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UNA OMEGA PARA NAVIDAD

UNA OMEGA PARA NAVIDAD

Cintia Vanesa Barros Freile · En curso · 138.9k Palabras

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Introducción

Hay olores que te salvan la vida. Otros te la destruyen.
Aurora huyó la noche en que despertó. Dejó atrás el cadáver de su madre, una ciudad en llamas y un secreto escrito en un diario viejo: era una omega pura. La última de su linaje. Y su primer celo acababa de llamar a todos los lobos del norte.
La encontraron tres.
No cualquier lobos: los trillizos Blackwood. Herederos de una manada agonizante, hijos de una tragedia que nadie se atreve a nombrar, destinados entre ellos por un vínculo prohibido que ninguno quería aceptar. Jake la rescató. Ben la cuidó. Alex intentó protegerse del deseo y fracasó igual que sus hermanos.
Porque el cuerpo de Aurora no quería a uno. Los quería a los tres.
Lo que nació como un pacto de supervivencia se convirtió en una obsesión. Lo que empezó como un refugio contra la nieve se volvió un vínculo que ninguna manada, ninguna ley, ningún enemigo lograría romper. Pero fuera de Blackwood, otros también habían olido a Aurora. Y estaban dispuestos a quemar el mundo con tal de tenerla.
Una Omega para Navidad es una historia de amor imposible y tres alfas que aprendieron que la vulnerabilidad es la forma más pura de fortaleza. Una tríada prohibida. Un embarazo que cambiará el destino de los lobos. Una Navidad que nadie olvidará.
Porque algunos olores te salvan la vida.
Y otros te hacen desear perderla por completo.

Capítulo 1

POV AURORA — Un mes antes de Navidad

Diciembre siempre había sido mi mes favorito… hasta ese año, cuando empezó a oler a sangre y a deseo. El frío se colaba por las grietas del ventanal como dedos helados que querían acariciarme la nuca. Afuera, la neblina lo devoraba todo: farolas, edificios, almas. Todo parecía flotar en una leche sucia que olía a carbón quemado, a pan dulce y, de pronto, a algo más.

Algo que no pertenecía a la ciudad.

Algo que olía a pino mojado, a noche profunda, a macho.

Me estremecí sin motivo aparente y apreté la taza de café contra el pecho. El uniforme de la cafetería aún llevaba impregnado el olor a fritanga y a desesperación de propinas. Encendí la guirnalda vieja: ocho lucecitas valientes parpadeando como corazones al borde del infarto. Sonreí por costumbre.

Dentro de mí, algo se removía.

—¿Otra vez en modo navideño tan temprano? —preguntó mamá desde la cocina. Su voz sonaba cansada, pero había un temblor nuevo, como si cada palabra le costara sangre.

—Es diciembre —contesté, intentando que mi voz no se quebrara—. Hay que creer en algo, ¿no?

Ella salió limpiándose las manos en el delantal. Tenía los ojos hundidos, los labios apretados. Me miró como quien mira una bomba a punto de estallar.

Y entonces llegó el primer latigazo.

Un dolor agudo, eléctrico, me atravesó la parte baja de la espalda y bajó hasta la base de mi columna como si alguien me hubiera clavado un hierro al rojo. Me doblé sin querer, derramando el café caliente sobre mis dedos. No sentí el quemazón. Solo sentí calor. Un calor húmedo, vergonzoso, que se instaló entre mis piernas y me hizo apretar los muslos.

—¿Aurora?

—Estoy bien —mentí, pero la voz me salió ronca, demasiado ronca.

Porque no era solo dolor.

Era hambre.

Llevaba noches despertando empapada, con las sábanas pegadas a la piel y un vacío palpitante que no entendía. Soñaba con manos grandes, con bocas que no tenían rostro, con tres sombras que me rodeaban y me respiraban el cuello mientras yo suplicaba que no pararan. Despertaba siempre al borde del grito… y al borde de algo más.

Y ahora los olores me atacaban como nunca.

No era la rosca de la panadería.

Era la tierra removida bajo el asfalto.

Era el sudor rancio del vecino del quinto.

Era el metal oxidado de la escalera.

Y era ese olor nuevo, imposible: bosque después de la tormenta, cuero caliente, macho alfa.

—¿Mamá… huele a… bosque? —pregunté, y me odié por sonar tan niña.

Ella palideció de golpe. Fue como si le hubiera arrancado la piel.

Se acercó a la ventana, apartó apenas la cortina. Sus manos temblaban.

—No abras la puerta a nadie hoy —susurró—. A nadie.

El día pasó en una bruma de malestar. Intenté aferrarme a la rutina: decoré el arbolito plástico, puse villancicos, ordené cajas viejas. Pero cada movimiento era un latigazo. Cada respiración, una provocación.

El olor a macho se hacía más fuerte, más íntimo. Se me metía bajo la piel, me lamía el paladar, me hacía apretar los dientes para no gemir.

