
EL CEO FINGIA MORIR
Cintia Vanesa Barros Freile · En curso · 180.6k Palabras
Introducción
Cuando descubre a su prometido cogiéndose a su mejor amiga en el baño de una discoteca, deja de llorar y empieza a calcular. Esa misma noche acepta un matrimonio arreglado con Sebastián Córdova, el CEO paralítico al que toda la ciudad le da meses de vida.
Lo que Renata no sabe es que Sebastián es el tío de su ex.
Lo que Sebastián no sabe es que su nueva esposa, la hueca perfecta para tapar sus jugadas, lo ha estado ganando en los negocios en silencio durante años.
Lo que ninguno de los dos sabe es que llevan años fingiendo lo mismo, ella tonta, él inválido, ambos peligrosos.
Y cuando las máscaras caen, descubren que destruirse mutuamente sería desperdiciar al único aliado capaz de entenderlos.
Capítulo 1
Renata
—Renata, ¿quieres casarte conmigo?
Las luces de la discoteca giraron sobre la cabeza de Nicolás, que estaba arrodillado en el centro de la pista, con el estuche abierto y el anillo golpeándome los ojos antes que las palabras.
La música había parado y toda la gente nos miraba, yo no podía respirar.
—Sí —dije, y la voz me salió aguda, casi infantil—, sí, claro que sí.
La pista estalló en gritos, la música volvió más fuerte, alguien me echó champaña en el hombro y las luces empezaron a destellar otra vez.
Nicolás se levantó y me besó, le sentí el ron en la lengua.
Valeria apareció detrás de él y me abrazó con todo el cuerpo, llorando.
—Amiga, no lo puedo creer, ¡te vas a casar!
Me dejó la mejilla mojada pegada a la mía, olía al perfume que ella y yo nos comprábamos siempre juntas, el mismo desde el colegio.
Me reí, lloré, la abracé de vuelta.
—Te quiero, Vale.
—Y yo a ti, hermosa.
Brindis, champaña, más brindis, los amigos de Nicolás dándole palmadas en la espalda, Andrés gritando "¡por fin, hijueputa!" entre carcajadas, Camilo grabando con el celular.
Bailé sin saber cuántas canciones, mientras Nicolás me agarraba la cintura por detrás y me hablaba al oído, me decía que la otra semana íbamos a empezar a buscar finca, que los hijos los queríamos rápido, que el anillo lo había mandado hacer especial.
Yo le creí cada palabra, qué imbécil fui.
El celular me vibró en el clutch, lo saqué y vi a mi papá en la pantalla.
Se me apretó el estómago antes de contestar, mi papá no me llamaba un sábado a las once de la noche por nada bueno, mi papá no me llamaba un sábado a las once de la noche y punto.
Le hice señas a Nicolás de que tenía que salir, y él me levantó el pulgar.
Salí por la puerta de atrás, la que daba al callejón donde fumaban los meseros, ahí afuera el ruido bajaba.
—Sí, papá.
—Mañana a las ocho en la oficina.
Ni un buenas noches, ni un cómo estás, así era él.
—Papá, es sábado.
—¿Y eso qué tiene que ver?
Cerré los ojos.
—Nada, papá, ahí estaré.
—Llegó una propuesta y es la solución a mis problemas.
—¿Qué propuesta?
—Una que te incluye.
—Esta bien, llegare temprano.
Me apoyé en la pared del callejón, el muro estaba frío contra la espalda.
—Y vienes presentable, no como sales tú a tus fiestas, debes conocer a alguien.
Apreté el celular sin contestar, él colgó sin esperar.
Me quedé mirando la pantalla apagada, ese era mi padre, un hombre que solo me llamaba cuando era útil. Volví adentro y no vi ni a Nicolás ni a Valeria.
Caminé entre la gente, busqué la chaqueta blanca de él en la barra, en la pista, en la mesa donde habíamos dejado los tragos, y nada, pero la vejiga me apretó, y no podía esperar, tal vez ellos fueron a bailar.
