El domingo amanece gris sobre Bucarest, con esa llovizna fina de octubre que se pega a las ventanas como si quisiera entrar a pedirme un café. Yo llevo despierta una hora, con una toalla vieja sobre los hombros, guantes de plástico y un tubo de tinte negro azabache esperándome en el borde del lavabo.
—Muy bien, Beatriz —le digo a mi reflejo—. Hoy empieza todo.
Me llamo Beatriz Brâncoveanu, aunque casi nadie me llama así. Para el mundo soy Beth; para mi madre, cuando se enfada, soy «Beatriz Elena». Tengo veintidós años, vivo sola en un apartamento diminuto del tercer piso, en el barrio de Cotroceni, y soy, según mis amigas, «la chica de los libros». Lo acepto con orgullo. Mi casa huele a papel viejo, a vainilla y, en este momento, a amoníaco.
El baño es un pañuelo: azulejos blancos con alguna grieta, una lámpara de luz cálida que parpadea cuando se acuerda y un espejo redondo de marco dorado que rescaté de un mercadillo por veinte después de mucho regateo. Me encanta. Tiene historia, y yo siento debilidad por las cosas con historia.
Me coloco las gafas de pasta oscura, me aparto el cerquillo con una pinza y me inspecciono sin piedad. Ahí están: las raíces. Doradas, brillantes, descaradas, asomando como espigas de trigo entre la oscuridad. Nací rubia, rubia de verdad, de las que la gente envidia. Pero cada vez que me miraba rubia veía a «la hija de los Brâncoveanu»: la niña de las fotos de revista, la heredera sonriente de los eventos. El negro es mi manera de ser dueña de mi propia cara , de mi identidad .
Mezclo el tinte y empiezo a pintar, mechón a mechón, con el pincel. El olor me pica la nariz y estornudo tres veces seguidas. Mis pecas, esas que tengo esparcidas sobre la nariz, se arrugan como si protestaran.
—Perdona, melena —le digo—. Es por una buena causa.
Mientras el color hace su trabajo, me lanzo a pensar, que es mi deporte favorito. Mañana, lunes, empiezo mis prácticas en la Casa de Subastas Aurelian, la gran rival de mi familia. Sí, has leído bien. Mi familia es dueña de la casa de subastas Brâncoveanu, un nombre que abre puertas en Rumanía y en media Europa. Mi madre, viuda desde hace años y con una energía que, a sus cincuenta y cinco, le envidiaría cualquier veinteañera, me ofreció un despacho con vista al parque. Yo le dije que no. Y ella, que es la mujer más elegante y más testaruda que conozco, sonrió y me dijo: «Es una rebeldía preciosa, hija. Que te salga bien , tienes mi apoyo ».
Mis tíos, en cambio, lo llaman traición. Mis primos, capricho. Y la gente que me conoce por encima piensa que soy una niña rica jugando a ser pobre, con sus cafés baratos y su apartamento pequeño. Que piensen lo que quieran. Yo sé lo que valgo, y necesito que otros también lo vean, sin apellido de por medio. Si fracaso, quiero que sea por mí. Y si triunfo, ¡ay, si triunfo!, quiero que el mérito sea tan mío que no quepa en ningún árbol genealógico.
El móvil vibra sobre la tapa del váter. Es Matías. Claro que es Matías.
«Mañana vas a ir a hacer fotocopias para el enemigo de tu familia. Piénsalo bien, Beth. Con una sola llamada tu madre te daría un puesto serio, con sueldo y futuro. No tiene lógica.»
Fíjate: ni un emoji, ni una exclamación, y con los puntos y las comas perfectamente colocados. Así es Matías: contable de banco, veintidós años recién cumplidos y la rutina de un hombre de cincuenta. Ordena los calcetines por colores. Lo conocí en la facultad, hace casi dos años, y llevamos año y medio juntos. Es bueno, es estable, es honesto. Bueno al menos eso creo. Pero cuando le hablo de mis sueños me mira como si le explicara cómo cruzar un río a nado con un piano a cuestas. A veces pienso que no está vivo.
Respiro hondo, me quito un guante y le contesto con el pulgar: «No hago fotocopias para nadie: aprendo el oficio. No quiero un puesto serio. Quiero uno ganado. Hablamos luego.» Y lo dejo ahí, que si algo he aprendido es a decir lo que pienso sin gritar. Aunque, siendo sincera, a veces me muero de ganas de gritar ¡ todos saben juzgar ! , solo unos pocos apoyan .
Me siento en el borde de la bañera, y llega mi parte favorita de la mañana: mi sueño. Cierro los ojos y lo veo con una nitidez que casi me marea. Una sala inmensa de techos altos, lámparas de cristal que tiemblan, doscientas paletas numeradas y un silencio tan espeso que se puede cortar. El subastador alza el martillo... y la sala entera contiene el aliento. Yo, en la penumbra, detrás del telón, lo he orquestado todo: he elegido las piezas, he escrito sus historias, he iluminado cada vitrina. Quiero ser esa mujer. Quiero organizar las subastas más grandes de Europa, de las que se comentan durante años, y que en el catálogo, en letra pequeña, ponga mi nombre. Solo el mío.
Saco de la repisa mi novela del momento, una historia de vampiros con la portada ya medio rasgada de tanto cargarla en el bolso, y leo mientras pasan los treinta y cinco minutos. Matías dice que son «cuentos para quien no sabe vivir la realidad». Yo creo que la realidad, a veces, es un poco aburrida sin ellos. Me gustan los castillos, las noches largas, los secretos viejos, los protagonistas que sufren con elegancia. Y sí, también las escenas ardientes, que no pienso esconder bajo ninguna almohada.
El temporizador suena. Me enjuago bajo el agua tibia y veo desaparecer por el desagüe un río negro que se lleva todo lo viejo. Me seco, me peino, me coloco el cerquillo recto sobre la frente. Y levanto la vista.
La chica del espejo me devuelve la mirada: pelo negro, brillante como tinta fresca, piel blanca como porcelana, ojos verdes tras los cristales, labios carnosos que se curvan en una sonrisa insegura y valiente a la vez. Se parece mucho a la persona que quiero ser. Falta poco.
Dedico el resto de la tarde a prepararlo todo: la blusa de seda color crema, el blazer gris perla, la falda lápiz, los zapatos cómodos, porque las prácticas se hacen de pie, la libreta nueva, tres bolígrafos por si acaso. Preparo té, pongo música suave de piano y me dejo caer en el sofá entre cojines y libros.
Cuando cae la noche, la lluvia arrecia. Me asomo a la ventana y la ciudad brilla húmeda, con farolas que dibujan halos dorados sobre el asfalto. En la esquina, junto al viejo tilo, me parece ver una silueta alta, inmóvil, mirando hacia mi ventana. Parpadeo. Ya no hay nadie. Un gato, seguramente, o mi imaginación, tan entrenada por tantas novelas.
Cierro las cortinas, sonrío y me digo en voz alta:
—Mañana empieza mi vida de verdad , por lo que tanto he luchado .
Últimos capítulos
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Última actualización: 10/20/2026
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