
Su Luna roja
yalorde lb91 · En curso · 51.4k Palabras
Introducción
El largo viaje y las dificultades la hacen perder el conocimiento y cuando despierta se encuentra nada más y nada menos que... ¡en el harén del Emperador!
Tratando de mantenerse fiel a sus creencias, se verá envuelta en una serie de eventos peligrosos, ya que accidentalmente descubre que alguien está tratando de envenenar al emperador y a sus esposas.
Se gana la enemistad de Lady Cassandra, la primera esposa del Emperador, quien intentará por todos los medios deshacerse de ella.
Capítulo 1
Ciclo/Ciclos: equivalente a Año/Años.
Luna: También equivalente a un mes.
Nacimientos solares: equivalente a días.
Muertes solares: equivalente a noches.
Luna: amor destinado
Prólogo:
Cuando nació el príncipe, un sabio vio la Profecía en una visión:
—La tierra temblará bajo la fuerza de sus pies,
la luna, el sol y las estrellas girarán a su mandato,
sus enemigos temblarán ante su nombre,
su gloria cubrirá la tierra y
seis lunas coronarán sus sienes...
Umara:
Los intensos rayos solares son sofocantes. Grandes gotas de sudor corren por mi espalda. Mis muñecas y tobillos están hinchados por las heridas abiertas por los pesados grilletes. Las plantas de mis pies están en carne viva y ardiendo como si un fuego que nunca se apaga se alimentara constantemente de ellas. Mi boca está tan seca como el desierto. Mi piel parece estar hecha de arena. Mi largo cabello negro ha sido un desastre maloliente en mi cabeza durante semanas.
Mi respiración es entrecortada, la fatiga no me ha vencido por mera intervención divina. Mis ojos se nublan. Mi mente parece envuelta en una niebla llena de espejismos.
He estado viviendo de pan y agua durante cinco días.
Quizás pienses que para un esclavo del Imperio Kurani una comida de pan y agua es un lujo; pero lo que nos dan por pan es solo un bocado y por agua un pequeño sorbo y hemos estado caminando muchas millas, demasiadas.
Cuando nos obligaron a dejar Sibiú, éramos un grupo de mil prisioneros. Pero a la capital imperial, con vida, solo hemos llegado poco más de doscientos.
Cada año el Emperador extrae su tributo de las tribus nómadas del norte. Por lo general, se lleva para sí hermosas doncellas, hijas de ricos pastores, para ser esclavas del palacio real en Tarmen, pero si el noble tiene hijos, son tomados para ser guerreros de la guardia real o eunucos.
Durante muchos años, la entrega del tributo había sido pacífica, pero esta vez, el capitán emisario Kurani y el Ejército Dorado estaban de humor para un poco de diversión; y terminaron masacrando a tres de las ocho tribus nómadas reunidas en conclave para el consejo anual. Esta vez, los ancianos de las tribus estaban discutiendo si firmar o no una alianza más permanente que nos protegiera del poderío militar del Emperador y los ejércitos Kurani. Aparentemente, la indecisión de los líderes despertó la ira y la sed de sangre en el ejército imperial. Entre las tribus diezmadas estaba la Sindu a la que pertenezco. Después de saciar su sed de diversión, el ejército enemigo se retiró, dejando a los sobrevivientes gravemente heridos e indefensos a merced de los esclavistas.
Una lágrima corre por mi mejilla. Es cierto que mi madre ya me había vendido a un comerciante Guenty cuando llegaron los invasores, pero eso no impide que los gritos y sollozos de angustia de mis compatriotas aún resuenen en mis oídos, habiendo causado una gran meya en mi alma. Otras diez mujeres de mi tribu sobrevivieron a la masacre, porque habían sido intercambiadas por sus padres. Las severas sequías y la escasez de alimentos habían llevado a muchos de los ancianos de la tribu al punto de intercambiar a sus hijas mayores, en edad de casarse, por comida. En mi caso, no soy la mayor, soy la del medio de tres hermanas, sin embargo, mi madre me vendió por ser la menos agraciada de las tres. Ahora estamos, los treinta prisioneros que no han sido vendidos, arrodillados en la plataforma de esclavos.
