
A tus Pies, Mi Señor.
Dia Mond · En curso · 43.6k Palabras
Introducción
No se volverían a ver, cada uno seguiría su camino, o eso era lo que se esperaba.
Ella con esperanzas, sueños y metas por cumplir. Él, aunque roto, con nuevas ideas y una vida que sacar adelante. El destino les jugará una carta, volviéndolos a poner frente a frente, un encuentro basto paras que se entregarán, en cuerpo, alma, mente.
¿Será esa la única carta que les tendrá preparada el misterioso destino?
Capítulo 1
María Laura
La vida no es fácil, que me lo digan a mí que escapé de una niñez difícil, de una familia destructiva y traicionera, de un pueblo ciego por el machismo y de pocas ganas de salir adelante. Logré terminar mis estudios básicos y aplicar para una visa de trabajo en Estados Unidos, y luché por abrirme paso y por salir adelante, pero aun así solo conseguí estudiar y ser empleada doméstica.
Mis patrones eran un matrimonio de mediana edad, sin hijos. Decían las malas lenguas que la señora Karla nunca quiso tener, ya que arruinarían su estilo de vida y nada que decir de su esbelta figura. Eran un matrimonio privilegiado, y acaudalado en cuanto a estudios y materialismos, pero faltos de amor, atención y protección. Por cosas como esas es que preferí seguir esforzándome para poder tener mi profesión y no ser «nana» el resto de mi vida.
Estaba leyendo en una aplicación en mi móvil con mis audífonos puestos, sentada en el recibidor de un prestigioso centro nocturno, bebiendo el primer té de la mañana. Mi concentración estaba en los amorosos protagonistas de un libro, subido por algún escritor que narraba desde las penumbras, y encendía mi imaginación.
La hora avanzaba y me sobresalté al ver la puerta que daba al estacionamiento, Sebastián se asomó con una sonrisa de oreja a oreja. Él era el chofer de la misma familia para la que trabajaba, mi mejor y único amigo. Nos conocíamos desde hacía ya siete años, los mismos siete años que había estado trabajando para esa familia.
Lo invité a sentarse junto a mí e inmediatamente aceptó, trajo su café, se colocó a mi lado y comenzó a contar sobre lo que había sido su noche junto a la señora de la casa. Por cuestiones de trabajo el señor no se encontraba en la ciudad, entonces la señora era quien salía. Ella se daba la gran vida, aprovechaba hasta el más insignificante descuido de su marido para escaparse, y según lo que contaba Sebas, iba de antro en antro buscando una presa.
Me dijo que la señora no había preguntado por mí, cosa que me calmó, nos habíamos escapado para poder ir a ver a Madame, una mujer entrada en años que trabaja como regenta de un prestigioso cabaret, y también ayudaba a las jóvenes como yo, que querían vender su virginidad… porque si aún era virgen. A mis veinticinco años aún era virgen. Hacía tiempo, mucho tiempo que sabía de ella, solo no me había atrevido a venir, pero una oportunidad en la Universidad de Nueva York se presentó y necesitaba el dinero para mudarme. Ese dinero también me daría la libertad para dejar de trabajar como sirvienta.
Por su parte, Sebas también se iba. Nos habíamos acompañado ya por siete años, quería volar conmigo a Nueva York y perseguir su sueño de volverse un prestigioso chef. Aunque tenía los estudios nunca había ejercido como tal. Los dos teníamos ahorros, pero los míos no eran suficientes. Nuestro plan era adquirir un pequeño departamento cerca de la universidad y buscar trabajos de medio tiempo, mi beca cubría mis estudios, pero aun así necesitaba dinero para moverme y alimentarme.
Estábamos charlando sobre eso, cuando Madame me llamó por mi nombre sustituto. Me observó con sorna y me regaló una falsa sonrisa. Entró en su despacho, que olía a cigarro y a coñac, y me invitó a sentarme. Comenzó a hablar acerca de los trabajos que tenía para ofrecerle a una persona como yo, pero en ese momento la interrumpí.
—Disculpe —dije calmadamente—, yo vine en realidad por esto. —Le extendí el papel donde estaba el detalle sobre el trato de la virginidad. Sorprendida me miró, apagó el cigarro y me estudió con la mirada.
—¿Cuál es tu edad? —preguntó sin dejar de observarme.
—Veinticinco años, señora —respondí de inmediato.
—No puedo negar que por tu apariencia exótica y esos bellos rasgos … —Suspiró y la vi sacar una hoja donde anotó algunos datos—. Aquí, como sabrás, no aceptamos a cualquiera, ve con este doctor y le muestras esto —dijo pasándome una tarjeta—. Le dices que necesitas todos los exámenes para el jueves. —Yo asentí y comencé a leer la lista que me extendió—. Una vez tengas eso, me lo traes de inmediato y hablamos de los pormenores, aquí se te facilitará todo: el lugar donde será el encuentro, la seguridad, incluso la ropa —terminó por decir—. ¿Alguna duda?
—¿Cómo se hace esto? —Ella me observó extrañada—. Me refiero a cómo sucede todo, vender, comprar…
—Existen dos métodos. —Tomó un lápiz y dibujó dos círculos en una hoja—. Está la subasta, es cuando reunimos a varias chicas, entre dieciocho y veintiséis años, que lamentablemente son las más comunes… estéticamente normales. En este mundo no solo basta con tener un bonito cuerpo —terminó por decir antes de levantar el lápiz y dirigirlo al segundo círculo—. Y está la venta exclusiva, que son solo clientes que vienen aquí por recomendación o son premium. Son los que más pagan, ya que no solo recibes lo que necesitas a cambio de tu virginidad, sino también uno que otro regalo.
—Entiendo —dije queriendo preguntar otra cosa. No supe muy bien en qué momento comencé a ser tan tímida—. ¿Cuál es el que usará conmigo?
—¡Ay niña, debes tener más confianza en ti! —me dijo con una sonrisa—. Usaré la segunda, porque me gustaría que, por cómo eres, te traten bien, y porque finalmente eres realmente bella y te mereces algo bueno.
Charlamos por un momento más, me gustó la manera en que se daba el tiempo de explicarme todo. Me excusé, ya que se iba haciendo tarde y aún teníamos que llegar a casa. Una vez nos retiramos y ya montados en el coche, Sebastián comenzó a hacerme preguntas sobre lo que me habían dicho. Fue él quien se comprometió a ayudarme en todo.
—Si el precio es bueno, podrías comprar un departamento y yo te ayudaría con los gastos comunes, se nos haría más fácil —dijo y pensándolo bien tenía razón, por lo que quedamos en pedir permiso para poder asistir a la cita médica juntos.
Charlamos y bromeamos mientras escuchábamos música, entrando a la zona residencial, en donde se encontraba la casa de los Rossi, nuestros jefes. Apuramos la marcha, ya que la señora de la casa acostumbraba a despertar cerca de las dos de la tarde, después de una resaca que la llevaba directo a la cocina por café.
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Última actualización: 10/31/2025
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