
Destinados
Denise Arcilio · Completado · 177.7k Palabras
Introducción
Ambos intentan recuperar su vieja amistad, pero en el camino se van dando cuenta de que, tal vez, quieren otra cosa.
Dudas, miedos y sentimientos confusos complican la trama. Oscuros personajes aparecen ocasionando una serie de fatídicos eventos. Nada es lo que parece, una historia de amor y de amistad, puede convertirse en una historia sangrienta.
Capítulo 1
Respiré profundamente repetidas veces con la intención de lograr tranquilizarme.
¿Qué estaba por hacer? ¿Con qué cara iba a decírselo?
Faltaba nada para que Gastón llegara a mi casa y ya sentía que carecía de aire. Estaba arrepintiéndome de mi idea de decirle a mi mejor amigo de toda la vida que estaba enamorada de él. Mi inseguridad estaba sobrepasándome y, si seguía así, terminaría por inventarle alguna mentirilla para salvarme. Pero lo que me detenía de mentir era que, en pocos días, él se iría a la universidad de Inglaterra a estudiar teatro. Nuestra relación estaría más acortada por la distancia, y si Gastón se iba a ir, al menos tenía que decirle lo que me pasaba.
Llevaba años enamorada de él, y era duro para mí tener que ver cómo se besaba con las conquistas que encontraba en las fiestas o en el instituto. Sabía que él estaba comenzando una relación amorosa con alguien más, y esa era una razón más para confesarme. Esa muchacha alta y rubia no me gustaba nada para él. Se lo había dicho un par de veces, pero terminaba molestándose conmigo y evitando el tema. No es que no me agradara porque estuviera celosa, y sí que lo estaba, pero la mala vibra y mi detector de falsas se encendía cuando ella estaba cerca. Intentaba ser amable cuando hacía el mal tercio entre los tórtolos en alguna que otra salida, pero en mi mente las maldiciones nunca hacían ausencia.
Me había acercado a la ventana a ver las estrellas cuando sentí unos suaves golpecitos en la puerta de mi habitación. El rechinido de la entrada se oyó y cuando me di la vuelta, ahí estaba Gastón. No hacía falta preguntarle cómo había entrado, recordaba perfectamente que le había dado una llave de la casa. Me sentía pequeña ante él, me sentía nerviosa y muerta del miedo. Pero me repetí una vez más que era hora de hablar. Estaba cansada de guardarme algo tan fuerte para mí sola.
—Hola —saludó y se acercó hacia mí para besarme suavemente en la mejilla. Su perfume se introdujo por mis fosas nasales y suspiré mientras mantenía los ojos cerrados.
—Hola —respondí, y él se sentó en mi cama, atento a mis acciones.
—Cuéntame, ¿qué ha pasado? Sonabas algo inquieta cuando llamaste.
—Tenemos que hablar.
—Soy todo oídos.
Estaba a punto de echarme atrás, a punto de crear esa mentira que pretendía no hacer, pero mi mente fue reproduciendo recuerdos. Había ciertas actitudes que me decían que no me correspondía, pero había otras que me decían que sí.
Ya lo tenía en frente de mí. Ya lo tenía atento a mis acciones y pacífico ante mi sepulcral silencio.
— ¿Estás bien...? —Rompió el silencio—. ¿Qué tienes, Brisa? Te ves algo pálida —se acercó a mí, y nuevamente pude apreciar su dulce y embriagante perfume.
Los escalofríos me recorrieron el cuerpo entero cuando imaginé poder perderme de manera demostrativa en él, sin necesidad de ocultar lo que sentía cada que lo veía. Quizá esa decisión era buena. Quizá esa decisión cambiaba nuestra relación para mejor. Con ese paso podía acercarme de la manera que quería hacia él, y si tenía suerte, Gastón me correspondería.
Mi boca empezó a formular todo, cada sentimiento, cada sensación producida por su presencia. De vez en cuando me atrevía a mirarle a los ojos en busca de alguna buena señal, pero terminaba apartando la mirada porque no soportaba la presión que yo misma había creado. La desviaba a cualquier parte, ya sea el techo, el suelo, la puerta, o el ropero. Era muy cobarde, tenía que admitirlo. Pero sentí orgullo de haber destapado algo que llevaba oculto desde hacía mucho tiempo y algo que había sido muy difícil de empezar a comentar.