Con movimientos erráticos, trato de secar el rastro que la lágrima dejó en mi rostro polvoriento. Una mirada rápida al pequeño grupo me hace ver que somos los más demacrados y débiles de los prisioneros.
Algunos son demasiado viejos para trabajos arduos, otros han caído enfermos en el camino, y las pocas mujeres jóvenes que quedan no son lo suficientemente hermosas para los estándares de belleza de la ciudad más grande del Imperio.
Suspiro, mi madre y mis hermanas no fueron capturadas, en el fondo de mi corazón acaricio la esperanza de que hayan logrado escapar y elevo una oración a nuestro Dios, porque de lo contrario... La otra posibilidad parece extremadamente dolorosa y desgarradora.
Han pasado horas... las otras mujeres de mi tribu ya han sido vendidas. Y eso es un alivio. Las costumbres del Imperio Kurani dictan que si un prisionero de guerra no tiene valor o utilidad para sus captores, los esclavistas pueden disponer de él como mejor les parezca, ya que el esclavo es su mercancía y este grupo no tiene nada que perder. Todos estamos huesudos, hambrientos y en el peor de los casos medio muertos.
Si a nuestros captores les apetece, lo cual es muy probable, podemos terminar trabajando en las minas. Paso mi lengua áspera por mi labio inferior seco, haciendo una mueca. Una vida de esclavitud en las minas es el peor destino para un esclavo. Te hacen trabajar desde el amanecer hasta el anochecer mientras te matan de hambre. Las mujeres que son vendidas allí, sirven como portadoras de agua y curanderas en el mejor de los casos...
Me siento lentamente sobre mi trasero, apoyando mi barbilla en mis rodillas huesudas. Envuelvo mis brazos alrededor de mis piernas y considero que la muerte sería un final más misericordioso para mí que sufrir durante un puñado de años, que es lo que usualmente se sobrevive en ese lugar.
Casi siempre, las mujeres en las minas terminan entreteniendo a los guardias o a los mismos esclavos.
Han pasado cinco horas desde que el mercado de esclavos abrió esta mañana y la fatiga se ha apoderado de mi cuerpo. Fuertes temblores me sacuden de pies a cabeza. Tengo frío, luego calor, luego frío de nuevo. Mi visión está nublada. Las voces, los olores y los colores del mercado llegan a mi mente como si los transeúntes y los comerciantes estuvieran lejos, cada vez más lejos.
La gente de Tarmen que ha venido a comprar hoy pasa frente a la plataforma donde estamos parados y se adelanta, abiertamente decepcionada por la falta de calidad de la mercancía expuesta. El gordo y sudoroso comerciante de esclavos ha comenzado a impacientarse.
Varias de mis compañeras de infortunio ya se han desmayado de hambre y sed, y han sido castigadas por su debilidad con latigazos. Ahora estamos de pie en la plataforma las diez que quedamos.
Mi cuerpo se tambalea. En unas pocas horas todo habrá terminado, en unas pocas horas mi destino será decidido. Seré enviada al más allá por la misma mano que me compró con oro del esclavista que me trajo aquí desde mi tierra o seré llevada a las canteras.
Elevo una oración al Magnánimo, para que me conceda descanso pronto. Quizás este sentimiento de vacío y frío incontrolable sea la advertencia de que mi fin está cerca. Lucho por mantenerme de pie, pero mis rodillas amenazan con ceder.