Al caer la tarde ya ardía de fiebre. La camiseta se me pegaba a los pechos, los pezones duros y doloridos rozaban la tela con cada movimiento. Me temblaban las piernas. Sentía la ropa interior empapada, y no era sudor.

—Mamá… creo que tenemos que ir al hospital —dije entrando en la cocina tambaleándome.

Ella se giró. Tenía los ojos llenos de lágrimas que se negaba a derramar.

—No podemos —susurró—. No estás enferma, Aurora. Estás despertando.

—¿Despertando de qué?

Antes de que pudiera responder, el primer rugido retumbó en la calle.

No era un perro.

No era un coche.

Era algo antiguo, algo que hacía vibrar los cristales y mi útero al mismo tiempo.

Corrí a la ventana.

Entre la niebla, sombras enormes se movían. Lobos. Lobos de verdad. Más grandes que cualquier animal que hubiera visto en documentales. Sus ojos brillaban amarillos, sus hocicos alzados, buscando.

Buscándome.

—Mamá…

Ella me agarró de los hombros con tanta fuerza que me hizo daño.

—Escúchame bien, mi vida. Vinieron por ti. Ya pueden olerte. Tu primer celo empezó esta mañana.

—¿Celo? —repetí como una idiota.

No hubo tiempo para más.

Abrió el cajón secreto del viejo mueble del salón (nunca supe que existía) y sacó un cuaderno de cuero oscuro, gastado, con un símbolo grabado que parecía tres lunas entrelazadas.

—Esto es todo lo que soy —dijo con voz quebrada—. Todo lo que tu padre y yo escondimos. Léelo cuando estés a salvo. Solo cuando estés a salvo.

Un golpe brutal hizo temblar la puerta.

—¡Abre, humana! —rugió una voz que no era voz—. ¡Entréganos a la omega pura!

Mamá me empujó hacia la ventana trasera.

—¡Corre! ¡No mires atrás!

—¡No te voy a dejar!

—Escúchame una última vez —me tomó el rostro entre sus manos temblorosas y me miró como si quisiera grabarse en mis ojos—. Eres más fuerte de lo que crees. Tu olor ya los llama… pero también llamará a otros. A los que están destinados a protegerte. Tres sombras, Aurora. Tres alfas. Solo ellos podrán salvarte… o destruirte.

La puerta principal saltó en astillas.

Vi a mi madre plantarse en medio del salón, pequeña y frágil, alzando una vieja escopeta que nunca supe que teníamos.

—¡CORRE!

Salté por la ventana trasera.

Caí mal, me raspé las rodillas, pero el dolor era nada comparado con el fuego que me abrasaba por dentro. Corrí por el callejón, el diario apretado contra el pecho, el olor a macho desconocido persiguiéndome como una promesa y una amenaza.

Detrás de mí, los gritos de mi madre se mezclaron con rugidos que helaban la sangre.

Y entre el caos, una última frase suya llegó hasta mí, arrastrada por el viento:

—¡Busca Blackwood antes de Nochebuena… o morirá todo lo que amas!

Corrí.

Corrí con el corazón en la garganta, con el cuerpo ardiendo de un deseo que no entendía, con tres sombras sin rostro esperándome en algún lugar de la nieve.

Y supe, con una certeza que me aterró más que los colmillos que me perseguían, que mi vida humana había terminado esa noche.

La omega que no debía existir acababa de despertar.

Y el mundo entero acababa de olerla.

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—La querrá —digo, bajando un poco la voz—. Porque necesita a un hombre que pueda darle el mundo.

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Mi mano se tensa sutilmente en la cintura de Violet.

—Entonces le construiré uno nuevo —respondo—. Aunque tenga que quemar el viejo yo mismo.

No trabajo para Rowan Ashcroft.
Trabajo bajo él.

Desde mi escritorio, decido quién obtiene acceso al CEO más implacable de la ciudad y quién no pasa del lobby. Gestiono su tiempo, su silencio, sus enemigos. Mantengo su mundo en marcha mientras el mío se derrumba en silencio bajo facturas impagas, una madre internada en rehabilitación y un hermano que desapareció sin despedirse.

Rowan Ashcroft es poder envuelto en un traje a medida.
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Y durante mucho tiempo, yo solo fui útil.

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Al principio, el cambio en su atención es sutil. Una pausa demasiado larga. Una mirada que se queda. Órdenes que me acercan en vez de alejarme. El hombre que está de pie frente a mi escritorio empieza a controlar más que mi agenda, y me doy cuenta demasiado tarde de que llamar la atención de Rowan Ashcroft es mucho más peligroso que ser ignorada.

Porque los hombres como él no ansían afecto.
Ansían posesión.

Esto se suponía que era un trabajo.
No una prueba de mis límites.
No una lenta y deliberada caída en su autoridad.

Pero si Rowan Ashcroft decide que pertenezco bajo su escritorio, que así sea.
Sobrevivir tiene un precio, y las facturas no se preocupan por cómo las pago.