Cuando mis palabras cesaron el silencio en la habitación hizo su temida presencia. No quería que eso pasara, es más, era una de las cosas que me temía anteriormente a su llegada. Suspiré profundamente y me atreví a mirarle a la cara. Su rostro no expresaba nada, pero a la vez expresaba todo. ¿Cómo debía tomarme eso?
Obviamente no era algo muy fácil de asimilar, pero necesitaba con urgencia que al menos emitiera algo. No sé... Me conformaba con un suspiro, una mueca, una sonrisa o lo que fuera. La presión estaba dejándome sin oxígeno, y los latidos de mi corazón apenas se sentían de lo fuerte que palpitaban.
El nudito en la garganta se había formado de una manera repentina. El agua en mis ojos amenazaba con salir, pero apreté la mandíbula para contener las ganas de llorar. Comenzaba a angustiarme, y Gastón seguía sin decirme nada. ¿Qué había hecho?
¿Qué pasaba dentro de la cabeza de mi mejor amigo? Me molestaba no saberlo, quería leer su mente. Empezaba a sentir que había arruinado todo, que ahora él no me vería de la misma forma. Tomé su silencio como una cruel y decepcionante respuesta. Podría haberme enojado, pero eso habría sido algo infantil. Él no tenía la culpa de nada. Si no me quería como más que una amiga, yo lo tenía que aceptar y no juzgar. No podía hacer que las personas hicieran lo que yo quisiera. Las cosas no eran así de simples.
—No sé qué responder —musitó tan bajo que apenas pude oírle.
Al menos esa era una respuesta. Al menos me decía algo después de todo. Pero ahora lo que me preocupaba era si estaba enojado conmigo. Lo que yo había hecho había cambiado las cosas. Ahora no sería lo mismo porque sabía que él no se olvidaría de lo que había escuchado. Deseaba tener una máquina del tiempo para revertir la mala pasada que estaba pasando, pero eso era algo imposible. Había embarrado el pie hasta el fondo de la arena movediza y no podía salir por más que lo intentara. Mientras más luchaba, más me hundía.
—No digas nada. No tienes por qué, ya lo comprendí —me levanté de la cama y me acerqué a la ventana, dándole la espalda.
Qué macana me había mandado. Definitivamente me tendría que haber callado la boca.
—Bri —se acercó y se puso a mi lado. No me atrevía a mirarle a la cara. Ya no. Era demasiado vergonzoso como para hacerlo. No tenía la valentía suficiente para ver a la persona que me había mandado a la zona de amigos de una manera indirectamente directa. Su tacto en mi brazo provocó escalofríos y me tensé en mi lugar. Me obligó a que lo mirara y otra vez no pude descifrar qué era lo que decían sus perfectos y penetrantes ojos color avellana.
Y pensar que, si me hubiese correspondido, esa pigmentación hubiera sido solo mía.
—No me mires así —supliqué, con la voz quebrada, pero aun conteniendo las lágrimas.
Entreabrió la boca, pero la cerró en cuestión de nada.
—No digas nada. No hace falta.
Me sentía molesta y sabía que él podía notarlo. Mi molestia iba creciendo, pasando poco a poco a la sección enojo. Pero no me enfadaba con Gastón porque, repitiendo lo anterior, eso hubiese sido infantil. Me enfadaba conmigo. ¿En serio creía que iba a dejar a aquella hermosa chica por alguien como yo?
No me consideraba alguien fea, porque nadie en la vida tiene que ser considerada o considerarse fea, pero vaya que la autoestima bajaba a niveles agigantados cuando eras rechazada amorosamente.
—Te pido por favor que no llores, sabes que no me gusta que estés triste.
Encima se comportaba tan dulce... Como siempre. Eso me hacía sentir peor. Claro que no quería que me gritara, pero me dolía aún más saber que mi miedo se hacía realidad. ¿Cómo iba a llevar una amistad con él ahora?