Cierro los ojos e imagino que estoy con mi padre, corriendo libremente por los verdes pastos del oasis de Orenheb, puedo jurar que escucho el murmullo del arroyo sagrado y el recuerdo del agua dulce y fresca me hace tragar en seco. Intento sonreír pero mi rostro está congelado. No puedo más, lo sé, he llegado al final de mis fuerzas. Mis rodillas se doblan bajo el poco peso que me queda. Debo haberme caído de la plataforma porque el suelo embarrado se precipita a mi encuentro.
Un ardor insoportable se ha apoderado de mi espalda. Me tiran bruscamente de los hombros y me obligan a apoyar la parte superior de mi cuerpo en mis manos. Apenas sostengo mi cabeza en alto, levantando mi rostro y veo que un extraño caos reina a mi alrededor. Aquí y allá, los nobles Kurani, finamente vestidos y enjoyados, y otros ciudadanos de la capital corren aterrorizados, puedo escuchar el sonido de cascos de caballos. Mi mente intenta darle sentido a este alboroto, pero ni siquiera tengo fuerzas para razonar.
Cerca de donde he caído, un guerrero de piel bronceada y ojos fieros sostiene un látigo, que azota sin piedad la espalda desnuda del gordo y sudoroso esclavista mientras es inmovilizado en el suelo por dos guardias reales. Miro las facciones del guerrero porque lleva el rostro cubierto con una burka de fino lino blanco. Toda su ropa es totalmente blanca y eso lo hace destacar en la calle sucia y embarrada.
El comerciante clama por misericordia en el antiguo idioma Kurani, pero el guerrero es implacable. Su largo cabello negro le da un aspecto salvaje, pero sus ropas de lino y adornos de oro y plata me hacen sospechar que debe ser un miembro de la corte real.
Un príncipe Kurani ha venido a rescatarme. Suspiro. Debo estar sufriendo de delirios, sin duda.
Lentamente logro sentarme en el lodazal en el que estoy y contemplo desinteresadamente cómo algunos guardias de la corte están liberando a los otros esclavos de sus grilletes y cadenas, mientras se miran asombrados. Luego, uno de los soldados se acerca a mí y con la pesada llave libera mis muñecas y tobillos de los afilados hierros que me aprisionaban. Miro las heridas en mis muñecas y frunzo el ceño. Es extraño, mis llagas ya no duelen, de hecho, ya no siento nada. Tambaleándome, me pongo de pie y me limpio el barro de la cara con el dorso de las manos.
El guerrero enrolla el látigo en su fuerte mano derecha. Se da la vuelta imperiosamente y grita órdenes a sus soldados. Noto que el esclavista yace inconsciente en el suelo, su espalda es una horrenda visión de grandes heridas y sangre. Los otros esclavos son agrupados por un grupo de soldados y comienzan a avanzar por la calle principal. Doy unos pasos para seguirlos, pero el guerrero ya ha montado un poderoso semental negro y antes de que pueda dar tres pasos, el aire abandona mis pulmones al ser levantada del suelo por unos brazos de hierro alrededor de mi cintura que me sujetan. De repente me encuentro sentada de lado, en una silla, sobre el imponente caballo. Mi frente está a la altura del mentón de mi nuevo captor, mi espalda dolorida rozando su musculoso brazo derecho.
Mientras acosa a su montura y salimos disparados a galope tendido, mis fuerzas me abandonan y mis ojos se cierran de nuevo. Lo último que vi antes de desmayarme fue un par de feroces ojos dorados.
Últimos capítulos
#41 Destino:
Última actualización: 12/24/2025#40 Profecía:
Última actualización: 12/24/2025#39 Dunas:
Última actualización: 12/24/2025#38 Espejismos:
Última actualización: 12/24/2025#37 Ambrosía:
Última actualización: 12/24/2025#36 Amargor:
Última actualización: 12/24/2025#35 Duelo a muerte:
Última actualización: 12/24/2025#34 Recompensas:
Última actualización: 12/24/2025#33 Negociaciones:
Última actualización: 12/24/2025#32 Lamento:
Última actualización: 12/24/2025
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