Caminé hasta el baño de mujeres y la fila daba la vuelta, diez, doce mujeres con los celulares en la mano, y yo no aguantaba, así que empujé la puerta del baño de hombres.
Vacío.
Cero hombres en los orinales, dos cubículos cerrados, mejor dicho, abiertos, era mi día de suerte, me metí al primero.
Estaba bajándome el panti cuando oí el gemido. Me quedé quieta con el vestido a medio subir, otro gemido, de mujer, del cubículo de al lado.
Sonreí sola, pensé en lo desesperada que tenía que estar la gente para no aguantar hasta llegar a su casa, y oriné, ya no aguantaba, pero la voz de la mujer subió un poco.
—Más duro —dijo ella—, más duro, por dios llevo toda la noche esperando, pensé que esa idiota no nos dejaría solos ni un momento.
Se me cerró la garganta.
Esa voz.
—¿Crees que ahora sí te deje desvirgarla?
El estómago me dio un golpe contra las costillas.
—La perra sigue decidida a llegar virgen al matrimonio —dijo Valeria, riéndose entre el aire entrecortado—, ¿cuánto más vas a esperar?
—No mucho, te lo apuesto a que cae esta semana —dijo él—, ya le puse el anillo.
Los dos se rieron, mientras él se la cogía, mientras ella gemía, los dos riéndose de mí.
Algo me subió por la garganta, me dieron ganas de matarlos a ambos, me subí el vestido de un tirón, quité el seguro, abrí la puerta, y le di una patada a la del lado.
Sonó duro, la puerta se abrió de un golpe contra el muro de azulejos.
Ahí estaban, Valeria en cuatro con las piernas abiertas y el vestido subido hasta la cintura, Nicolás de pie frente a ella con los pantalones por las rodillas, entrando en ella con fuerza.
Me miraron con la boca abierta.
—Rena —dijo Valeria, bajando las piernas—, espera, no es lo que…
—Cállate.
Me saqué el anillo del dedo, tuve que halar duro, me lo había metido tan apretado que la piel me ardió cuando salió.
—Váyanse a la mierda los dos.
Le tiré el anillo a la cara a Nicolás, le pegó en la mejilla y cayó al piso del baño, en un charco de algo que no quise mirar.
—Y tú, perra —miré a Valeria—, yo pensé que eras mi amiga, pero solo eres una basura, una puta barata.
Ella abrió la boca y no le salió nada.
Nicolás se subió los pantalones a medias.
—Renata, espera hablemos.
—Quédate con ella, total ya teda lo que no pensaba darte.
Eso lo paró.
Me di la vuelta y salí, no corrí, caminé, me crucé en la puerta con una señora que entraba al baño de hombres y me miró raro, la miré yo también, ella siguió de largo.
Atravesé la discoteca, la gente bailaba, nadie se enteró de nada.
Salí a la calle y el portero me preguntó si quería taxi, no le contesté, caminé hasta la esquina y me senté en el andén con el vestido arrugado contra los muslos.
El frío del cemento me subió por la espalda.
No lloré.
Saqué el celular, busqué el contacto que no tenía nombre, solo una inicial, y marqué.
Contestó al segundo timbre.
—Pasó algo.
—¿Estás bien?
—Necesito que mañana a primera hora las acciones de la empresa de Nicolás caigan.
Silencio al otro lado.
—¿Estás segura?
—Lo vi con Valeria, hace cinco minutos.
—Hijo de puta.
—Tenías razón desde el principio, debí haberte oído.
—¿Qué quieres que haga?
Apoyé la cabeza contra el poste de luz que tenía detrás.
Llevaba años aguantando, años dejando que mi papá me presentara como la hija sin cerebro, la que está destinada a casarse por un buen trato, la solo servía para gastar, años dejando que la familia de Nicolás me hablara como si yo no entendiera los chistes, años sacando sus proyectos a flote sin que lo supiera.
Se acabó.
—Quiero que lo destruyamos.
—¿A quién más?
—A todos los que se rieron de mi esta noche.
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