En ese momento no quería tenerlo cerca de mí. No tenía la culpa de nada, y yo no iba a ser quien lo culpara de algo así, pero necesitaba que se fuera porque me quemaba más tener su presencia a mi lado. Necesitaba pensar. O mejor iba a ser que me acostara a dormir sin comer. No tenía nada de apetito y el revoltijo desagradable en el estómago me gritaba que no había lugar para nada más que la angustia.
Lo oí suspirar, y fue entonces cuando la primera lágrima cayó. La quise limpiar con mi muñeca, pero su tacto chocó dulcemente con mi mejilla. Esa era una de las razones que me había hecho creer en cosas que no eran.
—Sabes que no me gusta —recordó, ansioso. Estaba incómodo, su voz lo dejaba todo claro.
—No es tan fácil controlar lo que siento. No puedo contenerlas tan fácil.
—Brisa —me tomó de las manos e hizo que retomara mi lugar en la cama—. Yo...
—No —lo callé—. No digas nada. No quiero oír cómo dices que solo tienes ojos para Sofía. No quiero oír otra vez cómo me repites cuán enamorado estás. Ya he tenido suficiente de eso por mucho tiempo, y en este preciso momento no tengo ganas de otro dolorcito más, ¿comprendes?
—Eres como mi hermanita pequeña.
Auch.
—Eso no me duele menos —otra lágrima se escapó.
—Sí —negó con la cabeza y se revolvió el pelo con nerviosismo—. Perdón, es que no sé bien qué decir. Estoy sorprendido. Nunca pensé que tú... —se detuvo.
—¿Qué? ¿Qué estaba enamoradísima de ti?
No dijo nada.
—Mira... Como ya dije, no tienes por qué decir nada. Lo has dejado claro, y no estoy molesta contigo, tienes que saberlo, ¿bien?
—Entonces, ¿por qué lloras?
Reí sin gracia.
—Porque me siento una estúpida por pensar que tenía una oportunidad contigo. Estoy apenada.
—No tienes por qué, está bien.
—No, ¡no está bien! La cagué.
—No —negó. Sabía lo que intentaba, pero no iba a lograr que me sintiera bien.
—¿Puedes olvidarlo y ya?
—¿Quieres que lo olvide?
—¿Quieres recordarlo?
En ese momento, su celular sonó. Lo sacó de su bolsillo y levantó la tapita del mismo. Pude ver que se trataba de Sofía, la reina de las falsas. Gastón me miró por unos segundos, sopesando qué hacer. Sabía que estaba dudando porque su novia era alguien muy controladora y celosa. Si Gastón no le contestaba a la primera ella se enojaba. Pensé que iba a darle más importancia a ella que a mí, pero terminó por apagar el celular y dejarlo a un lado de la cama.
—¿Por qué no respondiste? —quise saber.
—Porque ahora estoy en algo importante —se acercó a mí, y por un momento pensé que me iba a besar. Puras patrañas.
Me limpió una lágrima más, y su tacto fue tan cálido que no pude evitar cerrar los ojos. Qué lindo se sentía eso. Era una calidez especial, intensa y atractiva.
En mis dieciséis años había tenido la oportunidad de sentir amor por parte de chicos con anterioridad. Para ser sincera, solo de uno, y para haber sido mi primer amor, no había sido nada comparado con lo que sentía cada que Gastón estaba conmigo.
Sin meditarlo ni un segundo, mis labios estaban sobre los suyos y mis ojos se cerraban lentamente, disfrutando las únicas milésimas que logré hacer contacto con su boca. El calor me había invadido rápidamente, y así de rápido como llegaron, así de rápido se fueron. El balde de agua fría me golpeó tan fuerte como si un auto hubiese chocado contra mí: Gastón me había apartado levemente hacia atrás, y su mirada me preguntaba qué carajos estaba haciendo.
En ese momento, supe que la había cagado aún más.
—Perdóname —negué con la cabeza y me tapé la boca.
Estúpida, estúpida, estúpida.
—Eso no estuvo bien —comentó y se levantó. Imité su acto—. No estoy enojado, pero no lo vuelvas a hacer.
—Perdón —no sabía qué decir. Solo sabía que era una tonta.
—Creo que mejor me voy —dijo después de un tortuoso silencio de casi un minuto. Lo sentí tan eterno que no sabía en dónde meterme. Envidiaba a las tortugas, ellas podían meterse en sus caparazones, y yo en ese momento necesitaba un caparazón.
—Bien... —me limité a decir. Me observó por un momento, se veía incómodo y ansioso.
—¿Te veré mañana en mi graduación? —inquirió.
—Sí.
Me dio un beso en la mejilla y se despidió con un saludo de mano. Sonreí fingidamente y, en cuanto la puerta se cerró, me acosté en la cama y me puse a llorar. Estaba sola en la casa, por lo tanto, podía llorar sin verme obligada a tener que darle explicaciones a nadie.
Al día siguiente me levanté temprano y me vestí de forma bonita para asistir a la graduación de mi amigo. Lo malo era que no tenía a nadie que me acompañara. Mamá y papá trabajaban, y la abuela y mi hermano habían salido a un pequeño viaje.
Me senté alejada, y cuando la ceremonia terminó, vi a Gastón tomar a Sofía de la cintura y levantarla un centímetro en el aire. La besó apasionadamente y envidié esa escena feliz. Yo tenía que estar en el lugar de ella. Era mejor y podía dar más de lo que una falsa como Sofía podía brindar. Gastón tarde o temprano se daría cuenta de cómo era verdaderamente esa chica.
Me dolió tanto que tomé la decisión de irme de allí. No me quedé a felicitar a Gastón, por más que sabía que debía hacerlo. Cuando me preguntó qué pasó conmigo, le contesté que me fui porque no me sentía nada bien físicamente. Y era verdad. No me sentía bien. Lo único que cambiaba era que el dolor era sentimental. Ese que perdura más que una descompostura o, a veces, que una enfermedad.
Nuestra relación se acortó con el tiempo: ya no era lo mismo y sabía que era mi culpa. Él estaba distante y sabía que la maldita de su novia había tenido que ver. No hacía falta deducir que Gastón le había contado lo ocurrido a su noviecita. Cuando se fue a la universidad, poco después, ya habíamos perdido el contado. No había emails, no había llamadas, no había nada. De vez en cuando me sorprendía un mensaje, pero yo me dedicaba a pasar de ello porque sentía que la comodidad y confianza que teníamos se había quebrado por completo.
Y todo por aquella confesión.
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Última actualización: 6/29/2026#69 Capítulo 69 Capítulo 68
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Última actualización: 6/29/2026#67 Capítulo 67 Capítulo 66
Última actualización: 6/29/2026#66 Capítulo 66 Capítulo 65
Última actualización: 6/29/2026
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La Noche Antes de Conocerlo
Dos días después, entré a mi pasantía y lo encontré sentado detrás del escritorio del CEO.
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Cuanto más cerca están, más difícil se vuelve mantener su corazón y sus secretos a salvo.
Solo un para siempre
Digo, porque debe existir una razón para que a estas alturas me siga afectando aquello que viví hace tantos años. Algo que explique, por qué los hechos que me llevaron hasta donde hoy estoy, me persigan sin cansancio.
Desde que todo comenzó, o acabó, depende de cómo se mire, no he podido avanzar. No realmente. Siempre hay algo que me hace regresar atrás.
Una frase. Un lugar. Una fecha.
Todo me lleva hacia él.
A mi supuesto "para siempre".
La frustración y la rabia me llenan cuando recuerdo cómo sucedió todo. Cómo fue capaz de mirarme a los ojos mientras besaba a otra, mientras tocaba a otra. Cómo fue capaz de culparme de todo cuando lo enfrenté.
El dolor de la traición fue horrible. No solo por lastimar mi orgullo, mi dignidad, sino también, por todo lo que provocó en mi posterior vida.
Me prometió un para siempre. Y nunca lo cumplió.
No al menos, de la forma en que debía.












